CARACOL

ISLA NEGRA

POR CINNA LOMNITZ

Pablo Neruda, un poeta solitario y excéntrico, se convirtió en figura pública y ganó el Premio Nobel. Hoy es el héroe cultural de Chile y su anterior residencia en la tierra ha sido convertida en una especie de parque temático. En ocasión de mi primera visita a Chile en veinte años quise visitar la casona de Isla Negra, ya que conocí a Neruda allí hace muchos años.

No se llamaba ni Pablo ni Neruda. Cuando lo visité en 1959, su casa frente al mar era muy famosa por la acumulación de souvenirs acarreados desde todos los rincones del globo: botellas, máscaras, caracoles, mariposas, equípales mexicanos, veleros embotellados. Con la ayuda de estos artefactos escénicos, sin olvidar su impresionante colección de mascarones de proa, el escritor se había forjado una personalidad mágica y un tanto ficticia, ya que escondía más de lo que revelaba acerca de su verdadera identidad. Su lema literario fue “Simple como un anillo “, pero un anillo no es simple. Es lo más personal entre las pertenencias de un ser humano.

Dentro de la casa todo estaba igual, o casi, a como él lo dejó. No hay rastros de saqueo militar. Tampoco existe ya nada que recuerde la militancia del ilustre inquilino —ni hoces ni martillos, ni condecoraciones de Stalin—. La guía va recitando anécdotas aprendidas de memoria. Así, se nos enseña el comedor con su lugar reservado en la mesa para “el capitán” de este barco siempre a punto de zarpar. No nos dejan ver la cocina, porque Neruda dizque no permitía que nadie pisara un lugar tan sagrado; en cambio, se nos invita a inspeccionar el excusado, ya que ahí se encuentra su colección de fotografías eróticas del siglo XIX.

Todo esto podrá parecer un patético monumento a la egolatría. Sin embargo, hasta los visitantes que no lo conocieron se sienten emocionados e intrigados. Es que Neruda, en vida y especialmente después de muerto, juega con nosotros a las escondidas. Su amor a la mistificación sigue siendo irrefrenable. Hoy Isla Negra es un lugar enigmático y divertido para el visitante casual; pero es que hay tanto que esconde, que no está allí. Desde luego, no están sus libros. Neruda fue un escritor prolífico y tozudo, que trabajaba asiduamente y corregía sus páginas una y otra vez. En Isla Negra no se encuentra una pluma, ni nada que recuerde el oficio de escribir.

Tampoco está el gran retrato de su última esposa, una de las mejores obras de caballete de Diego Rivera. Muestra a una Matilde joven y muy sexy, de pelo suelto, y en el contorno de su cabellera se divisa el perfil de Neruda. El cuadro fue pintado en el estudio de San Ángel que el pintor facilitaba para que sirviera de escondite a los amores secretos de Pablo y Matilde.

Finalmente, nada recuerda a Delia, la compañera traicionada. Su sucesora se ocupó de borrar todo rastro de su existencia. Delia se vengó sobreviviéndolos a todos: a Neruda, a Matilde, a Diego, a Stalin, a la dictadura chilena y hasta a la Revolución soviética.

Hoy este poeta singular duerme junto a Matilde Urrutia bajo una sábana de piedra, en un promontorio en forma de barco enfilando su proa a las olas y a la eternidad. Ningún prócer de América ha merecido un monumento mortuorio tan espectacular. Pero el oleaje sigue estrellándose contra el misterio de Isla Negra.

El mar y la ciencia

La ciencia nació del mar. Los pueblos creadores de grandes religiones fueron siempre terrícolas; en cambio, los pueblos marineros y exploradores del océano, desde los griegos hasta los americanos, fueron grandes científicos.

