Más que una “reseña”, el gran historiador inglés Raymond Carr ofrece aquí una visión total del fenómeno colombino a partir de la lectura de tres libros de reciente aparición en el mercado editorial estadunidense. Siguiendo una especie de ruta de navegación, Carr encuentra algunos ejemplares de eso que él llama “una vieja industria que se dedica a la vida y obra de Colón”. Si esos libros no están a la mano del lector, cabe la invitación para que busque el estudio de Samuel Eliot Morison, El Almirante de la Mar Océano, publicado en 1942, y que el FCE reeditó hace algunos meses.

Felipe Fernández-Armesto
Columbus
Oxford University Press
218 pp.

David Henige
In search of Columbus:The sources for the first voyage
University of Arizona Press,
359 pp.

Kirkpatrick Sale
The conquest of Paradise. Christopher Columbus and the Colombian legacy
Hodder and Stoughton
453 pp

Cerca de sesenta años después de que Colón arribara el 12 de octubre de 1492 al Caribe, el historiador Francisco López de Gómara calificó el descubrimiento como el suceso más importante desde la creación del mundo, excluyendo “La encarnación y la muerte de El que lo creó”. Cuatrocientos años después, para Samuel Morison, marino, estudioso y hagiógrafo, fue “el viaje más importante y trascendental en la historia de la humanidad”. La perspectiva de las celebraciones del quinto centenario en 1992 ya ha infundido una nueva vida a una vieja industria, que se dedica a la vida y obra del mismo Colón. Tal vez ninguna empresa intelectual lleva consigo una amalgama tal de estudios minuciosos y de estrafalarias conjeturas. Las posibilidades son infinitas pues el mismo Colón, en tanto que propagandista de sus propios logros, fue muy parco con la verdad. Algunos de sus biógrafos la han perdido de vista por completo.

Todo empieza con el lugar de nacimiento de Colón y, por consiguiente con su personalidad. Fue casi inevitable que Colón quedara transformado en un judío converso, haciendo uso de evidencia circunstancial que Kirkpatrick Sale descarta como escasa y deshonrosa —Salvador de Madariaga, quien lo convierte en un judío catalán, afirmó que el amor de Colón por el dinero era la prueba de su naturaleza judía—. Algunos estudiosos españoles, patriotas, incómodos con la idea de que Colón no fuera español, han inventado un Colón castellano, catalán, mallorquín, gallego e ibicenco —esto último, el invento de un periodista, ha sido imprudentemente respaldado por el actual jefe de la familia Colón, el duque de Veragua.

No hay duda de que Colón fue genovés. El mismo lo dijo; y una de las mayores contribuciones de los estudios de Felipe Fernández-Armesto es que él coloca a Colón en el mundo de la Génova de finales del siglo XV y su emporio mercantil informal. Amenazada por los turcos en el Mediterráneo oriental, Génova se volvió hacia el Atlántico. Como los genoveses no eran grandes navegantes, establecieron una floreciente base comercial en el Atlántico con sus “colonias” en Andalucía y Lisboa. Colón aprendió su destreza para navegar trabajando para negocios de familias genovesas. Al igual que la comunidad judía, los genoveses eran muy unidos fuera de su país. Unos socios de negocios y amigos genoveses fueron los miembros de la camarilla de cabilderos creada por Colón para convencer a los reyes de Castilla, Fernando e Isabel, de que apoyaran sus proyectos. Quizá sin darse cuenta de lo que hacían, éstos nombraron a Colón Almirante del Mar océano, gobernador y virrey de cualquier tierra que él pudiera descubrir.

