Incluso físicamente, mis padres parecían no encajar. Mi madre era pequeña, achaparrada, y con algo de patito feo. Incluso en fotos de la infancia con su familia se ve plana, resentida y opacada por Flee, su hermana mayor. El buen ver y la vivacidad de Flee la habían llevado a círculos más altos (y, quedaba implícito, de modo más rápido); mi madre nunca la perdonó.

Mi padre era alto, delgado y, hasta donde podría esperarse de un contador, con porte; se parecía de un modo notable a Fred Astaire. Admirado por las mujeres. gustado por la mayoría de los hombres —no los menos, sus empleados— tenía mucha gracia social. Había sido un buen atleta, un prodigio local del ajedrez, de modo reputable se había abierto paso en Pittsburgh jugando billar de apuesta, y era ya un exitoso hombre de negocios. Hasta poco antes de su muerte parecía diez o quince años menor de lo que era. A la mediana edad, tuvo que mandar a buscar su acta de nacimiento; había mentido sobre su edad durante tanto tiempo que ya ni siquiera él la sabía.

Creo que fue un niño enfermizo; contrajo una de las enfermedades, hoy raras, de la infancia, quizá difteria. De no ser porque era verano, nos dijo su madre, él habría muerto. El se había aferrado a la reja con picos en su patio, dijo ella, para que la tos no lo derribara. Su recuperación debió ser notable. En su adolescencia trabajó en el camión repartidor de hielo —que aún existía cuando yo era niño, y que llevaba inmensos bloques de cristal a cada vecindario mientras nosotros los niños seguíamos su parte trasera para recoger los pedazos y trozos sueltos de hielo que dejaba caer—. Los hieleros eran fuertes y curtidos. No sólo cargaban bloques de hielo de trescientas libras, tenían que pelear para obtener los primeros bloques recién cortados en la fábrica de hielo. Me han dicho que mi padre se sabía varias llaves de lucha libre y que con mucha destreza podía derribar a un hombre con mayor peso del suyo. En todo caso, él había sobresalido a la hora de pelear el hielo y no tenía cicatrices que mostrar por eso. Se había roto la nariz dos veces, pero sólo cuando de las pesadas y negras tenazas para el hielo se zafaba un bloque que él estaba cargando y le caía en la cara. Esto le costó severos dolores en los senos nasales y varias operaciones para quitar cartílago y huesos rotos, pero nunca afectó su apariencia.

Debió ser bueno para la mayoría de los deportes, pero destacaba más en béisbol. Aquí, también, la iniciación fue ardua; cuando se integraba al equipo local los miembros del equipo le rellenaban a uno la boca con tabaco de mascar, hasta que todos acordaban si la cantidad era suficiente, y luego daban un tiempo para sostenerlo en la boca. Era notable la explosión cuando el tiempo expiraba. Mi padre no sólo pasó la prueba, sino que jugaba bien. Pudo llegar a ser profesional como cátcher de no haber sido por su única debilidad, una debilidad fatal. Un cátcher debe dejar su posición en cuclillas y disparar la pelota a la segunda base en un lanzamiento tendido que dejaría sin cabeza al pítcher si éste no lo esquiva a tiempo. Conforme te haces viejo. me decía él, cada uno de estos lanzamientos te roba una semana de lo que te resta de carrera. Pero no había problema; mi padre ni siquiera podía hacerlo cuando era joven. Trató de enseñarme algunas de sus habilidades pero yo resulté una penosa decepción. Amarrado al delantal de mi madre, era una nulidad para la mayoría de los deportes, sobre todo aquellos en los que él era bueno. De modo extraño, resulté un poco mejor para el futbol (que él nunca había jugado); aún recuerdo juegos en los terrenos baldíos donde yo cumplía con lo debido, hasta acabar felizmente adolorido del cuerpo y hasta sangrando. Pero eso no es lo mismo que ser bueno para jugar. Mi tío Stew había sido un buen jugador amateur en torneos de tenis y él también trató de enseñarme. Me encantaba este juego, sobre todo la rectitud deportiva que era de esperar: uno nunca cantaba a su favor puntos dudosos: uno se lo daba al oponente o el punto volvía a jugarse. Tuve mis mejores golpes en ese terreno. Por desgracia, yo perdía incluso contra gente que quizá nunca había visto una raqueta —de hecho, yo perdía sobre todo con ellos—. Contra un buen jugador como Stew, yo parecía casi tan bueno como él. Mi problema real era al que Stew, en broma, culpaba por sus infrecuentes puntos perdidos: todo estaba magnífico, de no ser porque yo no ganaba los puntos suficientes. Cuando yo no podía cantar puntos suficientes en contra de mí mismo, mi desempeño era simplemente pobre.

