CUADERNO DE NEXOS

La guerra y el acuerdo

Gabriel Székely es director adjunto del Centro de Estudios Mexico-Norteamericanos de la Universidad de California en San Diego.

Al leer estas líneas que fueron elaboradas “el día de la amistad” en Estados Unidos, el lector probablemente conocerá la respuesta a muchas preguntas. Ha llegado el momento escalofriante que lleva a la decisión de comenzar la campaña militar por tierra y la lucha cuerpo a cuerpo en Kuwait e Irak. Esto se ha dado en un momento en que el primer gran escándalo de la guerra fue transmitido en las pantallas de televisión de los países industrializados: la masacre de civiles en Bagdad.

La “guerra limpia” donde la fabulosa tecnología moderna permite atacar sólo blancos militares del enemigo, sin grandes daños a los civiles, quienes hay que suponer que son víctimas inocentes de los designios de un dictador, era quizá sólo una ilusión. Es probable que Saddam Hussein tuviera equipo e instalaciones militares escondidos en edificios donde, además, se daba albergue a civiles. Si bien esto es deleznable, interesa destacar el efecto de este hecho: ha comenzado a despertar a una opinión pública que del shock de los primeros días de la guerra, pasó a una actitud de cierta complacencia. En especial en Estados Unidos, ha sido causa de enorme preocupación la ausencia de un debate profundo sobre las acciones que se llevan a cabo, los objetivos a cumplir y los retos para establecer un nuevo orden en la región una vez terminada la guerra.

En contraste, la opinión pública recibe abrumadora información sobre los últimos desarrollos en el campo de batalla y los planes inmediatos a realizar. Luego de que fue evidente que la guerra no duraría unos cuantos días, el argumento cotidiano es que resultó necesario destruir el cincuenta por ciento del aparato militar iraquí antes de aventurarse a iniciar la campaña terrestre. Todos los cálculos indicaban que esto se lograría hacia finales de febrero a más tardar.

Es importante que este cálculo sea correcto, pues se estima que con un ejército debilitado y una fuerza aérea iraquí prácticamente inutilizada, la campaña resultará en un número de bajas “tolerable” para la opinión estadunidense.

A los políticos de Estados Unidos también les preocupa que un inicio tardío de esta fase de la campaña podría resultar en que otros desarrollos le hicieran difícil participar en acciones terrestres a miembros de la coalición militar original.

Sobre todo, si Israel sigue siendo blanco de ataques de cohetes y decide responder con acciones bélicas para defender a su población, como lo haría cualquier nación en su lugar, no es fácil predecir la respuesta de “aliados” como Siria, o de vecinos como Irán, Jordania y otros.

Al mismo tiempo, a los comandantes les preocupa el cansancio de las tropas, producto de una estancia inesperadamente prolongada en el campo de batalla. Para muchos ha llegado el momento de actuar y de regresar a casa.

Miles de soldados, sin embargo, no regresarán nunca con los suyos. Peor aún, no hay certeza de que se mantendrá el apoyo político de que goza el Presidente Bush dentro y fuera del país si la guerra se prolonga. Las encuestas en Estados Unidos aún indican que dos terceras partes de los auscultados aprueban las acciones llevadas a cabo. Pero instituciones importantes del establishment de la política exterior en Washington y Nueva York han comenzado a cuestionar el objetivo de acabar con Hussein, que va más allá de la decisión original de expulsar a Irak de Kuwait.

El Secretario de Estado James Baker argumenta que las recientes críticas soviéticas a Estados Unidos responden a necesidades políticas internas del Presidente Gorbachov. Pero también es probable que la Unión Soviética esté ya pensando en cómo podrá jugar un papel en el establecimiento de un nuevo orden de post-guerra en la región. Aunque su participación directa en el conflicto ha sido nula.

La respuesta a muchas preguntas sobre el conflicto dependerá de los resultados de la fase de la campaña que involucrará el uso masivo de tanques, naves anfibias de asalto, y más de un millón de soldados de los países involucrados en la guerra. Si bien hemos presenciado elementos importantes de una confrontación bélica como nos imaginamos que podría darse en el siglo XXI, el resultado final dependerá de elementos más tradicionales como en las guerras de todos los tiempos. Mas allá de la tecnología militar, no está claro hasta hoy cuáles serán los elementos que den al ganador en el campo de batalla la victoria decisiva desde el punto de vista político.

Hay que dar la mejor bienvenida posible a Canadá, que participará junto con México y Estados Unidos en el esfuerzo por establecer una nueva economía de libre comercio en la América del Norte continental. ¿Cuáles son las principales aportaciones que podrán hacer los canadienses a las negociaciones, y en qué áreas pueden representar un problema para sus dos vecinos del sur?

La respuesta depende de la perspectiva de los negociadores y de si ésta corresponde a lo que demanda la sociedad. Por un lado, es cierto que un Acuerdo de Libre Comercio no puede incluir todos los temas y resolver problemas que no han sido atendidos por muchos años, como es el caso de la migración de mano de obra mexicana. Pero para un sector muy importante de la opinión pública, temas como la protección efectiva del medio ambiente o la inclusión de compromisos que busquen una mejoría de las condiciones de vida de los trabajadores no pueden dejarse de lado por completo.

En relación con estos dos últimos temas, si la actitud de los negociadores es abierta y conciliadora entonces será más fácil responder a las preocupaciones canadienses. Es en este último país, y no en México o Estados Unidos, donde los sindicatos están más fuertes y los partidos de oposición son más efectivos, e insistirán en la discusión de estos aspectos. Muchos grupos importantes de Estados Unidos insistirán también en compromisos del gobierno de México para invertir recursos y hacer cumplir las leyes de protección ambiental que ya existen. Recordemos que en Canadá el gobierno de Mulroney pasó una muy difícil prueba para lograr en un referéndum que se ratificara el Acuerdo firmado con Estados Unidos. Es importante que se responda a estas preocupaciones canadienses, y se podrían por tanto sentar las bases para tomar medidas concretas en el futuro.

Si la actitud es cerrada, sin embargo, los canadienses presionados por la opinión pública de su país podrían “echar a perder la fiesta”. No sólo respecto a los temas mencionados, sino en otras áreas donde Canadá siente que puede perder beneficios que esperaba de su Acuerdo con Estados Unidos en donde no se preveía la participación de México. Me refiero a industrias específicas como la de automóviles, o a temas más amplios como las “reglas de origen”, que en base a la proporción de insumos locales utilizados, definen si el producto final de una firma es nacional, y debe gozar trato preferencial. O, si tal proporción es baja, si debe ser tratado como un producto importado y pagar aranceles al enviarse de un país miembro del Acuerdo a otro.

La participación canadiense ofrece oportunidades pero puede también complicar las negociaciones.