Día con día, se vuelve cada vez más urgente repensar y concederse la oportunidad de una lectura inaugural y desprejuiciada del “asunto cubano”. Arthur Schlesinger Jr. lo hace en este artículo que registra la conferencia sobre la crisis de los misiles, que se efectuó en La Habana a principios de este año, entre representantes de los gobiernos cubano y estadunidense. Schlesinger acaba de publicar The Desuniting of America (W. W. Norton and Company, New York/London, 1992), una colección de ensayos sobre el problema étnico en Estados Unidos.

Publicado con la autorización de The New York Times Reviewof Books.

@ 1992. NYREW. Inc.

Martes, 7 de enero. Estamos volando a Miami en ruta a La Habana para una conferencia con Fidel Castro sobre la crisis cubana de los misiles. Esta es la quinta conferencia de una serie que comenzó en 1987, en Hawk’s Cay, Florida, como un asunto que concernía a todos los norteamericanos, en la que politólogos e historiadores plantearon preguntas sobre la crisis a veteranos de la administración Kennedy. A la segunda reunión, en Harvard, asistieron representantes soviéticos. Entonces los cubanos se quejaron de que para todos era la crisis cubana de los misiles, pero a ellos nunca los habían invitado. (En realidad, para los propios cubanos es la crisis de Octubre.) De modo que la tercera reunión, celebrada en Moscú en 1989, incluyó a los cubanos, así como una cuarta reunión en Antigua hace un año.

Los cubanos propusieron entonces una quinta reunión en La Habana, pero en Antigua se habían aferrado tan dogmáticamente a la línea del Partido que algunos de nosotros pusimos en duda la utilidad de una conferencia en La Habana.

Mientras que norteamericanos y soviéticos habían divulgado debates internos y revelado documentos secretos pertinentes, los cubanos habían seguido insistiendo en las maldades de la CIA, que en Estados Unidos ya se habían puesto al descubierto hacía tiempo, y no revelaban nada de sus propias decisiones y actos.

A fin de cuentas, Castro tenía su propia CIA, y la guerra clandestina de Cuba a principios de los sesenta contra otros estados latinoamericanos, sobre todo contra el régimen progresista y democrático de Rómulo Betancourt en Venezuela, era parte esencial de la historia. La administración Kennedy había visto el futuro de América Latina esencialmente como una competencia entre el estilo Castro y el estilo Betancourt. Nosotros creíamos que Castro veía la competencia de manera similar y, por lo tanto, había hecho de Venezuela su blanco principal.

Jim Blight y Janet Lang, organizadores del Proyecto de la Crisis Cubana de los Misiles para el Centro de Desarrollo de Política Exterior en Brown University, el verano pasado consiguieron que los cubanos se comprometieran a revelar documentos secretos para el 15 de noviembre, pero hasta la fecha no se había hecho público ninguno. Robert McNamara y yo tuvimos los mismos presentimientos y el fin de semana pasado nos pusimos de acuerdo en que si la conferencia degeneraba en un tiroteo propagandístico de Fidel y su equipo, nosotros nos retiraríamos.

Miércoles, 8 de enero. Después de una larga espera, un avión repleto de viajeros despega para el vuelo de cuarenta minutos a La Habana. La primera vez que visité La Habana fue en 1950, para una reunión de la Asociación Interamericana por la Democracia y la Libertad, y estuve con Betancourt y otros dirigentes democráticos como José Figueres de Costa Rica, Juan Bosch de República Dominicana, Eduardo Frei y Salvador Allende de Chile. Volví a La Habana treinta y cinco años después, en mayo de 1985 y de nuevo en octubre, aquella vez en misiones de derechos humanos con Robert White, antiguo embajador en El Salvador y un paladín de la democracia en América Latina. En cada una de aquellas ocasiones, tuvimos entrevistas francas y no carentes de cordialidad con Castro.

Los derechos humanos obviamente no están en la agenda de la inminente conferencia, y el objetivo principal de este viaje es poner en claro el expediente histórico de la suprema crisis de la era nuclear. No obstante, a algunos de nosotros, sobre todo a Wayne Smith, antiguo jefe de la Representación de Intereses de los Estados Unidos en La Habana -la embajada de facto-, y a Robert Pastor, yerno de McNamara y experto latinoamericano en el Consejo de Seguridad Nacional de Jimmy Carter, también nos interesa ver lo que podamos sobre la situación de los derechos humanos.

Recientemente, esta situación ha ido empeorando. En septiembre y octubre de 1991 se detuvo a disidentes acusándolos de “asociación ilegal”, de “imprimir clandestinamente” o de “desprecio al Presidente”. El 19 de noviembre, la poetisa María Elena Cruz Varela fue tratada con brutalidad por manifestantes del gobierno y obligada a tragarse una conmovedora declaración de principios que había escrito para el pequeño grupo de derechos humanos Criterio Alternativo. A continuación fue condenada a dos años de cárcel y algunos miembros de la comunidad en el exilio temen que se le hayan administrado medicamentos psicotrópicos en preparación de una aparición pública suya en un juicio en La Habana. El 22 de noviembre, Elizardo Sánchez Santacruz, presidente de la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional, fue asediado y apaleado por una turba en su propia casa, en un asalto “espontáneo” organizado por una de las llamadas Brigadas de Respuesta Rápida y al que el régimen denominó “acto de repudio”. El 20 de noviembre, Yndamaro Restano, jefe del Movimiento Armonía, un grupo social-demócrata, fue detenido. Todas estas personas y sus organizaciones piden libertad política y reforma pacífica. Todos están en contra de la violencia.

El 27 de diciembre, Carlos Aldana, el principal ideólogo del Politburó, pronunció un violento ataque al movimiento de los derechos humanos. Las “políticas imperialistas promovidas por el presidente Carter”, dijo, habían “concedido prioridad a las llamadas cuestiones de derechos humanos, con toda la hipocresía y el cinismo que caracterizan a este tipo de acusación”. Los activistas de derechos humanos, prosiguió Aldana, proclaman que son apolíticos, pero aunque tratan de establecer su separación de los terroristas de la CIA, también ellos “están dirigidos por la CIA… obedecen instrucciones y forman parte de un plan global”.

El movimiento de Elizardo Sánchez, dijo Aldana, es “sórdido, basura contrarrevolucionaria”. María Elena Cruz “ha mantenido vínculos muy estables y cercanos con el centro de la CIA en Miami”; además, sufre de una “alteración de la personalidad” y de “neurosis histérica”. Los agitadores de derechos humanos “han empezado a pasar de las actividades que tradicionalmente han realizado en asuntos de derechos humanos -aun cuando hayan insistido en que esto es lo único que les interesa- a actividades directamente clandestinas y contrarrevolucionarias”. Cualquier comunista que reciba propaganda querrá naturalmente “ir en busca de esa persona y pedirle cuentas”, y por eso el “acto de repudio” contra María Cruz, “una pendencia”, dijo Aldana, “en el más noble sentido de la palabra”.

Con tan lamentables acontecimientos en mente, nos trasladamos en coche del aeropuerto a La Habana. De regreso después de doce años, me sorprende el silencio en las calles. La escasez de combustible ha dejado en circulación muy pocos automóviles particulares y no muchos autobuses. Los vehículos de motor son casi todos camiones de carga. Nos detenemos en un semáforo rojo junto a uno de ellos cargado de relucientes bicicletas recién importadas de China. Castro ha emprendido un vasto esfuerzo por convertir a Cuba en una nación de ciclistas. Pero parece que los cubanos son reacios a las bicicletas. Algunos simplemente las van empujando junto a ellos. Pasamos muchas escuelas; también albercas, la mayoría vacías. Ningún retrato de Castro, sólo ocasionalmente lemas revolucionarios. Hay señales que indican la dirección al Teatro Karl Marx.

Nos instalan en casas de huéspedes oficiales en El Laguito, una hermosa propiedad con ondulante pasto verde y un plácido estanque poblado de nenúfares rosados y tres resplandecientes flamingos anaranjados. El grupo ruso, que incluye a los hijos de Nikita Krushov y de Anastas Mikoyan, se hospeda en una villa vecina. En la tarde, todos, norteamericanos y rusos, nos trasladamos en coche por las calles desiertas a una ceremonia de bienvenida en tomo a un misil SS-4 instalado en un parque histórico junto al mar. Muchos apretones de mano y fotos.