América Latina, continente bañado por dos enormes océanos, acaso está predestinado para ser cuna de científicos. Sin embargo, este destino aún no se ha cumplido, acaso por la aversión al mar de sus actuales pobladores. Neruda, poeta marítimo por excelencia, no tuvo yate. Ni siquiera poseía una lancha, y en todo caso no pudo haberla usado ya que Isla Negra se encuentra frente al mar abierto y carece de facilidades portuarias. Existe la impresión de que para este poeta el mar era lugar de naufragios: un sitio sombrío y aterrador.

Esta actitud no es excepcional ni mucho menos. España fue tierra de grandes navegantes y descubridores sólo entre 1492 y la abdicación de Carlos V. Fue también su gran época científica. Cuando España finalmente se enfrentó a Inglaterra perdió el dominio de los mares y del mundo, y lo perdió precisamente en el ámbito de la ciencia y la tecnología. Fue la Royal Society de Londres, y no la Real Academia de Madrid, la que reconoció oportunamente que la invención de un instrumento de navegación que permitiera determinar la longitud geográfica en alta mar convertiría a sus poseedores en dueños de la historia. La Royal Society publicó la primera convocatoria científica del mundo, ofreciendo un premio especial de doscientas libras a “quién hallare la longitud”. El artesano inglés Stephenson fue el ganador, con su invento del cronómetro marino.

Así el avance de la inteligencia humana quedó indisolublemente ligado al mar. Los griegos, en la antigüedad, ya habían vivido en contacto estrecho con el océano. Homero no se cansaba de alabar el “mar color de vino” y las hazañas del aventurero y proto-científico Ulises. Los grandes pensadores griegos fueron expertos marineros. Hoy en Estados Unidos muchos científicos prefieren trabajar en universidades que poseen facilidades de acceso al mar, o a los grandes lagos. Hasta en ciudades del interior, como Houston, muchos colegas viven a orillas de canales que se comunican con el Golfo de México. Tienen su yate estacionado en la parte trasera de la casa.

En cambio, el principal instituto de investigaciones oceanográficas de nuestro país está en la capital, a 350 kilómetros al interior. ¿Cómo pueden vivir los investigadores tan lejos del objeto de su estudio y de su predilección? He visitado otra escuela de ciencias marinas, ésa sí construida a orillas del mar. Está muy bien instalada pero no tiene muelle propio. Los edificios dan la espalda al mar, o sea, al conocimiento.

La ciencia es una gran aventura, y el miedo al mar significa en algún nivel miedo al conocimiento. Es una metáfora nada más, pero las metáforas suelen gobernar el destino de las naciones. En América Latina nos hemos dedicado por muchos años al descubrimiento y a la conquista de territorios, pero el efecto sobre el desarrollo científico no parece haber sido el mismo que el descubrimiento de los mares. La curiosidad natural por explorar el mundo se expresa tan bien de un modo como del otro, pero resulta que existen motivos de lucro material (fiebre del oro, ansia de poder) que suelen dominarlo todo en el caso de la expansión territorial. Los exploradores marítimos suelen ser menos interesados. Ni Leif Eriksson, ni Colón o Magallanes fueron hacendados o terratenientes.

El joven Charles Darwin era hijo de una familia acomodada y nunca tuvo necesidad de ganarse la vida. Cuando se le ofreció la oportunidad de ocupar un puesto honorario como naturalista a bordo de la pequeña e incómoda fragata Beagle, no dudó y aceptó de inmediato. Ello determino su vocación; Darwin originalmente había pensado hacer estudios en teología. No era un marinero experimentado: todo lo contrario, se mareaba con facilidad y nunca logró sobreponerse a esta debilidad. El viaje del Beagle duró cinco años y no le reportó beneficio alguno: al contrario, Darwin le quedó debiendo 21 libras al editor por la primera edición de su diario de viaje. Pero su curiosidad era más fuerte. Dice en el prefacio: “Fue gracias al deseo del capitán FitzRoy de contar con algún científico a bordo, y a su ofrecimiento de renunciar a una parte de sus propias comodidades materiales, que ofrecí voluntariamente mis servicios que fueron aceptados por el Almirantazgo gracias a la recomendación favorable del hidrógrafo de la Armada, capitán Beaufort”. La enfermedad de Chagas, que contrajo en Argentina, impidió que Darwin jamás volviera a embarcarse en alta mar, pero afortunadamente el estudio de sus colecciones del Beagle le bastó para formular la teoría de la evolución. Si Inglaterra no hubiese sido una potencia marina, que enviaba expediciones con el solo objetivo de explorar el mundo, Darwin jamás hubiera sido un científico.

