CUADERNO DE NEXOS

Un Golfo de sobremesa

Luis Miguel Aguilar. Escritor. Su último libro es Todo lo que sé (Cal y arena, 1990).

No soy experto en el Golfo Pérsico pero sí en sobremesas mexicanas, y las más recientes me indican que se reafirman dos de nuestras proclividades elementales: la obligación de tomar partido y la toma de partido por el débil.

Recuerdo un espejo, recuerdo habernos visto ya en unas líneas que el escritor Ryszard Kapuscinski dedicó a Polonia: “Un hombre de componendas, un hombre elástico: el tipo de hombre que no nos gusta; decimos que es ambiguo. En Polonia un hombre debe ser una sola cosa: blanco o negro, aquí o allá, con nosotros o contra nosotros: claramente, abiertamente, sin dubitaciones. Nuestra visión es maniquea: vemos de frente. Nos sentimos inquietos cuando el cuadro de contrastes se altera. Carecemos de la tradición liberal, democrática, rica en todas sus graduaciones. En vez de eso tenemos la tradición de lucha: la situación extrema, el gesto final”. Así con nosotros.

En las sobremesas mexicanas alrededor del Pérsico, quienes creen que tomar partido es precisamente lo que no procede, pasan a ser bushiítas automáticos. Quienes creen que en esta guerra no hay un débil por el cual inclinarse, pasan a ser cómplices inmediatos de la invasión a Panamá, de la prepotencia imperial, de los votos a discreción del Consejo de Seguridad de la ONU, de haber armado a Hussein cuando Jomeini era el diablo, de la hipocresía de quien dice que va a liberar a un país invadido y en realidad va por buches de petróleo, incluso del peculiar estilo informativo de la ya perimida Erika Vexler, la corresponsal del noticiero 24 horas en Tel Aviv, al inicio de la guerra.

Los villanos son parte básica de nuestra canasta mental: el América en el futbol, el PRI en la política, la rica en la telenovela, Estados Unidos en las naciones. No se les discute punto por punto: son villanos redondos, inapelables. Sólo el América es favorecido por los árbitros, sólo el PRI hace fraudes, sólo la rica tiene intenciones impublicables, sólo Estados Unidos tiene el chancro bélico o, en este caso, Irak tiene atendibles motivos históricos; Estados Unidos, meros intereses.

De todas las historias bíblicas, nos encanta la de David y Goliat, y la adaptamos cada vez. Ahora son Hussein y Bush. Olvidamos que un belicista menos poderoso no va cargado de razón por el hecho de enfrentarse a un belicista más poderoso. Sin embargo, como buen mexicano, en la sobremesa uno también opta por el débil.

Encuentro al árabe débil en la canción “Salam Rashid” del último disco de Joan Manuel Serrat, Material sensible (por cierto, con un formidable acompañamiento a la guitarra de Paco de Lucía). La canción es un homenaje a los árabes braceros en Europa, los que se la pasan haciendo cola en los juzgados, los que siempre serán culpables sin importar el juez, los que son “el camello, el pecado, la fulana”, los “sobrevivientes de prisiones y palizas”, la “carne de subterráneo y de conquista”, la “cuña exacta para que no se tambaleé la mesa de la fiesta” occidental. El árabe al que los patrones y los xenófobos europeos le pasarán varias facturas más durante y después de la guerra en el Pérsico.

Mañana para ti sonreirá la Mona Lisa,

el Louvre te servirá de nevera,

las catedrales alternarán la misa

con el Corán y las danzas bereberes.

Pero mientras tanto, Europa sigue en lo suyo

y lleva las macanas envueltas en banderas,

Salam Rashid.

George Bush será todo lo inaceptable que quiera la siguiente sobremesa, pero Saddam Hussein no es Salam Rashid.