A principios de la década de los setentas, Margo Glantz se refería a una bifurcación evidente en la narrativa mexicana de aquel momento: la Onda, apegada a una narración realista y al habla de los jóvenes de la época, salpicada de términos “secretos”; y lo que Salvador Elizondo (1932) llamó escritura, esto es, un trabajo textual que se nutre del funcionamiento cotidiano de la mente. Este segundo camino se vinculaba al nouveau roman, y, en el caso muy específico de Elizondo, a Mallarmé y a Valery.

Ciertas novelas cabalgaron entre las dos rutas con espléndidos resultados: Obsesivos días circulares (1969) de Gustavo Sáinz (1940) o Cadáver lleno de mundo (1971) de Jorge Aguilar Mora (1946). En estos libros, la mezcla del habla callejera y de una laboriosidad verbal fue un acierto. Hay en ellos, además, un nivel de la trama que está muy lejos de “retratar” únicamente el universo de las clases medias y que se asienta en la más pura ficción: una realidad imaginada en la novela de Sáinz; la transformación de lo cotidiano en aventuras caballerescas, en la de Aguilar Mora.

Muchos de los escritores mexicanos se subieron al carro de la exploración literaria del lenguaje: Carlos Fuentes, Sergio Fernández, Fernando del Paso, y otros. Los “onderos”, representados por José Agustín (1944) y por Parménides García Saldaña (1944), parecían haber optado legítimamente por el otro rumbo, el de un realismo cuya carta de naturalización era incluir, “tal cual”, el habla popular. Sin duda, los personajes de Pasto Verde (1968) de Parménides y de Se está haciendo tarde (1973) de Agustín no recreaban un habla sino que la creaban. Su “realismo” desenfadado es una ilusión. Pero ¿existe en estas novelas algo más que la ironía con respecto al entorno social de los caracteres? Por otro lado, ¿no llegaría a la exageración el afán de hacer de la literatura un laboratorio del discurso en aquello que Elizondo bautizó como escritura?

Hoy, a más de veinte años de distancia, podemos responder a semejantes preguntas. Farebeuf (1965) de Salvador Elizondo y Morirás lejos (1967) de José Emilio Pachecho, (1939), dos novelas estructuradas por una ingeniería literaria, continúan produciendo riquísimas lecturas. Sin embargo, otros textos han perdido el interés que despertaron en su momento. El mismo José Trigo (1966) de Fernando del Paso resulta actualmente un libro excesivo: genial en muchos aspectos y en otros moroso. De la novela de la onda muchos de sus textos conservan la frescura y el grado de mordacidad con los que fueron escritos, de ahí que sigan ejerciendo una relevante influencia.

Los narradores mexicanos nacidos entre 1945 y 1960 surgieron a la vida literaria en el acto pleno en que se dividieron los caminos: uno hacia la onda y otro hacia la escritura. Pero la separación no resultaba tan tajante y, finalmente, hubo un acuerdo tácito.

La onda relajó el discurso literario. Lo volvió desparpajado

y divertido para criticar a sus anchas a la sociedad clasemediera que gozó todavía del “milagro” económico mexicano que había arrancado con el alemanismo. Los de las clases medias viajaban entonces a Europa y a los Estados Unidos; los jóvenes aprendían inglés y algunos también le daban “el golpe” a la cultura francesa, impregnada de Robbe Grillet, de Butor, de Nathalie Serrault. Pero estos últimos, quizá, prefirieron las formas del nouveau roman, como Alberto Ruy Sánchez (1951), por ejemplo, con Los nombres del aire (1987). En general, creo que este grupo generacional le debe más a Tom Wolfe que a Marguerite Duras, a los Doors que a Paul Elouard, a García Márquez que al surrealismo. Dicho grupo creció viendo las noticias por TV, viviendo, de refilón, la guerra de Vietnam; presenció el auge de las drogas; escuchó con fervor a los Stones y a los Beatles; observó en la pantalla cinematográfica, por primera vez en México, vellos púbicos (The Last Picture Show de Bodganovich, exhibida al inicio de los años setenta). Una generación que arranca con José Agustín (1944), continúa con Juan Villoro (1956) y alcanza a Daniel González Dueñas (1958) y un poco a Gerardo Kleinburg (1964), operístico y posmoderno.

La tarea consiste en trazar un mapa de la narrativa concebida por los escritores mexicanos posteriores, según su fecha de nacimiento, a José Agustín, y que han publicado en la editorial Joaquín Mortiz. Es una suerte de catálogo comentado, que incluye a autores de dos libros en adelante.

Agustín inicia realmente la “onda”. En 1966 editorial Novaro publicó La tumba, de la que Juan Rulfo dijo: “…es una de las obras que liquidarán el pasado…” y Ramón Xirau describió como: “Adolescencia, amoríos, ‘bovarismos’, algo de Op, algo de Pop, algo de Beat se estructuran en una narración rápida, aguda, un ritmo de Sorpasso”.

La tumba fue un acontecimiento en nuestro mundito literario. Los seis relatos escritos por un joven de veinte años de edad pusieron en movimiento una narrativa novedosa, cargada de cinismo, de musicalidad, de frescura.