La navaja de Occam

El teólogo franciscano Guillermo Occam (1300-1350), más conocido como Occam, fue un discípulo de John Duns Scott y rival de las doctrinas de Tomás de Aquino. Sus reflexiones sobre epistemología dan prioridad al conocimiento concreto sobre las ideas abstractas. Se le recuerda por haber enunciado un principio ampliamente conocido entre los científicos anglosajones: la navaja de Occam. Curiosamente, dicho principio no ha tenido la misma aceptación en la ciencia alemana o latina. Es casi desconocido en México.

Afirma Occam que si se tienen varias explicaciones plausibles acerca de un mismo fenómeno, hay que preferir aquella que ofrece un mínimo de dificultades lógicas o conceptuales. Fue la primera vez que se planteaba un medio práctico de decidir o “cortar con navaja” los pleitos que se presentaban cuando la ciencia aún carecía de argumentos decisivos a favor o en contra de una determinada teoría. Supongamos, por ejemplo, que observo las gotas de lluvia en mi parabrisas y constato que algunas gotas corren hacia abajo y otras hacia arriba. ¿Por qué sucede esto? Podría suponerse que unas son atraídas por la gravedad y otras por alguna fuerza que no se ve a primera vista.

Así, se podría suponer que se trata de la acción de ángeles o demonios. Pero ¿cuál sería el motivo que los induciría a actuar de esta manera? ¿Acaso los ángeles, por el hecho de volar, se oponen a la gravedad? ¿O será más bien que los diablos, por el puro gusto de contradecir al Hacedor, se dedican a hacer travesuras para confundirnos? Tales explicaciones podrán parecer jaladas de los cabellos, pero se tomaban muy en serio en tiempos de Occam.

Existe una explicación más sencilla: la presión del aire. Debido a la inclinación del parabrisas, el flujo horizontal del aire adquiere una componente hacia arriba y arrastra algunas gotitas. Pero ¿de dónde viene esta corriente de aire? ¿No será que mi coche está en movimiento?

Se ve que la navaja de Occam funciona como un instrumento quirúrgico ya que no sólo elimina las teorías muy complicadas o carentes de lógica sino que sirve para plantearse preguntas nuevas, relevantes para entender y cambiar el mundo. De aquí surge la ciencia experimental y también la tecnología. La idea de atribuir el efecto a seres sobrenaturales es un callejón sin salida: creer o no creer. Esto no lleva a nada. En cambio, la idea de la corriente de aire nos induce a seguir observando el fenómeno mismo con más detenimiento. Miremos bien: si las gotas se desplazan hacia arriba sólo cuando el carro está caminando a una cierta velocidad mínima, hemos aprendido algo de aerodinámica. Si se quiere, se puede seguir adelante. Podemos graficar la velocidad crítica del automóvil contra la inclinación del parabrisas y construir una fórmula para la resistencia del aire.

Hasta hoy, son los pueblos marineros los que usan la navaja de Occam para dirimir sus dificultades. Ven el mundo en forma concreta y no se pierden en especulaciones sobre hombrecillos verdes venidos de Marte. En cambio, los pueblos continentales siguen arrastrando sus conflictos ideológicos insolubles: idealismo contra materialismo, socialismo contra fascismo, tu religión contra la mía. Nunca piensan en términos de lo simple y evidente contra lo complejo y recóndito; de lo contrario, usarían más frecuentemente la buena navaja de Occam.   n

Cinna Lomnitz Geofísico. Investigador de la UNAM.