“Aquí comienza la muy cruel y aterradora historia de un hombre salvaje y sanguinario, el príncipe Drácula”. Estas palabras, escritas por un autor anónimo y publicadas por Ambrosius Huber en Nuremberg en 1499 (¡un primer juicio de Nuremberg de crímenes contra la humanidad!), disfrutarían de una larga carrera: tanto por los expresivos grabados que las acompañaban como por su extraordinario contenido. “Cómo empalaba personas y las asaba y ponía a hervir sus cabezas y las despellejaba y las partía en trozos como calabazas”. Aquí puede verse el doble nacimiento del género de terror y el panfleto político. Un año después, en 1550, en Estrasburgo, se publico otro folleto, también ilustrado “sobre el feroz príncipe Drácula”, reforzando y definiendo de manera más clara la nueva corriente literaria: el vampirismo, que habría de permanecer inactivo por varios siglos, en espera de Bram Stoker.

“Sade era un surrealista en sadismo” dice Breton en su Manifesto del surrealismo. El voivode (príncipe) rumano ¿podría haber sido un surrealista en vampirismo? ¿O más bien Stoker un surrealista en Drácula? Se ha comprobado que el escritor anglo-irlandés sin duda conocía a Vlad Tepes, el gobernador de la Walachia medieval, y las circunstancias de algunas de sus actividades en Transilvania. Pero la novela de Stoker convirtió a su personaje principal en el indispensable príncipe del horror, de lo aterrador y lo asombroso.

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El verdadero Tepes era una figura triste y desdichada. Su desdicha provenía del hecho de que, el informe buscaba hacer feliz a su pueblo, sólo le traía destrucción y miseria. Su país quedó en ruinas, la disciplina del miedo y la muerte gobernaban por sobre todo. Pero Tepes era también un príncipe irónico. Se burlaba de sus víctimas empaladas, escuchando con gran interés su agonía verbal. Pensé en ese príncipe loco, teniendo que diagnosticar a diario su enfermedad, en una de sus muchas formas, durante unos veinte años. Yo lo trataba con humor. El me trataba con terror. Mis relaciones con el mito de Drácula datan del día en que empecé a sentir miedo: miedo de la historia que se cernía cada vez más absurda y aterradoramente sobre mí. El terror se había instalado en Rumania. Pensé entonces en intentar analizar la pesadilla que nos envolvía como una mortaja, en ver de dónde provenía el ponzoñoso mal y hacia dónde se filtraba. Según yo la historia era la culpable, y mis dramas históricos de esta época —The Cold y The Third Stake—, fueron una especie de “exorcismo del mal”. Uno lo describe con el fin de superarlo, de volverlo inofensivo. Había planeado tres intentos respecto al mito de Drácula —una trilogía de teatro, enfrentando a la realidad que nos atormentaba todos los días—. Pensé que era el primero en sugerir, con mi insistencia en Vlad Drácula, cierta similitud entre éste último y el entonces dictador de Rumania quien para muchos políticos de Occidente parecía ser una figura positiva en Europa oriental. Los rumanos, sin embargo, le temían, y empezaron a circular rumores de que no estaba “en su juicio”. Escribí The Third Stake en 1969. Fue sólo más tarde, después de que circuló el manuscrito, que un amigo de Chronicle, una revista publicada en Iasi, tuvo el valor de recomendar la publicación de un fragmento y éste apareció puntualmente. La censura era en ese tiempo muy estricta, pues en 1971 aparecieron las infames “tesis culturales” de Ceausescu, tomadas de las de Mao. El diálogo entre las dos personas empaladas, un turco y un rumano, que discuten abiertamente de política y de “la situación” provocaron un escándalo. Se alertó a la Securitate, se retiró la revista de la circulación, y se castigó a su consejo editorial. El director, Liviu Ciulei, dio una lectura clandestina de la obra en el teatro Lucia Sturdza Bulandra de Bucarest. Más tarde se quedó sin trabajo y tuvo que exiliarse. Pese a la prohibición, el actor Ion Caramitru logró producir la obra en el instituto de dramaturgia en Bucarest, y fue él también quien la escenificó después en el teatro Lucia Sturdza Bulandra. El censor, sin embargo, cortó todos los diálogos que provocaban risas, y en las numerosas “visitas” oficiales los actores omitían las líneas peligrosas.