La intención declarada de Colón, al zarpar de Palos el 3 de agosto de 1492, era la de llegar a Las Indias, a la tierra del Gran Khan, descrita de manera tan atractiva por Marco Polo. Colón no fue un intelectual renacentista sino un autodidacta, un lector nada sistemático que anotaba cuidadosamente lo que sirviera a sus propósitos a partir de las especulaciones geográficas de su época. Ningún cartógrafo respetable pensaba ya que la Tierra fuera plana, y la idea de que una facción de fanáticos, que apoyaban esta misma noción, desacreditó los proyectos de Colón es un mito, como lo es también el cuento de que la Reina Isabel empeñó las joyas de la Corona para financiar al Almirante. Como los antiguos, los intelectuales de finales del siglo XV creían que la Tierra era una esfera perfecta y, como Africa todavía se interponía en un viaje por mar hacia el este —el portugués Vasco de Gama no llegó a Calicut por la ruta del Cabo de Buena Esperanza sino hasta 1498—, quedaba la posibilidad de llegar al oriente navegando por el Atlántico. El problema: ¿qué tan grande era el Mar Océano? Ptlomeo afirmaba que era vasto; Colón usó a Marco Polo para achicarlo. El era un hombre de mares pequeños. Al igual que Toscanelli, el geógrafo florentino, cuyos mapas Colón pudo utilizar, asumió que el Atlántico era estrecho.

Pero ¿podía él estar seguro de encontrar la tierra del Gran Khan, como dio la casualidad, derrocado mucho tiempo atrás por la dinastía Ming? El entusiasmo por el espacio atlántico era general y compartido por Colón; se especulaba mucho acerca de las antípodas, de la posibilidad de encontrar otro grupo de islas como las Canarias o las Azores. El doctor Fernández-Armesto afirma que, para apelar a los intereses comerciales y al entusiasmo religioso de sus benefactores reales —Granada fue recuperada de manos de los moros y los judíos acababan de ser expulsados de España—, Colón redujo sus opciones al descubrimiento de una ruta hacia el oriente y a la posibilidad de convertir al Gran Kahn al cristianismo. Pero el encargo real era vago, descubrir “islas y continentes”. No existía la intención de establecer una colonia como el primer paso de un proceso de asentamiento; eso llegó después, cuando resultó obvio que los indios del Caribe no eran los súbditos del Emperador de Marco Polo. Nunca sabremos cuáles fueron las intenciones del Almirante; sacando provecho de su experiencia adquirida en Portugal y Génova, tal vez él esperó crear una “factoría”, para comerciar con el Este. Pero, entonces, ¿por qué llevó mercancía como cascabeles y una variedad de baratijas obtenidas por el comercio con Africa? Fueron aceptados con alegría por los “indios desnudos” que Colón sí encontró; pero difícilmente estaban diseñadas para impresionar a los ricos mercaderes del Gran Khan.

La industria de Colón ha florecido en la reconstrucción del primer viaje del Almirante. Es el único de sus cuatro viajes del que tenemos lo que parece ser un cuaderno de bitácora. Es un documento único. No sobrevive ningún cuaderno de bitácora de John Cabot, el descubridor de América del Norte; los cuadernos de bitácora no fueron obligatorios para los capitanes españoles sino hasta 1575. Pero el cuaderno original se perdió y lo que ha llegado hasta nosotros como El diario del primer viaje es una copia de una copia del cuaderno de bitácora original, hecha por Las Casas, el defensor de los indios, que utilizó al escribir su gran Historia. ¿Hasta qué punto podemos confiar en un relato que se aleja por lo menos dos veces del cuaderno de bitácora original? David Henige dedica unas 300 páginas para disecar el Diario con los instrumentos más recientes de la crítica. ¿Copió correctamente Las Casas sin caer en la ditografía (repetición) o en la haplografía (omisión visual)? ¿Acaso cometió el “pecado capital” del editor de querer reconstruir la “verdadera intención” del autor? Henige es un pirrónico autodeclarado, un incrédulo sistemático cuyo llamado fuerte y claro a la práctica académica proviene de Charles Darwin: “acabar con un error es un servicio tan bueno, y a veces mejor, como el establecimiento de una verdad o hecho nuevos”. El diario emerge del lavado de la duda sistemática como una copia nada confiable, escrita y reescrita con distintos propósitos en distintas épocas. Así, no puede identificarse con certeza ni uno solo de los doce, más o menos, posibles arribos de Colón. Aquellos que como Samuel Morrison han intentado hacerlo, están perdiendo el tiempo.

