Una crónica literaria

Fabrizio Mejía y Julio Patán. Escritores. Actualmente coordinan la sección Minimalia de la revista Nexos.

1988: REUNIÓN TUMULTUOSA

El fenómeno cultural destacado del sexenio fue, sin duda, la aparición de una nueva sensibilidad urbana con un gusto literario que valora la trama, el lenguaje directo, la ironía, el realismo. Las razones de su aparición tienen que ver con factores anteriores al sexenio salinista: los resultados de la masificación de la educación superior, el agotamiento del gusto por aquello que, hasta poco antes de que muriera, se llamaba “lo vanguardista”, la influencia decisiva de la canción popular y el lenguaje cinematográfico, la modernización como norteamericanización de la demanda cultural. En 1988 surgieron tres editoriales. Vuelta y El Equilibrista exhumaron recopilaron y antologaron algo de lo mejor de la alta cultura nacional. La editorial Cal y arena entró al mercado con una oferta que pretendía satisfacer las expectativas del nuevo público lector.

En el sexenio salinista, la presencia de Octavio Paz fue central para la revaloración cultural, el debate de ideas y la polémica. Creemos no equivocarnos al decir que éste fue, en muchos sentidos, el sexenio de Octavio Paz. La editorial Vuelta publicó en este año Primeras letras (1931-1943), un preámbulo de la esperada edición de sus obras completas emprendida por el Fondo de Cultura Económica.

Orientada hacia el ensayo de largo aliento y la prosa narrativa, Cal y arena se estrenó con Después del milagro de Héctor Aguilar Camín, un ensayo de los años ochenta que trata de vislumbrar lo viejo y lo nuevo dentro del laberinto de la transición mexicana. La perspectiva histórica de Aguilar Camín probó ser de gran utilidad para la comprensión de los cambios que vendrían. A seis años de su aparición, continúa siendo una referencia inevitable. En la misma editorial, dos autores provenientes del periodismo cultural promovieron una visión nueva de viejos temas. Luis Miguel Aguilar aportó con La democracia de los muertos el primer ensayo sobre la poesía mexicana de 1800 a 1921. Sergio González Rodríguez, por su parte, extendió, bajo el nombre de Los bajos fondos, sus ensayos sobre la vida nocturna y la bohemia en la ciudad de México publicados por primera vez en la revista Nexos.

El éxito de crítica y ventas alcanzado por Arráncame la vida de Angeles Mastretta, desde 1985, se reveló como un fenómeno más allá de lo comercial con la reedición en 1988 (Cal y arena). En ese año, los libros escritos por mujeres descubrieron a un nuevo público de lectoras identificadas con la confesión como estilo, la frescura como aliento narrativo y el erotismo como clave de la política. En 1988 debutó Rafael Pérez Gay, un narrador significativo por su capacidad de convertir la vida cotidiana en universos a un tiempo reconocibles y maravillosos. Me perderé contigo encontró también un público nutrido que supo identificarse con el tono irónico del realismo urbano que en estos años se consolidó como oferta cultural legítima.

En un sexenio marcado por la profusión de antologías y volúmenes de obras completas destacó la aparición de Autopsias rápidas (Vuelta), que redondeó la reedición de la obra completa de Jorge Ibargüengoitia. Esta nueva recopilación de sus textos, escritos a lo largo de su prolífica trayectoria dentro del periodismo, confirmó una de las certezas culturales de los nuevos tiempos: no hay nada condenable en echar mano del humor para hacer contacto con los lectores. Sergio Pitol incorporó una de las más valiosas aportaciones contemporáneas a esta tradición satírica y paródica trazada por Ibargüengoitia. Domar a la divina garza (Era), segunda parte de su trilogía carnavalesca iniciada con El desfile del amor (Anagrama, 1984) y concluida en 1990 con La vida coyungal, significó el principio de un reconocimiento injustamente postergado para uno de los escritores mexicanos que más provechosamente han sabido explotar las enseñanzas de la mejor tradición literaria en lengua inglesa.

