Adolfo Gilly. Historiador y ensayista.

Una cierta mirada, la del artesano y el hombre con experiencia que vive la pasión de la escritura de la historia, es el rasgo que destaca en el oficio del historiador Friedrich Katz. Este texto fue leído el 26 de octubre de 1994 en la presentación de Ensayos mexicanos (Alianza Editorial), el libro más reciente de Katz, y con él comienza una sección nueva que Adolfo Gilly publicará mensualmente en estas páginas.

Cuando un historiador reúne sus ensayos dispersos, hace una operación similar a la del pintor que expone sus bocetos: en cada uno están, en unos pocos trazos distintivos, el germen y el resumen de la obra entera, las rutas de sus hallazgos, el catálogo de sus predilecciones, sus aversiones y sus obsesiones. Más visible que en las grandes obras, en los ensayos es aparente la técnica de lo que Braudel llama “el arte frágil de escribir historia”. Aparece la escritura de la historia por lo que es, arte y conocimiento según método y reglas antes que ciencia exacta según leyes y experimentos.

Pero no es aquí donde pretenda yo entrar en esta antigua querella -en la cual, además, es mi lugar la incertidumbre. Es más bien la ocasión para decir que la feliz idea de reunir en un solo volumen los ensayos de muchos años de Friedrich Katz sobre México nos permite, entre otras cosas, entrar al taller del historiador que, como todo investigador verdadero y cualquiera su equipamento tecnológico, no ha dejado de ser gracias a Dios, un artesano.

Un historiador es, por supuesto, muchas cosas, y es posible que haya tantas historias como historiadores y que todas las que están bien construidas, aun cuando contradictorias entre sí, sean verdaderas -sean, quiero decir, una de las imágenes de la inasible verdad en la historia. Pero un historiador es, me parece, ante lodo una mirada: mira, establece relaciones y escribe, como un pintor mira, relaciona y pinta. Ambos, cualquiera sea su grado de abstracción, filtran y traducen la imagen de una realidad, sin que esta palabra tenga que ver con lo que en pintura se llama realismo y en historia positivismo.

Por eso en este libro de ensayos diferentes y separados en el tiempo sobre un mismo tema, la historia mexicana, se me hace visible la mirada de Friedrich Katz sobre la historia, es decir, sobre las relaciones entre los seres humanos y sus transformaciones en el tiempo. Esa mirada se forma en el estudio, en el ejercicio del oficio y en la experiencia de la vida.

A estas condiciones hay que agregar, en el caso de Katz, al menos otras dos. La primera, una que ningún historiador serio puede ignorar: un trabajo tenaz, obsesivo, concentrado sobre un mismo tema y sobre cada problema, ese trabajo intelectual que es a la vez material -libros y libros, papeles y papeles, documentos y documentos, objetos de una materialidad abrumadora- y espiritual, porque ni siquiera cesa durante el sueño cuando la noche es buena consejera. La segunda, una que a no todos le es dada y sin la cual muchos, no exentos de eficacia, pueden igualmente ejercer su oficio, es la ironía sobre el objeto de estudio. Y no existe ironía profunda sin ese otro movimiento del alma que en inglés se llama compassion y en español piedad.

La mirada crudita de Katz, planteado un problema, escudriña fuentes y, dotada de aquellas condiciones, se detiene en lugares -párrafos, papeles, noticias- que bajo otros reflectores resultan invisibles o pasan inadvertidos. La experiencia de la vida le hace tender los puentes provisorios, las relaciones posibles entre los hallazgos. El oficio le advierte de los huecos peligrosos, los lazos previsibles pero faltantes y los posibles agrupamientos de los hechos según hipótesis.

Y sobre estos puntos firmes, la imaginación histórica -la mirada, pues- de Friedrich Katz pinta el cuadro, describe el panorama, cuenta la narración. Porque, una vez más, hasta ahora nadie ha podido convencerme de que, cualquiera sea el método con que se construya o el grado de abstracción en que se resuelva, la historia pueda dejar de ser narración y el historiador, dicho en su elogio, un narrador.

Qué es esa imaginación nos lo han dicho nuestro Edmundo O’Gorman, el francés Fernand Braudel, el inglés Edward P. Thompson, el italiano Carlo Ginzburg. Nos lo dijo también el mexicano Octavio Paz, en su prólogo al Quetzalcóatl y Guadalupe de Jacques Lafaye:

La imaginación es la facultad que descubre las relaciones ocultas entre las cosas. No importa que en el caso del poeta se trate de fenómenos que pertenecen al mundo de la sensibilidad, en el del hombre de ciencia de hechos y procesos naturales y en el del historiador de acontecimientos y personajes de las sociedades del pasado. En los tres el descubrimiento de las afinidades y repulsiones secretas vuelve visible lo invisible. Poetas, científicos e historiadores nos muestran el otro lado de las cosas, la faz escondida del lenguaje, la naturaleza o el pasado.

Sería ingenuidad el mencionar el oficio en Katz: su obra en español, que no es toda su obra, es más que suficiente. No es redundante, en cambio, decir su experiencia de la vida. El lector de Ensayos mexicanos la encontrará, en rápidos rasgos, en la excelente introducción escrita por John Coatsworth, donde se recuerda su llegada a México en 1940, a los 13 años de edad, en fuga del nazismo desde su Austria natal al México protector de Lázaro Cárdenas; sus estudios; su regreso a Europa y a Alemania después de la guerra; y su residencia actual, de muchos años, en la Universidad de Chicago, donde ha sido amigo, colega y maestro para tantos de nosotros. Esa experiencia la resumo en tres calidades que marcaron sus desplazamientos por la vida: austriaco, judío y marxista disidente de las burocracias del Este. Tres calidades que lo hacen, cada una y sobre todo las tres juntas y combinadas, heredero de culturas, sensibilidades y afinidades intelectuales de una finura singular cuando la vida las tamiza.

