Adolfo Martínez Palomo. Director General del Centro de Investigación y Estudios Avanzados del IPN.

Al conmemorarse en 1997 el bicentenario del nacimiento de Franz Schubert (1797-1828) tres cuestiones han reactivado el empeño por profundizar en el conocimiento de la historia clínica de quien ha sido, sin duda, uno de los más grandes compositores de música clásica. Para comprender mejor la personalidad de Schubert y la obra musical de sus últimos años es indispensable analizar el profundo cambio psicológico asociado a un padecimiento incurable que lo condenaba a una muerte prematura. Interesa también caracterizar la enfermedad que, para sorpresa de todos los que lo rodeaban, acabó rápida y prematuramente con su vida. Un tercer asunto de discusión entre sus biógrafos modernos es la influencia de la probable homosexualidad del compositor en su vida y obra.

La descripción tradicional de Schubert como bonachón e ingenuo ha ocultado la complejidad de la personalidad de un genio de la música de carácter inestable, fumador empedernido de tabaco las más de las veces y de opio las menos; sujeto a explosiones de cólera bajo la influencia del alcohol; desaseado personalmente y dado a un libertinaje sexual que lo impulsó hacia el hedonismo sin freno y lo rebajó, en palabras de uno de sus amigos, “hasta el lodo de la degradación moral”.

Durante su niñez y adolescencia, Schubert había mostrado excelente salud. Sin embargo, la promiscuidad sexual propició el contagio con sífilis, enfermedad que trastornó su vida a partir de los 26 años. Aun cuando no haya quedado escrito ningún registro médico contemporáneo sobre el diagnóstico, la naturaleza sifilítica de la enfermedad que lo afectó no ha sido puesta a discusión. En la etapa inicial, la infección debe haber producido una lesión ulcerativa (chancro), seguida de fiebre, malestar general y erupción característica en la piel. En todo caso, las manifestaciones fueron tan evidentes que lo obligaron en las primeras semanas de 1823 a confinarse en la casa de sus padres. Entre las varias hipótesis planteadas para explicar la razón por la que su famosa octava sinfonía haya quedado inconclusa, la más razonable es la que considera que el inicio de esta enfermedad obligó a dejarla inacabada.

Los síntomas de la sífilis fueron tan evidentes que los médicos no dudaron ni del diagnóstico ni de la gravedad del padecimiento. El tratamiento que Schubert recibió consistió en dieta severa alternada con periodos de ayuno, grandes cantidades de té caliente, baños frecuentes y ungüentos a base de mercurio. Meses después, la erupción afectó la cara, las manos y el cuero cabelludo, provocando caída irregular del pelo, lo que lo obligó a recluirse nuevamente y a internarse por primera vez en un hospital donde, paradójicamente, compuso parte del bellísimo ciclo de canciones titulado La Bella Molinera. La pérdida de pelo le obligó a usar peluca un tiempo; meses después un amigo comentó por escrito la aparición de nuevos y abundantes rizos en la cabeza del enfermo.

El hospital que dio albergue a Schubert era el más grande (2,000 camas) y más moderno de Europa, con dos grandes alas para infecciones venéreas en las que la identidad de los enfermos se mantenía en el anonimato. Una gran innovación de este hospital fue destinar una cama para cada paciente, ya que antes una sola cama era ocupada por dos o tres enfermos.

En abril de 1824 se quejó de otra posible manifestación de la infección: dolor en los huesos, sobre todo en el brazo izquierdo, que le impedía tocar el piano. Durante ese tiempo tampoco pudo cantar, debido tal vez a laringitis sifilítica. La infección prosiguió el curso típico de la sífilis, con periodos asintomáticos, alternados con recaídas. Hacia 1827 la manifestación principal fue dolor de cabeza recurrente, luego presentó cojera y se quejó de sensación de rubor en el rostro. Además de la dieta y otras medidas terapéuticas, el tratamiento incluía ahora ejercicio, purgas y más aplicaciones de mercuriales, que aún a comienzos del siglo XX eran utilizados para el tratamiento de la sífilis, a pesar de su gran toxicidad. Schubert, sus médicos y sus amigos sabían que la infección lo condenaba a una muerte prematura, pero nada hacía pensar que el fin del compositor estuviera cercano.

