Ciertos libros, que incluso en las horas de más benevolente condescendencia con las debilidades propias y las flaquezas ajenas nunca osaríamos incluir en el gremio de las obras maestras, tienen el arte, no raro, y sin que sepamos explicar por qué, de resistir a las alteraciones del gusto, a las perspectivas de la edad y, además, lo que no es poco decir, a las mudanzas de las bibliotecas. De uno u otro modo, todos ya probamos, al cambiar de casa, esa especie de fatalidad que nos obliga a dejar atrás volúmenes y más volúmenes, so pretexto de que dejaron de interesarnos o de que, simplemente, no iban a caber en los nuevos espacios. Y, a pesar de todo, al ordenar los libros supervivientes, siempre nos sorprende uno u otro por una incomprensible persistencia en continuar allí. Los tomamos en las manos, nos preguntamos: “¿Qué debo hacer contigo?”, sin embargo, de antemano sabemos que no habrá respuesta, a no ser la de colocarlos en su lugar, casi supersticiosamente, como si nuestra vida, para mantenerse en equilibrio, tuviese necesidad de ese punto de apoyo. En cuanto al libro, leído en una remota edad por aquella persona diferente que entonces éramos, es muy posible que no vuelva a ser abierto.

O sí. Llega un día, como el de hoy, en que resulta necesario, por ejemplo, explicar por qué bula me viene acompañando, desde hace largos años, un autor de tan poca importancia como Xavier de Maistre y un libro suyo que nunca tuvo mayor aspiración que la de ser acogido por lo que es, un amable y humorístico objeto: Voyage autour de ma chambre. Sé que fui conducido a ellos por otro libro y por otro autor, éstos de mi patria y de mi lengua, con los cuales, aprovecho para decirlo, de alguna manera se puede afirmar que nació el portugués moderno, liberado de las cenefas y tapices del siglo XVIII, suelto de respiración y ágil como un gato: Almeida Garrett se llamó el hombre, Viagens na minha terra se titula la obra. En un caso como en el otro se trata de viajes, pero distintos, porque no será lo mismo viajar dentro de los estrechos límites de la habitación en que vivimos que ir a buscar el mundo donde quiera que esté, a partir de la puerta de nuestra casa. Tan diferentes también cuanto se supone que hayan podido ser un liberal portugués del siglo XIX y un francés reaccionario que, habiendo muerto en el mismo siglo, llevó y conservó del anterior las convicciones absolutistas que pudieron prosperar en la Rusia imperial de entonces. Xavier de Maistre vivió en Turín, Almeida Garrett nunca viajó a Italia.

Al recordar, hábilmente, si me es permitida la alabanza de mi propia boca, la estadía de De Maistre en esta ciudad, en cuya Academia de Ciencias presentó, según dice la enciclopedia, “sabias memorias sobre la oxidación del oro y la aplicación de óxido de oro a la pintura”, doy al fin el paso que faltaba para explicar la relación de mi autor con el conde de Chambéry, y también de mi propia relación, la primera con Turín. Dice Garrett al principio de sus Viagens, de algún modo tan evocador como el inicio del Quijote cervantino: “Que viaje alrededor de su habitación quien está al pie de los Alpes, en invierno, en Turín, que es casi tan fría como San Petersburgo, se entiende. Pero con este aire que Dios nos ha dado, donde el naranjo crece en el huerto y los matorrales son de arrayán, el propio Xavier de Maistre, si escribiese aquí, cuando menos llegaría hasta el patio”. Leídas en el principio de la adolescencia estas palabras tuvieron el efecto, que hoy puedo comprender, de llenarme la cabeza de devaneos y misterios: ¿qué sería viajar alrededor de una habitación?, ¿cómo podía Turín, en el sur, si es casi tan fría como San Petersburgo, tan cerquita del círculo ártico?, y ese Xavier de Maistre ¿quién era para ser citado así, de paso y sin más informaciones, como si el lector común tuviese rigurosa obligación de conocerlo? Queda por decir, y quizá sea eso, de todo, lo más importante, que a estas inquietas preguntas se unía una memoria, un recuerdo, que actuaba en mi espíritu como una especie de cámara de resonancia: aún niño, para inventar con él una ciudad, en Coure, de Edmondo de Amicis. Sabemos que nuestro mundo mental está lleno de imágenes así, detenidas en la distancia, apenas resistiendo la erosión del olvido. Es ésa, pues, la imagen que les traigo desde el fondo del tiempo, para revivirla con ustedes, para intentar dibujar en ella a la pareja de viejas imágenes de aquellos autores pasados, y la figura también irrecuperable del adolescente que fui, el perfil de alguien, éste que aquí viene hoy, que aprendió a leer después con otros ojos, que perdió la inocencia de sus primeras letras, pero que, esperémoslo, estará lejos todavía de las últimas.