Sólo los entusiastas de Colón disfrutarán del prolongado ejercicio de duda sistemática realizado por Henige.

El común de los lectores debería leer la edición de B.W. Ife del texto de El diario, con sus convenientes notas y traducción en la página opuesta. Con el ejercicio de la haplografía, en lo que se refiere a los oscuros pasajes de navegación, el lector en general descubrirá una maravillosa y emocionante narrativa. No es un cuaderno de bitácora convencional sino literatura de promoción, diseñada para impresionar a los benefactores reales de Colón con el valor de sus descubrimientos; es la crónica maravillosa de un Marco Polo del Caribe. Debemos aceptar que Las Casas era un historiador muy responsable que tomaba notas de una fuente y que, como cualquier historiador, lo hacía de un modo más completo si servían a sus propósitos. Así Las Casas cita directamente a Colón cuando describe la docilidad de los indios a quienes los colonizadores que llegarían después iban a exterminar; a veces, se queda perplejo frente al texto (pp. 55, 63, 69, 105), haciendo unas 1,000 correcciones, claramente lo abrevia (pp. 81, 167), introduce comentarios propios, como cuando se refiere a Florida, que aún no había sido descubierta en 1492. Los detalles de navegación de Las Casas han confundido a todos aquellos que se han embarcado en la infructuosa tarea de identificar la llegada.

El diario nos dice casi tanto acerca de la mente del Almirante como de sus descubrimientos; él se muestra a si mismo como hábil para adaptarse a las circunstancias, para sacar el mejor partido de una tarea ingrata. Fue evidente que los indios pintados y desnudos con quienes se encontró en una pequeña isla el 12 de octubre de 1492 no eran los ciudadanos de un avanzado Imperio oriental; eran inocentes e ingenuos, dispuestos a trocar cascabeles por ornamentos de oro decepcionantemente pequeños. Cuba no era Cipango (Japón); por consiguiente, debía ser un puesto militar distante de la tierra del Gran Khan. Colón navegó hasta llegar a la Hispaniola (hoy, República Dominicana y Haití), en donde confrontó otra isla de salvajes desnudos. Colón tuvo que efectuar un importante ajuste. Presenta los descubrimientos de esas islas a sus benefactores reales como adquisiciones provechosas por ellas mismas.

Podrían ser explotadas. Producirían oro; de allí que importunara repetidas veces a los naturales —sólo podía comunicarse por señas— para que lo llevaran a las minas de oro; los indios, como fue su costumbre con los conquistadores que llegaron después, le dijeron a Colón lo que éste quería oír, quizá con la intención de hacerlo marcharse. Los nativos “dóciles”, dado que eran hombres racionales pero sin religión, podían ser convertidos al cristianismo, ganando así los beneficios de la vida eterna para los monarcas de una Corona empeñada en las cruzadas. Colón quedó genuinamente sobrecogido por la belleza de las islas, y lamentaba el no saber “cómo expresarme”. Pero su encanto se transmuta en lo que Ife llama “retórica en incremento”; cada lugar es más bello que el anterior, cada puerto, más grandioso. Hay una idea muy clara de que lugares tan hermosos como ésos pueden ser provechosos. “A partir de la belleza de la tierra”, escribió el 12 de diciembre, “parece que sólo pueden hacerse ganancias”. A Kirkpatrick Sale le repele ese concepto utilitario de la belleza. Para él, Colón simboliza la falta de interés de Europa por la naturaleza como tal —uno siente que es una crítica severa de alguien que no ha leído a Chaucer o a Shakespeare—. Más bien, Colón careció de vocabulario para describir a los pájaros y árboles exóticos.