¿Fue Schubert ciclotímico? Aún hoy el diagnóstico adecuado de un trastorno afectivo es asunto complejo que requiere conocimiento profundo de la historia psicológica del individuo. La ciclotimia requiere la alternancia de episodios de manía leve con otros en los que se presentan síntomas depresivos, seguidos por periodos normales. Schubert tenía indudablemente etapas de normalidad como la relatada por un amigo en 1825: “Muestra excelente apariencia y está fuerte, es tan amable y jovial y tan genialmente comunicativo que uno no puede sino deleitarse en su compañía”. En estos periodos era metódico: escribía música de las seis de la mañana a la una de la tarde, después de comer iba a una cafetería donde leía periódicos y fumaba “varias pipas”. Según un amigo “descuidaba su apariencia, especialmente sus dientes, y olía intensamente a tabaco”. No hay evidencias, sin embargo, que sugieran adicción al opio que, por otro lado, era socialmente aceptado en su época.

La hipomanía de Schubert pudo haberse manifestado por periodos con estado de ánimo expansivo: creatividad mayor a la habitual, locuacidad, incremento de la actividad sexual y decisiones absurdas en relación a sus finanzas. En cuanto a los síntomas depresivos existen abundantes referencias escritas relativas a su tendencia a la “melancolía severa”, que empeoró progresivamente en los últimos años. En marzo de 1824 escribió: “Me siento el más infeliz y miserable de las criaturas. Imagínate un hombre cuya salud nunca volverá a ser normal, cuyas más brillantes esperanzas no se han cumplido. Mi paz ha desaparecido, mi corazón está dolido; me acuesto esperando nunca despertar y cada mañana me recuerda las penas de ayer”. Schubert nunca fue reconocido en vida como un compositor destacado; su genio era apreciado sólo por sus amigos. Prueba de ello es que a lo largo de su vida, sólo en una ocasión se organizó en Viena un concierto público con obras escritas por él.

El deterioro progresivo de su comportamiento hizo que algunos de sus amigos cercanos se distanciaran de él, temiendo sus arranques de violencia. Al parecer se refugiaba en el alcohol tanto para reducir la depresión, como para exacerbar la excitación en los periodos de hipomanía. En los últimos años dejaba con frecuencia sin cumplir compromisos profesionales y cuando estaba bajo los efectos del alcohol usaba un lenguaje vulgar, se retiraba a un rincón del café en turno y descargaba su rabia agresiva contra platos y tazas haciendo muecas grotescas. Por todo ello, parece razonable concluir que Schubert padeció de un trastorno afectivo. En términos psiquiátricos actuales dicha alteración podría considerarse como ciclotimia, complicada por los efectos conductuales adicionales que pueden haberle producido la sífilis, el alcoholismo y la intoxicación por los medicamentos a base de mercurio.

La causa del fallecimiento de Schubert ha sido también objeto de discusión desde el siglo pasado. Los primeros síntomas se presentaron el 31 de octubre de 1828; ese día al probar un plato de pescado en un restorán tiró los cubiertos diciendo sentirse súbitamente enfermo, como si hubiera sido envenenado. Tres días después, asistió a un concierto y realizó una larga caminata, al término de la cual se quejó de cansancio pronunciado. Al día siguiente tomó una clase de contrapunto, primera de una serie de lecciones que pensaba recibir de Simon Sechter (¡como si todavía fuera necesario para él recibir clases de composición musical!). El 10 de noviembre ya no asistió a la segunda clase. Dos días más tarde comentó por escrito su malestar a su amigo Schober y le manifestó no haber comido ni bebido casi nada, pues todo lo que se llevaba a la boca lo devolvía. Además de la acentuada falta de apetito, tenía un cansancio tan intenso que sólo con dificultad podía trasladarse de su cama a un sillón. Para combatir el aburrimiento y la depresión pide prestados a su amigo libros de Fenimore Cooper, entre ellos El último de los mohicanos, muy de moda en Viena por esos días. El 14 de noviembre se encama y requiere la ayuda de una enfermera, pero tiene fuerza suficiente para hacer correcciones a su Viaje de invierno. El 17 de ese mes el estado general sufre un deterioro súbito con cefalea, fiebre elevada, alteración de la conciencia y delirios. Un día después, en un momento de lucidez le susurra al oído a su hermano Fernando: “¿Dime, qué es lo que me está ocurriendo?”.

