Este ensayo es una reivindicación del derecho de toda pesona a vivir en una ciudad sin la ofensa de la música ambiental y forma parte del libro Náusea y alergia (Rowohlt Verlag), de próxima aparición, y fue publicado originalmente en la revista Der Spiegel el 8 de septiembre de 1997.

Himmel und Erde müssen vergehn, aber die Musici bleiben bestehen.

La cosa se va poniendo cada vez más dura. Desde hace poco, también en el súper de la esquina, hay una voz que cacarea desde el tejado una oferta especial cada dos minutos, y en los intermedios una papilla sonora, blanda y grasosa, cuya consistencia hace pensar en mayonesa; y también en una suerte de sinestesia. Desde entonces es necesario dar un rodeo de diez minutos cada vez que hace falta sal o leche en la casa.

También la Lufthansa, desde hace ya meses, ha levantado un muro de silencio telefónico. A quien de todos modos trata de obtener una reservación o información, una computadora lo conmina, con molesta insistencia, a oprimir diversos botones, a partir de lo cual un popurrí se derrama a través de la línea. La traducción literal de popurrí, “una olla de podredumbre”, define, sin duda, mejor su naturaleza. Y así, mientras los mojones de compota musical se van agolpando minuto a minuto, la Sociedad de Autores y Compositores cobra lo suyo.

En el baño del hotel se ofrece “Una pequeña serenata nocturna”, minuciosamente sincronizada con el mecanismo del retrete como media-mix. Los conductores de autobús y los taxistas operan desde tiempos inmemoriales las bocinas de a bordo con mano férrea. Barítonos dulzones orientan a los pasajeros sobre los últimos avances en el terreno de los productos de limpieza de excusados, y la cinta sigue girando. Sólo los mensajes rechinantes de la central perturban ocasionalmente el placer.

La zona peatonal está, así y todo, off limits. Incas con ponchos la someten de un modo confiable a todo tipo de ondas sonoras. Los indios provienen, en su mayor parte, de Vöckla-bruck y sus alrededores. En los suburbios se desencadenan fiestas callejeras donde el olor a grasa quemada condimenta el rendimiento máximo de los amplificadores de 500 watts. Los restaurantes sin música cuestan lo doble. Y quien se atreva a ir al peluquero hará bien en armarse con un buen paquete de tapones para los oídos. Los edificios también son de evitarse; en tanto visitante, uno está obligado a usar la escalera de incendios ya que todos los elevadores están contaminados. Incluso en el dormitorio es necesario mantener cerradas las ventanas a prueba de ruido por las noches ya que los propietarios de convertibles, felices de la vida, desean probar sus equipos de sonido hasta que amanece.

Hay personas, incluso amigos, que por más que me tape las orejas me dicen que mis lamentos de crítica cultural, eso, puedo guardármelos para mí. ¡Crítica cultural! ¡Bueno, fuera! De eso no puedo más que reir amargamente. Esas personas no tienen ni la menor idea de lo que se trata. Son incapaces de distinguir una simple aversión de un reflejo fisiológico. Se creen que el problema es apenas digno de un folletín amarillista. A ellos me gustaría recomendarles echarle una ojeada a la enciclopedia médica. Pues aunque la palabra guacareo no aparezca ahí consignada, bajo émesis o vómito pueden encontrar lo necesario para convencerse de que el caso no se resuelve con meras remisiones a la obra de Botho Strauss.

Se trata más bien —cito conforme al sentido— del vaciamiento retrógrado del contenido estomacal en tanto complejo acaecer reflejo con eferencias en los nervios vago y glosofaríngeo, así como del diafragma. Tal síntoma tiene significados diversos. Puede ser desencadenado por aferencias provenientes de las mucosas guturales o estomacales, pero también de los órganos propios del sentido del olfato y del gusto o del aparato vestibular. Asimismo, hay que considerar la estimulación directa del centro vómico producida, por ejemplo, por hipertensión cerebral. Sin embargo, frecuentemente son causas psíquicas las responsables del vómito, como por ejemplo, bajo ciertas condiciones, la enfermedad de Menière, que a todas luces tiene algo que ver con los oídos. Eso en cuanto al punto de vista médico del asunto.

Al lego, se sobreentiende, todo esto le importa un comino. Los repetitivos sofocos de los que sufre el otro, lo dejan frío. Es por eso que tengo que estar dispuesto a escuchar, incluso de buenos conocidos, consejos y exhortaciones tales como: ¡No te hagas! ¡Entra ya en razón! ¿Tienes que reaccionar siempre tan exageradamente? ¡Trágatelo! Lo cual, fatalmente, hace pensar en la pedagogía negra. Cuántos niños cargan toda su vida con los estragos de haber sido obligados a comerse toda esa verdura asquerosa, y ese menudo y esos pulpos de los que, luego de abandonar fugazmente la mesa, debían deshacerse doblados sobre el retrete. En una palabra, la náusea es una sensación elemental que no puede frenarse con buenos consejos sino, por el contrario, sólo puede ser intensificada. Acostumbrarse a ella queda excluido. En relación a lo repugnante, fracasan también las artes de la terapia conductual.