Mi padre quería un peleador. En cada nuevo vecindario al que nos mudábamos, yo tenía que pelearme con alguien de la nueva pandilla. Durante semanas, yo dejaba que me jalonearan y me vejaran, hasta que por fin nos encerrábamos en algún callejón y nos fajábamos a golpes durante una o dos horas. Para mi sorpresa, gané tantas peleas como las que perdí, aunque en realidad a nadie le importaba eso. Los muchachos sabían que yo no era un peleador, y esto era más aceptable para ellos que para mi padre.

Tampoco sabía jugar billar: yo lo había visto a él dar exhibiciones en carambola de tres bandas y habría dado un pulmón por aprender eso. Hasta la agresión simbólica del ajedrez era demasiado para mí; yo estudiaba sus libros de ajedrez, y me maravillaban Alekhine, Capablanca o Lasker, pero en cuanto nos sentábamos a jugar, mi mente vagaba. El tenía ese don de la energía mental agresiva que le permitía enfocarse en las fortalezas y vulnerabilidades de cada pieza, su lugar en todo el plan de la batalla. El mismo don, sin duda, que le permitía enfocarse en esas columnas con cifras durante todo el día y muchas noches. La falta de ese don me derrotaba abyectamente, aunque yo me propusiera una defensa Nimzovich o un libro de contabilidad.

Y no es que mi padre ganara todos sus combates. Los muchachos del colegio le pueden hacer a uno más daño, a veces, que los hieleros o los jugadores de beisbol. El había ingresado al Geneva College —al cual asistimos posteriormente tanto mi hermana como yo— , la pequeña escuela como a una cuadra de la casa que mi familia compró eventualmente. Era una estricta institución cristiana, regida por la Iglesia Presbiteriana Reformada, una secta escocesa fundamentalista conocida como los Covenanters; no fumaban, no bebían, no bailaban, ni votaban. (Una vez conocí a un Covenanter que me confesó que a veces él salía “y se echaba un voto”.) Con el estricto rigor respecto a tales prohibiciones, de manera extraña podían ser ciegos a cosas como el sexo, las actividades del equipo de futbol, y la brutalidad de las novatadas. Al equipo —alguna vez de veras poderoso, ¡realmente había derrotado a Harvard!— lo formaban tipos toscos, reclutados en los molinos locales y en las minas; ellos estaban detrás de muchas de esas novatadas. Mi padre, quizá demasiado orgulloso de sus éxitos previos, no iba a dejar que lo novatearan —así tuviera que pelearse contra toda la escuela—. Si aquella vez lo atacaron de uno en uno o en montón (durante mis días ahí, la especialidad era atacar en montón), es algo que no sé. Fue a dar al hospital; hubo un escándalo considerable.

Después de eso, sus padres lo mandaron a Tarkio College, en Missouri, donde conoció a mi madre. Con todo, sus problemas en Geneva no lo habían acobardado; mi madre me dijo que una tarde mientras caminaban, varios muchachos que iban en un carro se metieron con ellos. El saltó al carro y bajó a los tripulantes. Cuando sus padres lo trajeron de regreso para que acabara sus estudios en Pittsburgh, mi madre y mi padre se separaron durante un año; pero después de su graduación, se casaron. Sospecho que sus padres buscaron transferir a mi padre a la espera de que el compromiso fuera roto; en un principio no habían aprobado sus amoríos con una muchacha de una zona que ellos creían llena de indios, forajidos y violencia. Con el tiempo, se sobrepusieron a esto; ella, no.