Esa experiencia guía la mirada y da vuelo a la indispensable imaginación. Por eso puse juntas, y las repito, las palabras ironía y compassion en la puerta por donde se entra a la obra de este historiador.

Una vez cruzada esa puerta, encuentro en los Ensayos mexicanos al menos cuatro preocupaciones constantes, cuatro relaciones recurrentes: la relación entre gobernantes y gobernados, sea en las civilizaciones precolombinas de México y Perú o en el México de éste y el pasado siglo; la relación entre jefes y soldados; la relación entre programas declarados y políticas practicadas; la relación entre naciones poderosas y naciones débiles. Muchos otros temas, paisajes, colores, matices, por supuesto, pueblan los ensayos. Pero, vez tras vez, veo reaparecer esas preocupaciones generales, abstractas diría, que en otros autores están ausentes o descuidadas.

Si se me pide que agrupe también por temas a estos ensayos, diría que una vez más son cuatro grandes paneles: 1) las civilizaciones azteca e incaica y una original y sintética comparación entre ambas según aquellas cuatro relaciones; 2) el México de Benito Juárez y de Porfirio Díaz, tan cuidadosamente esbozado, escrito y descrito para lectores extranjeros que hace a estos ensayos una síntesis indispensable de conocer para los lectores mexicanos; 3) el general Francisco Villa, el gran personaje de la obra de Friedrich Katz; 4) la diplomacia de las grandes potencias, en cuya descripción y disección trabaja con visible gozo la ironía del autor.

En cada uno de estos paneles o divisiones temáticas del libro, las cuatro relaciones antes dichas (gobernantes / gobernados, jefes / soldados, programas / políticas, naciones poderosas / naciones débiles) están presentes, invisibles, como una guía del entramado narrativo y de la arquitectura explicativa, una especie de proporción dorada que arma y da sus dimensiones a la investigación, la reflexión y la escritura. Si se me obliga a resumir esta característica en una sola expresión, diría que a la historia que Katz escribe nunca es ajena, aunque tantas veces no se la diga y ni aún se la insinúe, la dimensión del poder, esa que no basta para explicar las sociedades humanas pero sin la cual éstas son inexplicables.

No entrare aquí a fatigar a ustedes con la descripción de cada uno de los ensayos. Los libros hay que leerlos, no escuchar a quienes los han leído (o dicen haberlo hecho). Sin embargo, no dejare de decir el placer intelectual con que pude volver a leer en este volumen esa pequeña obra maestra de investigación detectivesca y razonamiento histórico que es el ensayo sobre Pancho Villa y el ataque a Columbus.

FRANZ KAFKA (1986)

Ni resistiré, finalmente, a la tentación de citar dos párrafos de los Ensayos, uno que pinta a la diplomacia británica, el otro a la alemana.

Un negociante ingles de nombre Bouchier proponía en 1918 al embajador británico en Washington un plan para resolver los problemas mexicanos. El embajador lo remitió al Foreign Office, donde lo consideraron muy en serio. Escribe Katz:

En el plan, Bouchier proponía “la infusión de nueva sangre al partido reaccionario para que este pudiese derrocar a Carranza y su banda”. Recomendaba también obtener ayuda de los revolucionarios que se oponían a Carranza, tomando las precauciones necesarias. Villa, escribe Bouchier, debería “ser utilizado para fines específicos”; y si abusaba de su posición sería “extremadamente fácil deshacerse de él en algún accidente”. Y mientras que Villa debería ser aniquilado después de emplear sus servicios, la política a seguir frente a Zapata debería ser distinta. “Zapata -observa Bouchier- es un hombre malo y sus tropas no respetan principios, pero servirán a nuestros propósitos hasta que subsecuentemente sean disciplinadas o arrastradas por medio de métodos de concentración, que es la única manera de vérselas con estos hombres debido a la accidentada naturaleza de su territorio”. La idea de Bouchier de utilizar los servicios de Villa y Zapata para después asesinar a Villa, arrasar a las tropas de Zapata y confinar a la población de Morelos en campos de concentración, Fascinó a los militares británicos.

Pero los alemanes no se quedaban atrás. En La guerra secreta en México, Katz nos cuenta cómo el embajador alemán Hintze tuvo intervención activa en el derrocamiento de Madero en 1913. Lo recuerda ahora en los Ensayos, donde aparece esta cita de una carta de diciembre de 1912.

El error cardinal [de Madero] radica en su convicción de poder gobernar al pueblo mexicano como es gobernada una de las naciones germánicas más avanzadas. Ese primitivo pueblo de gentes semisalvajes. sin religión, con una endeble capa superior de mestizos exteriormente civilizados, no puede soportar otro régimen que un despotismo clarividente”, escribía el embajador alemán en México. Y el Kaiser Guillermo anotó al margen: “Correcto”.

Estos hallazgos, tan viejos y tan actuales, no saltan por si solos de los archivos. Pueden pasar inadvertidos ante muchos ojos y entre muchas manos. Para que se revelen hace falta una cierta mirada: por ejemplo, la de Friedrich Katz.