Contra la opinión dominante durante la década pasada, el feminismo no ha muerto. Y mucho menos las causas y las formas de la explotación de las mujeres. El éxito de un libro que pone al descubierto las falacias misóginas pone de nuevo en el tapete la urgencia de la lucha por la igualdad de los sexos.

Susan Faludi.
La guerra contra las mujeres.
Planeta. Col. Documentos.
México, 1993,
466 pp.

A los pocos meses de aparecer en las librerías estadunidenses, Backlash ya era el best-seller del año; su autora, Susan Faludi —quien ya había obtenido el premio Pulitzer por su trabajo como reportera en el Wall Street Journal— se convirtió en una figura pública y su tema, el feminismo, volvió a ocupar un lugar de honor entre los tópicos que el periodismo considera “polémicos”.

El trabajo es precisamente una investigación periodística que reseña la tendencia ideológica predominante de la década pasada, durante la cual los medios de comunicación masiva proclamaron triunfales “la muerte del feminismo” y la sobrevivencia de sus “nocivos” efectos.

La investigación de Faludi comienza poniendo en duda los sensacionalistas datos de las “tendencias estadísticas”; no le es difícil seguir la pista de las instituciones académicas donde se estudiaron y llegar a las siguientes —asombrosas— conclusiones: el estudio de Yale y Harvard que hablaba de una notable escasez de hombres casaderos para toda una generación de mujeres estadunidenses no sólo estaba mal planteado y carecía de datos suficientes; además, había sido desmentido por otros estudios donde se establecía, por ejemplo, que a los 30 años las mujeres solteras tienen entre 58 y 66% de probabilidades de casarse; a los 35, entre 32 y 41; y a los 40, entre 17 y 23. Para acabar pronto, los datos del censo aseguraban que había 1.9 millones más de solteros que de solteras en el grupo de edad de 25 a 44 años. Si alguien tenía que preocuparse por la escasez de personas con quienes contraer matrimonio eran los varones: en ese grupo de edad había 119 solteros por cada 100 solteras.

La investigación sobre fertilidad era igualmente mala: los dos investigadores franceses que habían publicado los datos tomaban como base una muestra de 2,193 mujeres que estaban siendo tratadas por infertilidad. Los datos que Faludi consiguió en el Centro Nacional para Estadísticas en Salud de los Estados Unidos mostraban que sólo hay un 13.6% de probabilidades de que una mujer entre los 30 y los 34 años de edad sea infértil —el riesgo de que una mujer sea infértil ente los 20 y los 25 años es del 10%. En realidad, la “tendencia estadística” que este Centro había encontrado era una ligera disminución en la tasa general de infertilidad: en 1965 era de 11.2%, y en 1982 de 8.5 por ciento.

En cuanto al estudio sobre los riesgos del divorcio, resulta que se fundaba en una muestra demasiado pequeña ¡y en los recuerdos de las personas que la “investigadora” había entrevistado! Los datos a que llegó una investigación más sería eran: una disminución de menos del 30% en el nivel de vida de las mujeres divorciadas, y sólo durante el primer año después del divorcio; el nivel se recuperaba poco a poco a partir de entonces y en cosa de cinco años alcanzaba una altura ligeramente por encima de la del tiempo del matrimonio. Mientras que los señores recién divorciados veían ascender su nivel económico sólo en un 10 ó 15 por ciento.

Por ultimo, a la hora de profundizar en los males psicológicos que padecen las mujeres solteras y exitosas, Faludi encontró que tener un empleo fortalece la salud mental de cualquier persona; la causa más importante de las depresiones no es la escasez de perspectivas matrimoniales, sino la escasez de perspectivas de trabajo. De hecho, los investigadores del Instituto de Investigación Social y del Centro para Estadísticas en Salud de los Estados Unidos revelaron el siguiente descubrimiento: las mujeres solteras que tienen un buen empleo están, con mucho, en mejores condiciones de salud mental y física que las casadas —con o sin hijos— que se quedan encerradas en casa.

Desde luego, todos los informes que consiguió Susan Faludi para evaluar las “tendencias estadísticas” que la prensa había diseminado eran del dominio público; no hacia falta tener contactos especiales o un tremendo “olfato noticioso” para obtenerlas. De hecho, algunos de los investigadores que se los proporcionaron, los habían enviado antes a las revistas que habían publicado reportajes con datos dudosos o equivocados.

