EL ARTE DE LA ENTREVISTA

POR CARLOS TELLO DÍAZ

El libro de Christopher Silvester registra el desarrollo de esa forma periodística que tanto confía en la memoria.

Qué es una entrevista? “Es el arte de extraer declaraciones personales para su publicación”. Con estas palabras la definió, en 1927. un reportero del Chicago Daily News. Las entrevistas eran entonces algo relativamente nuevo. Habían aparecido por primera vez en los diarios de Estados Unidos a mediados del siglo XIX. Su éxito allí fue contundente, a diferencia de lo que sucedió en otros países, como Francia (en opinión de Le Figuro, por ejemplo, eran una novedad lamentable: “degradante para el entrevistador. ofensiva para el entrevistado y aburrida para el público”). Al doblar el siglo, no obstante los prejuicios, la entrevista comenzó a destacar entre los recursos más utilizados por la prensa. Era la mejor forma de transmitir la ilusión de intimidad con personajes públicos. Las últimas reservas, así fueron al fin superadas. Por esas fechas, como un ejemplo de su prestigio, tuvo lugar en el castillo de Chapultepec una de las entrevistas más famosas en la historia de México: la que le hizo Creelman a Porfirio Díaz, publicada en español por El Impareial. La entrevista provocó un escándalo en el país. Los amigos del presidente llegaron a decir que conceder esa plática —haber dicho, por ejemplo, que México estaba ya maduro para la democracia— fue el error político más costoso de su vida.

El libro de Christopher Silvester, Las grandes entresvistas de la historia, registra el desarrollo de esta forma de periodismo en la historia de Occidente, con énfasis en su lugar de nacimiento: Estados Unidos. Al principio —leemos— los entrevistadores estaban obligados a confiar en su memoria: incluso el acto de tomar notas era considerado vulgar. El reportero, al término de la entrevista, tenía que transcribir la plática para después, antes de publicarla, ofrecer una versión al entrevistado con la esperanza de recibir su beneplácito. Más tarde. con el fortalecimiento de la prensa, fueron permitidas las libretas. Gracias a ellas, las pláticas, registradas en forma de notas, podían ser ofrecidas a los lectores de manera más directa. A partir de la década de los cuarenta, por último. el magnetófono —primero fijo, después portátil— sustituyó poco a poco a la taquigrafía. (Con el tiempo, incluso, las grabaciones llegaron a ser. por razones legales, una necesidad para la prensa.) Las entrevistas, afectadas en su evolución por estas formas de captar la voz —la memoria, la libreta, el micrófono—. vivieron cambios profundos, enormes: dejaron de ser lo que fueron antes, crónicas, para ser en su lugar lo que son ahora: obras de teatro.

Existen desde luego varios tipos de estas puestas en escena. En uno de los extremos está la entrevista reelaborada; en el otro, la entrevista literal. La primera es la forma que adoptó. por ejemplo. The París Review. En sus encuentros con escritores, realizados desde los años cincuenta, los editores de la revista no sólo sometían el texto a la aprobación del autor: le daban también la oportunidad de volver a redactarlo.

Su objetivo era transmitir de la forma más clara las intenciones del entrevistado: darle la oportunidad de reflexionar sobre el oficio de escribir. Los autores eran libres —decían quienes estaban a cargo de la revista— “no sólo de inventarse a sí mismos sino incluso de inventar el modo de representarse”. El libro de Silvester incluye una conversación de The París Review con Evelyn Waugh, que tiene las virtudes y los defectos de este tipo de entrevista: es ordenada, pero también es fría (como lo era, cabe admitir, el propio Waugh).

La entrevista literal, por el contrario, es la técnica por la que optaron revistas que tenían menos pretensiones intelectuales (Playboy, notablemente. a partir de la década de los setenta). Sus entrevistas, muy divertidas, llenas de vida, eran siempre largas y a menudo caóticas (características que reúne, por ejemplo, una de sus más famosas, reproducida por Silvester: la de Jimmy Hoffa. el líder del Sindicato de Camioneros en Estados Unidos, al parecer asesinado por la Mafia). Las entrevistas de Playboy, desordenadas y cálidas, jamás eran, con todo, una transcripción textual de la conversación. El objetivo que se planteaban sus editores era serle fiel al original —fiel, no servil—para que la entrevista pudiera transmitir con verosimilitud la idea de una conversación. “Nunca se trataba de mejorar el lenguaje de una persona”, decían, “sino de eliminar las repeticiones y los circunloquios, las pausas y los comienzos en falso, que son mentalmente suprimidos por los oyentes pero no por los lectores”.

Los fines de estas dos clases de entrevista son por supuesto distintos. Las reelaboradas privilegian el propósito de transmitir un pensamiento; las literales, en cambio, el de dar a conocer un personaje. En las primeras, el entrevistado se representa a sí mismo: en las segundas, en cambio. simplemente se presenta. En unas es también un autor: en otras es nada más un actor. Christopher Silvester ofrece, en su libro, ejemplos muy variados de unas y de otras. Las más atractivas son quizá, las segundas —aquellas que. más que comunicar un pensamiento, ofrecen la ocasión de descubrir un personaje—. La razón es clara. Las entrevistas son un espectáculo en el que —como en todos los espectáculos— brillan menos las ideas que las personas. En ellas, para decirlo así. es menos importante la inteligencia que el carácter. (Los intelectuales, dotados de muchas virtudes, a menudo no lo tienen: trabajan en la soledad y la soledad, decía Stendhal, termina por atrofiar el carácter.) En el libro de Silvester en efecto, las entrevistas con científicos y con autores no son las mejores (las de Guillermo Marconi y Dvlan Thomas en concreto, resultan francamente malas). Las mejores son acaso, más que las de los políticos —también comediantes, a fin de cuentas— las que protagonizan los actores: Mae West. Montgomery Clift, Marilyn Monroe y. sobre todo. Sammy Davis Jr. (feo, negro, judío y tuerto, y enamorado de una diosa blanca maravillosa: la actriz Mai Britt). “El cuento de la princesa y el sapo”, comenta Oriana Fallad en el curso de su encuentro con el gran actor. Es Oriana Fallaci la que nos recuerda que las entrevistas son también un género literario (no un mero testimonio oral): “obras de teatro con una historia incorporada”, para citar sus palabras. La persona que las realiza tiene que resolver, invariablemente. problemas de tipo creativo: cómo empezar, cómo terminar, qué salvar y qué sacrificar, cómo traducir las palabras escuchadas al papel. Estos problemas, que debe enfrentar al editar la entrevista, son distintos a los que debe encarar en el momento de llevarla a cabo. Ese momento es siempre incierto, como lo son siempre los encuentros entre dos personas. Para algunos periodistas, este enfrentamiento. la entrevista es una sesión de psicoanálisis que tiene por fin inducir al otro a la autorrevelación. Para otros, en cambio, es un acto de amor, una seducción en la que las dos personas se abren poco a poco. Me gusta más la segunda interpretación. Es la misma que hace suya Charlotte Chandler en su maravillosa entrevista con Mae West. “Una conversación entre dos personas y hacer el amor son cosas muy similares”.          n

Carlos Tello Díaz. Escritor. Acaba de aparecer su libro Historias del olvido.

Christopher Silvester (editor) Las grandes entrevistas de la historia El Pais-Aguilar Madrid, 1997