El tema que me propongo tratar —“Historia, Ficción”— aparece ya, si no me equivoco, en filigrana, en las palabras de la introducción. Y cuento con que, llegados al final de nuestro recorrido, se haya podido disipar en sus espíritus la por ahora muy probable sospecha de haber traído aquí nada más que un mero ejercicio de funambulismo verbal. Es cierto que nosotros, los novelistas, y más aún los poetas, no resistimos, muchas veces, la tentación de jugar con las palabras: para usar una expresión que probablemente no es sólo portuguesa, lo llevamos en la masa de la sangre. Pero el juego, el juego de las palabras, es serio, viene a confirmar la razón de aquellos que defienden que el juego es, tal vez, la más seria de las actividades humanas: un ritual, por ejemplo, no es tan diferente de un juego, pero los rituales, cualesquiera que sean, siempre fueron presentados como expresión de una seriedad suprema.

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La Historia como ficción, se trata de una fórmula que comporta no pocos riesgos, con la cual se podría incluso, imaginamos, introducir de un modo subrepticio la afirmación, acaso temeraria, acaso irresponsable, de que la Historia sea, en último análisis, una purificación. Acoger ciegamente esta fórmula nos llevaría a concluir —generando así un nuevo caos— que todo el mundo es ficción, que nosotros mismos somos los productos siempre cambiantes de todas las ficciones, al mismo tiempo autores y personajes de ellas: cada uno en cada lugar, la historia de todos en toda la Historia.

Afirmarlo es facilísimo, demostrarlo será, probablemente, imposible. Pero, aunque en este otro juego sean más que evidentes las seducciones del espíritu de la paradoja, no resisto la tentación de dar por mi parte algunos argumentos, quizá dignos de consideración.

Tiempo informe

Desde luego, según este modo de entender, el historiador tendría, como primera tarea, que seleccionar hechos, trabajando sobre aquello que denominaré tiempo informe, quiero decir, ese pasado al que apetecería llamar puro y simple, si no fuera eso una contradicción en términos. En posesión de los datos recogidos, la segunda tarea del historiador sería organizarlos de una manera coherente y de acuerdo con una intención previa, transmitiéndonos, así, una idea de necesidad ineludible, como la expresión de un destino. Por otro lado, esa elección de hechos se ejerce, casi siempre, sobre un consenso ideológico y cultural que lleva a la Historia, si se me autoriza la expresión, a mostrarse como la menos sorprendente o la menos sorprendedora, de las ramas del conocimiento.

Parece indiscutible que el historiador tiene que ser, en todos los casos, un seleccionador de hechos. Pero creemos que es igualmente pacífico que, al escoger, abandona deliberadamente un número indeterminado de datos, en nombre de razones de clase o de Estado, o de naturaleza política coyuntural, o aun en función y por causa de las conveniencias de una estrategia ideológica que necesite para justificarse no de la Historia, sino de una Historia. Ese historiador, en realidad, no se limita a escribir Historia: hace la Historia. Con otras palabras: el historiador perfectamente consciente de las consecuencias político-ideológicas de su trabajo sabe que el tiempo que estuvo organizando así se producirá como una lección magistral en cuantos lo lleguen a leer. Esa lección es por ventura la más magistral de todas las lecciones, ya que el historiador surge como creador de otro mundo, él es quien va a decidir lo que del pasado es importante y lo que del pasado no merece atención.

Algunas veces, sin embargo, ese poder autoritario parece no ser suficiente para liberarnos de aquel horror al vacío que, siendo característica de los pueblos primitivos, se encontrará también en no pocos espíritus cultivados. Un historiador como Max Gallo decidió un día empezar a escribir novelas históricas por una necesidad de equilibrar con la ficción la insatisfacción que le producía lo que consideraba una impotencia real para expresar en la Historia el pasado entero. Fue a buscar en las posibilidades de la ficción, de la imaginación, de la elaboración libre sobre un tejido histórico perfectamente definido, lo que había echado de menos como historiador: la complementariedad de una realidad. No estaba muy lejos de este sentimiento, supongo, el gran George Duby cuando escribió: Imaginemos que…, en la primera línea de uno de sus libros. Precisamente aquel imaginar que antes había sido considerado el pecado mortal de los historiadores positivistas y sus continuadores de diferentes tendencias.