Carlos Monsiváis nos ofreció dos muestras envidiables en el dominio de la crónica. Podría decirse que Escenas de pudor y liviandad (Grijalbo) se lee como una consistente segunda parte de Amor perdido, aunque más atenta a los dispositivos de producción de la cultura popular que a sus protagonistas. En este sexenio, la figura de Carlos Monsiváis se consolidó como la del cronista antioficial de la ciudad de México, fiel al recuento de los pobladores y no al de los edificios. Entrada libre (Era), por su parte, nos mostró a un Monsiváis perplejo frente a los signos confusos de la ya entonces llamada “sociedad civil”. Más que una interpretación, es un testimonio cautivado por la coyuntura de la movilización popular en la ciudad, del terremoto al Mundial de futbol, del CEU a las colonias en lucha. Con una voluntad colectiva, Elena Poniatowska hizo en Nada, nadie (Era) un recuento de los terribles sucesos del terremoto de 1985, muy a la manera de La noche de Tlatelolco.

Un autor de larga trayectoria encontró también un lugar en el panorama editorial de 1988. Salvador Elizondo ratificó con Elsinore (El Equilibrista) -obra de vagas sonoridades autobiográficas, deambulantes en un espacio imprecisable entre las palabras y los sueños- que es un autor con una escritura propia. Al publicar la obra completa de Elizondo, Vuelta trató de zanjar las irregularidades de este autor que lo hacían, o no, accesible a los lectores.

Si algo marcó a este 1988 fue la emergencia de un gusto cultural en rápida expansión que, sin diferenciar entre alta cultura y cultura de masas, accedió al consumo artístico, legitimando temas, géneros y tonos diversos. Los nuevos lectores y espectadores de los ochentas y principios de los noventas, producto de la masificación de la educación media superior y superior de la década de los setentas, que benefició sobre todo a las escritoras, entre ellas Laura Esquivel y el éxito estadunidense de Como agua para chocolate, impactaron de forma definitiva al mercado cultural con percepciones, prejuicios y obsesiones adquiridas, décadas atrás, en sus primeros contactos con la lectura. Otras escritoras con calidad entraron también al nuevo mercado. Silvia Molina publicó en esos años Dicen que me case yo, Imagen de Héctor y Un hombre cerca. Los escritores empezaron a preguntarse cuál era su nuevo papel frente al mercado. Sus respuestas, aún inciertas, determinaron buena parte de las disputas generadas en los siguientes años.

1989: ESCRITORES Y ANTOLOGADORES

“Otra clase de trabajo hubiera requerido de otra clase de crítico y habría resultado también una antología menos pretenciosa y más pequeña. Si por gusto fuera, yo hubiera incluido a cinco o seis autores.” Con estas palabras Christopher Domínguez intentó hacer frente a las numerosas críticas que recibió su Antología de la narrativa mexicana del siglo XX (FCE), cuyo primer tomo empezó a circular en 1989. En un año con poca producción editorial relevante, los debates en torno a esta antología acapararon la escena cultural. Lo que estaba en juego era la idea misma del crítico como el que selecciona lo que debe ser memorable y deslinda la mala de la buena literatura. Durante los siguientes años, la crítica cultural perdió legitimidad frente a un público que desestimaba sus afirmaciones. La autoridad en todos los espacios de la vida mexicana estaba en litigio. La desazón frente a este fenómeno queda aquí en palabras de Domínguez: “Creo que un crítico busca siempre el consenso aunque éste sea negativo. En mi caso se trataba, en efecto, de encontrar un consenso cultural, no en cuanto a mí como persona: un consenso cultural en cuanto a la validez de una buena parte de la prosa mexicana del siglo XX”.

Dentro del ansia antologadora de 1989 encontramos La novela lírica de Los Contemporáneos, volumen compilado por Juan Coronado que anuncia una de las constantes culturales del sexenio: la revaloración del pasado literario mexicano. Como parte de esta tendencia, cabe destacar el rescate de la obra de Alfonso Reyes quien, en el centenario de su nacimiento, probó ser el autor nacional más prestigiado y homenajeado del siglo, y el menos leído. Guillermo Sheridan, por su parte, nos brindó en Un corazón adicto, una mirada centenarista a Ramón López Velarde. Aurora Ocampo publicó en este mismo año el primer tomo del Diccionario de escritores mexicanos.

Juan García Ponce incorporó a su amplia producción Imágenes y visiones (FCE), una nueva compilación ensayística, y el mismo FCE difundió Inmaculada, una novela erótica basada en la pintura de Balthus. El éxito de esta narración trajo consigo un equívoco: a los ojos del nuevo público, García Ponce era un autor de novelas eróticas y no un ensayista profundo y cosmopolita. Casi al final del sexenio, García Ponce publicó Pasado presente, que reparaba a los años sesentas.