Una última y conveniente adaptación a las circunstancias tuvo lugar el 24 de diciembre. Mientras Colón dormía, un grumete dejó que la Santa María encallara. El barco se desfondó y Colón decidió dejar al exceso de tripulación, que ya no podía regresar a casa, en la Hispaniola, en el fuerte “Navidad”. Cada vez fue más característico de los procesos mentales del Almirante que se creyera un instrumento de la Divina Providencia. La Divina Revelación podía usarse convenientemente para convertir un desastre en un triunfo —más tarde, en los momentos difíciles, Colón afirmaría que se comunicaba directamente con Dios por medio de “su voz”—. “El sabía que Nuestro Señor había hecho que el barco encallara para que así pudiera establecer una colonia”. No existen pruebas de que Colón tuviera la intención de convertirse, en el primer viaje, en el primer colonizador del Nuevo Mundo.

Después de su recepción triunfal en la corte en abril de 1493, la carrera de Colón se fue a pique. Fracasó como gobernador de su colonia en La Hispaniola. A diferencia de los devotos y trabajadores padres peregrinos, los colonizadores resultaron ser ociosos libertinos que cazaban indios. A pesar de que Colón estaba dispuesto a sacar provecho de La Hispaniola al exportar a sus habitantes como esclavos, la masacre y el concubinato no encajaban en su creencia ni en la de su monarca de que la conquista sólo era legítima mediante la conversión de los nativos. El Almirante solicitó el envío de frailes “para reformar la fe en los cristianos más que para dársela a los indios”. Los colonizadores, molestos bajo el gobierno de un extranjero advenedizo, engañados por la exagerada propaganda del Almirante acerca de los deleites de la vida en las colonias, llevaron sus agravios a la corte de España. En octubre de 1500, Colón marchó a casa encadenado. Un hecho característico de la imagen paranoica que tenía de sí mismo, la de considerarse como un hombre perseguido, fue que se negó a quitarse las cadenas.

Con la mente tambaleante, se refugió en el mar. En su tercer viaje, arribó a la costa de Venezuela. Allí fue abofeteado por el agua dulce del Orinoco. Un torrente de esa magnitud no podía prevenir de una isla. Era un descubrimiento incómodo ya que una gran extensión de tierra yacía entre las riquezas de oriente y Europa “Creo”, escribió, “que este es un continente muy grande que hasta ahora ha sido desconocido”. Colón, y no su amigo Americo Vespuccio, había descubierto América. En su último viaje en 1502, Colón se embarcó para encontrar una brecha entre el continente y sus islas, tal vez despistado por los rumores entre los indios acerca de la existencia de un “estrecho”. No había nada. Pero Colón cruzó el Caribe, una hazaña naval extraordinaria, y exploró la costa desde Belice hasta Panamá. Arrojado por unas tormentas terribles a Jamaica, ya enfermo, Colón volvió a su obsesión de haber descubierto Asia, no un nuevo continente. Para Fernández-Armesto, esta “regresión a la falsedad” marca el fin “de su desarrollo intelectual”. Había estado a diez días de viaje del Ganges; había descubierto la localización del Paraíso Terrenal, en una punta de lo que ahora creía que era un mundo en forma de pera. Seguiría adelante para convertir al Emperador de China al cristianismo y para conquistar Jerusalén por la puerta trasera. Regresó a España como un hombre destrozado, quejumbroso, con reclamos en contra de un rey ingrato, que buscaba recuperar las concesiones asombrosamente generosas que se le hicieron en 1492; un hombre perdido en un mundo de fantasías geográficas que hurgaba en la Biblia y en cualquier libro que cayera en sus manos para encontrar textos que las apoyaran.

Los logros de Colón como navegante son tremendos; el más importante de todos fue el descubrimiento de una ruta viable a través del Atlántico, usando los vientos alisios, el descubrimiento de un nuevo continente, la navegación a través del Caribe, la exploración de la costa de América Central. ¿Qué lo impulsó a realizar unos esfuerzos que lo destrozaron en mente y cuerpo?