Jueves, 9 de enero La “Conferencia Tripartita Sobre la Crisis de Octubre de 1962” se inaugura a las tres de la tarde en el Palacio de Conferencias.(1) Castro llega puntual, de muy buen aspecto y en uniforme de faena de muy buen corte. Habla con su habitual fuerza magnética. Nadie le ha recordado, dice de un modo que desarma pero poco convincente, que la conferencia empezaba hoy y no ha tenido tiempo de leer todos los documentos. Por lo tanto, diferirá su presentación principal hasta que haya cumplido la tarea. Menciona en broma la ausencia de cubanos en las reuniones anteriores: “Así como se nos dejó fuera de la solución de la crisis, se nos ha dejado fuera del análisis histórico”. Nos asegura que no tiene ninguna animosidad hacia nadie, ni adversarios ni aliados. Termina en once minutos, probablemente el discurso más breve de Castro que la historia registra.

La intervención de apertura de McNamara distribuye magistralmente las culpas de la “mala información, los errores de cálculo y los juicios erróneos” de modo imparcial entre los tres países. Si él hubiera sido cubano, dice, bien hubiera podido esperar una invasión norteamericana en 1962, pero “puedo declarar sin equívocos que no teníamos absolutamente ninguna intención de invadir Cuba”. Para evitar futuras crisis, los potenciales adversarios deben tratar de entender cómo interpretará el otro sus acciones. McNamara concluye que con el fin de la Guerra Fría, a Estados Unidos ha dejado de preocuparle Cuba en materia de seguridad. El espera que entre los dos estados se puedan abordar los asuntos restantes “mediante el diálogo diplomático normal”.

El general Anatoly Gribkov, un militar de rostro torvo que estuvo en Cuba cuando la crisis, proporciona un informe autorizado del despliegue militar soviético. Nos dice que en 1962 había 43 mil contingentes de tropas soviéticas en Cuba. (La CIA había calculado 10 mil). “Nunca habíamos transportado tantos contingentes a tanta distancia”. Ademas, las fuerzas soviéticas tenían cabezas bélicas nucleares (la CIA nunca estuvo segura de que las cabezas bélicas hubieran llegado en realidad), y no sólo para misiles estratégicos, sino también para misiles tácticos.

Esta última declaración sobresalta y estremece a los norteamericanos presentes. Las fuerzas soviéticas, prosigue Gribkov, tenían seis lanzadores de misiles tácticos con nueve cabezas bélicas nucleares, y los comandantes de campo soviéticos tenían autorización para usar armas nucleares tácticas contra una invasión norteamericana sin el visto bueno de Moscú. Increíble. Hasta entonces, yo creía que habíamos sobrevalorado los peligros de la crisis, y que Krushov, consciente de la superioridad nuclear norteamericana en total, así como de la superioridad norteamericana en armas convencionales en el Caribe, no se hubiera arriesgado a la guerra, pero se nos está diciendo que las fuerzas soviéticas estaban preparadas para disparar misiles nucleares tácticos a una fuerza invasora.(2)

McNamara observa más tarde que él había rechazado la solicitud que le hizo el almirante Dennison de que se equipara a las tropas norteamericanas con armas nucleares tácticas. Pero si los soviéticos hubieran usado este tipo de armas contra una invasión -agrega-, la exigencia de una respuesta nuclear hubiera sido irresistible.

Gribkov dice, casi con pesar: “Suponíamos que iba a haber muchas víctimas y, en caso necesario, estábamos dispuestos a pasar a la guerra de guerrillas”. La decisión de retirar los misiles fue un golpe terrible, aunque concede que “la prudencia de los tres dirigentes impidió una catástrofe nuclear”. Dice sentidamente que en sus cincuenta y cinco años en el Ejército Rojo, “la experiencia más humillante fue la inspección norteamericana a los barcos que trasladaban los misiles fuera de Cuba”.

Después habla Oleg Troyanovski. Hijo del primer embajador soviético en Washington, antiguo estudiante en Sidwell Friends’ School y Swarthmore, más tarde embajador en Japón, China y las Naciones Unidas, fue ayudante especial de Krushov durante la crisis. Quedó estupefacto, dice, cuando se enteró de que iban camino a Cuba misiles nucleares: “Sabía que esto acarrearía las más graves consecuencias”. Krushov coincidió en que era un asunto grave: “¿Pero por qué no podemos hacer lo que los norteamericanos han estado haciendo todo el tiempo?”. En octubre, Krushov dijo a Troyanovski que los misiles estaban de regreso y que probablemente se desencadenaría una tormenta. Troyanovski dijo: “Espero que no nos vayamos a pique”. Y Krushov respondió: “Esperemos que no”.

Troyanovski hace un recuento de la reacción en el Kremlin cuando Kennedy anunció el descubrimiento de los misiles. Vasili Kuznetsov propuso que Krushov respondiera con más presiones a Berlín. Krushov dijo con aspereza “No necesitamos este tipo de consejo”. El día más tétrico, recuerda Troyanovski, fue el sábado 27 de octubre, cuando llegó la noticia de que había sido derribado un U2 norteamericano que sobrevolaba Cuba y cuando, en una carta, parecía que Castro pedía un ataque nuclear preventivo contra los Estados Unidos. Estos acontecimientos aceleraron la decisión de retirar los misiles.

Aleksandre Alekseev, que había sido embajador soviético en Cuba en 1962, recuerda su sobresalto cuando Krushov le comunicó la decisión de enviar misiles. “No sabía cómo reaccionar. Finalmente dije: ‘No creo que Castro esté de acuerdo porque los cubanos consideran que la solidaridad con otros países latinoamericanos es su mejor protección. Si Cuba acepta misiles nucleares, otros países latinoamericanos se opondrán a Cuba'”.

Pero Krushov estaba convencido de que se podían enviar los misiles en secreto. Y comunicó a Alekseev que después de las elecciones norteamericanas a mitad de trimestre, en noviembre, “iré a Cuba y comunicaré al mundo la operación. Los norteamericanos tendrán que tragarse nuestros misiles, como nosotros nos hemos tenido que tragar los suyos”.

Entonces Castro, que había estado escuchando atentamente y tomando algunas notas, interpone tranquilamente: “Los soviéticos tenían mucha más experiencia militar y, por lo tanto, nosotros uníamos confianza ilimitada en ellos. Cuando uníamos alguna opinión, se la proponíamos, pero pensábamos que sabían más que nosotros. Recuerdo a Nikita diciendo: ‘Tenemos misiles que pueden dar en el blanco en una mosca'”.

Fidel habla ahora con emoción y gestos elocuentes. Cuando Raúl Castro fue a Moscú como Ministro de defensa para elaborar el acuerdo militar, Fidel continúa, él le dijo que hiciera a Krushov una sola pregunta: “¿Qué sucederá si se descubre la operación?”. “No hay por qué preocuparse”, contestó Krushov. “Si algo sucede, nosotros enviaremos la flota del Báltico en muestra de apoyo”.

Castro no estaba del todo tranquilo. El no había pedido misiles nucleares y únicamente los aceptaba porque Krushov aducía que los misiles soviéticos en Cuba reforzarían a “todo el campo socialista”. “Lo que nos protegía”, observa Castro, “era la potencia mundial de la Unión Soviética, no los cohetes estacionados en Cuba”. Pero por qué no hacerlo público, Castro lo propuso después a Krushov. “Nosotros no éramos forajidos. Teníamos el soberano derecho de aceptar los misiles. No estábamos violando la ley internacional. ¿Por qué hacerlo en secreto, como si no tuviéramos derecho a hacerlo? Le advertí a Nikita que el secreto daba ventaja a los imperialistas”. Castro sonríe y agrega con una afable inclinación de cabeza a los norteamericanos: “Hoy lo expresarla de otro modo. Diría, ‘daría ventaja a nuestros adversarios'”.