Siglo XXI publicó las Obras completas de una autora de la misma generación que García Ponce y Juan Vicente Melo: Inés Arredondo. La búsqueda de lo sagrado, escencial en su obra, permite al lector presenciar otras dimensiones de la experiencia humana: la transgresión, la violación de lo prohibido, la profanación del secreto. Con la aparición de este volumen, Inés Arredondo entra de lleno a la difusión de su obra, absurdamente desatendida.

Otra estrategia que probó su consistencia fue la recuperación de textos aparecidos en publicaciones periódicas. Alberto Ruy Sánchez y Vicente Leñero concentraron algo de lo mejor de su producción en la prensa escrita en El filo de las hojas y Talacha periodística, respectivamente.

La demolición como fuerza renovadora sería el signo de 1989. En otro tono, pero igualmente absorbido por la preocupación por lo que no acaba de desaparecer, Juan Villoro nos relata un viaje a Yucatán en su excelente Palmeras de la brisa rápida (Alianza México). Villoro publicó también en estos años El disparo de Argón (Alfaguara 1991). Carmen Boullosa, una autora no identificada con la llamada literatura “femenina”, publicó Antes (Vuelta), un libro también de viajes, pero, en este caso, interiores que nos conducen de nuevo a su infancia como una búsqueda de la naturaleza misma de la experiencia y la memoria.

A la distancia, 1989 nos parece un año más inclinado a la revisión histórica, al estudio crítico y a la clasificación genérica que a la creación literaria. Por alguna razón, quizás debido a las incertidumbres para predecir el clima político, muchos escritores esperaron 1930 para sacar a la luz sus nuevas propuestas.

1990: PAZ Y FUENTES

La nueva década nos trajo un nutrido mosaico narrativo. Este fue el año de Octavio Paz, por el Premio Nobel de Literatura, y el de Carlos Fuentes, por su retorno a la vida pública mexicana. El más famoso novelista vivo de México continuó encontrando resistencias y reclamos al valor de su obra. Este debate, comenzado por un artículo de Enrique Krauze a partir de la publicación de la autobiografía Myself with others en 1988, se nos presentó como una opinión compartida entre buena parte de los críticos cercanos a la revista Vuelta. Mucho de lo que trajeron los años siguientes parecía un conflicto entre los seguidores de Octavio Paz y los de Fuentes: los demócratas liberales contra los nuevos demócratas, que seguían preocupados por lo social. Más allá de este espejismo, lo que estaba en juego eran las penurias sufridas por los intelectuales a la hora de redefinir sus posturas frente a los cambios en Europa del este y la modernización mexicana.

En 1990 se presentó Valiente Mundo Nuevo de Fuentes (FCE), un recorrido por la literatura iberoamericana de Bernal Díaz del Castillo a Julio Cortázar. Más preocupado en ese año por la creación que por la polémica, Fuentes nos trajo dos volúmenes poderosos: Constancia y otras novelas para vírgenes, tres relatos guiados por la posibilidad del renacimiento y la resurrección, y La Campana (FCE), una reescritura novelada de las guerras de independencia del continente.

Octavio Paz incorporó al cauce editorial de ese año dos obras que marcaron el debate por venir: La otra voz. Poesía y fin de siglo (Seix Barral) y Pequeña crónica de grandes días (FCE). En La otra voz, Paz emprende una historia de la palabra poética, interior, enfrentada a la lógica del poder, el progreso y la ruptura. Paz reafirma sus convicciones a la luz de la nueva ola democratizadora: igualdad y libertad son dos asuntos enlazados por la fraternidad y ésta sólo es posible si logramos humanizar el mercado. Extensión hechizada de Tiempo nublado (1983), Pequeña crónica de grandes días contiene seis ensayos sobre las opciones del mundo tras el derrumbe del socialismo. En un ensayo de septiembre de 1990 publicado en Nexos, Héctor Aguilar Camín sintetiza los empeños de esta obra de Octavio Paz: “un acto de honradez o, como el propio Paz lo llama, un rasgo de fidelidad a sí mismo … Paz acertó hace mucho tiempo en anticipar la demanda de pluralidad y democracia que es hoy, por fortuna, el centro de la vida pública del país, acertó en su exigencia de no contemporizar con las monstruosidades políticas del socialismo real, ni con sus coartadas intelectuales, acertó en señalar las rigideces teóricas y las complicidades prácticas de las izquierdas latinoamericanas con el paradigma autoritario socialista y con las diversas ilusiones sangrientas de las vías armadas a la revolución.”