El matrimonio de mis padres debió ser feliz en un principio, mientras fueron jóvenes y pobres. Puedo recordar, de mi primera infancia, cómo mi padre entraba al cuarto y le daba a mi madre una palmada en las nalgas, y me parece recordar abrazos ocasionales que parecían de afecto verdadero, casi apasionados. Pero, para los tiempos que puedo recordar con mayor claridad, ya el frío se había instalado. De vez en cuando, mi padre le dirigía un gesto; al gesto siempre respondía una desaprobación glacial de parte de ella. De ella nunca salió una palabra de reproche, ella nunca dijo por qué estaba enojada; sólo se daba la vuelta, furiosa y en silencio. Guardaba su rencor mejor que nadie que yo haya conocido.

¿Quién sabe si hubo algún incidente específico que disparara este largo silencio ártico? A veces, mi madre insinuaba algunos ultrajes, pero parecían como los “motivos” de Yago para odiar a Otelo. Ella insinuaba que, mientras me estaba pariendo, mi padre se había quedado con Flee en la parte de ahajo de la casa. Mi madre no sugería más que algo de bebida, que quizás estaban poniéndose un poco alegres, que posiblemente bailaron. Me cuesta trabajo imaginar más que eso. Pero, a los ojos de ella, el solo hecho de beber era infierno y perdición. Ella sabía que él bebía con personas asociadas a su negocio —¿de qué otro modo podría él construir su negocio?—. Pero sus convicciones le daban a ella la excusa perfecta para no acompañarlo a comidas y fiestas de negocios, ni para invitar a la casa a sus compañeros de negocios. Eso también le daba a él la excusa perfecta para ausentarse de la casa cada vez que se le antojaba. Y se le antojaba cada vez con mayor frecuencia.

Después de la muerte de mi padre, ella declaró que la secretaria principal de su oficina se había enamorado de él: “¡No se me había ocurrido que ella fuera capaz de ser tan maligna!”, dijo mi madre. Tal vehemencia me sorprendió, sobre todo porque ella había dicho que mi padre había despedido a su secretaria en cuanto lo supo. Yo no creía que fuera maligno amar a alguien, ni siquiera en el caso de que estuvieran comprometidos por fuera; podría ser maligno para ellos responder bajo tales condiciones. Pero ella debió estar más enterada de lo que fingía sobre aquel largo e intenso affair amoroso y el cual, como descubrí después, en realidad sólo había terminado cuando mi padre finalmente se negó a dejar a mi madre y casarse con su secretaria. Aun así, dudo que mi madre supiera esto; lo probable es que, como Yago, su fuerte fueran simplemente el odio y la sospecha. Incluso en caso de que ella lo supiera, yo habría creído que la elección final de mi padre por mi madre pudo haber aliviado algo de la amargura. O. si esa amargura era ya muy profunda, yo habría creído que sería mejor hacer a un lado lo que uno no puede perdonar. Pero en ese tiempo, sabía yo poco sobre el amor y las delicias del rencor duradero.

Al paso del tiempo, mi padre tuvo otros amoríos. Una noche en que mi madre había salido, él llamó a la casa para decir que trabajaría hasta tarde. Cuando dieron las cuatro de la mañana y él aún no había llegado, llamé a la policía tanto en nuestra localidad como en Pittsburgh para ver si había tenido un accidente de tráfico. A punto de amanecer, lo obvio comenzó a ocurrírseme. Francamente, para mí fue un alivio descubrir que él tenía otras mujeres; nadie en su caso habría sustituido con las magras raciones de afecto por parte de mi madre.

Aun así. yo no quería saber los detalles. Tiempo después, una vez que yo estaba de visita de la universidad, me invitó a almorzar en su club en Pittsburgh. Llegó con una mujer que yo nunca había visto: no muy atractiva, pero bien vestida y vivaz. Era una mujer dedicada a los negocios que él conocía desde los días de la escuela y con quien, al parecer, había tenido una relación intermitente durante años. Ella me gustó, pero se me hizo odioso dirigirme a casa y mentirle a mi madre sobre el día que habíamos pasado. Yo quería que él se encargara por su cuenta de cuantos engaños necesitara. Después de todo, por estar lejos con tanta frecuencia (debido en parte a tales amoríos) nos había ayudado muy poco en lidiar con mi madre.