Los norteamericanos nos preguntamos qué hubiéramos hecho, o qué hubiéramos podido hacer, si Krushov hubiera seguido el consejo de Castro. Hubiera sido necesario un elaborado alegato legal para justificar el recurso al Tratado de Río de 1947 y a sus disposiciones contra las amenazas extracontinentales a las Américas.

Viernes, 10 de enero. Hablamos del día más tétrico de la crisis, el derribamiento del U2. El general Gribkov dice que la orden de disparar no provino de Moscú y que, en realidad, Moscú se habla negado a las peticiones de los comandantes cubanos de que se les autorizara a disparar a los U2. La orden tampoco provino de Castro. Las unidades soviéticas estaban bajo mando soviético. El general dice que el U2 fue derribado por una batería soviética cumpliendo órdenes del comandante soviético de campo.

Las manos de Castro, de dedos largos, blancos y afilados, se mueven constantemente y mientras habla, señala, cierra los puños, hace gestos de imploración y súplica. Todavía es un misterio, nos dice, qué es lo que llevó a los soviéticos a derribar el U2. Su propia interpretación es que cuando los cubanos comenzaron a disparar contra los sobrevuelos norteamericanos de baja altura, el comando soviético decidió perseguir a los U2 por solidaridad y camaradería.

Después, Nikita nos acusó de haber derribado el U2. No sé si él pensaba que lo habíamos derribado directamente o si nuestro ejemplo había motivado a los soviéticos a hacerlo. Pero tenía esta idea fija en mente e incluso la escribió en sus memorias…(3) Con todo, yo estaba totalmente en favor de derribar el avión. Asumo plena     responsabilidad histórica.

(Después de este relato y del testimonio de Gribkov y Alekseev, uno tiene la impresión de que, fuera cual fuera la división del mando, Castro había adquirido el mando psicológico de todas las fuerzas en Cuba. Era obvio y manifiesto que fascinaba y dominaba tanto al general como al embajador).

A Krushov, prosigue Castro, le transtornó “mi carta” -la carta que Castro escribió el 26 de octubre y que Krushov interpretó como una recomendación de un ataque nuclear preventivo-. “Se lo creyó realmente”. ¿Por qué la confusión de Krushov? Porque, dice Castro, “yo dicté la carta en la embajada soviética ya avanzada aquella noche”. Mientras la iba dictando, la carta era traducida al ruso. (Alekseev, quien ayudó en la traducción, dijo más tarde que no sabía muy bien el español y que tal vez hubiera ambigüedades en su traducción).

En cuanto a la carta, dice Castro, “yo conocía bien a Nikita y estaba seguro de que la situación le inquietaba sumamente. Yo me proponía alentarlo, fortalecer su posición desde un punto de vista moral. Recordé que Stalin se había negado a creer que los nazis planeaban atacar en 1941. Yo no quería que cometiera el mismo error. Quería estar seguro de que las fuerzas soviéticas estaban preparadas para lo que fuera. Estaba convencido de que la invasión a Cuba desencadenaría una guerra nuclear contra la Unión Soviética. La recomendación que yo hice de un ataque preventivo no era en caso de que los norteamericanos lanzaran un ataque aéreo, sino en caso de invasión y ocupación. En realidad, mi carta no tuvo ningún efecto. Cuando llegó a su destino, Krushov y Kennedy ya se dirigían a una solución. Nikita hubiera podido enviarnos copias de sus cartas a Kennedy. Pero no se nos dijo nada”.(4)

Edwin Martin, que en 1962 era Subsecretario de Estado de Asuntos Interamericanos, intervino para explicar sin rodeos la política norteamericana en el hemisferio, insistiendo en lo necesario que era para Washington compensar la “subversión” cubana contra otros estados latinoamericanos. Los cubanos se mostraron irritados. El general Fabián Escalante, Viceministro del Interior y hombre clave de la policía secreta, responde recitando, como lo había hecho en Antigua, una letanía de los horrores que la CIA había perpetrado o considerado en su famosa Operación Mangosta: las incursiones repentinas, los equipos de sabotaje, los conatos de contaminar la cosecha de azúcar y de quemar los ingenios, y la difusión de rumores de que Castro era el anticristo y de que la Segunda venida era inminente. McNamara contesta, como lo hizo en Antigua, que la Operación Mangosta era “censurable” y “estúpida”, pero pide a los cubanos que reflexionen sobre qué fue lo que movió a “personas por lo demás inteligentes a tener que ver con estas acciones”.

En el intervalo del almuerzo pensamos en qué vamos a hacer si los cubanos trascienden sus fulminaciones en Antigua sobre los pecados de la CIA. Discutimos la retirada, hacerla tan ruidosa que los micrófonos puedan captarla. Queremos que los cubanos entiendan que la opción de que la conferencia prospere, o no, está en sus manos.

Después del almuerzo, Castro vuelve al tema Sigue atacando, pero a medida que avanza, parece más perceptivo a los objetivos de la conferencia Empieza ofendido por el término “subversivo”; prefiere “revolucionario… Claro que queríamos la revolución. Por supuesto que estábamos dispuestos a ayudar a los revolucionarios. Y si llegamos a ser intervencionistas en América Latina, debe haber sido porque teníamos un gran maestro: los Estados Unidos. ¿Qué país ha violado más las normas internacionales, Estados Unidos o Cuba?” Pero Cuba, insiste Castro, no exportaba la revolución, la apoyaba, muchas veces contra gobiernos que aunaban esfuerzos para destruir la revolución cubana. “Sí, lo admitimos. Hemos apoyado a los movimientos revolucionarios, y creemos que un país acosado y hostigado como Cuba tenía pleno derecho a hacerlo”.

(El sábado le pregunto por qué atacó a demócratas como Betancourt. “Ustedes me llaman ‘subversivo'”, dice. “Betancourt también era un ‘subversivo’. El también apoyó a revolucionarios, como los que luchaban contra Trujillo. Betancourt era un hombre de izquierda, pero nunca simpatizó con nuestro movimiento. No había buenas relaciones entre nosotros. Quién sabe por qué nunca nos llevamos bien. El se convirtió en un enemigo de la Revolución cubana. Tal vez tuviera celos de la gran recepción que me hicieron cuando visité Caracas. Tampoco negaré que el factor ideológico influyera”. En este caso, parece que Castro se refiere a la diferencia entre comunismo y socialdemocracia. “Además, Betancourt tenía una fuerte oposición en la izquierda. Nosotros no organizamos esta oposición. Pero la apoyamos”. Castro agrega: “No se puede imaginar la reprimenda que nos dio la Unión Soviética por nuestra ayuda al movimiento revolucionario en Venezuela”, con lo cual obviamente se refería a las armas y al apoyo que Cuba prestó a las guerrillas venezolanas).

“Si usted me pregunta si todavía apoyamos la revolución en América Latina, si ésta es la política de Cuba en la actualidad, le diré que no… ¿Hemos cambiado? Sí, somos más maduros, más realistas. Hemos aprendido de la experiencia. Hemos cambiado. América Latina ha cambiado. El mundo ha cambiado”. La calma que hay en América Latina hoy, dice Castro, es engañosa. La relativa estabilidad no durará. Hay profundos problemas sociales que persisten. Pero, “si esos países llegan a desestabilizarse, nosotros no vamos a promover la desestabilización. No vamos a aprovecharnos de las condiciones objetivas para promover algo. Esta es la política de una época diferente… Nosotros queríamos el cambio revolucionario. Todavía lo queremos. Esto no significa que vayamos a ayudar a cualquiera a realizarlo”.

Pero después estalla en un ataque contra las “calumnias” norteamericanas sobre la violación de los derechos humanos, y las llama “mentiras repugnantes”. En Cuba no hay desaparecidos, como los hubo en Argentina o Chile. La policía no dispara a los estudiantes. ¿Hay algún lugar en el mundo en el que se haga más por los derechos humanos básicos -salud, educación, empleo-? En Cuba no hay mendigos, ni pobreza, ni hambre, ni discriminación racial, ni discriminación a las mujeres, ni prostitución. “Ustedes defienden el bloqueo en términos de derechos humanos, pero no impusieron ningún bloqueo a Pinochet, a Somoza, a Corea del Sur, a Sudáfrica…”

McNamara llega a la conclusión de que Castro estaba decidido a que este tipo de opiniones quedaran registradas antes de que la conferencia fuera más lejos, y expresa que es bienvenida la declaración de que Cuba ha abandonado el apoyo a la revolución y que hemos de pasar a otros asuntos. Cuando Castro vuelve a hablar parece relajado. Todos sentimos alivio.