En ese año, a la luz de las demoliciones de 1989, los intelectuales se obsesionaron por la pertinencia de las profecías que sobre México y el mundo habían hecho en décadas pasadas. A la distancia, La experiencia de la libertad, el encuentro organizado por la revista Vuelta y transmitido por Televisa, tuvo el valor del testimonio. Más allá de las disputas que desencadenó la selección de invitados al encuentro y el tiempo que se les dio para hablar, lo que parecía demolido era la idea del intelectual como responsable no sólo de sus palabras y acciones públicas, sino de sus decisiones privadas, en una confusión entre vida y arte que ha resultado mortal para la inteligencia mexicana: el compromiso del escritor. Asumida la idea de que los intelectuales eran héroes de una pieza, sus textos se convirtieron entonces en profecías que debían cumplirse.

La agonía de esta idea fue lenta. De 1990 a 92, las guerras del papel entre escritores utilizaron argumentos morales y golpearon al enemigo con datos sobre sus incongruencias, contradicciones y omisiones de 1968 para acá. En esta idea, los intelectuales no podían equivocarse, menos contradecirse; eran más inspirados que razonables y su trayectoria se medía en función del éxito o fracaso de sus posturas pasadas. Un debate que debió concentrarse en las opciones frente a la caída del socialismo acabó en una discusión enrarecida sobre quiénes profesaban desde siempre la verdadera fe: ¿es el militante malo o bueno por naturaleza? Si algún muro se vino abajo en México fue el de la utilidad de definir a un escritor por sus posturas políticas. En medio de los registros de errores, otra figura comenzó a desvanecerse: el escritor como oráculo en un mundo altamente impredecible. Los escritores también tenían derecho a equivocarse.

Al margen de estos enredos, la creación literaria siguió sus cauces en ese 1990. Cal y arena publicó a dos de los autores más atractivos de su catálogo inicial. Angeles Mastretta incursionó con Mujeres de ojos grandes en el género del cuento sorprendiendo por su calidad y su éxito comercial. Una nueva certeza: la buena literatura no siempre está reñida con la aceptación en el mercado de los libros. En este mismo curso, Rafael Pérez Gay publicó su primera y hasta ahora única novela, Esta vez para siempre. Como en el caso de Juan Villoro, Pérez Gay muestra más destrezas y aliento narrativo en el relato corto que en la novela.

José Emilio Pacheco reunió en La sangre de Medusa (Era) un conjunto de cuentos fantásticos escritos entre 1956 y 1984. Se lee como un panorama de las obsesiones y estilos que han definido los diversos momentos de la brillante trayectoria creativa de Pacheco, uno de los escritores imprescindibles de la literatura nacional.

La reconstrucción literaria de la historia fue una de las constantes en el imaginario de los escritores. En la vía de la crónica desenfadada y, a un tiempo, crítica -tan crítica como sus errores de investigación histórica-, José Agustín no le concede respiro alguno al poder de los gobiernos de la Revolución en Tragicomedia mexicana (dos volúmenes). Su recuento, que inicia en la década de los años cuarenta, no sólo mezcla el retrato de la vida política, los espectáculos y los chistes de época, sino que teje un argumento que muy bien podríamos llamar “la historia mexicana vista por los sesentaiocheros”. Agustín también editó El rock de la cárcel (Joaquín Mortiz), una deleitable autobiografía en cuyos contornos se ubica más de una generación. Dentro de la crónica histórica destaca la ya célebre La ciudad de los palacios de Guillermo Tovar y de Teresa (Fundación cultural Televisa y Vuelta), un erudito recorrido por los sucesivos y no siempre voluntarios cambios en el rostro de la ciudad de México, ampliamente ilustrado con fotografías. La publicación de esta crónica aceleró las preocupaciones de un amplio sector de capitalinos interesados en el rescate del centro histórico de su ciudad.

