La voz del comienzo

Octavio Paz: La otra voz. Poesía y fin de siglo. Seix Barral, México, 1990.

En su último ensayo, La otra voz. Poesía y fin de siglo, Octavio Paz insiste en una reflexión profunda y siempre actual que lo ha mantenido activo casi toda su vida: la poesía y su relación con el poder, el artista enfrentado primero al mundo antiguo y después a la Edad Moderna. Se trata sin duda de una constante preocupación en la que el pensamiento paziano se ha visto no sólo comprometido sino ante todo enraizado. En el origen de esa reflexión se encuentra el cambio, la velocidad, el mundo y sus vicisitudes, el progreso, la ciencia y las ideologías. Hacia el fin de siglo, Paz anuncia en vez del apocalipsis o la destrucción de la naturaleza, el renacimiento del hombre a través de la palabra.

Paz contempla el mundo y su movimiento de una manera comparativa y, para decirlo con su método, analógica. De esa observación entresaca sus postulados sobre el arte, la modernidad, la lucha entre Este y Oeste, la Revolución como parte del principio esperanza, y otros tópicos que ha ido puliendo a lo largo de varios años. Según su punto de vista, “Asistimos ahora a la quiebra de las dos ideas que han constituido a la modernidad desde su nacimiento: la visión del tiempo como sucesión lineal y progresiva orientada hacia un futuro cada vez mejor y la noción del cambio como la forma privilegiada de la sucesión temporal”.

Para Octavio Paz el poema se vuelve lugar de encuentro y soledad, ruptura del orden y sintaxis que promueve el cambio. La Comedia es un poema de largo alcance cuyo tema relata la historia del viaje de un hombre a otro mundo. Poema alegórico el de Dante con una triple alegoría: la historia de Israel, que es el origen del género humano; la historia de los Evangelios o historia de la redención y la de Dante que es la alegoría de todos los pecadores. Una historia de la salvación a través del amor, lo que representa una vinculación directa con el cristianismo primitivo.

El poema recorre la historia del hombre, se inicia en La Odisea, sigue su curso en La Divina Comedia, pasa por la tradición romántica y desemboca impetuosamente en la modernidad. En este trayecto debe citarse una subversión, una ironía que es al mismo tiempo caída y melancolía: Lucifer, el ángel caído, el lucero del alba, el porta-antorcha que rompe la oscuridad es motivo literario, desengaño. Fascinó a los románticos como puede verse en el poema de Hugo El fin de Satán, donde el ángel rebelde, dice Paz, en su infinita caída abandona una pluma “Tocada por el ojo de Dios, esa pluma se convierte en el ángel Libertad”.

Después de desterrar la oposición entre bien y mal, Dios y Lucifer, paganismo y cristianismo, caída y redención del hombre, el poema se hizo carne. Es decir, incursionó en su propio destinatario: el poeta. Whitman “no habla de las vicisitudes de su vida sino de su ser mismo. El poeta canta a un yo que es un tú y un él y un nosotros”. El Canto a mí mismo no nos cuenta la historia de un héroe legendario, recoge el tema romántico del poeta como asunto del poema. Es un cosmos y al mismo tiempo un parpadeo de la cotidianidad. “Poema de la reconciliación de las potencias enemigas: el cuerpo y el alma, el presente y el pasado, el yo y el tú, el blanco y el negro, el hombre y la mujer, lo alto y lo bajo”. Es un Canto que cierra la modernidad y abre el tiempo de otra, la que estamos viviendo. Eso parece decisivo en Paz: los tiempos que se suceden como esferas históricas que no pueden controlar la voluntad ni el pensamiento de los hombres. Es una idea vieja a la que acude muy a menudo.