A pesar de tales resentimientos, yo lo prefería a él que a mi madre: simplemente él era más atractivo. Uno diría que el sádico y el masoquista crean su relación a partes iguales; pero es el sádico quien aún tiene el látigo y es difícil gustar de eso. ¿Por qué, entonces, no seguí el ejemplo de mi padre, no hice mías sus enseñanzas, no seguí sus pasos? Sin duda, todos sabíamos desde el principio que mi madre era la más fuerte, la más apta para sobrevivir. Lo admito con desagrado; pero los niños, también, reconocen a los agresores reales, a los detentadores del látigo, y aprenden a identificarse con ellos.

Simone Weil escribió: “Los poderosos de este mundo, si llevan la opresión más allá de cierto punto, inevitablemente se vuelven adorables”. Ella escribía, claro, sobre política, ¿pero quién dice que yo no escribo aquí sobre lo mismo? ¿Dónde si no en la familia aprendemos esos paradigmas sobre los cuales construimos nuestras posteriores estructuras domésticas y políticas? Por supuesto, no augura nada bueno el que, ya sea en el amor o en la política, empecemos nuestras vidas identificándonos con, y adorando lo que, no podemos admirar.

Lo menos que puede decirse es que los muchachos suelen oponerse a sus padres y yo había tenido enfrentamientos tempranos con los míos. A la hora de dormir, cuando éramos pequeños, nuestra madre se sentaba en nuestras camas mientras nos arrodillábamos junto a su regazo para decirle nuestras oraciones. Le decíamos nuestras oraciones “a ella”; la frase no es del todo accidental. Una tarde en que mi madre había ido con las Damas Voluntarias o a una reunión de las DAR (Daughters of American Revolution), mi padre nos preparaba para acostarnos y nos decía a mi hermana y a mí que le dijéramos nuestras oraciones “a él”. Yo quería esperar hasta que mi madre regresara a la casa.

El insistió; yo me negué. “Muy bien, si quieres pelearte”, dijo él, “ya tienes los puños cerrados: ¡éntrale!”. Bajé la vista y noté, sorprendido, que mis puños estaban cerrados; y él quería pelear conmigo de hombre a hombre. Me sorprende el hecho de que no me haya desmayado; estaba tan aterrado que no puedo recordar qué acabé haciendo. Supongo que me rendí y que lo traté, por el momento, como si él fuera la figura deífica de la familia. Pero, como en la mayoría de los casos, era una conversión falsa —y una victoria también falsa—. Si de algo me convenció la necesidad de mi padre por abrumarme, fue de su debilidad.

Contra mi madre, una rebelión así no habría provocado de su parte ninguna exigencia de sometimiento, sino más bien una retirada silenciosa de ella que me tendría, en unas cuantas horas, rogándole que aceptara aquellos ritos de adoración que ya para entonces ella se negaría a aceptar hasta que yo no mostrara una postración total y abyecta. Sólo hasta que yo ponía de manifiesto que este era mi deseo, y no el suyo, mi madre, con desdén, asumía una vez más aquella dominación absoluta que todos demandábamos de ella.

Conforme crecí, poco a poco se hizo claro que los orígenes de nuestros líos eran menos simples de lo que yo había pensado. Si salíamos con mis padres de viaje, en algún sitio, tarde o temprano, nos encontraríamos con uno de esos puestos junto a la carretera que mercaban pilas de pájaros, bolas de cristal, enanos de yeso pintado, flamengos, renos, conejitos. Ella se paseaba, admirada, entre los pasillos de estas monstruosidades. Con mucha frecuencia, sin embargo, aunque ella hubiera expresado su deseo por alguno de estos objetos, decidía no comprarlo: que, en realidad, no lo necesitaba. (¡Como si alguien necesitara tales cosas!) Entonces mi padre la codeaba: “Oh, cómpralo, Helen— podemos pagarlo”—. Esto a veces parecía una cuestión de mera generosidad, ¿entonces por qué luego mi padre se quejaba de esos mismos objetos?

