Rafael Pérez Gay. Escritor. Su último libro es Llamadas nocturnas.

En Córdoba, España, ocurrió hace unos días un pequeño equívoco sin importancia. El episodio es una delicia y sucedió así: la ciudad de Córdoba rindió un homenaje a Lázaro Cárdenas, al que agradeció la ayuda prestada a los exiliados republicanos de la Guerra Civil española. En la calle Veracruz de la ciudad de Córdoba pusieron una escultura e hicieron los preparativos para la inauguración a la que asistiría, según informa el despacho de EFE, Cuauhtémoc Cárdenas. En el solemne momento en que se develó la escultura, el hombrón de bronce y varias toneladas de peso que apareció ante los ojos de funcionarios y público en general, no era Lázaro Cárdenas sino Benito Juárez.

Este pequeño equívoco sin importancia que convirtió al Tata Lázaro en la figura adusta y económica de Don Benito tardó dos semanas en repararse, después de lo cual el hombrón de bronce y varias toneladas de peso fue retirado a un desván en espera de su propio homenaje. Es posible imaginar este diálogo:

-Haj que apurá al Cárdenas- afirma un funcionario español.

-Pero hombre, claro. ¿Por qué no había de apurá al Cárdenas? Resulta, eso sí, que el Cárdenas se llama Benito y no Lázaro: Benito Cárdenas.

En la reunión política hay un catalán que repite sin cesar algo así como:

-L’ frut del piñat Cardens monstalt.

El funcionario se impacienta y dice con voz acostumbrada al mando:

-Qué dejorden: a tabrajá en el Benito aquel.

Cuando leí la nota de EFE me sentí extrañamente feliz.

Yo pensaba que esas cosas sólo ocurrían en México.

Talión

Pongamos por caso que México quiere hacerle un reconocimiento a Manuel Azaña, el escritor y político español, presidente de la República Española precisamente en 1936. El lugar ideal para poner su escultura podría ser el jardincito que está a las afueras del Hospital de Jesús. Estoy convencido de que el día de la inauguración en lugar de Manuel Azaña aparecería el cuerpo mutilado de Churruca, el famoso militar español que desafió al Almirante Nelson. El valor de Churruca está fuera de discusión, el hombre perdió una pierna durante la cruenta batalla, pero siguió combatiendo y dirigió el combate después de que metió la pierna destrozada en un barril de harina. Este episodio más que de valor, de locura, fue narrado por Benito Pérez Galdós en los Episodios Nacionales. Nadie se atrevería a objetar una escultura para Churruca, pero el reconocimiento era para Manuel Azaña. ¿Qué pasó?

-¿Quién es el Azaña ése, tú?- pregunta un funcionario, presumiblemente del PRI.

-El que peleó- responde otro funcionario.

-Ah- contesta.

Y así, la Hazaña de Churruca queda sembrada para siempre en el jardincito de las afueras del Hospital de Jesús.

Por supuesto, el hipotético episodio no sería una venganza por el ninguneo que sufrieron nuestros próceres en España: la ineficiencia y la estupidez no tienen nacionalidad.

Efigies

Los nuevos billetes que circulan en el país contienen, por cierto, toda una visión de la historia de México. El nuevo billete de cincuenta pesos reproduce la imagen de un Morelos con el clásico pañuelo en la cabeza y una boca de labios tan carnosos y tan pintados que usted juraría que Don José María se los acaba de delinear con un bilé maxfactor. No es justo. A Morelos siempre le va mal a la hora de las efigies y las estatuas. Ya tenemos en la avenida Churubusco un Morelos gordísimo que cabalga con gran dificultad hacia ninguna parte. Un hombre con ese sobrepeso no podría subirse jamás a un caballo, y si se subiera nunca podría bajarse. Aparece tan gordo el pobre Morelos que no sería descabellado imaginar a su tocayo, Don José María Cos diciéndole:

-Chema, ponte a dieta. Yo ya no puedo subirte y bajarte del caballo todos los días.

Nuestros historiadores no nos han dicho si Morelos padecía high anxiety. O si durante el Congreso de Apatzingán se comió todos los ambigús que les llevaron a los constituyentes durante la pesada jornada de trabajo; o bien, si antes de ser proclamada la primera constitución de la nación mexicana, Morelos interrumpía constantemente para tomar la palabra y decir:

-Bueno, ya: que traigan los pastelillos…

Otra opción para explicar semejante sobrepeso es que durante la lectura obligada de El Ilustrador Nacional, periódico de los insurgentes que le entregaba Francisco Severo Maldonado, se empacaba toda clase de dulces mexicanos acompañados de espumosos tazones de chocolate.

El caso es que ahora tenemos un Morelos travesti a punto de ser víctima de una redada en el Puente de, precisamente, avenida de los Insurgentes. No tengo nada contra los travestis, pero la verdad no creo que Morelos tuviera tiempo para esas frivolidades durante la guerra de Independencia.

Héroes soñadores

Los billetes de diez pesos traen la figura de Emiliano Zapata, símbolo inigualable del heroísmo y la derrota revolucionarios. Zapata, sin embargo, tuvo suerte en su paso por la posteridad. Las innumerables estatuas que lo inmortalizan -a caballo, a pie, sembrando la tierra, victimado por Guajardo- entregan siempre a un hombre vigoroso, con cuerpo de line-backer de los Acereros de Pitsburgh, pero con sombrero charro, cananas y una mirada de monarca inderrumbable.