En 1981, cuando fui investigado por formar parte de la “Trama” de Meditación Trascendental, varias líneas de The Third Stake, The Cold y There Are Nerves estaban subrayadas con rojo en mi archivo de la Securitate. Por medio de ellas el psiquiatra de la Securitate intentaba demostrar que yo sufría de “un síndrome maniático de socialismo denigrante y burla del jefe de Estado”. Esto es lo que produce una paranoia a nivel presidencial. Era imposible no pensar en Drácula.

Obviamente, el verdadero Vlad Tepes me interesaba más en mi obra como un intento por lograr una creación teatral y no una copia de la historia o un simple panfleto. (El mito de Drácula no es típicamente rumano como el mito folclórico de Mesterul Manole. Más bien tiene un carácter literario internacional. Desafortunadamente nuestra historia ha sido tan a menudo aterradora que Drácula, con toda su atmósfera de miedo y terror, ha llegado a parecer auténticamente rumano.) He sido incapaz de escribir la tercera parte de la trilogía. Eso explica por qué leo el libro de Radu R. Florescu y Raymond T. McNally (Dracula, Prince of Many Faces: His Life and Times, Little, Brown. 261 pp.) con especial interés. El último de una serie de libros sobre Drácula escrito por estos autores, afirma —después de una investigación de casi toda la vida— que la leyenda de Drácula en efecto “encaja” con Vlad Tepes, el feroz príncipe walachiano. En él redescubrí la atmósfera familiar, y muchas otras cosas.

En un ensayo sobre literatura fantástica (el prólogo a la Anthologie du fantastique, Gallimard, 1966), Roger Caillois enfatizó el terror que produce lo sobrenatural en obras de este género, al hacer “una grieta en el orden universal”. Lo milagroso, insiste, se vuelve un acto de agresión amenazador, prohibido, que destruye la estabilidad del mundo, con sus supuestas leyes rigurosas e inmutables.

Florescu y MacNally, que son historiadores más que vampirólogos, no se aventuran en una, ¿cómo decirlo?, supra especulación histórica. La vida y los actos de Vlad Tepes se analizan a fondo y están sujetos a un examen crítico exhaustivo. El héroe, visto con obstinada simpatía, está tomado de crónicas y de los historiadores rumanos (Xenopol, Iorga, Giurescu), de comentarios de historiógrafos extranjeros, del folclor, de inscripciones y monedas, de batallas y expediciones, de la vida pública y privada, de panfletos, rumores y chismes. Sus muchas facetas se reconstruyen cuidadosamente.

Vlad Tepes provoca reacciones contradictorias y en eso reside su capacidad de desafiar el tiempo. Provoca lástima como príncipe de un país pequeño que se encuentra a sí mismo devorado por un gran vecino en la cima de su expansión militar. (Accedió al trono walachiano en 1456, tres años después de la caída de Bizancio). Se le admira por su valentía al enfrentar al poderoso Mehmed II. Y ante todo reina un inquietante sentimiento de miedo, temor, horror y terror debido a los terribles castigos que inflige. La quema o la destrucción de algunos lugares de su natal Transilvania no fue menos violenta y total que el “simple” castigo de los 20,000 “excursionistas” otomanos que habían llegado a ver las bellezas arquitectónicas de Tirgoviste. Fueron empalados en estacas de diversos tamaños cerca de su codiciada capital. En las jaulas de las víctimas en vías de pudrición los cuervos y los buitres —dicen las crónicas— hacían sus nidos. Cuando el mismo Mehmed II llegó al lugar, encabezando un gran ejército, lo recibió un siniestro aleteo de plumas negras, de mal agüero.

La vida de Tepes transcurrió bajo el signo de la muerte. Alrededor de él, la muerte es la gran presencia. Se le tienta, invoca y desea, y se le hacen ofrecimientos más allá de lo imaginable. Los historiadores rumanos, sin intentar ocultar las atrocidades, buscaron explicaciones relacionadas a “razones de Estado”. Cada uno de los gobernantes autoritarios de la Edad Media, cuando se trataba de enemigos internos y externos, fue pródigo en su crueldad. Algunas atrocidades pueden verse desde el ángulo de la necesidad histórica: la sangre derramada fue la venganza de una tierra que no acoge invasores. De modo que el vampirismo de Tepes puede verse como un vampirismo geopolítico. Si hubiera vivido en otra época, en otro país, Tepes quizás habría derramado menos sangre.