Rainer María Rilke

¿Sigue vigente la importancia del poeta como la del rapsoda que cantaba la épica de La Odisea?, y más aún, ¿quiénes leen poesía en nuestro tiempo?, son algunas de las preguntas que Paz trata de responder con claridad y sinceridad. Paz cree en el valor de la poesía, le reconoce un poder ilimitado y sufre cuando comprueba que el mundo moderno, este vértigo circular que amenaza al hombre, pierde cada día el interés o la sensibilidad por el poema.

Cuando Paz dice que en el comienzo de nuestra civilización los poemas eran recitados y cantados, y que a los adolescentes en la Grecia clásica les enseñaban poesía como hoy se enseña aritmética, quiere recordar el valor intrínseco que tuvo la poesía. Cuando asegura que un trovador o juglar cantaba o leía la poesía en voz alta, en las casas patricias ante un grupo escogido de familiares, cortesanos o ante el pueblo que se conglomeraba en las plazas, quiere restaurar el orden frente al caos. Quiere, en un tono de gran idealista, convertir al mundo deshumanizado y esquemático del siglo XX en un convoy de ida y vuelta, con una ruta certera de su destino.

Los lectores de poesía han existido siempre, al menos desde que el hombre dejó de ser nómada. “La recitación a la luz de la hoguera de poemas que contaban el origen del mundo y de la etnia, hacía más viva esta relación y, en un sentido estricto, la realizaba, la hacía real. La tribu se convertía, por una hora o dos, en una verdadera comunidad poética que abarcaba a los vivos y a los muertos”. La poesía en sus orígenes más remotos fue soporte de la vida, aliciente en la desesperanza, ilusión y encantamiento. Se identificaba con la religión, la ciencia y la magia, el canto y la danza. A medida que cada arte se fue separando de su unidad, la poesía se particularizó. De todas maneras, su función ha sido invariable: “los hombres se reconocen en las obras de arte porque éstas les ofrecen imágenes de su escondida totalidad. Incluso cuando expresan la dispersión y la atomización de las sociedades y de los individuos, como ocurre con la poesía y la novela modernas, son un emblema de la perdida comunidad”.

Stéphane Mallarmé

Paz se ha pasado la vida tratando de descifrar el sentido último y primero de la poesía. Vocación inalterable, ejercicio de la inteligencia, búsqueda insaciable, la de Paz no es repetición de asuntos sino un trabajo de fondo mediante el cual ha intentado contagiar a su época de la misma enfermedad: la pasión por la poesía.

No existen definiciones de poesía. Paz ofrece una visión extensa, histórica, crítica de esa palabra que lleva en los labios como el físico las matemáticas y responde a los que creen que la poesía tiende a desaparecer, a convertirse en una antigualla porque es un género cada vez con menos lectores. Entonces acepta que las ediciones de los libros de poesía fueron costeadas por sus propios autores y casi siempre de pocos ejemplares. Baudelaire, Hugo, Eluard, y muchos otros, fueron castigados en ese sentido. En algunas épocas la poesía fue un privilegio de minorías. Poco importa. Lo que debe tomarse en cuenta es la revolución de las ideas que esas obras produjeron. “Cada nueva obra poética desafía a la comprensión y al gusto del público; para gozarla, el lector debe aprender su vocabulario y asimilar su sintaxis. La operación consiste en un desaprendizaje de lo conocido y un aprendizaje de lo nuevo; el desaprendizaje-aprendizaje implica una renovación íntima. un cambio de sensibilidad y de visión”.

Paz llega a las entrañas del ser poético, al que le pide cuentas y le exige una reconciliación con las ideologías totalizadoras que han olvidado muchas veces que los grandes hombres de la política cultivaron la poesía con frenesí. Por eso se pregunta cuál puede ser la contribución de la poesía en la reconstitución de un nuevo pensamiento político. En las escuelas donde se enseña ciencias políticas y sociales debería enseñarse asimismo la lectura obligatoria de Esquilo y de Shakespeare. Humanizar a los hombres, humanizar la doctrina política de nuestros días, humanizar las ciencias, despertar la imaginación a cada instante, agilizar las relaciones privadas, sentimentales y amorosas. Rendirse ante la conciencia del hecho poético como se hizo en la antigüedad es el ideal paziano.