Crisis

He oído que existe una crisis en la Historia. Si es así —y no soy nadie para pronunciarme sobre una cuestión tan grave—, me pregunto si tal crisis no será la causa directa, aunque no la única, de esta especie de resurrección a la cual asistimos, en condiciones diferentes y con diferentes resultados, de aquello a lo que, a mi parecer erróneamente, continuamos llamando novela histórica. Y también, si no se tratará, al final, de la expresión particular de otra crisis más amplia: la de la representación, la de la crisis del propio lenguaje como representación de la realidad.

Según esto, si la crisis existe (la de la Historia), u otra más general, de la cual ésta sería apenas una manifestación parcial, si en todo somos capaces de identificar una relación con esta sensación de final de época que estamos experimentando, entonces se volverá más claro por qué nos estamos volviendo hacia la novela llamada histórica con esta especie de ansiedad que ciertamente haría sonreír con algún desprecio intelectual, si aún estuviesen en este mundo, a los fervorosos creyentes en el progreso del siglo pasado. Nos mirarían con piedad y se preguntarían cómo, habiendo sido ellos nuestros maestros, de tantas certezas como ellos tenían llegó a nacer esta inseguridad que tenemos.

Fue el viaje de Almeida Garrett el que me condujo al viaje de Xavier de Maistre, uno y otro me trajeron a Turín, no parecerá, pues, fuera de lugar que precisamente utilice ahora el viaje para continuar hablando de Historia, de Ficción y, ya que así tiene que ser, de novela histórica. Les propongo, pues, una diversión.

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Soy autor de un libro que se llama Viagem a Portugal. Se trata de una obra que no debe ser vista como una guía o un itinerario, ya que no es más que la narración de un viaje, como tantas que se escribieron en los siglos XVII y XVIII, cuando Europa empezó a viajar por dentro de Europa y los viajeros narraban sus experiencias y aventuras, produciendo de paso algunos documentos preciosos, incluso para el estudio de la historia de las mentalidades. Fue con un espíritu afín que se hizo el viaje por Portugal, fue también con ese espíritu que el Viagem a Portugal se escribió.

El libro no se ofrece, pues, como una guía para viajeros, pero, necesariamente, contiene mucho de lo que siempre se espera encontrar en ese género de obras. Se habla de Lisboa, de Oporto, de Coimbra, de las ciudades importantes de mi país, se habla de las aldeas, de los paisajes, de las artes, de las personas. Imaginemos ahora que el autor va a hacer otro viaje para, una vez terminado, escribir otro libro, pero que, en este segundo viaje, lleva como preocupación absoluta no visitar ninguno de los lugares por donde hubiese pasado antes. Quiero decir, en este segundo viaje el autor no irá a Lisboa, no irá a Oporto no irá a Coimbra, no irá a donde ya había ido y, a pesar de todo, le parece que, con toda legitimidad, podrá volver a dar, a ese nuevo libro, el título de Viagem a Portugal, puesto que de Portugal continúa tratándose. Llevemos más lejos todavía nuestra sugestión e imaginemos que el autor hace un tercero, un cuarto, un quinto, un sexto, un centésimo viaje, obedeciendo al mismo principio de no pasar por donde pasó antes, y que escribirá otros tantos libros, en los cuales final e inevitablemente, dejará de haber alguna referencia a lugares habitados, nada, a no ser una pura imagen, sin puntos de identificación aparentes con esa entidad a la que damos el nombre de Portugal. La pregunta final será esta: ¿puede el centésimo libro llamarse aún Viagem a Portugal? Respondo que sí: podemos y debemos llamarle Viagem a Portugal, incluso cuando el lector sea incapaz de reconocer, por más atento que esté a la lectura, el país que en el título le prometieron.

Este juego, aunque inmediatamente no lo parezca, tiene mucho que ver con la relación que mantenemos con la Historia. Diría que la Historia tal como se escribe, o —repitiendo la provocación— tal como la hace el historiador, es el primer libro, no más que el primer libro. Claro que no olvido que el mismo historiador siempre hará, él mismo, otros viajes a la época por donde antes había viajado, ese tiempo que por intervención suya había dejado de ser informe, que había pasado a ser Historia y que, gracias a visiones nuevas, a nuevos puntos de vista, a nuevas interpretaciones, irá volviendo sucesivamente más densa la imagen histórica que de lo narrado nos había venido dando. Quedará siempre, no obstante, una gran zona de oscuridad y es ahí, según se me alcanza, que el novelista tiene su campo de trabajo.