Pero a la prensa no le parecieron tan atractivas las historias donde se desmentían las famosas “tendencias estadísticas” y les habían asignado un oscuro espacio en el interior de algún número perdido —cuando se habían dignado a publicarlas. Nada comparable con las portadas y las primeras planas de los escándalos periodísticos. Las investigaciones rigurosas no venden periódicos.

La reflexión de Faludi parte de aquí para analizar el backlash. Esa palabra quiere decir, según el diccionario, “retroceso, resaca; reacción violenta; contragolpe”. Cada fase del movimiento feminista se ha enfrentado con su respectivo backlash; es la reacción de diversos actores sociales para contrarrestar el avance de las mujeres, sobre todo cuando ese avance amenaza la existencia de las instituciones sobre las cuales descansa la dominación masculina tradicional del mundo. La denuncia que hace Faludi de esta reacción ya empieza a recibir respuesta: ¿no será pura paranoia, no estaremos exagerando? ¿Cómo hablar de un complot en contra de las mujeres?

Faludi no habla de un complot. No existe un movimiento organizado cuya misión sea acabar con el feminismo. El backlash se desarrolla en muy diversos ámbitos y va tomando una forma más o menos congruente porque se realiza, en términos negativos, como contraataque. Su congruencia, por lo tanto, se cifra en su capacidad para oponerse a un movimiento social e histórico que si tiene unidad —aunque sólo sea en términos relativos. Los ejemplos que analiza en la prensa —las mencionadas “tendencias estadísticas”— no demuestran la existencia de una actividad preconcebida y global, sino más bien la presencia de un deseo muy claro: el deseo de que las mujeres regresen al hogar, a las posiciones subordinadas y silenciosas, a la servidumbre voluntaria.

Para hacer visible la presencia de este deseo —cuya irracionalidad le imprime seguramente su mayor fuerza, pues lo mantiene la mayor parte del tiempo en espacios oscuros, innombrables— llevó a cabo una investigación que duró cinco años. El trabajo consiste en una recopilación de datos cuyo resultado es un ladrillo espectacular de 552 páginas —81 de las cuales corresponden al capítulo donde detalla cada una de las fuentes de donde sacó la información. Cada uno de los datos que presenta ha sido cuidadosamente investigado. El libro, si tiene que ser sometido a la clasificación, puede considerarse un gran reportaje. Sus métodos son la entrevista, la investigación documental, la observación directa. De esta manera presenta documentos, testimonios y descripciones donde demuestra hasta la saciedad la existencia del backlash.

La exposición general está dividida en tres capítulos: uno dedicado a las expresiones del backlash en la cultura popular, otros donde hablan los protagonistas de la reacción, y otro donde se exponen sus efectos en los cuerpos reales de las mujeres.

Sin embargo, es en el último capítulo donde la investigación adquiere verdadera densidad. El problema deja de ser una discusión ideológica donde se debaten opiniones diversas, y se convierte en un asunto de vida o muerte. ¿Quiénes definen la locura? ¿Quiénes determinan los empleos y los salarios? ¿Quiénes deciden sobre los derechos reproductivos? En los espacios de la clínica psiquiátrica, la fábrica, la oficina, el hospital y la casa es donde las mujeres se encuentran solas, indefensas frente al backlash. Aquí empiezan a relatarse historias aterradoras —mucho más aterradoras que las de Atracción fatal o Thelma y Louise.

Por ejemplo, los grupos de autoconciencia del feminismo de los setentas, en los que las mujeres hablaban de su sexualidad, de sus problemas, de su búsqueda de identidad, derivan en los ochentas en sesiones “terapéuticas” pagadas —a veces muy caras—, dirigidas por profesionales, donde las mujeres aprenden a callarse, a conformarse, a resignarse, a comprender que “lo suyo es mental”. Si su marido les pega, han de ser masoquistas; ellas tienen la culpa de sus males por haber tomado, de manera sistemática y fatal, siempre decisiones equivocadas. Los terapeutas hacen hallazgos tan increíbles como el de la “adicción femenina a los hombres y al sufrimiento”.