W. B. Yeats

Paz comparte la idea de que toda obra de arte nace en las profundidades más misteriosas y se desarrolla con la ayuda de fuerzas que frecuentemente son inaccesibles a la conciencia del poeta. Ciertos periodos históricos han convertido a la poesía en manifiesto, en sustancia propia de lo que se llama “espíritu de la época”.

Baste recordar que los jóvenes del siglo XVIII vieron en el Werther la glorificación del suicidio como solución para un amor desgraciado, o que Madame Bovary fue considerada la apología del adulterio. Es innegable que éstas han sido malas lecturas de la obra literaria pero la huella que dejaron más que lección parece una constante en la historia de la literatura. Paz rechaza todo didactismo de ciertas obras marcadas por su tendencia porque han reducido el fenómeno literario a mera ideología; el hecho poético rebasa las recetas. No se trata entonces del rechazo categórico. Es la conclusión a la que llega un viejo marinero después de haber visto innumerables tempestades en sus travesías.

En todas las épocas la poesía ha ayudado al hombre en su lucha diaria por la sobrevivencia. Ciudadano, patricio, équite, mandarín “eran educados y modelados en una tradición poética que inspiraba tanto sus discursos como sus actos”. La influencia de la poesía era abarcadora, se extendía al estudiante, al profesor, al político y al empresario, al comerciante y al hombre de la calle. “Los poetas nos ayudaron a conocer las pasiones y, así, a conocernos a nosotros mismos: la envidia, la sensualidad, la crueldad, la hipocresía y, en fin, todas las complejidades del alma humana”. Pero el peligro ha llegado demasiado pronto y con inusitada fuerza: el cientismo ha ido desterrando a las humanidades, la universidad convertida en claustro ideológico y coto del saber político y social fue directamente a su objetivo: destruir el humanismo. Paz ve con impaciencia este desgaste entre desarrollo y cultivo del espíritu; cree en la restauración de las generaciones jóvenes a pesar del constante asedio a que están sometidas. La destrucción de la imaginación es una realidad y también un fantasma que nubla al mundo contemporáneo. Paz mira con asombro esta marcha hacia el futuro y se pregunta una y otra vez si quienes la conducen saben lo que están haciendo y conocen los alcances de su precipitada acción.

Después de leer las observaciones de Paz, uno tiene la impresión de que su verdadero interés ha sido escribir sobre la poesía y su condición de enlace entre una tradición y otra, de vehículo transmisor del pasado, revelador del presente que nos remite también al futuro. El poeta se encarga de elegir lo que su lector ideal, su diálogo necesario con las generaciones, es capaz de conocer. “Todos los poetas han soñado con un lector ideal: su lector”. Pero ahora ese lector se ha escindido por la cultura de masas y los medios de comunicación que propician el alejamiento de la realidad. Vivimos bajo el dominio de las sensaciones rápidas y violentas, nuestra voluntad no nos pertenece del todo. Nos movemos o sólo damos vueltas bajo la misma noria de la historia. “El pasado se pierde y el futuro se esfuma; a su vez, el presente se aguza en instante: los tres tiempos son una exhalación. El instante estalla y se disipa”. La virtud de esta prosa fluida y lenta es que juega con las luces de la poesía; va al pasado, cita obras y nombres, los interpreta y los desempolva, los revitaliza, es decir, los hace material poético.