1991: LOS AÑOS Y LAS LETRAS

En apariencia, la guerra sucia de los setentas mexicanos podía reciclarse por medio de la literatura para entrar a la memoria de los noventas. México se presentaba como un país que finalmente podría asimilar su historia. Los hechos probarían que no. En 1991, las desconocidas batallas entre el gobierno de Luis Echeverría y la guerrilla urbana dieron pie a dos novelas que de nueva cuenta demostraron la posible coincidencia entre calidad y éxito comercial. Guerra en el paraíso de Carlos Montemayor (Diana) es el relato cruento de aquellos años que ya había entrado a la narrativa testimonial en las novelas de Salvador Castañeda y las crónicas de Elena Poniatowska en Fuerte es el silencio. Montemayor, entrela hemerografía y la ficción, consiguió tejer una novela de largo alcance sobre el sentido de la heroicidad, la traición y la muerte. Menos comprometido con la guerrilla, más con la historia del periodismo en México a partir del golpe de Excélsior, y más aún con una fuerte veta emotiva, Héctor Aguilar Camín nos ofreció en La guerra de Galio (Cal y arena) su visión sobre el poder entre la barbarie civilizatoria y la ruptura tercamente esperanzada. Se dio de nuevo una paradoja: la novela de Aguilar Camín se leyó con la obsesión por ubicar en los personajes a las personas reales cuando, en sentido estricto, se trataba de una metáfora del poder y la verdad. Y, también, de una historia de amor.

Desde luego la narrativa de 1991 estuvo lejos de limitarse a la reconstrucción histórica de nuestro pasado reciente. Ricardo Garibay, uno de los narradores más prolíficos de la segunda mitad del siglo XX mexicano, publicó Triste domingo (Joaquín Mortiz). Con éste, Garibay demostró que un autor con más de cincuenta años en la literatura, puede mejorar y renovarse en cada libro. Triste domingo narra con intensidad y agudeza la historia de un triángulo amoroso, protagonizado por dos hombres, uno de ellos maduro, y una mujer. Un año después, GAribay volvió con Cómo se gana la vida (Joaquín Mortiz), un volumen autobiográfico, relato vívido del escritor como oficiante.

Otras de las pequeñas constantes del sexenio salinista fue el replanteamiento de la novela de aventuras, un subgénero que cobró nuevos bríos en un entorno cada vez más lejano a las licenciaturas experimentales, indiferente a la anunciada muerte de la novela y apegado, en cambio. al viejo gusto por contar. El gran personaje, de visos conradianos, fue Maqroll, el gaviero desprendido de la poesía de Alvaro Mutis, que le mereció el premio Médicis en 1993. Boullosa, lejos de los primeros temas, enseña en Son vacas, somos puercos las elecciones bien aprendidas de Salgari y también de Mutis, en el desarrollo de la primera parte de las aventuras filibusteras del curandero Smeeks, que tendrán un alcance en El médico de los piratas (Siruela, 1992).

“Tomo el libro y leo un capítulo de Hombres de maíz, emerge el novelista, no la sombre del personaje, no la sombra que perdió a su hombre. Dejo el libro y de pronto no sé por qué me figuro que esta remembranza hurga en mí y hurga en mucho en lo que Miguel Angel sufrió por mí”. Con estas palabras Luis Cardoza y Aragón nos ubica emocionalmente para Miguel Angel Asturias (Casi novela), un libro de encuentro de géneros y memorias que miran al autor de El señor presidente. Semanas más tarde aparecerá Tierra de belleza convulsiva que reunió los textos que Cardoza hizo en 1936 y 1944 para el periódico El Nacional. Crítica de arte, entrevistas, traducciones de Artaud, poemas y tres semblanzas que del autor hicieron Efraín Huerta, José Moreno Villa y Fernando Benítes conforman este volumen indispensable para atender a la visión de conjunto no sólo del vanguardismo en México sino sobre todo de la recepción privilegiada e inspirada que de él tuvo Cardoza y Aragón.

Desde México, pero no con la vista en él, Cal y arena publicó El imperio perdido de José María Pérez Gay, una bibliografía cultural y social, a la manera de Claudio Magris, del final del Imperio austro-húngaro a través de las horas de Hermann Broch, Robert Musil, Karl Kraus, Joseph Roth y Elías Canetti. El imperio perdido introdujo en el clima intelectual mexicano un aire refrescante, culto sin erudiciones ostentosas, inteligente sin falsas pretensiones.

