En octubre de 1980 viajé de Inglaterra, en donde para entonces yo había vivido durante casi 25 años, en un distrito que estaba casi siempre bajo cielos grises, rumbo a Viena, con la esperanza de que un cambio de lugar me ayudaría a superar una etapa de mi vida particularmente difícil. Sin embargo, en Viena descubrí que los días me resultaban demasiado largos, ahora que no estaban ocupados por mi acostumbrada rutina de escribir y hacer trabajos de jardinería, y literalmente no sabía a dónde dirigirme. Salía temprano cada mañana y caminaba sin nimbo ni objetivo por las calles de la ciudad antigua, a través de Leopoldstadt y Josefstadt. Más tarde, cuando miraba el mapa, noté para mi asombro que ninguno de mis viajes me había llevado más allá de un área precisamente delimitada en forma de hoz o de luna creciente, cuyos extremos eran Venediger Au, por Pratestern, y las inmediaciones del gran hospital de Alsergrund. De haber trazado en tinta las rutas que yo había seguido, parecería como si un hombre hubiera intentado enlaces y recorridos nuevos una y otra vez, sólo para verse frustrado en cada oportunidad por las limitaciones de su razón, de su imaginación y su fuerza de voluntad, obligado a retroceder de nueva cuenta. Mi trayecto por la ciudad, que a menudo se prolongaba durante horas, tenía de esta manera límites muy precisos, y sin embargo en ningún momento mi conducta incomprensible se hizo evidente para mí: es decir, mi caminata continua y mi renuencia a cruzar ciertas líneas que eran al mismo tiempo invisibles y, supongo, arbitrarias por completo. Todo lo que sé es que me resultó imposible, incluso, usar el transporte público y, digamos, tomar simplemente el tren 41 hacia el parque Pótzleindorf, el Dorotheerwald o Fasangarten, como hacía en el pasado con frecuencia. Entrar a un café o a un bar, por otra parte, no representaba un problema en particular. De hecho, cada vez que yo me sentía de algún modo fortalecido y reanimado, recuperaba un sentido de la normalidad durante un tiempo y, apoyado por un dejo de confianza, había momentos en los que yo me suponía capaz de terminar con el mutismo en el que había estado inmerso durante días y hacer una llamada telefónica. No obstante, lo que sucedió fue que las tres o cuatro personas a las que me hubiera importado hablarles nunca estaban, ni podían ser inducidas a levantar el auricular, sin importar cuánto tiempo yo dejara sonar el teléfono. Hay algo singularmente desalentador en el vacío que surge cuando uno marca en vano los mismos números telefónicos en una ciudad ajena. Si nadie responde, es una decepción de un significado inmenso, como si estas contadas cifras al azar fueran cuestión de vida o muerte. Qué más podía yo hacer entonces, una vez devueltas a mi bolsillo las monedas que tintineaban al salir de la caja, sino vagabundear sin rumbo hasta bien entrada la noche. A menudo, tal vez por sentirme tan fatigado, yo creí ver algún conocido que caminaba delante de mí. Quienes aparecían en estas alucinaciones, pues de eso se trataba, eran siempre personas en las que yo no había pensado durante años o que habían muerto hacía mucho tiempo, como Mathild Seelos o el amanuense pueblerino de un solo brazo, Fürgut. En una ocasión, en Gonzagagasse, creí incluso reconocer al poeta Dante, desterrado de su ciudad bajo condena de ser quemado en la hoguera. Durante algún tiempo considerable él caminó delante de mí a una distancia corta, con la conocida capucha en su cabeza, distinguido por su altura superior a la de la gente en la calle, aun si él caminaba entre ella sin ser advertido. Cuando me apresuré con el fin de alcanzarlo, él bajó por Heinrichgasse, pero cuando llegué a la esquina no había ningún lugar donde él fuera visible.

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Ilustración de NCMAllory, bajo licencia de Creative Commons.