Sábado, 11 de enero El programa prevé que ha llegado el momento de que Castro haga su declaración principal. “Hemos de empezar”, dice, “por analizar las personalidades. Krushov y Kennedy eran hombres por los que yo tenía gran respeto. Krushov hizo mucho por nuestro país. Siempre que pedimos algo, él hizo todo lo que pudo para satisfacer nuestra demanda. Yo tenía la sensación de estar tratando con un campesino inteligente y sabio; muy audaz, muy valiente.

“Kennedy era talentoso y valiente. Cometió errores, pero también tuvo grandes éxitos. Era un hombre con ideas nuevas, algunas brillantes, como la Alianza para el Progreso, una política con un contenido, con una dirección social. Es un milagro que no tacharan a Kennedy de comunista cuando propuso la Alianza para el Progreso.(5)

“Consolidada su autoridad después de la crisis de Octubre, Kennedy hubiera podido ser el presidente que rectificara la política norteamericana hacia Cuba. El quería hacerlo. La prueba la tuve el día que murió”. Entonces Castro cuenta la historia de la visita del periodista francés Jean Daniel, quien era portador de un mensaje de Kennedy que abría la posibilidad de normalizar las relaciones. Castro no menciona que Kennedy había pedido a la vez al embajador William Attwood que mantuviera conversaciones exploratorias con los cubanos en las Naciones Unidas.

“No culpo a Kennedy por Bahía de Cochinos. El heredó el proyecto. Creo que a él no le satisfacía en absoluto. Tenía la autoridad constitucional para detenerlo, pero carecía de autoridad moral y política. No lo culpo por dejar que el proyecto siguiera adelante. Hemos de reconocer que él actuó con bastante calma durante el acontecimiento. Otros presidentes hubieran actuado de manera muy diferente.

“Pero estaba amargado por la derrota Cuba tenía una connotación especial para él. No mencionaré el sabotaje, el asesinato (se refiere obviamente a las conspiraciones norteamericanas contra su vida); pero Kennedy quería acabar con la Revolución cubana. Sabía que las condiciones objetivas en América Latina eran favorables a la revolución, de modo que emprendió el cambio de esas condiciones, y por eso la Alianza para el Progreso”.

Nosotros esperábamos la invasión, prosigue Castro, y teníamos que defender Cuba. Pero no nos gustaba mucho lo de los misiles. Si se hubiera tratado únicamente de nuestra propia defensa, no hubiéramos aceptado los misiles. La presencia de los misiles soviéticos perjudicaría nuestra imagen en América Latina, convirtiendo a Cuba en una base militar soviética Pero, si esto iba a fortalecer a todo el campo socialista y a mejorar el equilibrio mundial de poder, pensamos que lo teníamos que aceptar. Consideramos que era nuestro deber moral.

“Si entonces hubiéramos sabido lo que ahora sabemos sobre el equilibrio de poder, nos hubiéramos dado cuenta de que el emplazamiento transformaba los misiles de mediano alcance en armas estratégicas. A la luz de lo que sabemos hoy, éste debe haber sido el verdadero motivo de los soviéticos, y no la defensa de Cuba. Nosotros no sabíamos que los soviéticos no tenían muchos misiles. Nos imaginábamos miles. Si yo hubiera conocido la proporción real, hubiera aconsejado a Nikita que fuera prudente. ‘No traigas estos misiles’, le hubiera dicho. ‘En estas condiciones, no lo hagas’. Pero nuestra confianza era ilimitada”.

Castro habla en tono reflexivo. Cuando en 1963 fui a la Unión Soviética traté de averiguar cómo se había tomado la decisión. Nunca se me respondió con claridad. Los misiles no eran esenciales. Un pacto militar soviético hubiera bastado, una declaración de que una agresión contra Cuba sería una agresión contra la Unión Soviética Hubiéramos podido garantizar la defensa de Cuba sin misiles. Estoy absolutamente convencido.

“El secreto de la operación fue para nosotros una desventaja tanto política como práctica. La información equivocada que Krushov dio a Kennedy lo empeoró todo. Kennedy tenía mucho en juego. Las elecciones eran inminentes. Una de las razones de que Krushov deseara el secreto era que no quería afectar las elecciones. Pero Kennedy creyó lo que Krushov le dijo… Krushov no previo que la CIA iba a descubrir los misiles. La combinación de secreto y engaño dio a Kennedy una ventaja moral ante el mundo”.

En cuanto a la decisión soviética de retirar los misiles: No hubo consulta ni notificación. Cuando llegaron las noticias, nos dimos cuenta de que, en definitiva, Cuba era una ficha en las negociaciones. Fue un momento humillante. La reacción de nuestro país no fue de alivio, sino de profunda indignación.

“Si hubiéramos sabido que Krushov se disponía a retirar los misiles, no nos hubiéramos opuesto. Tenía que haber una solución. Pero las garantías verbales norteamericanas no bastaban. Nikita hubiera tenido que negociar los misiles por garantías ‘satisfactorias para Cuba’. La facilidad con que negoció sus misiles en Cuba por los misiles norteamericanos en Turquía demuestra que la defensa de Cuba estaba subordinada a la defensa de la Unión Soviética. Si la causa del emplazamiento de los misiles era la protección de Cuba, ¿qué tenían que ver los misiles turcos con la defensa de Cuba? Nada en absoluto”.

Castro no parece consciente de las contradicciones de su posición. Krushov empezó por ofrecerle los misiles porque protegerían a Cuba. Castro dice que los aceptó, no por esta razón, sino porque los misiles en Cuba fortalecerían a “todo el campo socialista”. Cuando se negociaron los misiles cubanos por los turcos, Castro y Krushov intercambiaron posiciones. Krushov estaba actuando entonces para fortalecer el campo socialista, mientras que Castro ahora se quejaba del trato porque no tenía nada que ver con la defensa de Cuba. En cualquier caso, el desenlace pone en claro que los misiles fueron enviados a Cuba por razones soviéticas, y no cubanas.

Castro vuelve a la CIA. Hace un gesto dirigido al barbudo Ray Cline, que fue director adjunto de inteligencia en 1962, y dice con afabilidad: “Al hombre que se parece a Hemingway no le va a gustar esto”. Continúa: En los Estados Unidos hay tres fuerzas: la CIA, el Pentágono y el Departamento de Estado. El Pentágono y la CIA son más poderosos que el Estado. Si siguen teniendo este poder, veo con pesimismo el futuro…

Nuestra prioridad es nuestra propia sobrevivencia, que nuestra revolución sobreviva. Lo más importante es afirmar los derechos de la soberanía nacional. Hoy el nacionalismo es muy fuerte en el mundo; también la religión. Nosotros los socialistas cometimos un error al infravalorar la fuerza del nacionalismo y la religión…

“No creo que los norteamericanos estén contemplando una invasión. La esperanza que tienen es que no sobrevivamos a los problemas que enfrentamos. Pero nuestros científicos e ingenieros están trabajando para resolver nuestros problemas. Estamos ahorrando combustible. Hemos regresado a la bicicleta. Nos vemos obligados a concebir nuevos inventos. Sobreviviremos.”

Se hace un receso. Janet Lang ofrece a Castro, que alguna vez fue considerado por los Gigantes de Nueva York para contratarlo, una pelota de baseball de la Liga Nacional formada por vejestorios de la administración Kennedy. Fidel la acepta con una amplia sonrisa: “Me da mucho gusto esta pelota, confiando en que no haya una bomba adentro.”