Caminos paralelos

Creo en verdad que lo que subyace en esta inquietud es la conciencia de nuestra incapacidad última para reconstruir el pasado. Y que, por eso, no pudiendo reconstruirlo, nos vemos tentados —me veo yo, por lo menos— a corregirlo. Cuando digo corregir, corregir la Historia, no es en el sentido de corregir los hechos de la Historia, pues ésa nunca podría ser tarea de novelista, pero sí de introducir en ella pequeños cartuchos que hagan explotar lo que hasta entonces parecía indiscutible: en otras palabras, sustituir lo que fue por lo que podría haber sido. Ciertamente se argumentará que se trata de un esfuerzo gratuito, poco menos que inútil, toda vez que aquello que hoy somos no es de lo que podría haber sido que resultó, sino de lo que efectivamente fue. Simplemente, si la lectura histórica, hecha por vía de novela, llega a ser una lectura crítica, no del historiador, sino de la Historia, entonces esa nueva operación introducirá, digamos, una inestabilidad, una vibración, precisamente causadas por la perturbación de lo que podría haber sido, quizá tan útil para un entendimiento de nuestro presente como la demostración efectiva, probada y comprobada de lo que realmente fue.

Dos serán las actitudes posibles del novelista que escogió, para su ficción, los caminos de la Historia: una, discreta y respetuosa, consistirá en reproducir punto por punto los hechos conocidos, siendo la ficción mera servidora de una fidelidad que se quiere inatacable; la otra, osada, le llevará a entretejer datos históricos, no más que los suficientes, en un tejido ficcional que se mantendrá predominante. Sin embargo, estos dos vastos mundos, el mundo de las verdades ficcionales, a primera vista inconciliables, pueden llegar a ser armonizados en la instancia narradora.

Reside aquí, a mi ver, la cuestión esencial. Conocemos al narrador, que se comporta de un modo imparcial, que va diciendo escrupulosamente lo que acontece, conservando siempre su propia subjetividad fuera de los conflictos de los que es espectador. Pero hay otro tipo de narrador, más complejo, que no tiene una voz única: es un narrador sustituible, un narrador que el lector va reconociendo como constante a lo largo de la narración, pero que algunas veces le causará la extraña impresión de ser otro. Digo otro porque se colocó en un punto de vista diferente, a partir del cual puede incluso criticar el punto de vista del primer narrador. El narrador será también, inesperadamente, un narrador que se asume como persona colectiva. Será igualmente una voz que no se sabe de dónde viene y que rehúsa decir quién es, o emplea un arte maquiavélico que lleva al lector a sentirse identificado con él, a ser, de algún modo, él. Y puede, finalmente, pero de un modo no explícito, ser la voz del propio autor, dado que el autor capaz de fabricar a todos los narradores que le parezca, no está limitado a saber apenas lo que sus personajes saben, ya que él sabe, y no lo olvida nunca, todo cuanto ha sucedido después de sus vidas.

Gracias a este modo de concebir el tiempo histórico —proyectándolo en todas las direcciones—, me autorizo a pensar que mi trabajo literario, en el terreno de la novela, producirá una especie de juego continuo en que el lector participa directamente, por medio de una sistemática provocación que consiste en ser negado por la ironía, lo que había sido dicho antes, llevándole a percibir que se va creando en su espíritu una sensación de dispersión de la materia histórica en la materia ficcionada, lo cual, ni significando desorganización de una ni de otra, pretende ser una reorganización de ambas.

Tiempo perdido

Admito que mi declaración inicial, la de ser el historiador un seleccionador de hechos, parezca demasiado dura e incluso chocante. Digo, entonces, que el historiador realiza un enrarecimiento de lo referencial, creando una especie de malla amplia, perfectamente tejida, pero que envuelve espacios de oscurecimiento o de reducción de los hechos. Desde este ángulo parece legítimo decir que la Historia se presenta como parienta cercana de la ficción, dado que, al enrarecer lo referencial, procede a omisiones, por lo tanto a modificaciones, estableciendo así con los acontecimientos relaciones que son nuevas en la medida en que se hayan establecido incompletas. Y es interesante verificar que ciertas escuelas históricas recientes sintieron una especie de inquietud sobre la legitimidad de la Historia tal cual venía siendo hecha, introduciendo en ella, a manera de conjuro, si se me permite la palabra, no sólo algunos procesos expresivos de la ficción, sino de la misma poesía. Leyendo a esos historiadores tenemos la impresión de estar delante de un novelista de la Historia, no en el incorrecto sentido de una Historia novelada, sino como el resultado de una insatisfacción tan profunda que para resolverse tuviese que abrirse a la imaginación. Esa imaginación mantiene como soporte los hechos de la Historia, pero abandona su antigua relación con ellos, de sujeción resignada al imperio en que se había constituido, prácticamente no contorneable. No faltará quien entienda que, de esta manera, la Historia se volvió menos científica. Es una cuestión en cuya discusión no me atrevería a participar. Me basta pensar que siempre será mejor ciencia aquella que sea capaz de proporcionarme una comprensión duplicada: la del Hombre por el Hecho, la del Hecho por el Hombre.