Florescu y McNally comparten, en parte, esta tesis. Los autores despliegan un conocimiento absoluto de la realidad de cada una de las provincias rumanas. La dinastía de Tepes se estudia, tanto antes como después de su tiempo: sus antepasados y la herencia fatal de sus sucesores. El gene se coloca bajo el microscopio. ¿Queda algún rastro (por difuso que sea) de vampirismo? (un descendiente, Tepelus, demostró ser aún más cruel que el mismo Drácula.) La verdad es que el lazo de la dinastía con el diablo es accidental y no concluyente. El padre de Tepes tomó el nombre de Dracul de la orden del Dragón en la que se recibió en Nuremberg en 1441. Es importante mencionar el detalle de que, hacia el final de su vida, Tepes se casó por segunda vez con una pariente de Mathias I Corvinus, Ilona Szilagy, y se convirtió al catolicismo. Regresó a Walachia como gobernante católico de un pueblo ortodoxo. La irritación que inspiraba en sus súbditos podría haber sido la manifestación de un conflicto religioso junto con lo demás. Lo que encuentro emblemático en Tepes es el hecho fortuito de que, a base de repetición, se convirtió en un presagio del mal, su ser siempre destinado a encontrarse en encrucijadas. Vlad Tepes tambaleándose entre Este y Oeste, entre paganos y cristianos, entre vida y muerte, entre esta vida y la otra, entre tragedia y farsa: un destino trágico.

La muerte del verdadero Drácula se describe así en Dracula, Prince of Many Faces:

¿Cómo murió Drácula? Los vampiristas decididos responderán por supuesto que nunca murió y que su espíritu nos perseguirá perpetuamente (…) El cronista austriaco Jacob Unrest ayuda a esclarecer la situación al confirmar el hecho de que Drácula murió a manos de un asesino a sueldo proveniente de un campo turco. Explica las circunstancias minuciosamente: “Drácula fue asesinado con gran destreza, porque los turcos querían vengar la hostilidad con que los había tratado y también el gran daño que les infligió. Contrataron a un turco (para que actuara) como uno de sus sirvientes, con la misión de matarlo mientras lo servía.

Y eso fue lo que sucedió. Empalado en una estaca en Estambul, la cabeza del feroz voivode siguió aterrorizando al mundo por un tiempo, ya que llegaba gente de todas partes a verlo. Después de eso, poco a poco, cabeza y cuerpo y alma pasaron a la leyenda, y la leyenda se volvió una fuente de inspiración. Novalis dijo: Alles poetisches muss marchenshaft sein (Todo lo poético debe parecer un cuento de hadas). Era necesario que la vida se volviera un cuento de hadas —aunque fuera un cuento de terror, como los escritos alemanes y eslavos sobre Drácula desde fines del siglo XIV— para que Tepes luego se volviera poético. Drácula es peor que el diablo. Uno toca madera para no ser mutilado, come ajos. Después de la publicación de la novela de Stoker, el fantasma se llamará “Drácula” para siempre.

Los autores estadunidenses no se aventuran, como ya he dicho, demasiado en el vampirismo. (Pero tampoco pueden impedir que lleguen aficionados a Rumania “tras el rastro de Drácula”, a visitar el castillo de Drácula, o a intentar resolver algunos de los muchos misterios ligados a este personaje: el enigma de la tumba de Tepes en Snajov, el enigma del anillo y etcétera). Se ha dicho que el género de cuentos que trata de vampiros suele ser monótono. Pero ciertamente no es el caso del libro de Florescu y McNally, que va más allá del delirio y la fantasía ligados a su personaje, y se instala valientemente en el área de la realidad histórica. En pocas palabras: un libro susceptible al vampirismo. Debe leerse, de lodos modos, con sangre fría.

Traducción de Delia Juárez

Tomado del Times Literary Suplemment. Enero 11, 1991.