En la noche vamos a una recepción en el opulento palacio presidencial, con verdes arboles y helechos plantados en parcelas de tierra entre los suelos de mármol y grandes pinturas abstractas colgando de las paredes. Mientras bebemos daiquirís helados y nos apiñamos en torno a un elaborado buffet, Fidel preside el tribunal, bromea con Ray Cline de la CIA y con otros norteamericanos, y es bastante evidente que da la espalda a los rusos, excepto a los hijos de Krushov y de Mikoyan. Le pregunto qué piensa del inminente Quinto Centenario de Cristóbal Colón. El dice: “Nosotros tenemos una actitud crítica Colón trajo muchas cosas malas”. Le digo: “Si no fuera por Colón, ustedes no estarían aquí”. El dice: “Bueno, Colón trajo cosas buenas además de malas.”

Cuando estuve con Raúl Castro en 1985, él parecía deprimido y reservado, pero esta noche está sorprendentemente amistoso y platica vivazmente con McNamara. Raúl también ignora a los rusos. Dice que alguna vez le gustaría mostrar a McNamara la película de capacitación que usan para enseñar a los reclutas cubanos cómo combatir una invasión norteamericana McNamara dice, “¿por qué no la vemos ahora?”. Raúl consulta brevemente con Fidel y regresa con su aprobación. El general Gribkov hace un gesto de acompañarnos, pero Raúl lo rechaza con brusquedad. Pero sí acepta a los hijos de Krushov y Mikoyan.

Vamos caminando al Ministerio de Defensa que está a unos cinco minutos. De las paredes del despacho de Raúl cuelgan tres perfiles en relieves de madera: Fidel Castro, José Martí y Lenin. Raúl apunta a unos trofeos de Sierra Maestra y Angola. Después nos lleva a lo que él llama “el vestíbulo de los generales rusos”, donde las fotografías de una docena de mariscales soviéticos rodean un gran retrato de Lenin. Raúl mira a la parentela soviética con evidente nostalgia. “Mientras yo sea ministro de defensa”, dice, “esta sala seguirá tal cual”.

Después, la película, una versión adaptada para visitantes con la narración en inglés. El tema es el armamento y la movilización de todos los cubanos para una guerra prolongada. Vemos una red de túneles, laboriosamente construidos a lo largo de ocho años con una longitud de doscientos kilómetros. Al terminar la película, McNamara dice que quiere hacer dos observaciones: primero, que admira la insistencia de los cubanos en confiar en ellos mismos para su protección; segundo, que espera que los dirigentes cubanos reconozcan que con el fin de la Guerra Fría, las posibilidades de una invasión norteamericana, mínimas en los últimos treinta años, serán nulas en el futuro.

Raúl insiste en que veamos su teléfono rojo conectado con Moscú. Le dice a Sergei Krushov que lo descuelgue, pero él se resiste, tal vez preguntándose cuál sería la reacción en Moscú al contestar el teléfono y escuchar, “Habla Krushov”.

Domingo, 12 de enero. En la mañana vamos a Finca Vigía, la casa de Hemingway en la cima de una colina, a unas quince millas de La Habana y convertida en museo. Lo vemos todo a través de las ventanas abiertas porque no se permite la entrada a los visitantes. Es una linda casa, espaciosa, con cabezas de alce y búfalo en las paredes, libreros en casi todas las habitaciones (incluido el baño) -nos dicen que hay nueve mil libros en total-, un armario con una magnífica colección de botas de caza, un bar con una botella de Old Forester medio vacía, todo como lo dejó Hemingway.

La última sesión de la conferencia se inicia puntualmente a las tres de la tarde. McNamara lo repite: espera que, en un mundo que ha cambiado fundamentalmente con el fin de la Guerra Fría, las diferencias entre Cuba y Estados Unidos se puedan manejar a través de los canales diplomáticos normales. Y agrega. “Déjenme decirles -aunque usted, Fidel Castro, tal vez no esté de acuerdo- que yo me considero un revolucionario. Yo creo que el derecho a vivir una vida productiva es fundamental para todos los demás derechos. Aplaudo lo que Cuba ha hecho en educación y salud”. McNamara destaca también que la tasa de mortalidad infantil es inferior en Cuba que en el distrito de Columbia

Castro responde: “Hace tiempo que abrigo la sospecha, desde que McNamara fue nombrado presidente del Banco Mundial, de que en verdad es un revolucionario”. En cuanto a la conferencia: “Declaro con absoluta sinceridad que he aprendido mucho en esta reunión. He aprendido cosas que no sabía. Creo que el ánimo con que se han discutido las cosas ha sido excelente”.

Se levanta la conferencia Los norteamericanos coinciden en que Castro ha estado más directo y esclarecedor de lo que algunos de nosotros esperábamos y en que ha satisfecho con creces la certeza de que contribuiría al conocimiento histórico. Pero hemos hablado poco de temas actuales y sentimos más que nunca la necesidad de plantear la cuestión de los derechos humanos, sobre todo desde que nos hemos dado cuenta de los acontecimientos que muy probablemente intensificarán las medidas enérgicas ya en camino. A finales de diciembre, tres exiliados recién llegados de Miami fueron sorprendidos cuando desembarcaban en playas cubanas con armas y explosivos. Unos días después, según el gobierno cubano, personas que trataban de huir de Cuba en barco mataron a tres jóvenes policías que estaban a punto de detenerlos. En su discurso en el funeral de los policías, Raúl Castro amenazó con volver a poner en funcionamiento el Tribunal Revolucionario, famoso por la ejecución sumaría de los batistianos después de la revolución de 1959. Hoy nos dicen que los tres hombres han sido condenados a muerte. (De hecho, uno fue ejecutado unos pocos días después y los demás sentenciados a treinta años de prisión. En febrero, dos hombres acusados de haber matado a los policías también fueron ejecutados).(6)

Wayne Smith vio a Elizardo Sánchez esta mañana y le dijo que yo pensaba ir a su casa en la tarde. En el almuerzo, el jefe de la delegación cubana dijo a Smith que su visita había sido de lo más imprudente. Había una gran indignación popular contra Sánchez y pudieron haber problemas. Es obvio que se está programando un “acto de repudio” de las Brigadas de Respuesta Rápida

Después de la clausura, las tres delegaciones celebran una conferencia de prensa Fidel desaparece, pero nos ha invitado a McNamara y a mi a un encuentro privado con él más tarde. La conferencia de prensa abre con un largo rodeo sobre la garantía de no invasión que Kennedy ofreció poco después de que se resolviera la crisis de los misiles. Pero la oferta de Kennedy dependía de que Castro aceptara una inspección de Naciones Unidas para asegurar que si se habían retirado los misiles. Como Castro se negó a la inspección de Naciones Unidas, la garantía nunca entró en vigor(7) -o por lo menos no hasta que Henry Kissinger proclamó una garantía unilateral en 1970-. Los cubanos insisten en que había una garantía, si bien no legal, moral, de 1963 en adelante. La discusión no tiene sentido porque ninguna administración norteamericana ha planeado invadir Cuba.

McNamara expresa de nuevo la esperanza de una normalización de las relaciones. Un cubano responde que Cuba está a favor de la reconciliación. El problema es la falta de “voluntad política” por parte de Estados Unidos. Esto me da pie a lo que he estado esperando. Digo que soy partidario de la reconciliación. Estoy en contra del bloqueo y a favor del restablecimiento de relaciones diplomáticas. No soy de la opinión de que el gobierno norteamericano tenga que someter a Cuba a pruebas de derechos humanos más severas que las que ha aplicado a otros países -China, por ejemplo, o Turquía, o el Chile de Pinochet-. Suscribo la doctrina tradicional de que el reconocimiento diplomático no implica ta aprobación moral de los acuerdos internos de un país.

Pero hablando en términos prácticos -continúo-, hay una fuerte oposición a la normalización de las relaciones. Una de las razones es que Cuba no cumple con las normas civilizadas en lo que se refiere a libertad política, intelectual y artística. (Acentúo “civilizadas” con la expectativa de que la palabra le duela a Castro, quien estoy seguro de que está escuchando la conferencia de prensa en algún otro lugar del edificio). Cada vez que se detiene o acosa a un activista de derechos humanos, la oposición a la normalización se refuerza. Se facilitaría mucho la labor de los que están a favor de la reconciliación si Cuba siguiera otro curso, más generoso y honrado, en lo que a derechos humanos se refiere.