En cuanto al ingreso femenino en los empleos varoniles: en Estados Unidos, la inmensa mayoría de los empleos de secretaria, maestra y enfermera están ocupados por mujeres negras —la segregación no es sólo sexual, sino también racial. Las mujeres sólo han logrado colocarse en los empleos tradicionalmente masculinos —vendedores de seguros, taquimecanógrafos o farmacéuticos— cuyos status y salarios han descendido dramáticamente y han sido abandonados por los varones. Los incrementos en el empleo para mujeres en las ocupaciones mejor pagadas —deportistas profesionales, guionistas, productores y músicos en orquestas, economistas, geólogos, biólogos, médicos, abogados— han sido irrisorios durante los últimos diez años. En los empleos industriales, las posibilidades de obtener buenos puestos están disminuyendo desde 1988 para las mujeres; en las fábricas, las mujeres pueden aspirar a trabajos de limpieza; los plomeros, electricistas, carpinteros, mecánicos y operadores de máquinas siguen siendo varones y siguen recibiendo salarios mucho más altos que las afanadoras.

La oposición a que las mujeres trabajen se encuentra en todos lados: los empleadores se oponen a contratar mujeres para los puestos mejor pagados, los maridos se oponen a que sus esposas se valgan por sí mismas —no importa si ellos son alcohólicos, o si las golpean, o si están desempleados, o las tres cosas al mismo tiempo. Los obreros se oponen a que las mujeres trabajen —arguyen que esas mujeres les están quitando los empleos a otros varones y son capaces de utilizar toda la violencia que conocen para “arreglar” el problema. Las mujeres que trabajan en fábricas son víctimas de hostigamiento sexual, amenazas, insultos, burlas; la consigna mimeografiada Shoot a woman, save a job (“Mata a una mujer, salva un empleo”) es un ejemplo ilustrativo del estado de la “solidaridad proletaria”.

El asunto no termina ahí; el colmo de esta embestida se expresa en los “derechos fetales”. Los defensores de tales derechos consideran a las mujeres solamente como las “portadoras de los niños”, las “cápsulas espaciales donde se tienen que transportar esos pequeños viajeros” —léase: donde se lleva a cabo el periodo de gestación. Los “derechos del feto” están por encima de los derechos de las mujeres. Gracias a ellos, en Estados Unidos los médicos han podido encauzar a las mujeres embarazadas que los “desobedecen”, han podido detener —en el sentido judicial— a las parturientas en los hospitales y practicarles cesáreas en contra de su voluntad; los jueces han encarcelado mujeres embarazadas que se drogan (recuérdese que el delito no es el consumo, sino el tráfico de drogas). Los meseros regañan a gritos a las mujeres que se “atreven” a pedir una copa de vino en el almuerzo porque ¡cómo van a hacerle ese terrible daño a su hijito!

En Estados Unidos, para defender los derechos de los fetos, han sido amenazadas de despido muchas mujeres que trabajaban en contacto con sustancias “peligrosas”. El peligro, tal como se define aquí, no se establece respecto del cuerpo humano —varonil o femenil— sino con respecto al producto que cualquier mujer fértil puede portar en su seno en un momento dado. Por lo tanto, no importaba si estas mujeres estaban embarazadas o no; no importaba siquiera si tenían o no planes para embarazarse en el futuro. Tampoco se proponía una política de protección para todos los obreros: lo único protegible era el feto. La solución al tratar con sustancias consideradas peligrosas para el feto era despedir a las mujeres fértiles. Muchas mujeres que estaban empeñadas en conservar su arduamente ganado empleo optaron por la esterilización; lo cual, a fin de cuentas, tampoco importó: después de ligarse, estas mismas mujeres fueron despedidas con un pretexto o con otro.

La situación de las mujeres, dice Faludi, está lejos de la igualdad y la libertad; y la acción del backlash puede tener efectos devastadores. Sin embargo, el movimiento de las mujeres no se ha detenido. Día con día más mujeres ingresan al mercado de trabajo; día con día más mujeres se movilizan para hacer pública su posición respecto al aborto y se enfrentan a los manifestantes pro-vida-intrauterina a las puertas de las clínicas. A pesar de las historias que cuentan los medios, hay pasos en la historia que no tienen camino de regreso. Seguramente este libro refrenda el impulso.

 

Hortensia Moreno.
Escritora. Es editora de la revista Debate feminista.