Hay, nadie lo ignora, dos grandes preguntas filosóficas: qué es el Ser y dónde está el otro par del par de calcetines. Como la primera pregunta fue ya respondida por Heidegger y las revistas Eres y Somos, me concentraré en la segunda pregunta.

Como se sabe, dentro de lo que filosóficamente nos es dado -dentro, mejor dicho, de la canasta básica del gegeben-, el calcetín es aquello que de pronto no está ahí. Uno va al cajón destinado al efecto y, de golpe, nanáin de das sein. Todo hombre toca así, todos los días, no a las puertas sino al cajón del Misterio, y una vez que de jalón o pieza por pieza se ha sacado del armario toda la ropa del día, siente un temor antiguo cuando llega la hora de tocar al Cajón: ¿se dará lo que se daba; se dará todavía menos de lo que se daba porque, aparte del de ayer, habrá un calcetín más sin su pareja, cero y van ocho en un mes, como en una epidemia incontrolable?

Este fin de milenio nos permite contar con historias de todo: de la vida privada, de las mujeres, del cielo, del infierno, del tabaco, de los sueños, de la cama, de los dulces, de los toros; no hay una sola historia de los calcetines. Quizá, porque la documentación debe estar incompleta. Ni siquiera tenemos una ilustración para la portada; creo que si ese día Van Gogh hubiera encontrado un respectivo par íntegro, tendríamos no los zapatos sino los Calcetines de Van Gogh.

En lo mismo, Kafka fue insuficiente al no incluir entre las exasperantes circularidades de su obra, quizá la mayor de ellas: los días en que la vida quiere castigarlo a uno con la carga de la repetición, lo hace, sin duda, llevándolo al cajón para sacar nuevamente la tira elástica sola, como un sargazo triste e inservible. Yo, que soy un costumbrista y mexicano escritor del siglo XIX, sería un kafkiano inmediato si refugiera, simplemente, las veces en mi vida en que he extendido la mano hacia el cajón y la realidad me ha encerrado nuevamente en la misma escena de la misma obra en que he extendido la mano hacia el cajón y la realidad me ha encerrado nuevamente en la misma escena de la misma etcétera. 

No tenemos Enigma de Casfer Hauser. López Velarde no hizo un verso sobre el desamor desamoroso de los Canon impares. Nadie ha acuñado el Durex lex, sed lex. Se me dirá que se han escrito tantos poemas de amor y tantos poemas al mar como poemas a los zapatos, sobre todo a los queridos zapatos viejos. Pero, lo mismo que un pez y un gato, un par de zapatos es un par de zapatos y un par de calcetines suele ser un solo calcetín. Recuerdo no obstante que uno de los grandes monólogos dramáticos del siglo XX ha corrido a cargo del actor Jack Nicholson en la película. El difícil arte de amar (Heartburn). En un día de campo, delante de hijos, esposa y amigos, el personaje que representa Nicholson empieza a tejer una formidable perorata a partir de la cuestión central: ¿a dónde van los millones de pares -o impares- de calcetines que se pierden al año en todo el mundo? ¿Hay, acaso, un duende adicto al robo de calcetines? ¿Debemos demandar a los fabricantes de lavadoras? Yo añadiría otros dramatismos al monólogo de Nicholson: ¿hay, acaso, un cielo, una zona fantasma para los calcetines? Un calcetín perdido, ¿reclama así su derecho a la huida? ¿O bien fue israelizado y cuelga su lira en algún tendedero de una Babilonia -o Baby-Creysi- adversa?