Estas palabras provocan un arranque de Carlos Lechuga, quien como embajador cubano en Naciones Unidas en 1963, había trabajado con William Attwood en la exploración de un acercamiento. Lechuga es aparentemente un tipo cortés y me sorprende la tosquedad de su respuesta. “No desperdicie su compasión”, dice Lechuga, “en estos supuestos poetas, ingenieros e intelectuales. Casi todos ellos son agentes de la CIA. Yo creo que la CIA debe tener montado un departamento de literatura para reclutar a este tipo de gente”. Y así sucesivamente.

La conferencia de prensa termina con esta nota agria. Después de mis observaciones, supongo que Castro tal vez cancele mi invitación a la reunión en privado. Pero a McNamara, Bob Pastor, Jim Blight y a mí nos hacen pasar a una sala donde Fidel, flanqueado por Carlos Aldana, José Antonio Arbesu, jefe de la Representación de Intereses Cubanos en Washington, y otros dos cubanos, nos saluda cordialmente. Habla del único encuentro que tuvo con Hemingway cuando, en la primavera de 1960, en su segundo año en la presidencia, ganó un concurso de pesca de marlin y Hemingway entregaba el trofeo. “No soy un buen pescador”, dice Castro, pero el capitán de mi barco sabía dónde había marlines y yo sólo tuve que lanzar el sedal al agua.

“Ya no juego ni baseball ni basketball”, continúa, “y la bicicleta fija es muy aburrida; lo único que me queda es el buceo”. Después nos cuenta de un medicamento maravilloso llamado PPG, que se ha elaborado en los laboratorios cubanos de biotecnología. Según Castro, el PPG baja el colesterol, la presión sanguínea, alivia los transtornos circulatorios, mejora la memoria, y es la causa de la energía aparentemente ilimitada de que él goza.

Sobre el futuro de Cuba, Fidel dice que en 1992 el suministro de petróleo a Cuba será la tercera parte del de 1989. Las fábricas están cerrando. El transporte público ha empeorado. Los alimentos están racionados. Se están sustituyendo los tractores por bueyes. Insiste en que el autoconsumo es el medio que tiene Cuba para superar las dificultades. “Todo lo que se sirvió en la recepción anoche”, nos dice, “era nativo, salvo el vino chileno… No hay nada gratis en el mundo, así que ahora dependemos de nuestros esfuerzos”. Hay voluntarios de las ciudades trabajando en el campo. El turismo, la biotecnología médica, el azúcar, esto es lo que atraerá divisas.

“Tenemos a miles de personas que trabajan juntas en cooperación. En una economía de mercado, estarían en competencia destructiva unas con otras”. Miren lo que pasa en la Unión Soviética: el gobierno y el Partido han perdido toda autoridad; no tienen capitalistas sino especuladores; todo es un desorden; el resultado es el caos; “el nihilismo ruso ha prevalecido”. China está manejando su economía mucho mejor.

“Si no pasamos la prueba, estallaremos”, dice Castro con una amplia sonrisa. “Nuestro pueblo es perfectamente consciente de esto”.

Por fin la conversación aborda los derechos humanos. Yo hago la observación de que es totalmente esencial distinguir entre disidencia no violenta y violenta. Es un gran error equiparar a los activistas de derechos humanos con los terroristas de Alfa 66. Oposición no equivale a traición. Castro responde que es muy difícil mantener esta distinción. Los grupos de derechos humanos están en contradicción con los intereses básicos del país. Ellos son los que preparan el camino a los terroristas, son en efecto sus asociados. Estamos en una lucha de vida o muerte y no podemos aventurarnos. “íMire la Unión Soviética! Yo predije que la perestroika conduciría a la desintegración”.

“No puede imaginarse lo tolerantes que hemos sido. El pueblo está furioso con los disidentes. Mi pueblo me critica por excesiva tolerancia… A fin de cuentas”, continúa con un gesto dirigido a mí, “usted ha difamado a nuestro país. Ha dicho que no somos civilizados. íPero no le hemos detenido!”, y la risa de nuevo.

Yo indico que su línea dura impone graves costos políticos, tanto en Europa como en Estados Unidos. “Lo hemos tenido en cuenta”, dice. “Pero hemos de defender nuestra revolución”. Le insto a que ayude a los amigos de Cuba en el extranjero siendo más tolerante con los disidentes en el país. Castro dice con frialdad, “tendré en cuenta sus opiniones”, y corta esta parte de la conversación.

Nos despedimos amistosamente después de unas dos horas. Al irnos, Pastor dice a Castro que él y yo pensamos ir a visitar a Elizardo Sánchez más tarde. Castro se voltea hacia Carlos Aldana y le dice, “¿estará bien?”. Aldana dice que sí después de un breve lapso. Nosotros entendemos que si estaba programado un “acto de repudio”, se pospondría.

Alrededor de las nueve y media de la noche, Bob Pastor, Wayne Smith, Alejandra Schlesinger y yo llegamos a la casa de Elizardo Sánchez, una vivienda impecable y de techo alto en una tranquila calle (por lo menos aquella noche) del barrio de La Playa. El no está, pero no va a tardar. Conocemos a su madre, una mujer de aspecto fuerte y pelo blanco como la nieve. Su esposa e hijos viven en Miami, donde son hostigados por los cubanos de derecha de la Fundación Nacional Cubano Norteamericana. De la pared de la sala cuelga una sola fotografía: Elizardo Sánchez y el senador Edward Kennedy, formada por Ted.

Sánchez no tarda en llegar. Es un hombre robusto y tranquilo en sus cuarentas, de rostro redondo y pelo negro muy corto. Ha pasado en la cárcel ocho años y medio de los últimos diez. Nos recuerda la noche del 22 de noviembre de 1991, cuando la turba irrumpió en su casa y aterrorizó a su madre. Esta casa, nos dice, ha sido asaltada por la policía más veces que ninguna ola en Cuba. Dice que admira los logros de la revolución en salud, educación y vivienda, pero insiste en que ha llegado la hora de la libertad política. Castro, dice, está atrapado “en la absoluta soledad del poder”.

Sánchez cree en la reconciliación nacional. El quiere un país en el que puedan convivir muchas ideas, unas junto a otras, en el que los grupos de derecha a izquierda puedan participar en la vida política nacional. Es un hombre modesto y no hace grandes alardes de su grupo; pero detecta tendencias pluralistas en los jóvenes y dice que hay muchos pequeños grupos como el suyo esparcidos por toda la isla. Aun así, es pesimista con respecto al futuro, y cita el fracaso del Cuarto Congreso del Partido en octubre en la propuesta de reformas importantes y los discursos amenazantes pronunciados hace poco por Carlos Aldana y Raúl Castro.

Le preguntamos qué ayudaría a la causa de los derechos humanos en Cuba. Su primera respuesta es: “Visitas como ésta”. Y prosigue diciendo que un aflojamiento de las tensiones, incluida la flexibilización del bloqueo, sería de gran ayuda. Sánchez escribió hace poco en el Miami Herald: “Un aumento de la presión de Estados Unidos sobre Cuba puede impedir, más que alentar, el tipo de reformas que necesitamos”. Es despectivo con los “exiliados cubanos en Estados Unidos, ultraconservadores y pseudodemocráticos, que lo único que quieren es intensificar la Guerra Fría Estados Unidos-Cuba”. Ellos creen que soy comunista, dice con pesar, y Castro cree que soy agente de la CIA.

Nos despedimos preocupados por lo que tal vez le espera a este hombre inteligente, sensato y valiente.

Jueves, 16 de enero. Una Brigada de Respuesta Rápida -formada por unas trescientas personas- rodeó, sitió y maltrató la casa de Elizardo Sánchez. Hasta la fecha de este escrito no ha sido detenido. No obstante, otro activista de derechos humanos, Sebastián Arcos, fue detenido a mediados de enero y acusado de “rebelión”. El 18 de febrero, el Miami Herald citaba a Sánchez diciendo que, si bien Yndamaro Restano y Sebastián Arcos “no están recibiendo malos tratos”, María Elena Cruz Varela estaba cumpliendo su sentencia “en condiciones muy adversas. Está confinada en una pequeña celda con otras tres mujeres que son peligrosas delincuentes comunes. Una de ellas es asesina de niños, otra está en la cárcel por haber apaleado a su marido, y la tercera es enferma mental… La celda es un infierno”. Sánchez advertía también contra una nueva ola de vigilancia de masas dirigida contra ladrones y jugadores, pero “sabemos que la principal motivación es política”.