Tiempo después, cuando yo llegaba de visita, mi padre y yo hacíamos largas caminatas por la tarde para hablar de estos asuntos. Con el tiempo, hasta él llegó a admitir que había apoyado, quizá propiciado incluso, mucho de la conducta de mi madre. Era la norma, por supuesto, el urgiría a tomar o hacer las cosas que quería, a pesar de sus rechazos o negativas. Muy pronto nos volvimos adeptos a leer su deseo no expresado, el deseo al que renunciaba, para obligarla a que lo aceptara. Con todo, mi padre era un adulto y, supuestamente, el igual de mi madre. Yo quería que él impusiera un orden sobre la locura creciente alrededor de ellos, aunque el sentido común me decía que no había manera en que ella pudiera ser controlada. Mi madre haría las cosas a su modo —si es que él quería su casa y su familia—. Aun así, mi padre no tenía por qué alentar aquello de lo que él mismo se quejaba. La oposición de mi padre pudo ser de ayuda; en caso de fracasar, la única venganza de ella habría sido más frialdad y desprecio. ¿Cómo podría ser peor de lo que ya era? Pero él era más débil; necesitaba aquellos pocos momentos de aprobación o afecto que su complicidad pudiera comprar. Ella tenía la verdadera invulnerabilidad de aquellos que pueden vivir en el dominio, en la adoración, sin que les afecte.

Como sea, las actitudes de mi padre tenían un lado menos simpático. Tal vez ocurre así con cualquiera que viva con un alcohólico, un adicto, un hipocondriaco: la tentación de obtener ganancias de las faltas de la otra persona debe ser casi abrumadora. Fue sólo muchos años más tarde, cuando yo tuve que enfrentarme con tales compensaciones en mí mismo, que me di cuenta de que mi padre había alentado las injurias de mi madre para colocarse él mismo en el lado bueno. Esa motivación parecía digna, sin embargo, no de él sino de ella.

Con todo, enfrentado a tal locura de dos, era imposible discernir quién de ellos había empezado qué. Y yo aún tenía problemas con los dos. Mi padre había sido de manga ancha para manejar a los niños por medio del dinero— era su dinero, después de todo, y él con frecuencia había iniciado los arreglos financieros—. Estos arreglos me habían mantenido en la escuela, estudiando poesía, durante años. Cuando los problemas surgieron, estos arreglos me sacaron adelante. Aunque era un sobreentendido el hecho de que serían préstamos, cuando traté de pagárselos mis padres actuaron como heridos y se llamaron a la ofensa. Insistieron en comprarme más cosas, poniéndome más en deuda. Yo protesté, sospecho que débilmente, diciéndoles que sería mejor que ahorraran su dinero: algún día yo podría necesitarlo de veras.

Con el tiempo, ese día llegó: mi primer matrimonio se deshizo, yo tenía pagos que hacer, cuentas de abogado, y Paul Engle, mi director en la universidad, sin decírmelo, me había borrado de su lista de becarios. Ahora necesitaba la ayuda de mi padre. Cuando acudí a él, dudó: “¿Y qué tal si no queremos dar nuestro apoyo en algo como ésto? ¿Así nomás: tú sólo dices qué quieres y nosotros pagamos? Después de todo, tú qué has hecho alguna vez por mí?”. Retiré mi pedido,  conseguí un trabajo en un hospital, y entré a terapia psiquiátrica. Este choque, la terapia, y la muerte de mi hermana me llevaron rápidamente a la decisión de que yo debía cortar muchos de mis lazos con la familia.

Aun así, a veces caía de visita y tenía largas pláticas con mi padre. Para ese tiempo, una parte de mí en verdad lo despreciaba: por su debilidad, su fracaso para rescatarnos de la garra de mi madre, y su manera sutil de manipularnos. (Empecé a entender los acuerdos financieros de nuestro país con países más pequeños y débiles; mi padre habría sido un diplomático soberbio). Aun así, aunque yo temía y odiaba a mi madre, supe que no tenía más opción que amarla, así que con él no tenía otra opción que gustar de él, quizás amarlo. Ciertamente quería que estuviera vivo y bien; él, mientras tanto, envejecía rápidamente. La muerte de Bárbara caía sobre él, rondaba como una niebla; finalmente empezó a fijarse en su edad, cercana a los sesenta; comenzaron a aparecer pequeños síntomas que podrían sugerir cáncer.

