CUADERNO DE NEXOS

El Japón y los braceros de colores

Silvia Novelo. Profesora invitada en la Universidad de Estudios Extranjeros de Tokio.

La xenofobia en Japón ha aparecido en periodos transicionales y va siempre ligado, de alguna manera, a la política interna y externa del país.

Como es bien sabido, desde tiempos remotos Japón guardó una estrecha relación con el exterior, en particular con sus vecinos más inmediatos en el continente, China y Corea, de cuyo contacto adquirió información y adoptó la que mejor convenía a sus intereses y necesidades.

Alrededor de 1542 los portugueses llegaron a Japón con las armas de fuego, pero un siglo después fueron expulsados bajo sospecha de participar en una rebelión de campesinos cristianos, pues ya en 1549 había desembarcado en costas japonesas Francisco Javier, al frente de la primera misión jesuita, que fue seguida por la de los franciscanos y posteriormente por las de los dominicos y agustinos.

Sin embargo, en 1639, los gobernantes Tokugawa deciden interrumpir las relaciones de Japón con los europeos, parcialmente porque éstas ofrecían a los disidentes japoneses la posibilidad de aliarse con alguna fuerza militar ajena al Bakufu (gobierno central), parcialmente porque éstos habían abierto Japón a la “corrupción” a través de las ideas del cristianismo.

Tal decisión inauguró la política aislacionista del país (sakoku), que habría de prolongarse hasta 1854. Sólo holandeses y chinos tuvieron derecho a comerciar dentro de límites perfectamente establecidos y bajo la consigna de mantener informado al Bakufu sobre los sucesos más recientes en Europa y Asia.

En los años inmediatos a la apertura de sus puertos, hubo en Japón una buena dosis de violencia en contra de los extranjeros. Los largos años de aislamiento con el exterior -casi doscientos cincuenta- dieron fuerza a un sentido etnocentrista de superioridad cultural hacia todos los otros pueblos del mundo: los bárbaros, porque como dijo Hirata Atsutane en 1811:

…Japón es la tierra de los dioses y nosotros sus descendientes …los japoneses diferimos completamente y somos superiores a la gente de China, India, Rusia, Holanda, Siam, Camboya y de todos los demás países del mundo.

La guerra del opio en China (1840) y la creciente presión extranjera encabezada por flotas estadunidenses, británicas y rusas, fueron signos inconfundibles de la proximidad del peligro blanco (hakka), y los funcionarios del Bakufu tuvieron que reconsiderar la posición de Japón con el resto del mundo; se vieron obligados a establecer contacto oficial a través de la firma de convenios que en poco tiempo tomarían la forma de tratados comerciales y de navegación.

Por otra parte, Matsukata Masayoshi, en su calidad de Ministro de Finanzas, fue el autor intelectual de la deflación de 1882, una de las causas de la ruina y la miseria en el campo japonés, que en 1884 originó la emigración masiva de campesinos japoneses a tierras ignotas, principalmente Perú (1899) y Brasil (1908).

Hoy, a casi cien años de distancia, los descendientes de aquellos emigrantes, cuya vida en tierras sudamericanas no ha sido menos dura de lo que lo fuera en la propia, han comenzado a retornar a la madre patria.

Hoy, a pesar de los cincuenta meses de crecimiento económico consecutivo, la escasez de mano de obra ha comenzado a pinchar las gruesas arterias comerciales de la nación japonesa.

La industria de la construcción, en particular, enfrenta una severa escasez de mano de obra, debida entre otras cosas, a que los jóvenes se niegan ya al desempeño de un trabajo duro (kitsui), peligroso (kiken) y sucio (kitanai). (Refrito del inglés: trabajo dirty, dangerous and difficult).

En octubre del noventa, cincuenta y un compañías se declararon en bancarrota por la misma causa (cinco veces las habidas entre enero y octubre del ochenta y ocho). La reforma a la ley migratoria, efectuada por el gobierno japonés el día primero de junio de 1990, fue la causa de que al menos veinticinco mil trabajadores “ilegales”, asiáticos en su mayoría, salieran del país.

No obstante, el vacío que dejó aquel éxodo lo ha comenzado a cubrir una interminable corriente de latinoamericanos de ascendencia japonesa. Son los nikkei-jin, que gozan de una visa especial y para quienes la madre patria representa hoy la clave para hacer una fortuna considerable y, además, en poco tiempo.

Durante el segundo semestre del noventa, entre treinta y cincuenta mil hombres y mujeres latinoamericanos, atraídos por los altos salarios, llegaron a Japón para trabajar. Pero este flujo parece aún insuficiente en la solución del problema. Algunos fabricantes han instalado más robots y computadoras con el fin de reemplazar a sus trabajadores, y tanto hombres como mujeres ya retirados, que se encuentran entre los sesenta y sesenta y cinco años de edad, han comenzado a ser objeto de gran demanda.

En diciembre de 1990, un reporte del Banco Dai-Ichi Kangyo señalaba que bajo las actuales condiciones, y si los empleados trabajan mil ochocientas horas al año, Japón requerirá de un millón seiscientos mil trabajadores extranjeros para mantener un crecimiento económico del 4% para el año 2000.

En Japón, las relaciones obrero-patronales no se explican en términos contractuales. La actitud del patrón refleja la idea de que “la empresa es su propia gente”. Los patrones no emplean la mano de obra de un individuo, sino que emplean al individuo en su totalidad. Esta tendencia puede observarse en la administración empresarial japonesa desde fines del periodo Meiji (1868-1912) hasta nuestros días.

A fines de la Segunda Guerra Mundial comenzó a ponerse en práctica el sistema regular de empleo, en el que un número considerable de jóvenes recién egresados de la universidad eran reclutados por las grandes compañías. Y precisamente estos métodos de reclutamiento allanaron el camino hacia el sistema de “empleo de por vida”.

Los hijos pródigos de Japón han venido a gozar de las ventajas de este sistema sin que su compromiso sea, en realidad, de por vida. Desde hace ya tres años y medio comenzó en Japón la formación de bolsas de trabajo para los nikkei-jin, que manejan más o menos quinientos empleados a la vez, y a los que suelen enviar a las provincias de Shizuoka, Aichi o Mie para laborar en el ensamblaje de partes automotrices o en las fábricas de instrumentos musicales, cuyas primeras etapas de fabricación no requieren de mano de obra especializada.

Pero no todo son ventajas. Los rasgos físicos japoneses de los nikkei-jin no los hacen miembros de esta sociedad ni de esta cultura, y no están capacitados, tampoco, para corresponder a las exigencias de sus patrones.

Además del obstáculo del idioma, empleado y empleador deben enfrentar o sobrellevar una serie de problemas que van desde las infracciones en los contratos, la renovación del visado, los retrasos en los cobros o en los pagos, los seguros laborales, los conflictos con las bolsas de trabajo, los accidentes de trabajo o las neurosis -que han acarreado ya varios suicidios-, hasta la incapacidad de guarderías y escuelas para absorber a tantos niños que, por añadidura, desconocen el idioma.

En Japón, los movimientos populares han tenido siempre un carácter sumamente nacionalista. Hasta ahora, las demandas de los obreros no han incluido a filipinos, tailandeses o coreanos y, aunque todavía en estado embrionario, la nueva amenaza extranjera” en Japón, la presencia cada vez más numerosa de un nuevo tipo de obreros extranjeros, los nikkei- jin, quizá habrá de requerir de importantes cambios políticos internos y de la adopción de usos y costumbres totalmente distintos a los suyos, como hace ya más de un siglo.