Todos podemos vivir sin esperanza; creo que nadie puede empezar el día si abre el cajón y lo que brota, de repente, es el Enigma que el Canto apenas puede revelar. Por eso, como todos los solteros, yo he necesitado y tenido siempre una mujer; y como todos los casados, yo he necesitado y tenido siempre una mujer que se encargue de mis calcetines. No pido lo imposible; nadie puede pedirle ya a una mujer que saque su foco fundido, hilo y aguja, para zurcir unos calcetines agujerados. Por “encargar mis calcetines” me refiero a la necesidad de que las mujeres decidan por mí qué hacer con los calcetines truncos; alguien que rompa, sin yo pedirlo porque entonces no sirve, mi superstición de que los calcetines unicuijos no deben desecharse porque seguramente el par estará en algún sitio mágico de la azotea, en un resquicio inexplorado de la cómoda, dentro del no sabido pero inminente bolsillo de algún pantalón. Una mujer que derrote mi idea de que tirar a la basura mundos incompletos resultará alguna vez en el regreso de los excluidos, en una especie de Canto de Guerra de las Ropas. ¿El siguiente fin del universo no será por agua ni por fuego sino por dacrón o por lana?

Mientras tanto corre el día tremendo en que uno saca del cajón todos los pares impares y trata de hacer algo con y por ellos, encontrar un mínimo parecido entre un calcetín y otro; pensar que tal vez, si el pantalón que toca ese día tiene la bastilla más larga nadie notará, y menos en la noche, que uno es de rombos y el otro es liso. Todo, con tal de no asumir la responsabilidad insostenible de mandar lejos un calcetín abandonado por el otro. Mi idea del orden pasa, así, por una irrefutable pelota de lana, un caracol de preferencia azul que se electrice al desplegarlo entre mis manos y me entregue dos tiras increiblemente gemelas, aunque sea por un día. Creo en serio que algún empresario de la industria del vestido triplicaría sus arcas si nos ofreciera, a los enfermos de calcetinosis, pares de tres calcetines.

Cierta vez regresé de un fin de semana en Cuernavaca y al vaciar la maleta vi que durante mi estancia allá no había utilizado mi par de calcetines favorito. Metí en el cajón mi pequeño planeta predilecto, como un Rey del Tomate que coronara su cajón con el Tomate Rey. Las cosas nunca estarán tan mal si uno sabe que cuenta con su par favorito de calcetines. Al lunes siguiente removí en el cajón el mar de los sargazos sueltos y tomé la bola que me aguardaba compacta y cálida. Al meter la mano derecha en su pliegue de abertura, y llegar adentro del caracol, mis dedos toparon con algo afilado. Pensé que se trataba de una de las tantas y pequeñas ramas de árbol que se adhieren a los calcetines en los tendederos o en los cuartos de azotea. Pero entonces sentí algo más extraño y decidí, mejor, abrir la bola con el pulgar y el índice de cada mano en forma de pinzas. Al desdoblarse como lengua, sobre una de las tiras apareció un perfecto alacrán que me hizo tirar los calcetines al piso y apartarme. Cuando se me pasó el susto regresé al lugar traumático y vi que el alacrán no se había movido del calcetín. Pensé que las fibras le habían atorado las patas y, por qué no, hasta el mismo aguijón. Así envalentonado, tomé un querido zapato viejo y me acerqué aún más. Después de un rato de inspección, noté que el alacrán no se movía, no porque no pudiera, sino porque ya estaba muerto.

Nunca sabré si el alacrán de Cuernavaca -¿y cómo llegó tan adentro del caracol?- escogió mi par favorito de calcetines como escondrijo, sleeping-bag, o proyecto de hipogeo para un regreso a su divino estatus egipcio, antes de que el progreso lamentable le deparara el Raid histérico o la vulgar suela del zapato. ¿O quizá pensó en esos calcetines como flete, para viajar de polizón al DF?

A la hora de enfrentarme con el cajón referido, prefiero el Enigma del Alacrán Egipcio, cuyo aguijón pueda aguardarme en el fondo del caracol, a la posibilidad de extender el brazo, ver la tira suelta, no ver junto el par debido, y oír la voz profunda de la filosofía alemana que me dice: Pues tenga su gegeben.