Walser nació el 15 de abril de 1878 en Biel, cantón de Berna, y su vida estuvo marcada por la errancia, la cual decidió terminar internándose en un hospital psiquiátrico a los 51 años, donde permaneció 27 sin escribir más. De alguna manera, su obra es producto de la contemplación, desde Los Hermanos Tanner, El ayudante, Jakob von Gunter hasta sus Pequeñas prosas, de donde proviene “El viaje en tren”. El día de Navidad de 1956 lo hallaron muerto en la nieve, cuando había ido a dar su acostumbrada caminata diaria.

Estoy sentado en el vagón del tren. Está tan claro, agradable y tranquilo. La gente sencilla y amable sube con cierto respeto, con alguna pulcritud. Quienes hablan, lo hacen sosegada y cordialmente, sin querer hacer alarde ni llamar la atención. Algunos de los hombres fuman cigarros suizos. Yo también fumo. Hay un par de soldados. No se conducen en absoluto con estruendo, por el contrario, permanecen sentados como niños obedientes. Sin embargo, producen una impresión por completo militar. A la fuerza le gusta reposar y el esfuerzo resistente, sólido, con gusto se conduce con serenidad. En tal quietud transcurrían las cosas en el vagón del tren. De pronto, el tren se puso en movimiento con toda elegancia y cautela, como si dijera: “¡ahora en completa calma! Ya llegamos a nuestro destino”. Qué espléndido fue este viaje, nunca lo olvidaré. ¿Por qué se olvida tan pronto otros y éste no? Es extraño pero fácil de comprender. Despacio y apaciblemente, rueda nuestro vagón hacia la vastedad verde y libre. El mundo parece tan lejano, pero al mismo tiempo tan cercano, pequeño y limitado. Tan maravillosa era la claridad que había. Las cordilleras más altas todavía tenían nieve; la planicie, sin embargo, exhalaba olores y reverdecía como a mediados de la agradable primavera. Algo primaveral me rumiaba en el corazón. Estaba contento y no sabía por qué. Lo que me parecía más encantador era ver a mis compañeros de viaje sentados apaciblemente en el vagón. Bonhomía y buenas, cálidas intenciones se reflejaban en sus rostros, y sus rostros eran de una belleza distinta. Pasamos por un puente. Los empleados ferroviarios piden cortésmente los boletos. Hubiera podido jurar que nunca he visto gente tan honesta y cabal. Yo miraba constantemente por la ventana el mundo tan preciso, que afuera se extiende por todas partes hasta los ojos grandes y magníficos. Casas de campo y sus jardines, y blancas carreteras, campos y colinas verdes, exuberantes, y los queridos bosques oscuros. Todo parece tan pulcro, tan confortable, tan acomodado. El cielo mostraba un azul tenue, tímido, y nubes blancas se arrastraban de la cercanía a la lejanía y de la lejanía a la cercanía. Todo cambiaba. Todo era idéntico y similar y, sin embargo, también variedad. Es lo que me parece más bello. No quiero quedar estupefacto, sino asombrarme siempre de nuevo sólo apaciblemente. En una estación rural subieron granjeros vestidos con sus llamativos trajes de domingo. En la naturaleza y las maneras del granjero hay como una ceremonia discreta, sencilla, y la granjera, para decirlo sin rodeos, estaba hermosa con un gesto de reserva, que llevaba a la vista con la mayor simpatía. Siguió pasando.

Corría amable y atinadamente, tirando vapor, hacia adelante. No había prisa. También con tranquilidad se puede llegar a la meta. ¡Ah, este fue un viaje en tren realmente, realmente magnífico! Quiero guardarlo con calidez en un recuerdo que surja por distracción en el rostro. n

 

Robert Walser

Nota y traducción de Javier García Galiano

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