El caso Salman Rushdie no es un expediente del delirio fundamentalista. La fatwa lanzada por Jomeini es una ofensiva religiosa contra las libertades modernas, más aún, es una amenaza contra la novela como visión del mundo. Ante la acometida de las religiones, la respuesta de Rushdie es una reivindicación de la ética laica.

Ya Milán Kundera había prevenido sobre la amenaza que Salman Rushdie encarna para las religiones activas en el reino de este mundo. Tras el resurgimiento de los furores religiosos como uno de los fenómenos más enigmáticos y peligrosos del final del siglo XX, el caso Rushdie se ha convertido en un expediente sombrío en el conflicto entre religión y modernidad. Para nadie es una noticia que él es una víctima de la intolerancia y la persecución islamista (por usar la palabra acuñada para describir al actual brazo político del Islam). Cuando el ayatola Jomeini lanzó en su contra la fatwa y lo condenó a muerte, no sólo inició una cacería de brujas que recuerda a la inquisición, también desencadenó una ofensiva contra la sociedad moderna. Por supuesto que no se trata de asunto personal, tampoco de un caso de blasfemia heterodoxa. El affaire Rushdie no es un hecho aislado o un indicio de los delirios fundamentalistas; bajo su sombra reaparece un conflicto entre teocracia y libertades modernas. Rushdie, en realidad, sólo hizo lo que suele hacer desde hace algún tiempo: escribió una novela. No atacó al Islam y tampoco blasfemó. Lo que está bajo sospecha no es sólo un escritor que toca o transgrede temas religiosos, la novela misma como expresión de la cultura moderna está amenazada de muerte. Para el espíritu teocrático, escribir una novela puede ser peor que un ataque directo. Para Kundera, el problema no es el significado de la broma o el recurso de la ironía, sino la novela en sí misma, como visión moderna del mundo: “si se ataca una religión (con una polémica, una blasfemia, una herejía), los guardianes del templo pueden fácilmente defenderla en su propio terreno, con su propio lenguaje; pero, para ellos, la novela es otro planeta; otro universo basado sobre otra ontología; un infernum en el que la verdad única carece de poder y en el que la satánica ambigüedad convierte toda certidumbre en enigma”. La novela irrita no porque blasfeme, se burle o ataque a los valores sagrados, sino porque inyecta humor en la vida y exhibe la relatividad de los valores humanos demasiado humanos. Expone la vulnerabilidad de la existencia y derrota las certidumbres. La novela es un modo de ver el mundo y la condición humana en su ambigüedad.

En Los testamentos traicionados, Kundera examina el caso Rushdie y ante los enemigos de la novela reivindica el humor como un estilo moderno que se basa en la libertad individual y el derecho a reinterpretar la realidad no según los cánones de la fe sino bajo el arte de la ficción. La desdivinización del mundo es una de las tendencias que define la vida moderna. pero este proceso de desencantamiento —como lo llama Max Weber— no es sinónimo de triunfo del ateísmo. La desdivinización designa la ruptura del orden divino y el nacimiento del individuo en su acepción racionalista. El individuo reemplaza a Dios como fundamento de la convivencia social y política. La idea de un orden natural, garantizado por Dios, comienza a perder sentido, y el individuo gana autonomía, mayoría de edad. Desde luego, las creencias religiosas persisten; sin embargo, si las personas conservan su fe, este sentimiento queda anclado en un espacio subjetivo. La fe se refugia en los dominios de lo privado.

El espíritu de la crítica en su sentido moderno es un modo de cuestionar las certidumbres religiosas. Su proyecto crítico, e incluso escéptico. es una tentadora profanación. El nacimiento de la conciencia moderna invita a una profanación del valor de lo sagrado y su cómplice principal es la novela, que inventó el humor para trastocar todo lo que toca en ambiguo y exhibir la ausencia de verdades absolutas. La indagación histórica y psicológica de los mitos y los textos sagrados consiste —según Kundera— en volverlos profanos, profanarlos. “Profano viene del latín: profanum: el lugar fuera del templo. La profanación es, pues, el desplazamiento de lo sagrado fuera del templo, a la esfera de lo exterior a la religión. En la medida que la risa se dispersa invisiblemente en el aire de la novela, la profanación novelesca es la peor de todas. Porque la religión y el humor son incompatibles”. Esta fue la tentación pecaminosa de Rushdie: insuflar humor a una atmósfera ahogada en dogmas irrefutables. Funesto pecado.

Ante las amenazas contra su vida, Salman Rushdie ha defendido el valor de una ética laica en busca de una existencia libre de sacerdotes y rituales religiosos. Para el laico, la forma de responder a las agresiones consiste en apelar a la fuerza del mejor argumento. La represión o la violencia nunca deben ser usadas como medio para derrotar las opiniones opuestas. Más que una crítica de las religiones o de un ataque frontal, su alegato se origina en una pregunta mínima: ¿es posible una moral religiosa? Si la ética se define como un sistema de normas, pueden distinguirse dos tipos de moralidad: una que se basa en la imitación de modelos o ideales de conducta. y otra que estriba en una ética de la autonomía de conciencia.

En octubre de 1999 nació el habitante número seis mil millones: como reacción a ese oleada demográfica, el Fondo de Población de las Naciones Unidas publicó un libro a modo de cartas abiertas dirigidas a ese lector infantil. Salman Rushdie colaboró con una entrega epistolar que se titula “Imagina que el cielo no existe”, una clara referencia a una línea de Imagine, la canción setentera de John Lennon. La carta es su alegato ético en contra de las religiones vivas y en favor del laicismo, una suerte de invitación a la ética de la autonomía y refutación de toda tentativa de moral religiosa. El argumento abre con dos preguntas: “¿Cómo llegamos aquí? y ahora que estamos aquí, ¿cómo viviremos?, es decir, ¿cómo vivir?, ¿qué está bien y qué está mal?”. A partir de esas dudas, las ficciones religiosas cultivan una moralidad que “infantiliza nuestro yo ético, al establecer árbitros morales infalibles y unos tentadores inmorales irredimibles por encima de nosotros: los padres eternos, buenos y malos, brillantes y oscuros, del reino sobrenatural”. A la pregunta sobre el origen.  las religiones responden invocando a un Ser distinto, invisible e inefable: un creador omnipotente y omnisciente que los seres humanos, criaturas limitadas, son incapaces de percibir y mucho menos de comprender. Y. muy pronto, todas las historias de la creación se transforman en un conjunto de normas impuestas por sacerdotes que ordenan un comportamiento similar al de un prisionero de dogmas ajenos. Exigen que deben respetarse rituales de culto que gobiernan tu libertad de conciencia. al grado que los denominan el corazón de la cultura o de la identidad. La historia abunda en ejemplos de cómo los aurigas de los dioses terminan ejerciendo la opresión pública. Rushdie piensa que la ética laica es la alternativa de la libertad de pensamiento y de acción. Elegir la falta de fe —escribe al niño seis mil millones— es optar por el pensamiento por encima del dogma. confiar en nuestra humanidad en lugar de en todas esas divinidades peligrosas. Su carta ética invita a abandonar a los sacerdotes y sus mandamientos dogmáticos para liberarnos de los policías de la conciencia que sólo buscan controlar nuestra conducta y limitar nuestras libertades. Aunque, tras la liberación, los individuos encuentren que el mundo es ambiguo, no cuenta con certidumbres ni verdades absolutas, apenas con la libertad de la razón para enfrentar sus temores y sus esperanzas. n

 

José Carlos Castañeda
Escritor. Editor de nexos.