Su hermano menor, Stew, tuvo un ataque al corazón y murió antes que él. En un año, mi padre me dijo que tanto su doctor, como su abogado y su peluquero habían muerto. “Puedo conseguir otro doctor y otro abogado”, bromeó él, “pero ¿dónde puedo encontrar ahora un corte de pelo decente?”. F.n una de nuestras caminatas, dijo que le habían quitado un pequeño tumor de su sien izquierda, pero que había resultado benigno. “Casi llegué a creer que mis problemas habían terminado”, dijo. Luego añadió: “Pero uno no llega a mi edad sin haber guardado la suficiente cantidad de pildoras para dormir y que ellas se encarguen de los problemas”. Aunque ésta parecía una resolución de admirar, yo no quería que las cosas acabaran así.

Por lo menos una vez le dije abiertamente que yo temía por su vida si seguía viviendo ahí. La enfermedad sería la única salida para él: mi madre sólo podía perdonar a la gente cuando ésta se enfermaba. Era entonces cuando mi madre se encargaba de las personas con todo tipo de cuidados amorosos aunque esas personas nunca se recobrarían. Después de una larga discusión, él me dijo finalmente: “¿Pero no ves que esta es La Casa Snodgrass? ¿Cómo puedo dejarla así nada más?”. Recordé el lamento de Freud cuando vinieron a rescatarlo de la Alemania nazi, y de la réplica: “¿Pero no ve, Doctor, que su país ya lo dejó a usted?”.

No hice la réplica. El descaro de la mentira sugería que funcionaba como una verdadera necesidad y que como tal sería defendida. Pero a mí las mentiras me daban cada vez más furia. Mi furia aumentó mientras mi padre se iba debilitando y el cáncer apareció finalmente. La siguiente vez que lo vi, mi padre tenía el brazo en un cabestrillo; la próxima vez, ya no había cabestrillo. El se estaba dejando enterrar a pedazos, dejaba que mi madre fuera la enfermera para su muerte. Con el tiempo, oí, él iba a perder una pierna, y aún así estaban planeando un gran viaje a Jamaica en cuanto él se “recuperara”. Por supuesto, nunca se recuperó.

Durante años mi furia ante estas mentiras, y ante su fracaso por no tomar las píldoras, continuó. Entonces mi hermano, quien había hecho un mayor contacto con la familia que yo, reveló que justo en el tiempo en que mi padre se había enfermado, ya no había podido manejar su cartera de clientes y había tenido grandes pérdidas. Jugando de un modo cuidadoso su regreso al mercado, él había alargado su vida de modo que pudiera dejarle suficiente dinero a mi madre para que ella pudiera terminar su vida confortablemente. Si él se hubiera tomado las píldoras, nosotros habríamos tenido que cuidarla a ella —y yo era el hijo mayor—. De nuevo, yo había juzgado mal a mi padre.

A veces, se juzgó a sí mismo, y a su vida, de modo áspero. Poco después de comprarse su primer Cadillac, me dijo un chiste. La escena ocurre en el entierro de un famoso magnate. Una inmensa grúa está bajando, en vez de un ataúd, el Cadillac del hombre rico dentro de una tumba abierta. Al volante está sentado el magnate, embalsamado, rodeado de lilas, gladiolas, crisantemos, y botellas no abiertas de champán. A un lado, lejos de los deudos bien vestidos, están sentados dos sepultureros negros. Lino le dice al otro: “Man, ¡eso es lo que yo llamo vivir de veras!”.

Mucho del peor comportamiento de mi madre disminuyó luego de la muerte de mi padre. Su funeral, sin embargo, no fue una de las mejores actuaciones de mi madre. A punto de salir hacia la funeraria, mi madre bajó las escaleras en un traje de lana blanca y una blusa también blanca, manchada. Sin mucho atrevimiento como para decirle que tal atuendo sería el adecuado como para una boda, le pedí que de ser posible se cambiara por algo más apropiado. “Oh, pero Papá siempre quiso tanto el color blanco”, dijo ella. “¡Hago esto en su honor!”. Luego me tomó del brazo para que yo la guiara rumbo a la puerta. En los escalones se detuvo: “Espera, tengo que regresar. No llevo pantaletas. Pero no ¿verdad?, probablemente no es necesario”. Empecé a entender por qué Blake había escrito: La verdad dicha con mala intención Derrota a todas las mentiras inventables. n

Traducciónn de Luis Miguel Aguilar.