Es posible que usted haya visto a Cioran hurgando en los mostradores de crítica literaria de los vendedores de libros viejos de la rue de l’Odéon, en busca de algún libro de Robert de Traz u hojeando el Nietzsche de Guy de Pourtalès o quizás hasta preguntándole al librero por alguna biografía de Sissi… Sí, Sissi. No se asombre ni se frote las orejas. Oyó bien: Sissi figura dentro del Panteón de los ídolos de Cioran.

¿Cómo? ¿Sissi y Cioran? ¿El filósofo y la emperatriz? Catalina II de Rusia y Diderot, todavía pasa Pero Cioran y Sissi, eso sí cuesta trabajo creerlo, pensará usted. Y ya se imaginará a Cioran, llorando a lágrima viva al ver por enésima vez la serie de películas de Ernst Marischka y al admirar el parecido entre Sissi y Romy Schneider.

Yo mismo había dado argumentos a los detractores de la emperatriz, al sostener en un artículo que los poemas de Sissi -sí, cómo no, la emperatriz también fue poetisa- son bastante malos. Cioran protestó enérgicamente y me aseguró que me guardaba rencor por esa irreverente afirmación respecto a su reina. Pero cuando pudo leer esos poemas tuvo que confesar que yo no estaba totalmente equivocado. Para sellar el fin de aquella breve ruptura, me invitó a cenar en su buhardilla de la rue de I’Odéon.

Esa noche salí temprano de casa para poder pasear, pensar en la emperatriz y preparar mis armas antes de encontrarme con el filósofo. Me preguntaba qué razones habrían llevado a Cioran a idolatrar a Sissi. ¿Acaso sería porque Sissi admiraba a Heine y a Schopenhauer?

La aristocracia austriaca de esa época despreciaba soberanamente a los representantes del arte. Se decía que un austriaco, a pesar de que fuera simultáneamente Shakespeare, Galileo, Nelson y Rafael, no podía ser admitido en la alta sociedad vienesa si no era de rancio abolengo. A esto hay que agregar que Viena era la ciudad del mundo donde menos se leía y más se bailaba. ¡Pues sí! Sissi se escabulló de esa regla de la frivolidad. En las fiestas y en los bailes de la corte la emperatriz prefería la filosofía de Schopenhauer y la poesía de Heine. Hasta bautizó a su caballo favorito con el nombre de Nihilista. Esa provocación no podía desagradarle a Cioran. Sissi, discípula de Schopenhauer e hija espiritual de Heine, ¿quién lo hubiera creído?

Pero prepárense para otra sorpresa: ¿recuerdan a Titania, hada que aparece en El sueño de una noche de verano? Esa graciosa obra le encantaba a Sissi, quien se comparaba con Titania; bajo los efectos de un filtro mágico, Titania se enamoraba de Bottom, un hombre rústico transformado en asno. Los pretendientes de la emperatriz. entre los que se encontraba Francisco‑José, quedaron inmortalizados en uno de sus poemas sobre la soledad de Titania: “Yo sola [escribía la emperatriz]. como una maldita, / Yo, reina de las hadas, / Sólo yo no encuentro jamás / al alma hermana que busco. // En vano de mi trono de lis / muchas veces he bajado; / Jamás encontré placer / al lado de un hijo de la tierra. // A menudo, en las suntuosas noches de verano, / bajo el voluptuoso claro de luna, / He pensado: ”He aquí el que me hace falta!’. / Y ya me regocijaba / Pero siempre, en el alba, / Cálida y apretada en mi corazón, / Descubría con horror / en mis brazos la cabeza de un asno”.

¿Por qué le gustaban los bufones de Shakespeare? ¿Por qué exigía que en cada uno de sus castillos hubiera un cuadro que representara a Titania con su asno’? “Es”, solía decir, “la cabeza del asno de nuestras ilusiones que acariciamos sin cesar”. ¿Por qué visitaba, donde estuviera, los asilos para enfermos mentales? ¿Por qué le pidió, en vano, al emperador que le regalara un manicomio totalmente equipado? ¿Por qué? Quizá porque al igual que Shakespeare sabía que los dementes son los únicos seres sensatos: “Me inclino a considerar como razonables a todos los llamados locos”, afirmaba gustosa.

Esa pasión tan marcada por los extremos hacía a Sissi aún más fascinante a los ojos de Cioran, quien me repetía frecuentemente: “Ella sabía que la locura estaba en ella y que tal amenaza quizá la halagaba. El sentimiento de su singularidad la sostenía, la transportaba, y las tragedias que cayeron sobre su familia sólo hicieron que se fortaleciera su decisión de alejarse de los demás y huir de sus obligaciones, ofreciéndole al mundo un raro ejemplo de deserción”.