Además de estos atributos, el guerrillero del sur ofrece en los billetes de a diez una de las miradas más decididas y soñadoras que haya yo visto desde que Ingrid Bergman se caía en los brazos de Humphrey Bogart. No sólo eso, en esta estampa Zapata usa una corbata rarísima, como de cocinero italiano, y su bigote parece obra de un peluquero francés. El conjunto de la imagen desconcierta, uno no sabe si este Emiliano Zapata está a punto de echarse a llorar o a punto de pronunciar un parlamento de la película Lo que el viento se llevó:

-Frankly, my Genovevo, I don’t give a damn.

Esto no quiere decir que Miliano no estuviera capacitado para la ternura y la poesía, cosa que ya han probado de sobra los discursos priístas, el subcomandante Marcos y los historiadores de eso que llaman expresión popular. Lo que pasa es que el Zapata de los nuevos billetes sugiere más bien la serena, aunque no por eso menos decidida postura de un político inglés que la de un guerrillero y líder campesino.

Generales por Doctores

Ignacio Zaragoza, el militar liberal que derrotó a los soldados de Napoleón III en la histórica batalla del Cinco de Mayo en Puebla, es otra de las efigies de los nuevos billetes, en este caso de a quinientos.

Resulta que más que un rayo de guerra, el Zaragoza de los billetes parece alumno de El Colegio de México. Sus lentes redondos y su rostro joven e ingenuo, el copete de su peinado de lado y su posición, tres cuartos de perfil, así lo demuestran. Este General, piensa uno, no habría dado golpe en el campo de batalla y mucho menos pronunciado la frase que la leyenda le atribuye:

-Las armas mexicanas se han cubierto de gloria.

La efigie de este Zaragoza está más cerca de las notas -muchas notas- al pie de página, el aparato bibliográfico, el contexto y otros triunfos de un hombre en la soledad de su cubículo, que de la agreste geografía poblana en la que rechazó a las tropas de Lorencez.

La foja de combates de Ignacio Zaragoza no es de lo más espectacular que tenemos en materia militar: antes del histórico triunfo de Puebla libró una batalla en las cumbres de Acultzingo, para impedirles el paso a los franceses, y le dieron hasta por debajo de las muelas. En el momento más crítico, cuando el Ejercito de Oriente necesitaba a un militar como Zaragoza, éste se enfermó y murió en Puebla. Lo sustituyó González Ortega en el mando del Ejército de Oriente. Y Zaragoza pasó a la historia por la frase con la que seguirá informando al presidente Juárez hasta el fin de los tiempos, aunque la verdad, a juzgar por su efigie de quinientos pesos, parece que va a decir, durante una cena y ante otros colegas:

-Los sinodales de mi examen de doctorado fueron de lo mejorcito que tenemos, para que más que la verdad.

Benemérito

La biografía más breve que he oído en vida me fue contada del siguiente modo:

-En San Pablo Guelatao cuidaba ovejas; luego, casi a la fuerza, un tío lo hizo estudiar. Se hizo licenciado y, después de muchos trabajos, llegó a ser presidente de la República. Derrotó a los franceses y le quitó dinero mal habido a la Iglesia.

En la escuela pública donde hice la primaria, Juárez era el número uno de los héroes. Por esta razón, la efigie de los billetes de veinte pesos me impresionó fuertemente. Estaba acostumbrado al Juárez hierático, a salvo de las emociones, firme pero sensible, que huyó con la República a cuestas hasta que regresó triunfante a la Ciudad de México. En cambio, los billetes de a veinte ofrecen un Juárez de mal humor, con arrugas excesivas y el pelo más relamido que nunca, dueño de una mirada inquisitiva, casi cruel. Un Juárez así debió ser insufrible: “Plánchenme mi levita”, “Berriozábal (su ministro de Guerra), tráeme mi sombrero”, “González Ortega es un inepto, nada más aguantó sesenta y dos días en el sitio de Puebla”; “Guillermo Prieto es un cursi: a quién se le ocurre eso de que los valientes no asesinan”.

MARCEL PROUST (1987)

Por otra parte, andar en una carroza por toda la República mexicana, pasando calorones, para que hasta los amigos le pidieran la renuncia, pondría de mal humor a cualquiera. Todo para que al final unos españoles despistados lo confundan con Lázaro Cárdenas. No hay derecho.

La visión de la historia de México sugerida por los nuevos billetes es la misma que soportan algunos historiadores y, por supuesto, la cultura oficial: amamos a los héroes vencidos, asesinados, derrotados -Hidalgo, Morelos, Zapata, Villa son parte del equipo perdedor- y detestarnos a los vencedores -Iturbide, Carranza, Obregón son los miserables a los que se les ocurrió ganar.

Billet doux

En lo que a imágenes impresas en la moneda nacional respecta, me quedo con la vieja imagen de los viejos billetes de a diez. Me refiero a la Tehuana, mezcla formidable de margarita sin deshojar y sol surrealista concebido por Breton. La mujer mofletuda siempre sonreía metida en su traje típico, nada la perturbaba, era lo que se dice un billete feliz.