A pesar de que prácticamente toda la población alemana se ve afectada por este problema —se puede, incluso, tener la impresión de que chorrea verdaderamente de afectación—, el grupo de las víctimas musicales forma un caso aparte. En lugar de compadecerlas, se mofan de ellas. Cuando un musulmán se niega a comer carne de puerco, sabe que puede contar con el íntimo acuerdo de los demás. Los no fumadores se presentan frente a los tribunales con éxito triunfante. Los alérgicos demandan monedas sin níquel. Las alarmas a causa de polen llenan el éter. Tierna deferencia en cualquier parte a donde se mire. Discriminación: una palabra que asusta. Sólo el alérgico al sonido se ve sometido a una batida brutal. Las medidas que debe tomar para escapar a la embestida musical del heavy metal, Vivaldi, la música tecno, las orquestas de viento y Tic Tac Toe se asemejan a las de la invalidez.

Su caso muestra un cambio de significado sumamente interesante y, posiblemente, preñado de consecuencias. Durante mucho tiempo, el término lisiado se usó para designar a una persona que había perdido el uso de ciertos miembros u órganos. La víctima del sonido, en cambio, se caracteriza, precisamente, por el hecho de que tiene oídos para oír; su invalidez consiste en que sus órganos del oído están intactos, lo cual lo vuelve indefenso. Pues mientras los ojos están misericordiosamente dotados de párpados, mientras que la nariz puede taparse ante la pestilencia, los oídos están irremediablemente desamparados, a merced de cada ataque del enemigo. Dedos y manos fracasan a la hora de ofrecer protección al tímpano frente a aparatos de la talla de un martillo neumático, los cuales pueblan el medio ambiente acústico. Mudarse de casa es inútil. También las regiones poco pobladas se han armado hasta el tope de toda clase de aditamentos sonoros. Sin embargo, no debemos omitir mencionar que los pesados cascos industriales de protección, como ésos que se usan en las pistas de aterrizaje de los aeropuertos, proporcionan efímeros momentos libres de música.

Junto a los padecimientos más íntimamente ligados a las ganas de vomitar, se presentan, por cierto, otros males más sutiles. El stress auditivo puede desembocar, justamente, en una serie de trastornos psíquicos. Algunos alérgicos al ruido se retraen completamente del mundo exterior y terminan en el asilamiento más total. No menos desagradables que los componentes depresivos son, por otra parte, los arranques de furia que el padecimiento puede desencadenar. Quien se siente excluido de casi todos los espacios de acceso público, reacciona frecuentemente con rabia y odio, sensaciones que son penosas no sólo para el alérgico. La tentación de dispararle con el Kalaschnikov a todo amplificador reconocible, amenaza con volverse demasiado poderosa como para poder resistírsele. Unicamente la inteligencia de que tal acto no haría más que aumentar el nivel del ruido, detiene a los prudentes. Y por fin en ese momento habrá de preguntarse el alérgico: ¿quién es aquí el enemigo, los otros o yo? Quien se ve expuesto a un perseguidor todopoderoso, frente al cual todo tipo de defensa parece inútil, no tendrá más remedio que llegar a conocer ese mecanismo que el psicoanálisis llama identificación con el agresor. ¿Habrá de resultar, al final, que no es a los monos aulladores a quien les falta comprensión sino a sus víctimas? Pregunta vana. La mayoría de los que están sometidos a las ondas sonoras está, evidentemente, de acuerdo con su status de perros de caza. Más aún, podría ser que hasta suspiren por lo que sofoca a los otros. Eso podría explicar por qué la humanidad ha llegado a la conclusión de que el inválido es el propio culpable de su invalidez, y por qué no considera al vocinglero insaciable como perturbador, sino a su víctima.

Una situación intrincada, sin solución, así podría llegar a parecer. Sin embargo, no debemos desalentarnos. Cuántas veces se ha puesto ya en ridículo el infundado pesimismo cultural. También para el problema del terror musical ya cuenta la ciencia con una solución. Como se desprende de estudios recientes, hasta un tercio de la generación entre los 12 y los 35 años ha sufrido por su causa daños irreversibles del sentido del oído, una ventaja en la lucha por la supervivencia que no debemos subestimar. Y, con los adelantos de la industria del esparcimiento, esto no puede sino significar un comienzo prometedor. Al mismo tiempo continúa avanzando el desarrollo de los aparatos auditivos. Es sólo cuestión de tiempo hasta que las ciencias del cerebro y la electrónica hayan llegado tan lejos que la cuestión se resuelva por sí sola. Un circuito sustituirá, entonces, el aparato del oído con un implante que podrá ser controlado a placer. Y así, incluso cuando nuestro entorno no tenga para ofrecernos sino música en el nivel de decibelios propio de un motor de jet, el simple oprimir de un botón bastará para que el más absoluto silencio reine en el cerebro. Esta solución técnica abre también, como en el caso de otros problemas del medio ambiente, sólidas perspectivas económicas: la industria puede ganar en igual medida tanto en la producción como en el cascajo del ruido y, de esa manera, crear nuevos puestos de trabajo. Yo, desgraciadamente, tendré que acostumbrarme a la idea de que este happy-end llegará demasiado tarde para mí. Oigo bien, por eso no tendré más remedio que seguir vomitando

 

Hans Magnus Enzensberger
Poeta y ensayista alemán. Entre sus libros El interrogatorio de La Habana y Para una crítica de la ecología política.

Traducción de Salomón Derreza