De estos años ricos en las revisitaciones históricas no podemos dejar de mencionar El nuevo pasado mexicano de Enrique Florescano, una aventura historiográfica que relata las mudanzas de temas y enfoques teóricos que ha sufrido quehacer de historiar a lo largo de la segunda mitad del siglo XX.

1992: EL AISLAMIENTO DE LA INTELIGENCIA

Los intentos por empatar el conocimiento histórico de la academia con el de la población, suscitarían en 1992, año del Quinto Centenario del descubrimiento de América, una disputa por el control de la verdad de nuestro pasado.

Sin duda, los historiadores y novelistas llevaron en sus espaldas el peso de esta discusión que comenzó dos años antes, en octubre de 1990, cuando se inauguraba la exposición México: esplendores de treinta siglos en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York. En esa ocasión, algunos críticos de arte argumentaron que en el catálogo se disfrazaban las matanzas sufridas por la población india a manos de los conquistadores y que la figura temible de Porfirio Díaz alcanzaba la estatura de un modernizador.

En 1992 se exacerbaron los ánimos. En nombre de los indios, un grupo de organizaciones impulsaron el political correctness de la mexicanidad: el descubrimiento debía ser llamado “invasión imperialista”. Estos calentamientos llevarían a los indios de Chiapas a derribar la estatua de Diego de Mazariegos el 12 de octubre de ese año. En ese mismo año y, a raíz de la reformulación de los libros de texto gratuitos de historia, una parte de la opinión escrita reclamó su derecho a la historia oficial de siempre. El fenómeno mostró sus transparencias: para los opinadores indignados, la historia no era más que un relato con héroes y villanos y, en ese año, los empeños de los historiadores que durante décadas habían reformulado sus opiniones se encontraron aislados en un país que se resistía a la novedad intelectual.

A contracorriente del ánimo popular, Carlos Fuentes en El espejo enterrado, un ensayo multimedia, trató de establecer puntos de contacto entre blancos, rojos y negros. Basado en el texto pionero de Richard Morse (El espejo de Próspero), Fuentes contrapuntea una iconografía, cuya pertinencia no es la menor de sus virtudes, con un texto en el que se concentra toda la elegancia y la claridad que caracterizan a este estupendo ensayista.

Reciclando aquel texto sobre Fuentes, Enrique Krauze publicó Textos heréticos (Grijalbo), una reunión de ensayos de historia y política. También de este año son los volúmenes ensayísticos Teoría del infierno y otros ensayos, de Salvador Elizondo, y El centauro en el paisaje (finalista del Premio Anagrama) de Sergio González Rodríguez, un montaje de sus textos sobre la modernidad aparecidos en el suplemento La Jornada semanal y con muchos ecos de La noche oculta, novela publicada en 1991.

Dos prestigiados historiadores se incorporaron a la polémica quintocentenarista con excelentes propuestas intelectuales: Fernando Benítez y José Luis Martínez. 1992: ¿Qué celebramos, qué lamentamos? (Era) de Benítez es un documentado alegato para mesurar los ánimos que, sin evitar el recuerdo descarnado de los ires y venires de los españoles por América, nos acerca a una historia menos maniquea y más comprometida con la verdad. Producto de una laboriosa y diestra investigación, el Hernán Cortés de José Luis Martínez es, sin duda alguna, la biografía más completa de este personaje con la que se cuenta hasta la fecha. Martínez consigue algo más que un mero ejercicio biográfico. Hernán Cortés es, al mismo tiempo, un encuentro con la historia que absurdamente los mexicanos pretenden negar y la crónica de una época hecha de múltiples voces que le dan una dimensión humana a lo que llegó a parecernos un mito.

De lleno en el campo de la biografía narrativa o la recreación biográfica, encontramos varias obras. Elena Poniatowska llevó este impulso hasta la novela en su largamente trabajada Tinísima (Era). Esta moda cultural atendió también a otras figuras femeninas, como ilustran Antonieta de Fabienne Bradu (1991) y Nahui Ollin de Adriana Malvido (1993). Alvaro Ruiz Abreu en José Revueltas: Los muros de la utopía, (Cal y arena) consigue una reconstrucción acabada de la vida del escritor y militante. En 1994, Antonio Saborit, mezclando el aliento histórico y el narrativo, publicó Tomóchic. Un episodio de historia y literatura.