Con anterioridad, el 19 de enero, Sánchez, Restano y Gustavo Arcos, del Comité Cubano de Derechos Humanos, Osvaldo Paya, del Movimiento Cristiano de Liberación, y Lázaro Loretto, de la Asociación por la Defensa de los Derechos Políticos, emitieron una Declaración de Buena Voluntad en la que reafirmaban su repudio a la violencia y “su aspiración a la reconciliación de todos los cubanos”. En la declaración se destacaba que “el aislamiento y la privación (es decir, la política norteamericana actual) no contribuiría a que el pueblo cubano pudiera, en libertad y paz, dar los pasos que desea y necesita para superar la crisis que está soportando”, y se pedía a Estados Unidos que iniciara conversaciones con el gobierno cubano y de este modo “contribuyera al logro de una atmósfera libre de tensiones que permitiera a los cubanos llevar a cabo pacíficamente los cambios sobre los que el pueblo cubano es el único que puede decidir”.(8)

El 14 de enero, Granma, el periódico del partido comunista, decía que mientras Estados Unidos mantenga una “política aberrante y obstinada para destruir la Revolución cubana… no puede haber la mínima tolerancia ni flexibilidad”. ¿Implica esto que una flexibilización del bloqueo podría conducir a una disminución de la represión, como Sánchez sugería? Los dirigentes democráticos latinoamericanos, a la vez que presionan a Castro para que realice reformas, piden también que se acabe con el aislamiento a Cuba y que ésta sea readmitida en la Organización de Estados Americanos. Carlos Andrés Pérez, heredero de Betancourt en Venezuela, cree que no tiene sentido seguir con el bloqueo norteamericano: “Ha durado treinta años. Esto lo dice todo”. Los estados caribeños, incluidos Barbados y Trinidad, también abogan por un fin del embargo. En cierto sentido, se puede decir que el bloqueo protege a la revolución castrista. Inundar Cuba con turistas norteamericanos y bienes de consumo norteamericanos contribuiría mucho más a subvertir la revolución que cualquier idea que haya podido concebir la CIA.

Muy lentamente se están realizando algunos pequeños cambios; y se dan muy lentamente, resume Gillian Gunn de la Fundación Carnegie, conjetura, debido a que “Castro se resiste a que se interprete que está cediendo a presiones”. La promoción de la inversión privada extranjera puede tener especial importancia, aun cuando hasta ahora se haya limitado a instalaciones turísticas. El propio Castro habla de “socialismo con empresas conjuntas”. Tal subversión del socialismo por el capitalismo sería, al parecer, de interés para Estados Unidos. Pero Wayne Smith dice: “Uno tras otro, Estados Unidos ha amenazado con represalias a potenciales inversionistas de países terceros si establecen tratos con Cuba”.

Nuestras oportunidades de observar fueron restringidas, pero Cuba no nos dio la impresión de ser un país al borde de la explosión; y si la melancolía y desesperación que se sentía en la Unión Soviética y Europa del Este en los ochenta están presentes en Cuba, nosotros no las percibimos. Quizás un millón de cubanos -el 10% de la población- ha huido del país. Pero parece que en los cubanos que quedan Castro conserva gran parte de su antigua popularidad -¿pero qué se puede decir sin libertad de expresión, libertad de prensa y elecciones libres?-. La policía está siempre lista para sofocar la protesta pública y la disidencia.

En definitiva, la fuerza de Castro no se basa en su socialismo doctrinario sino en su apasionado nacionalismo. Los progresos sociales también son importantes. Los cubanos aprecian sus escuelas, sus médicos, sus viviendas. Persiste el recuerdo de las disparidades entre ricos y pobres durante la época de Batista, por lo menos en la vieja generación. Los jóvenes -y casi el 60% de la población cubana nació después de la llegada al poder de Castro- resienten tener que apretarse el cinturón y la censura, y envidian a la sociedad de consumo a noventa millas de distancia. Les gustaría tener libertad de expresión y libertad para entrar y salir de Cuba. Pero sospecho que muy pocos desean renunciar a los logros sociales de la revolución.

Ante todo, pocos son los cubanos que quieran entregar su país a la Fundación Nacional Cubano Norteamericana, la organización de Miami que Ernesto Betancourt -exiliado cubano que fue el primer director de Radio Martí, emisora indignantemente anticastrista de Ronald Reagan- describió como “dominada por antiguos colaboradores de la odiada dictadura de Batista”. Se dice que su ampuloso presidente, Jorge Mas Canosa, quien pretende el apoyo de la administración Bush, se considera el presidente de una Cuba postcastrista y ya ha patrocinado una constitución post-Castro. Cuando hace poco Mas Canosa atacó al Miami Herald como el “nuevo Granma”, el editor del Herald recibió amenazas de bombas y de muerte procedentes de fanáticos de derecha.

Por muy represor que sea el régimen de Castro, muchos cubanos, incluidos disidentes, consideran que la alternativa que ofrece la Fundación Nacional Cubano Norteamericana es peor; y en efecto, la amenaza de que regresen los exiliados de Miami que la fundación representa es una importante causa de la persistencia de la fuerza de Castro. El supuesto apoyo de la administración Bush a la fundación, dice Betancourt, hace que los disidentes en Cuba “consideren que la eliminación de Castro amenazaría más sus intereses que su permanencia en el poder. Ellos temen que Estados Unidos trate de imponer en Cuba a los que abogan por la revancha y la restauración del pasado… A Estados Unidos le conviene promover la solución interna”, es decir, apoyar a aquellos que desde Cuba trabajan por la libertad política y la democracia.

En realidad, la Fundación Nacional Cubano Norteamericana no es la única alternativa a Castro; tampoco representa a todos los cubanos exiliados en Estados Unidos. Entre las demás organizaciones de exiliados se cuenta, por ejemplo, Cubanos por la Independencia y la Democracia (CID), socialdemócrata y dirigida por Huberto Matos, quien estuvo con Castro en Sierra Maestra. En cuanto dio señales de independencia, Matos pasó veinte años en las cárceles de Castro en condiciones horribles. La Coalición de la Plataforma Democrática, que fundó Carlos Alberto Montaner en 1991, apoya a los activistas de derechos humanos en Cuba Los exiliados cubanos liberales reconocen que la sucesión de Castro tendrá que provenir de Cuba y no de Miami.

No es probable que una administración republicana acechada por un excesivo miedo a su propia derecha, sobre todo en año de elecciones, reconsidere su política hacia Cuba Pero del poder del gobierno de Estados Unidos depende detener las incursiones paramilitares que han realizado exiliados cubanos entrenados en las cercanías de Miami por Alfa 66 y otros grupos de derecha, que violan las leyes de neutralidad. Y del poder de Castro depende detener la persecución a los disidentes, realizar reformas en la economía, y dar pasos hacia la libertad política y cultural.

No está claro si Castro está dispuesto a buscar el acercamiento. Fidel sigue siendo un enigma -un tirano y un golpeador capaz de regocijarse de enviar a la cárcel a antiguos camaradas, y a pesar de todo, también un dirigente capaz de humor, encanto y energía ilimitada-. La cuestión es si este hombre elocuente, mordaz e inteligente, que en otro tiempo parecía el más flexible y elástico de los dirigentes comunistas del mundo, acabará, junto con Kim II Sung, como el último de los dinosaurios neoestalinistas.

27 de febrero, 1992

Traducción de Isabel Vericat

1 Las citas proceden de las notas que tomé entonces. Se podrá disponer de un relato completo y autorizado en James G. Blight, David A. Welch y Bruce J. Allyn, Cuba on the Brink: Fidel Castro, the Missile Crisis and the Collapse of Communism, de próxima publicación en Farrar, Straus and Giroux. El libro es una secuela de obra interior de Blight, On the Brink: American and Soviets Reexamine the Cuban Missile Crisis, 2a. edición, con David A. Welch (Farrar, Straus and Giroux, 1990), y The Shattered Crystal Ball: Fear and Learning in the Cuban Missile Crisis (Rowman and Littlefield, 1990).