Luego de una o dos ocasiones semejantes yo empecé a sentir un vago recelo que se manifestó como una sensación de vértigo. Los contornos que yo trataba de enfocar se disolvieron y mis pensamientos se desintegraban antes de que yo pudiera comprenderlos cabalmente. Aunque a veces, obligado a recargarme en una pared o a buscar refugio en la entrada de un edificio, temeroso de que la parálisis mental comenzara a apoderarse de mí, yo no podía pensar en otra forma de resistencia excepto caminar hasta ya entrada la noche y hasta sentirme exhausto por completo. En los diez días, más o menos, que yo pasé en Viena, no visité ninguno de los sitios de interés ni dirigí palabra a nadie, salvo meseros y meseras. Las únicas criaturas con las que platicaba, si lo recuerdo bien, eran las cornejas en los jardines de la casa de gobierno y un mirlo de cabeza blanca que compartía el interés de las cornejas en mis uvas. Sentado durante largos ratos en bancas de jardín y vagando sin propósito por la ciudad, cada vez más proclive a evitar los cafés y restaurantes y tomar un bocadillo en cualquier puesto donde yo pudiera encontrarme, o simplemente comer algo de un envoltorio de papel, todo esto ya había empezado a cambiarme sin que yo me diera cuenta. El hecho de que yo viviera todavía en un hotel desentonaba cada vez más con el estado deplorable en que me hallaba entonces. Comencé a llevar conmigo toda suerte de objetos inútiles en una bolsa de plástico que traje de Inglaterra, objetos de los que, al paso de cada día, me pareció cada vez más imposible separarme. Al regresar de mis excursiones a una hora tardía, sentí a mi espalda la mirada del portero nocturno que me sometía a un escrutinio largo e inquisitivo mientras yo esperaba el elevador en el lobby del hotel, estrechando la bolsa contra mi pecho. Ya no me atrevía a encender la televisión de mi cuarto, y no podría decir que alguna vez yo habría superado el abatimiento si una noche, al desvestirme con lentitud sentado en el borde de la cama, no me hubiera asombrado la visión de mis zapatos que literalmente se caían en pedazos. Me sentí incómodo y mis ojos se oscurecieron, como ya lo habían hecho una vez aquel día, cuando llegué a Ruprechplatz luego de un largo trayecto alrededor de Lepoldstadt que me llevó por último a través de Ferdinandstrasse y por Schwedenbrücke hacia el primer distrito. Las ventanas del centro comunitario judío, en el primer piso del edificio que también alberga la sinagoga y un restaurante kosber, estaban abiertas de par en par, siendo un insólito, agradable y en verdad veraniego día de otoño, y adentro había niños que cantaban, inexplicablemente, “Navidad, navidad” y “Noche de paz” en inglés. Las voces de los niños cantores y ahora, frente a mí, mis zapatos en jirones y al parecer sin dueño. Montones de zapatos y altas pilas de nieve —me acosté con estas palabras en mi mente—. La mañana que siguió, cuando desperté de dormir profundo y sin soñar, algo que ni siquiera el estruendo del tráfico en la glorieta había logrado perturbar, sentí como si hubiera atravesado un amplio tramo de agua durante las horas de mi ausencia nocturna. Antes de que abriera mis ojos pude verme descender por el pasillo de un largo transbordador, y apenas había puesto un pie en tierra cuando decidí abordar el tren vespertino a Venecia, y antes de ello pasar el día con Ernest Herbeck en Klostemeuburg.

Ernest Herbeck había padecido enfermedades mentales desde sus veinte años. Ingresó por primera vez a un hospital en 1940. En ese entonces él trabajaba como obrero no especializado en una fábrica de municiones. De pronto, apenas lograba comer o dormir. Yacía despierto por la noche, contando en voz alta. Su cuerpo era torturado por calambres. La vida familiar, y en especial el pensamiento incisivo de su padre, le corroían los nervios, según lo dijo. Por último perdió el control de sí mismo, aventaba su plato a la hora de la comida o derramaba su sopa bajo la cama. En ocasiones, su estado mejoraba por un tiempo. En octubre de 1944 fue incluso reclutado, sólo para ser liberado en marzo de 1945. Un año después de que la guerra había concluido, lo reclutaron por cuarta y definitiva ocasión. Había estado vagando por la noche en las calles de Viena, llamando la atención por su comportamiento, y había hecho declaraciones incoherentes y confusas a la policía. En el otoño de 1980, luego de 34 años en un hospital, atormentado durante la mayor parte de ese lapso por la pequeñez de sus propios pensamientos y percibiendo cada cosa como a través de un velo tendido sobre sus ojos, Ernest Herbeck había sido, por así decirlo, disculpado de su enfermedad y se le permitió mudarse a una casa de huéspedes en la ciudad, entre cuyos inquilinos él difícilmente parecía conspicuo. Cuando llegué a la casa, poco antes de las nueve y media, él ya me estaba esperando, de pie en lo alto de la escalera que subía hacia la entrada. Lo saludé con un ademán desde el lado opuesto de la calle, a lo que él levantó el brazo en bienvenida y manteniendo el brazo extendido descendió las escaleras. Usaba un traje que le quedaba corto, con una insignia de excursionista en la solapa. En la cabeza llevaba un sombrero de ala corta, una especie de sombrero de paño que más tarde retiró, cuando se le hizo demasiado caluroso y lo portaba a su lado, tal como mi abuelo solía hacerlo durante los paseos en el verano. n

 

W. G. Sebald