La preocupación por el pasado y el futuro llegó hasta la parodia. Hugo Hiriart emplea toda su chispa en La destrucción de todas las cosas para relatarnos una metáfora satírica de la invasión. También dentro del campo de la narrativa vieron la luz en este año No pases esta puerta y La miel derramada de José Agustín, dos volúmenes de cuentos que poseen el raro atractivo de haber sido escritos durante varias décadas, como imágenes congeladas de la larga vida de Agustín entre sus aficiones por la transgresión, el gusto por el rock vislumbrado como literatura y la pasión por el sexo.

El prolífico Héctor Aguilar Camín volvió a recorrer el camino del relato corto con Historias conversadas (Cal y arena), en el que ensaya un tipo de realismo esencial: el cuento como anécdota.

La noticia más amable de este 1992 fue la publicación de Otro recuento de poemas de Jaime Sabines. Sobra decir que este acontecimiento editorial, como cualquier nueva edición de la obra de un poeta con la estatura de Sabines, resulta enriquecedor en la medida en que genera un cambio en nuestra lectura de la poesía mexicana.

El asunto cultural que alcanzó relieve, pero que poco tuvo que ver con la literatura, fue el del Coloquio de Invierno. En febrero de 1992, la UNAM, el CNCA y la revista Nexos convocaron a un grupo amplio de escritores e historiadores al Coloquio de invierno. La airada protesta de los excluidos, o autoexcluidos, solidificó una mitología de los intelectuales mexicanos sobre sí mismos: la cultura es algo que se disputa entre dos grupos, Vuelta y Nexos, que representan -estoicos- sus antiguos papeles de Plural y La Cultura en México. El esquema era útil en el espacio bipolar de la cultura nacional, aquel en el que aún existían los intelectuales de izquierda y los de derecha. Ahora este esquema es, por lo menos, reduccionista. En el sexenio, la evidencia contradice a la leyenda: los supuestos grupos culturales no funcionan como tales y hay tantas redes de escritores, historiadores, poetas y editores como amistades y coincidencias vitales puedan existir en cada beca, premio y reconocimiento otorgados. Lo único provechoso que trajo este litigio se dio en torno a varias preguntas: ¿Qué tipo de reformas se necesitan para conseguir un financiamiento privado a la cultura? ¿No es cierto que la iniciativa privada impondría vetos de tipo religioso o criterios mercantiles a sus apoyos culturales? Y, en un país en el que los empresarios no están obligados a financiar nada, ¿quién si no el gobierno debe pagar la producción cultural y con que criterios? En la medida en que los creadores no tengan respuestas a estos y otros asuntos, tampoco podrán reformar su relación frente al poder y sus subsidios.

1993: LA GEOGRAFÍA DEL ENSAYO

Este año trajo consigo una importante producción ensayística. Itinerario (FCE) de Octavio Paz reúne cinco textos que glosan y ordenan el pensamiento político del mayor de nuestros poetas. No nos parece gratuito empezar nuestro recorrido anual con este libro. A caballo entre la reflexión política y la memoria escrita, Paz consigue lo que podríamos llamar un viaje sentimental e intelectual por el mundo de la política Itinerario es un legado de valor inapreciable en el que parecen dibujados con toda viveza los cambios conceptuales de un escritor que, no obstante la plasticidad de su pensamiento, ha sabido ser fiel a sus principios motores la fe en la libertad y la apuesta por la democracia, la polémica y la pluralidad de voces frente a la tiranía y el monólogo impuesto.

Paz nos ofreció aún otros dos volúmenes ensayísticos, La llama doble y Sade: un más allá erótico. El uno estructurado como una colección de textos, el otro un pequeño ensayo monográfico, ambos tienen como eje temático los vínculos inagotables entre el erotismo y la literatura, entendidos como una odisea metafísica en busca de la libertad Paz, plenamente inmerso en uno de sus grandes temas, se nos muestra aquí en una de sus facetas más atractivas como lector.