Deserción: de hecho ninguna palabra podría resumir mejor el destino de la emperatriz. Sissi la gaviota eligió una existencia errante. Al apuñalarla en el muelle del Mont‑Blanc en Ginebra, el anarquista italiano Luigi Lucheni puso fin a esa perpetua huida. Lucheni se equivocó de blanco: creyó asesinar a una emperatriz, símbolo de una monarquía, pero en lugar de eso mató a quien durante toda su vida se rebeló contra el imperio de los Habsburgo. Ese final absurdo y desconcertante le fascinó a Cioran que vio en esto el favor más grande que podía hacérsele a Sissi.

Lo que más unía al filósofo con la emperatriz era su punzante obsesión por el suicidio. Y si Cioran tuvo que admitir que los versos de la emperatriz no se distinguían por su originalidad, muchas veces había leído y releído con deleite este poema que ella escribió a orillas del lago de Starnberg, donde su primo Luis II de Baviera encontró la muerte: “Sentada en la orilla, demasiado tiempo estuve mirando. / El murmullo de las verdes aguas era fascinante. / La tentación se me acercó, demasiado seductora, / obligándome a escuchar las mágicas palabras de las ninfas. // Y cada ola me murmuraba dulcemente: / Deja por fin que tu agotado cuerpo / Encuentre calma y reposo en nuestras aguas de jade, / Este instante liberará a tu alma. // La hora de la tentación ha terminado / Y, cobarde como un perro, regresé”.

Sissi representaba para Cioran la viva encarnación de la melancolía. “Todo en ella”, me dijo una vez, “era dictado por su temperamento melancólico. La melancolía, agregó, no es la desdicha sino el sentimiento de la desdicha, sentimiento que nada tiene que ver con lo que nos enfrentamos, puesto que lo experimentaríamos en el corazón mismo del paraíso. Ninguna falta hacen la adversidad ni el infierno, basta con la certeza de la vacuidad. La melancolía es la apoteosis del ‘¿qué objeto tiene?’ es el triunfo de lo Inevitable experimentado como una incesante melodía, como tonalidad fundamental de la vida”.

Esta definición de la melancolía podría haber sido adoptada por la emperatriz solitaria como su divisa. A cambio, Sissi le hubiera dado a Cioran esta frase que le gustaba repetir a quienes estaban cerca de ella: “No hay nada más ridículo que los entusiasmos de los hombre. Los entusiastas son la gente más insoportable”. Un aforismo como éste, digno de los sabios más desengañados, le habría encantado a mi estimado Cioran.

Los laberintos de mis reflexiones me condujeron, a las ocho de la noche, hasta la rue de l’Odéon. Me proponía recordarle a Cioran la predilección de Sissi por Suiza. Un día, Cioran me confesó que soñaba con terminar sus días en una plaza helvética. La emperatriz decía que Ginebra era su lugar preferido porque ahí podía pasear a sus anchas en medio de una multitud cosmopolita. Morir a orillas del lago Leman fue su deseo ardiente, satisfecho una tarde de septiembre por el anarquista italiano.

“La idea de la muerte”, decía Sissi, “purifica y hace las veces del jardinero que arranca la mala hierba de su jardín. Pero el jardinero desea estar siempre solo y le molesta que haya curiosos espiando por encima del muro. Yo también me escondo tras mi sombrilla y mi abanico para que la idea de la muerte lleve a cabo apaciblemente su labor de jardinero dentro de mí”.

Mientras subía los cinco pisos hasta el departamento de Cioran, me imaginaba a Sissi a caballo, vestida de negro, ocultando su rostro tras un abanico blanco: ésa era la fotografía de ella que Cioran prefería.

El filósofo me estaba esperando en el descanso de la escalera y me recibió con una sonrisa maliciosa. Me susurró al oído: “Por favor, no hablemos de la emperatriz esta noche para evitar que haya un nuevo altercado”. 

Traducción de Gabriel Favela

Hijo de Saturno, el filósofo rumano admiró apasionadamente a la emperatriz trágica del imperio austrohúngaro. Como justificación contemporánea bastaría con recordar la belleza de Romy Schneider. Pero el hombre que amaba París hundido en la basura, tenía más motivos de admiración. Cioran y Sissi. Leer para creer.