Charles Baudelaire

Dice Paz que “los poetas han sido la memoria de sus pueblos”. A través de las palabras, el poeta recrea el mundo y se vuelve parte de él, de ahí que sea una rara tautología hablar del artista o del arte comprometido como si no fuera una premisa sine qua non; y lo que Paz promueve de una manera sistemática es una lectura abarcadora que sea capaz de instaurar una verdadera comunión entre arte y sociedad, entre obra y lector. Lo que se creyó en el siglo XVIII de que a toda obra poética era inherente una función didáctica es refutado una y otra vez por la estética paziana. También descarta la idea de que en todo proceso creador, el punto de partida es una idea abstracta, moralizadora; según esta tesis, el artista debía buscar la materia conveniente y trabajarla de acuerdo a las reglas establecidas.

Es otro el pensamiento poético de Paz. La poesía encierra un misterio, descifrarlo es una empresa difícil, homérica, a veces imposible. En el intento se pone en circulación la crítica y toda la energía intelectual del hombre. El artista desconoce muchas veces el alcance de su obra. Goethe ofrece la respuesta en sus conversaciones con Eckermann en 1827: “Me pregunta cuál es la idea que quise encarnar en mi Fausto. íComo si yo mismo lo supiera y pudiera explicarlo! Tal vez, con gran esfuerzo, pudiéramos sintetizarla así: Del Cielo, a través del mundo, hasta el infierno”. Y termina con esta idea rectora: “Cuanto más inconmensurable, cuanto más incomprensible sea una producción poética, tanto mejor…”

El otro ángulo de estas reflexiones de La otra voz. Poesía y fin de siglo se encuentra en la certeza de que las sociedades contemporáneas deben volver a la idea central de la Revolución francesa, sintetizada en las palabras Libertad, Igualdad y Fraternidad. Volver asimismo a los orígenes de la independencia de los Estados Unidos. Paz toma esos dos fenómenos fundadores de la modernidad como eje de su postulado político y social. Olvidarlos parece una herejía, luchar para cumplirlos sigue siendo el desafío mayor de los países capitalistas y de los socialistas que hace poco han surgido a la discusión como la URSS y la Europa del Este. Paz ubica el problema en la fraternidad: ¿cómo propiciar su advenimiento en un mundo dividido por el mercado y la competencia? Como buen creyente en el mundo futuro, Paz se inscribe en esa tradición humanista que se inauguró en México a principios de siglo con Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, José Vasconcelos, por citar tres nombres destacados. Al finalizar el siglo, regresa al viejo ideal -siempre moderno- que promueve por sobre todas las cosas, y bajo cualquier circunstancia, alimentar el espíritu, acudir al reino de la poesía como norma cotidiana y aprendizaje indispensable.

En un tiempo los lectores de poesía fueron los gobernantes, hoy es un mercado amplio, en ascenso, difícilmente localizable. Paz ve en los talleres, en las lecturas en público o por radio y televisión, un vasto horizonte para la poesía y el poeta de fin de siglo. En este sentido hay que rechazar la idea de que la poesía en la actualidad se encuentra enferma y pálida, lo que anuncia su muerte irremediable. No, Paz no encuentra ahí el dilema, sino en la convulsión del mundo, en sus encrucijadas, en la pobreza espiritual de los dirigentes políticos. Para él sigue vigente el poeta, el trovador que con su canto endulza el alma de quienes lo escuchan. “Poetas vagabundos por los cuatro confines y poetas que nunca han abandonado su ciudad, su barrio y su cuarto, todos han oído, no afuera sino adentro de ellos mismos (trueno, borborigmo, chorro de agua) la otra voz”. La voz de allá, la del comienzo, dice Paz, la que late en el fondo de la humanidad y se concretiza en los individuos. No es la voz del inconsciente, ni la de ultratumba, sino la que se encuentra dormida en cada ser humano. Cada libro de Paz es una enseñanza, una apuesta por recuperar la imaginación y agregar algo nuevo. Viene a propósito esta frase de Italo Calvino: “Un gran libro tiene valor no tanto porque nos enseña a conocer a un individuo determinado, sino porque nos presenta un nuevo modo de comprender la vida humana, aplicable a los demás, que también podemos utilizar para conocernos nosotros mismos”.