Fuentes, muy activo también en este año, publicó una obra que para muchos estaba destinado a escribir: La geografía de la novela. Fuentes parte de una exposición no exenta de ironía de la sentencia a muerte con la que no hace mucho fue victimada la novela; el resto, se diría, es una avalancha aplastante de contraejemplos: Barnes, Kundera, Rushdie, Styron, Ocri, Ishiguro. El novelista se exhibe en pleno dominio teórico de su oficio y deja constancia de la novedad de sus lecturas en un pequeño manual del buen viajero que, sin agotar los sitios de interés (autores de la talla de William Boyd no son siquiera mencionados), cumple sobradamente como invitación. ßLa importancia de Geografía de la novela no fue del todo percibida a causa de la puesta en escena de El naranjo, o los círculos del tiempo (Alfaguara), renombrada como El naranjo tras un pleito jurídico que impidió a Fuentes seguir usando la segunda parte del título original. El exitoso volumen de relatos se une y de algún modo clausura a la larga lista de homenajes, reproches y recreaciones surgida en torno al Quinto Centenario.

Tres exponentes de la narrativa mexicana reciente tuvieron buenos motivos para celebrar en el 93. Ignacio Solares cerró su trilogía histórica iniciada con La noche de Angeles y Madero, el otro ambas publicadas en Joaquín Mortiz) con El gran elector (publicada en la misma editorial que las anteriores), una entrañable comedia basada en el genial artilugio de reunir los rasgos más caricaturizables de cada uno de los presidentes posrevolucionarios en un solo personaje, el Gran elector del título. Por su parte, Jorge López Páez, un autor que apenas comienza a ser valorado, consiguió el premio Javier Villaurrutia con Los cerros azules, que fue acompañada por la reedición de Doña Herlinda y su hijo y de Mi hermano Carlos (FCE), reeditado por primera vez desde 1965.

1994: EL LIBRE COMERCIO DEL COPYRIGHT

El acontecimiento cultural de 1994 fue la circulación de los primeros seis tomos de las Obras completas de Octavio Paz (FCE). En general, los escritores y editores empezaron a reaccionar a las nuevas condiciones del mercado. Por un lado, Enrique Krauze distribuyó en puestos de periódico su biografía de Porfirio Díaz (Clío), que Televisa adaptó para una telenovela, y un grupo de escritores, siguiendo las huellas de Juan Villoro y El disparo de Argón, decidieron probar suerte en el mercado editorial español apadrinados por Alfaguara: Carmen Boullosa con Duerme, Daniel Sada y Una de dos, Bárbara Jacobs y su Vida con mi amigo, Ignacio Solares con Nen, la inútil, entre otros. Sealtiel Alatriste, representante de Alfaguara en México, recibió el Premio Planeta por Verdad de amor. El mismo Enrique Krauze editó en Tusquets sus recorridos biográficos de los héroes nacionales del siglo XIX que, bajo el título Siglo de caudillos nos devuelven a un historiador con talento para la divulgación.

Gonzalo Celorio publicó Viaje sedentario que, al igual que Amor propio (1990), editó Tusquets. Carlos Monsiváis exploró la difusión masiva y a precios populares con Los mil y un velorios (Alianza Cien), un alcance documentado de los casos de la nota roja mexicana, sus valores culturales, sus registros entre el lenguaje y el crimen. Por su parte, José Joaquín Blanco regresó a la novela por entregas en el semanario Etcetera y compiló sus capítulos en Mátame y verás (Era), una noveleta de amor y odio en manos de un escritor diestro.

En el año en que Alfaguara compiló las obras de Onetti, Cortázar y Benedetti, Carlos Fuentes volvió a las listas de los más vendidos con Diana o la cazadora solitaria, una recreación autobiográfica inmersa en el México de los sesentas. Fuentes acompaña a esta novela con la recopilación de sus artículos periodísticos en Nuevo tiempo mexicano, que se lee como un documento en el que el autor trata de escapar al torbellino de la coyuntura política mexicana. José Emilo Pacheco, por su parte, saca a la luz El silencio de la luna (Era), una estupenda colección de poemas.

El año se cierra con la publicación de la biografía de Juan José Arreola recogida verbalmente y escrita por Fernando del Paso. La obra y la relevancia de Arreola están en un proceso de revaloración, no sólo nacional. Muchos de los escritores norteamericanos de ficciones súbitas reconocen a Carver y a Juan Jose Arreola como precursores del genero instantáneo y de su precisión cuentística. En 1995, Arreola, más que los homenajes, merece la relectura y la difusión de su obra para el nuevo público.