Rafael Pérez Gay: Esta vez para siempre. Cal y arena, México, 1990, 148 pp.

Desde su libro de relatos Me perderé contigo (Cal y arena, México, 1988), Rafael Pérez Gay hace crecer sus historias bajo la especulación constante sobre las relaciones amorosas. El universo de Esta vez para siempre se ha organizado a partir de los sucesos cotidianos de la vida laboral, de las calles de la ciudad de México, de la imposición de los monopolios editoriales, de lo que ocurre a la mitad de la vida -hacia los 35 años de edad (la Biblia sugiere a los hombres prudentes que vivan 70 años)-, de la pasión y el desaliento.

En resumidas cuentas, Esta vez para siempre trata de las “ilusiones perdidas” del narrador, Alberto Armijo, quien muy lejano en razón de los avances tecnológicos, pero cercano en cuanto a sus aspiraciones a David Séchard y a Lucien de Rubempré, se enfrentará a un mundo que rebasa sus expectaciones: el periodismo y sus triquiñuelas, el desencuentro entre amantes, la confusión.

Lizia Branco y Alberto Armijo (que junto con la guapetona argentina Norma Treis ya había aparecido en Me perderé contigo; porque a la manera balzaciana, Rafael Pérez Gay repite sus personajes), padecen la separación y los malos entendidos, como ocurre en la realidad, que se presenta mediante una continuidad de malos empalmes y a veces, eso queremos todos, de afortunadas liasons.

Tras concebir asuntos por demás cómicos, que el lector disfruta muchísimo, Rafael Pérez Gay proyecta, como el Woody Allen cineasta, también obsesionado por las cuitas de amor, la lumbre del fracaso existencial, en este caso el de Alberto Armijo, un joven claustrofóbico, hábil creador de horóscopos falsos para la empresa en la que trabaja, la Revista Sentido. 

Como en toda novela, el protagonista, que aquí es el narrador, resulta educado por la vida: no todo lo que brilla se transmuta en amor ni en triunfos personales. No en vano, Armijo invoca en una fiesta multitudinaria y lujosa la figura del escritor Manuel Gutiérrez Nájera: “Qué grata sorpresa, J’aime beaucoup l’esprit. Estoy un tanto perdido, no entiendo bien estos saraos, antes eran diferentes. No deja de ser curioso que a Perico el de los Palotes se le invite a un lugar para que coma, beba, baile y se le convide para que elogie los caldos que otros tragan. Pero así son los salones, siempre fueron así, no hay nada nuevo bajo el sol”. Así habla el poeta, sentado a la mesa, y bebe un cognac con el nombre “extraño” de Napoleón. Rafael Pérez Gay demuestra que no teme a ciertas convenciones del “realismo” de la novela inaugurada por los onderos de los sesentas, que ya forma parte esencial de una tradición. Como había ocurrido ya en algunos relatos de Me perderé contigo, el autor se permite el juego limpio y grato de lo fantástico.

Pérez Gay logra no pocos pasajes gratos e inesperados. “Cuando juro por Dios o digo que me parta un rayo es que estoy mintiendo”, dice el personaje principal en otro momento de la trama, porque justamente el autor intenta desacralizar no sólo las frases y las posturas comunes sino también los espacios de una novela, iniciada antes con un registro dicharachero y de amena verosimilitud.

El escritor abre su texto narrativo hacia una proliferación de posibilidades dentro de la narración. Armijo es un auténtico mentiroso: “Cuando encendí las luces supe que sostener una mentira es un trabajo inútil”. Sin embargo, todo válido durante el proceso de armar una historia. Mientras tanto, uno disfruta de los gags literarios que son, bajo la mirada irónica e implacable del autor, una suerte de travestismo del cursi mundo clasemediero, de la “irresistible tentación de la felicidad” que padecen sus criaturas.

Las excentricidades de Norma Treis, que ahora pertenece a la secta de los esmerios, sostiene una parte de lo que Esta vez para siempre nos reve en medio de las tribulaciones del narrador y de hechos hilarantes: la proclividad de una clase social a conjurar, con gesto altivo, la decepción, el desconsuelo que de otra manera verificaron los escritores románticos y que Rafael Pérez Gay prefiere convertir en una fiesta de actos conocidos, pero transformados por él y su buen humor narrativo.

Esta vez para siempre es una novela “libresca”. El protagonista cesa de evocar otros libros, otros textos (los de T.S. Eliot, por ejemplo). El tercer y último capítulo se intitula “La vida y cómo editarla”, y a través de él nos conduce al infierno de un cabaret de mala muerte, en el que un individuo borrachín y medianamente poderoso habla de sus penas de amor y de su ética, puesto que deja a la amante por la debida fidelidad a la esposa. Después Armijo entrevista a un escritor y el género periodístico recibe una nueva puñalada de agudeza; se incluye el pasaje de Gutiérrez Nájera y finalmente termina con una frase lapidaria que a manera de fantasma recorre toda la novela: “Algo salió mal. Empecemos de nuevo”.

Rubempré y Armijo pierden en distintas épocas, en diferentes contextos por muy diversos caminos, la ilusión de que las cosas puedan ocurrir “esta vez para siempre”. En el caso de Balzac, tenemos una novela sublime; en el de Pérez Gay, una primera novela llena de atributos y fortuna.