La respuesta de Fernández-Armesto es que Colón fue un hombre con grandes aspiraciones sociales. Hijo de un tejedor, dispuesto a posar, cuando así le convenía, como un hombre humilde cuya destreza como navegante confundía a los intelectuales, su “propósito más consistente fue el deseo de fundar una dinastía noble”; el servicio a Dios, a sus reyes, al avance de la ciencia no eran más que “hilos de la chaqueta de autoengrandecimiento que el ex tejedor se cortó a la medida de él mismo”. Para conseguir su objetivo, tomó el único recurso que tenía ante él: establecer un feudo marítimo en el Mar océano. Afirmaba que sus descubrimientos eran un regalo personal de parte de Dios para utilizarse como él así lo deseara —un punto de vista que a sus soberanos debió parecerles algo cercano a una traición—. Colón se convirtió cada vez más en el propagandista de sus propios logros, fastidió a los demás hasta hacerlos aceptar su misión providencial; la intensa religiosidad de su vejez, sus obsesiones milenaristas que han llamado la atención de muchos estudiosos, como reliquias de las enseñanzas del visionario franciscano Joachim de Fiore son, como lo insinúa Fernández-Armesto, el refugio de un hombre desilusionado. El discípulo y biógrafo de Freud, Ernest Jones, afirmaba que su maestro “tenía un interés especial por las personas que no eran lo que aparentaban ser”. Lo mismo pasa con Fernández-Armesto y su determinación de arrancar la máscara autoimpuesta y de exponer los verdaderos motivos de Colón. A veces, lo hace parecer como un hombre que se educó a él mismo, que quiere enviar a sus hijos a Eton y casarlos con hijas de duques. Sin importar las molestas dudas que uno pueda albergar acerca de la relación entre lo que un historiador ha llamado “el visionario obsesionado” y el advenedizo, Fernández-Armesto ha escrito una obra de erudición y extraordinario interés.

A Kirkpatrick Sale no le importa tanto quién fue Colón o lo que hizo como lo que él representa. Colón es “fundamentalmente responsable” de la forma en que la cultura de Europa se implantó en las Américas del Norte y del Sur. Trajo consigo los “rasgos pragmáticos, acumulativos y esencialmente amorales” de la cultura europea y, sobre todo, la visión europea de la naturaleza como algo para explotarse; de allí, el récord europeo en deforestación, erosión, empantanamiento, agotamiento, contaminación, exterminio. Samuel Marrison revela las intenciones de Europa; en octubre de 1492, escribió, “el Nuevo Mundo entregó de buen grado su virginidad a los castellanos conquistadores”. Es una historia de violación y genocidio. Sale deplora con toda razón el trauma social que tuvo lugar cuando las culturas establecidas fueron destruidas —algo evidente en la poesía náhuatl—, y los desastres demográficos de la conquista. Los caribes fueron exterminados por las redadas para obtener esclavos y por las enfermedades provenientes de Europa. Sale toma en cuenta los elevados cálculos de Borah y Cook para concluir que la población de La Hispaniola disminuyó de 8 millones a 28,000 habitantes en veinte años.

La actitud del Almirante hacia los indios fue ambigua y cambió con el tiempo. ¿Eran ellos súbditos del Rey de Castilla, seres racionales que debían ser evangelizados y protegidos contra la ambición y la crueldad de los conquistadores o bien dóciles inocentes, salvajes que debían ser explotados para proporcionar fondos para la redención de Jerusalén? La tesis de Sale es que los indios tenían la actitud reverencial hacia la naturaleza de la que tristemente carecían los europeos, que los indios le hubieran enseñado a los europeos a vivir en armonía con la naturaleza y en paz unos con otros. Sale salva su idea al concentrarse en los indios “sin patria” de Mesoamérica; ellos son el modelo de los ecologistas, los expertos en las técnicas de preservación de la tierra vegetal; incluso pueden darnos lecciones acerca de la “idea de la libertad política”.