2 El relato de Gribkov no encaja con el que el general Dimitri Volkogonov, historiador militar y biógrafo de Stalin, contó en la conferencia de Moscú en 1989. Cuando se le preguntó sobre esto, Gribkov contestó simplemente que Volkogonov no estaba en lo cierto. No obstante, Oleg Troyanovski dijo que era la primera vez que escuchaba esta versión, y la delegación de la autoridad para usar armas nucleares tácticas no se conoce en otros ámbitos soviéticos. Si Gribkov está en lo cierto -y como estaba en Cuba en aquel momento y no tiene razón para fingir, es probable que lo esté- entonces tal vez Krushov no conociera el acuerdo o por lo menos no apreciara las consecuencias de éste.

3 En realidad, Krushov sabía que la orden la había emitido un comandante soviético. Al parecer, la declaración en las memorias es una mala traducción del texto original.

4 El texto de la carta, tal como lo dio a conocer el gobierno cubano en diciembre de 1990 corrobora lo que Castro dice. El escribió “Si… los imperialistas invaden Cuba con el fin de ocuparla, el peligro que esta política de agresión plantea a la humanidad es tan grande que, después de este acontecimiento, la Unión Soviética no debe permitir que se den las circunstancias en las que los imperialistas puedan lanzar el primer ataque nuclear… Habría llegado el momento de eliminar este peligro para siempre mediante un acto de clara y legítima defensa, por muy violenta y terrible que fuera la solución, porque no existe otra.” (Las cursivas son mías).

5 Entre los historiadores revisionistas está de moda desdeñar la Alianza para el Progreso como relaciones públicas o como un instrumento del imperialismo norteamericano. Castro nunca fue de esta opinión. El dijo a Jean Daniel en 1963: “Era una buena idea, significaba un cierto progreso… La idea en sí constituía un esfuerzo por adaptarse al curso extraordinariamente rápido de los acontecimientos en América Latina… (Pero) las buenas ideas de Kennedy no van a tener ningún resultado”. Históricamente, proseguía Castro, los Estados Unidos se han comprometido con la oligarquía latinoamericana. “De repente, aparece en escena un presidente que trata de apoyar los intereses de otra clase (que no tiene acceso a las palancas del poder)… Los consorcios sienten un poco amenazados sus intereses… El Pentágono piensa que las bases estratégicas están en peligro; las poderosas oligarquías de todos los países latinoamericanos alertan a sus amigos norteamericanos; sabotean la nueva política, y en suma, Kennedy tiene a todos en contra suya”. Jean Daniel, “Unofficial Envoy”, The New Republic, 14 de diciembre, 1963.

Doce años después, Castro dijo algo muy parecido a Frank Mankiewicz: “Era un concepto políticamente sabio que se planteó para contener el momento de la revolución… Hay que admitir que la idea de la Alianza para el Progreso era inteligente, pero utópicas. Frank Mankiewicz y Kirby Jones, With Fidel (University of Chicago Press, 1975), pp. 200-202.

6 Además de los tres policías muertos, un cuarto, el sargento Rolando Pérez Quintosa, que había sido herido, murió en febrero. El gobierno cubano dijo que los dos hombres mataron a los policías cuando ellos y otros siete trataban de apoderarse de una embarcación en un muelle del este de la Habana, y que el sargento Pérez Quintosa sobrevivió el tiempo suficiente para identificar a sus agresores.

Tanto Radio Martí en Washington como Radio Mambí en Miami han transmitido informes que sostienen que los policías que murieron trataban de abandonar la isla y otro policía les disparó; pero los informes procedían de fuentes desconocidas y no han sido confirmados.

7 Como escribí en A Thousand Days en 1965: “La resistencia de Castro… hizo imposible la inspección de Naciones Unidas que Krushov había propuesto, y en consecuencia, Estados Unidos no cumplió la promesa recíproca de no invadir Cuba”. Houghton Mifflin, 1965, p. 833.

8 El 5 de febrero, el miembro del Congreso Robert Torricelli, de New Jersey, presentó un proyecto de ley titulado “La Ley de la democracia cubana de 1992” que acentuaría el bloqueo y penalizará a terceros países que contemplaran la inversión privada en Cuba. Los exiliados cubanos liberales no tardaron en preguntar por qué Torricelli “se había negado a escuchar el consejo y las opiniones de dirigentes de organizaciones de derechos humanos y de otros grupos disidentes” en Cuba y por qué proponía una legislación ” que estaba en conflicto con las opiniones y convicciones de aquellos a quienes él pretendía ayudar”. Elizardo Sánchez autorizó después a Ramón Cernuda, de la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional en Miami, para que se valiera de la Declaración de Buena Voluntad como base para oponerse a la ley Torricelli. 

CASTROTECA

Sobre los “errores” de la Unión Soviética. “Tuvieron logros colosales, aunque no supieran diseñar un buen par de zapatos… Prestaron atención a la investigación, pero descuidaron totalmente la aplicación de los progresos científicos y de la tecnología en muchos sectores: tuvieron que inventar muchas cosas que ya estaban inventadas; en general, su equipo usaba el excedente de acero y de energía, y no prestaron atención suficiente a la computarización, por lo menos en el campo civil… Pero éstos no son errores del sistema, son errores de administración económica… Una gran parte de aquellos recursos los absorbió la carrera armamentista. Esto podría pasar en cualquier sistema, socialista o capitalista.

“Hubo errores políticos, como el abuso de poder y el culto a la personalidad… Lo menciono sólo para que se entienda que cuando destaco los grandes logros del socialismo en aquel país, no ignoro los errores que cometieron”.

Sobre las futuras relaciones con las repúblicas de la antigua Unión Soviética. “Necesitan millones de toneladas de azúcar; en cambio, nosotros necesitamos combustible para realizar la cosecha… Si no tenemos combustible, no podemos asegurar la cosecha de azúcar, y en este caso, las consecuencias podrían ser negativas para muchos… (Esto) significaría 6 millones de toneladas de azúcar menos en el mercado mundial de 1992. (Esta evolución) no beneficiaría a Cuba, …ni a la Unión Soviética (ni) a nadie…”

Sobre el embargo de los Estados Unidos. Cuba pierde con el bloqueo, pero los Estados Unidos también pierden; nosotros, como… un país pequeño, perdemos en una proporción mucho mayor. Los Estados Unidos pierden en una proporción mucho menor, pero yo creo que pierden moral y políticamente ante el mundo, porque no hay justificación política ni moral alguna para mantener el bloqueo contra un pequeño país… Constituye una hipocresía gigantesca hablar de derechos humanos mientras se priva a una población de 11 millones de la posibilidad de adquirir medicinas y alimentos de los Estados Unidos. Esto no tuvo… ni tendrá nunca justificación, menos aún ahora, cuando no se puede hablar de Guerra Fría ni de tensiones entre el Este y el Oeste.

“Además, implica un enorme cinismo decir, como muchos dirigentes norteamericanos lo han dicho, que el comercio con Cuba no les interesa porque Cuba es un país pequeño, y si les interesa el comercio con un país comunista grande como China porque constituye un mercado enorme. Este modo de concebir la política y la ética es verdaderamente repugnante…”

Sobre la posibilidad de invitar observadores para que presencien las elecciones cubanas de 1992 (que se celebrarán de acuerdo con nuevas normas que permiten la elección directa para las asambleas principales y nacional).

“Nuestro país es reacio a esto… porque choca con nuestra dignidad.

“No podemos permitir la suposición de que seríamos capaces de hacer fraude… No podemos aceptar siquiera la idea de que el honor del Partido y del Estado se pusiera en tela de juicio o en duda… Para nosotros sería sumamente difícil aceptar una fórmula de inspección aquí, en nuestro país, porque esto es una revolución, este es un país serio, este es un proceso revolucionario serio… y por lo tanto exige respeto. Nadie va por ahí a inspeccionar las elecciones de los Estados Unidos…”

Estas opiniones de Fidel Castro son fragmentos de la entrevista que le hizo Gillian Gunn en noviembre de 1991.