Los médicos le administran cataplasmas, una sangría y limonada. El día 19 de noviembre aumenta la confusión mental y la fiebre; Franz trata continuamente de levantarse de la cama y finalmente, al llegar el médico Josef von Vering, lo mira fijamente a los ojos, voltea la cabeza, toca la pared con una mano y le dice: “Ha llegado mi fin”. A las tres de la tarde de ese día muere a los 31 años, 9 meses y 19 días de nacido. Muy probablemente la causa de la muerte fue una forma aguda de fiebre tifoidea, agravada por anemia e intoxicación por mercuriales, en un organismo debilitado por sífilis terciaria y alcoholismo.

Hasta hace poco más de medio siglo, cuando la mortalidad por tifoidea llegaba todavía a ser hasta de 20%, las formas agudas mortales se asociaban con frecuencia a trastornos del sistema nervioso central, semejantes a los que presentó Schubert. Sorprende saber que todavía cien años después, hacia 1925, incluso los médicos más eminentes de la época, como Sir William Osler, consideraban a la tifoidea como una enfermedad que no se trata con medicamentos, sino con “una enfermera inteligente, dieta adecuada, ventilación del cuarto e hidroterapia”, consistente en un baño en tina de 20 minutos, cada tres horas.

Una vez aceptados los diagnósticos de la sífilis como enfermedad principal y de la fiebre tifoidea como causa de la muerte, el tema de mayor discusión en años recientes ha sido la posible homosexualidad de Schubert. El debate se inició en 1989 con el artículo “Franz Schubert y los pavorreales de Cellini”, en el que Maynard Solomon considera las numerosas alusiones escritas por contemporáneos de Schubert sobre su sexualidad como prueba de una promiscuidad “de carácter heterodoxo”, a lo que se aúna la supuesta indiferencia del músico hacia las mujeres. Afirma además que varios amigos del compositor formaban parte de una comunidad homosexual masculina con una subcultura con formas de reconocimiento, patrones de conducta y argot distintivos.

Esta interpretación interesa no por el contexto supuestamente moralizante que poco contribuiría a analizar mejor la personalidad de Schubert; lo es, a mi entender, porque propone que esa subcultura creó un ambiente propicio para el desarrollo de la creatividad genial del músico, libre así de las ataduras del rígido medio familiar en el que creció, de la disciplina acartonada del internado en el que se formó y de la austeridad impuesta a la sociedad vienesa por el canciller Metternich. En suma, porque en ese círculo de amistad Schubert encontraba libertad para ignorar la realidad cotidiana en favor de la búsqueda del placer y la belleza.

Los argumentos de Solomon fueron refutados con gran vehemencia por Rita Steblin en 1993. Uno de los asuntos en discusión es la interpretación de una frase escrita en 1826 en el diario de Eduard von Bauernfeld: “Schubert está enfermo, necesita pavorreales jóvenes, como Benvenuto Cellini”. Para Solomon, la frase indica pasión por jóvenes afeminados vestidos con extravagancia; para Steblin la interpretación es que el consumo de carne de pavo real era un remedio empleado por el famoso orfebre y escultor para combatir la sífilis. Al menos en este tema la razón está del lado de Solomon, ya que Cellini, homosexual y sifilítico declarado, no deja duda en el capítulo quinto de su biografía sobre el uso del término “pavo real” para referirse a jóvenes homosexuales. Las otras cuestiones en disputa son de matiz más que de fondo, y cada quien puede dar la interpretación que mejor le plazca, porque hasta ahora no se han encontrado documentos confirmatorios de ninguna de las dos hipótesis. De hecho, mi lectura de los documentos contemporáneos sugiere la existencia de tendencias bisexuales en Schubert y en varios de los miembros de su círculo de amigos.

Queda mucho por analizar de la vida de Schubert. Sobre todo de su personalidad que, como su obra, refleja en ocasiones inocencia, encanto, jovialidad y buen humor, y en otras, resignación, severidad, melancolía e incluso desesperación.

Al morir, el legado material del compositor se redujo a unas cuantas prendas de vestir desgastadas por el uso. La herencia espiritual, en cambio, fue de valor incalculable: su obra musical enriqueció para siempre el horizontal universal de la música. Lástima que Schubert no tuvo tiempo de vivir para saberlo.