Mirando al pasado mi impresión más fuerte es la de que estamos delante de un inmenso tiempo perdido. La Historia, y también la Novela que busca como tema fundamental la Historia, son, de alguna manera, viajes a través de aquel tiempo, tentativas de itinerario, todas con un solo objetivo, siempre igual: el conocimiento de lo que en cada momento vamos siendo. Sin embargo, a pesar de tantas novelas escritas sobre casos y cosas del pasado, es ese tiempo enigmático, al que llamé perdido, el que continúa fascinándome. Me interesa, claro está, la batalla de Austerlitz, pero me interesaría también, si no más, saber cómo era aquel paisaje, si habría casas por allí, quién vivía en ellas, cuáles fueron las historias de las personas que tuvieron que huir para dejar despejado el campo donde los soldados iban a trabar la batalla de la que vendría a depender, o no, la Historia de Europa o del Mundo y, aún, de qué es de lo que depende la Historia, qué pequeñas historias dependieron de la Gran Historia, qué comprensión alcanzamos a tener de las innumerables e ínfimas historias personales, de ese tiempo angustiosamente perdido, el tiempo que no retuvimos, el tiempo que no aprendimos a retener como aquello que también es: una parte de nosotros mismos.

Es fácil decir —y yo mismo cedí algunas veces a la comodidad de tan flagrante tautología— que, siendo verdad que nada existe fuera de la Historia, toda novela es, y no puede dejar de ser, histórica. Pero no faltarán por ahí espíritus sarcásticos que insinúen que un novelista que se coloque en tal posición, haciendo de la Historia el tema preferido, procede así por necesidad de evasión, por incapacidad de comprender el presente, por imposibilidad de adaptarse a él, siendo, por consiguiente, la novela histórica el ejemplo más acabado de huida de la realidad. Es una acusación tan fácil como habitual. Pero pienso, por lo contrario, que es precisamente la conciencia intensísima, casi dolorosa, del presente lo que lleva al novelista a mirar en dirección al pasado (insisto: en dirección al pasado), no como un refugio, sino como algo radicalmente necesario a los hombres de hoy para que puedan conocerse mejor.

No estoy diciendo nada original y, para colmo, lo digo de manera imperfecta. En su libro El Mediterráneo, Fernand Braudel escribe, con la simplicidad de una revelación, unas líneas que resumen y dan densidad a estas preocupaciones: “La historia no es otra cosa que una constante interrogación de los tiempos pasados, en nombre de los problemas, de las curiosidades y también de las inquietudes y angustias con que nos rodea y cerca el tiempo presente”.

Obsérvese cómo esta definición podría ser traspuesta, palabra por palabra, a la Novela. Diríamos igualmente que la novela histórica —para continuar llamándola así— no es otra cosa que una constante interrogación de los tiempos pasados, en nombre de los problemas, de las curiosidades y también de las inquietudes y angustias con que nos rodea y cerca el tiempo presente. Siendo así, Historia y Novela serían tan sólo expresiones de la misma inquietud de los hombres, los cuales, como múltiple Jano bifronte, vueltos a una y otra parte, y de la misma manera que intentan desenmascarar el rostro oculto del futuro, porfían en buscar, en la impalpable niebla del tiempo, un pasado que constantemente se les escapa y que hoy, quizá más que nunca, querrían integrar en el presente que todavía son.

Benedetto Croce escribió un día: Toda la Historia es historia contemporánea. Es a la luz, también, de estas reveladoras palabras que he ido haciendo mi trabajo de escritor, aunque, ay de mí, esté dispuesto a reconocer que el Maestro merecía un alumno más capaz y que la lección justificaría un fruto más sabroso. Sea como sea, si es verdad que tuve en Almeida Garrett y Xavier de Maistre los primeros guías que me trajeron a esta ciudad, no puede caber duda que Benedetto Croce está entre aquellos, tantos, que me ayudaron a llegar a la puerta de esta Universidad. n

(Núm. 158, febrero de 1991)