Esto no concuerda con lo que sabemos acerca de los gobernantes mesoamericanos. El agotamiento del suelo que provocaron los mayas se considera la causa del derrumbe de su Imperio plagado de sacerdotes. En cuanto a los aztecas, fueron brutales imperialistas cuyos pueblos oprimidos, condenados por la tenebrosa teología de sus amos de proporcionar sacrificios humanos a los templos aztecas, acogieron a Cortés como a un libertador. Uno puede preguntarse, por lo menos, si los indios apátridas proporcionaron modelos ecológicos deseables o si la tierra se salvó gracias a una baja densidad de población. Sale afirma que los indios de Norteamérica realizaron “esfuerzos especiales” por mantener a la población en un nivel aceptable. Sus lamentos acerca de la destrucción de una Arcadia india, provocada por los europeos, son conmovedores tanto como justificables, pero es inútil pretender que el mundo podría ahora ser un lugar mejor si nosotros volviéramos a cultivar raíces con el método de los indios taino de montículos que preservan la tierra vegetal. Los estilos de vida de los indios no son “mejores” sino diferentes a los de una Europa que prefirió producir a Wagner y a Watteau en vez de subsistir con una dieta a base de nutritivas legumbres.

El manifiesto ecológico de Kirkpatrick Sale, basado en la amplia lectura de una gran cantidad de documentos, atraerá a aquellos que cuestionan el progreso científico y los valores consumistas de Europa y Estados Unidos, a quienes siguen sintiéndose culpables por Wounded Knee, por la destrucción de la selva tropical del Amazonas y por “la deforestación de los condados ingleses”. Los españoles del siglo XVI no eran los ecologistas del siglo XV, pero en ese entonces se debatieron intensamente los problemas morales del primer contacto de Europa con un continente habitado por paganos indígenas. Unos cuantos se enfrentaron al hecho de que, como lo ha declarado J.H. Elliot, “hombre” y “hombre europeo” no eran idénticos y de que la imposición de la ropa y la ética del trabajo europeas en los pueblos nativos tal vez acabaría en un desastre cultural. El problema no residió tanto en que el benevolente paternalismo de la corona española no logró limitar la capacidad adquisitiva de los hombres que estaban en las colonias, sino en que no pudo convertir a los indios en europeos.

El descubrimiento de América fue un desastre para los descubiertos. Esto es lo que hace que las celebraciones de 1992 sean tema de alguna controversia. En 1892, como lo señala Sale, Colón fue celebrado como el héroe típicamente norteamericano, como el progenitor distante de los triunfos de la tecnología estadunidense, como el heraldo del progreso material ilimitado. Son precisamente estos valores y estos logros los que rechazan los radicales y ecologistas de hoy en día. Para éstos, Colón puso sus habilidades navales al servicio del capitalismo genovés; actuó como el sirviente de una monarquía que acababa de expulsar a los judíos y que, según el novelista español Juan Goytisolo, estaba a punto de embarcarse en el “genocidio” de sus súbditos moros. Colón fue el instrumento para imponer la carga del hombre blanco en un continente. Pero esto no debería empañar nuestra sensación de embeleso ante los logros de los descubridores. No sólo su resistencia absoluta despierta nuestra admiración —los conquistadores de Colombia, encaramados en unos árboles, por encima de una inundación, reducidos a comer los harneses de sus caballos— sino que ellos fueron al encuentro de lo desconocido, algo que se le niega a los exploradores modernos en este planeta. Puede argüirse que América pronto habría sido descubierta por otros, por un sustituto de Colón. Pero él fue quien lo hizo. Existe una historia apócrifa de que Colón fue desafiado por la afirmación de que si él no hubiera descubierto las Indias, alguien más lo hubiera hecho, puesto que España estaba llena de “grandes hombres entendidos en cosmografía”. Colón pidió a aquellos que presenciaban la escena que pararan un huevo sobre su extremo. Todos fracasaron. Colón rompió el extremo del huevo y lo paró verticalmente. Después de realizar la proeza, dijo a su perplejo auditorio, “todos saben cómo hacerlo”. Lo mismo sucedió con el descubrimiento de las Indias.

 

Raymond Carr

Traducción de Katia Rheault