En 1965 Mortiz publicó Cazapo, de Gustavo Sáinz, una novela que ha sido no pocas veces referida al Rabbit, run (1960) del estadunidense John Updike, pero que posee un sello original. La novela trata de la vida adolescente de un grupo de defeños. El montaje verbal es muy joyceano, aunque su autor juraba no haber leído todavía el Ulises. De ahí que Obsesivos días circulares comience con la figura de Buck Mulligan, de Dublineses. Para entonces, Sáinz ya había leído, y muy bien, al escritor irlandés.

La sexualidad, el “ligue”, el “importamadrismo”, el constante atentar contra el statu quo describen a la narrativa de la onda. Parménides García Saldaña, como José Agustín, incluye en estos textos el desaforado mundo de las drogas. Inventando que sueno (1968) y De perfil (1966) introducen al lector al mundo de la marihuana y la psicodelia. Se trata de poner en jaque al establishment. Ahora Juan Villoro nos dice de pasadita, agregando tan sólo un distintivo más a la relación de un personaje, que el fulano en cuestión “le entra” a la cocaína (Albercas, 1985).

Los nuevos narradores no poseen una apetencia por el descuadramiento de su sociedad. Se comparte un desencanto político. Emiliano González (1955) transita por la literatura fantástica con sus libros Los sueños de la bella durmiente (1978) y Casa de horror y mafia (1989). Sus preferencias estéticas se remontan al simbolismo y al gusto por lo insólito. El mundo, así, no se resquebraja más que por motivos ocultos.

Alain Derbez (1956) pasea por el camino de la música: del rock y del jazz (Los usos de la radio, 1988), con una actitud más de conocedor, de intelectual, que de rockero apasionado. Sin embargo, en el trabajo narrativo de Derbez (Cuentos de la Región del Polvo y de la Región del Moho, 1990) aparece el propósito de contar, en medio de la fantasía, las horas crudas de la subsistencia diaria

Juan Villoro (1956) va de lo nimio, del petit fait vrai, a lo fantástico con una precisión meridiana. Villoro es un narrador astuto, cinematográfico, que presenta cada una de las situaciones de sus relatos con una ligereza maliciosa. En 1980 publica La noche navegable y en 1985 Albercas, dos libros de cuentos que lo vuelven un narrador de primera línea.

Daniel González Dueñas (1958 narra en su Semejaza del juego (1989) una historia de amor en la que el dios mesoamericano Xólotl, el de Salvador de Madariaga (escritor que de nuevo está de moda entre los jóvenes), ilumina a la extraña o a las extrañas parejas que se  forman.

No he querido implicar que la novela de la “onda” fuera una narrativa militante y corrosiva en su crítica social, hasta el punto de la politización. Lo que hizo fue burlarse de la rigidez y la moralina de las clases medias mexicanas, e impuso la nueva cultura que se gestaba en occidente: la recurrencia a las drogas, una sexualidad desestigmatizada, situó el conflicto generacional en un escaparate y mantuvo, eso sí, una actitud antibélica.

Pero a fines del siglo las cosas han cambiado. Los escritores encandilados con la posmodernidad se abocan a una literatura menos “comprometida”. Hoy por hoy se lee a Nietzsche y no a Marx y una nueva avalancha astrológica llena las librerías. ¿Se optará otra ve escritura, una experiencia interior que evita el exterior para pasar al papel? ¿Era esto la escritura?

De acuerdo con Salvador Elizondo, la novela ideal es la que revela “un prodigioso y arduo juego del espíritu y la escritura”. Como sea, Elizondo trajo a la literatura mexicana eso que Víctor Hugo calificó acerca de la poesía de Baudelaire como de nouveau frisson (nuevo estremecimiento). Frente al hombre sometido a un atroz suplicio en Farabeuf, imagen continua en el libro, el lector se “estremece” como sucede también con Elsinore (1987), que después de haber sido editado por El Equilibrista, Mortiz está a punto de sacar. Elsinore construye una espléndida trama sobre una historia de los años cuarenta. Todo ocurre en una escuela militar norteamericana en la que estudia el narrador-protagonista. En medio de los sucesos que viven los adolescentes se comete un asesinato: un mexicano a manos de otro mexicano, ambos empleados del colegio. El hecho resulta terrible: un crimen entre amigos en una noche de borrachera dentro de unas inmundas barracas. Como aquel retrato que Elizondo tomó de Bataille para Farabeuf, el asunto adquiere una imagen atroz.

Charras (1990) de Hernán Lara Zavala (1946) es un libro notable. El texto teje la versión literaria de un crimen de orden político, cometido en Yucatán, cuando el gobierno de Loret de Mola. A su manera Lara Zavala apela a la novela testimonial que inició con Truman Capote y continuó con el “nuevo periodismo” propuesto en los setentas por Thomas Wolfe: una mezcla de “literaturización” de los hechos y de la recopilación de los sucesos obtenida a través de un amplio reportaje. Al tiempo que se cierra el libro con la muerte “accidental”, años después, del que gobernara la península del sureste de México, se abre la historia a un nuevo nudo de complicaciones. El secuestro de un joven líder sindical, contado esencialmente por el narrador que utiliza aquí la segunda persona (se refiere al asesino), su tortura y muerte, resultan un logro, entre otras cosas porque a pesar de la intromisión de otros puntos de vista (el de Loret de Mola, el de los periódicos, el del jefe de la policía) predomina el del criminal y así se disminuye el dramatismo pero aumenta la sordidez de los hechos. En definitiva, son “razones de Estado” las que convergen en la vida criminal de un tipejo cuyo modus vivendi reside en el quehacer gangsteril, apoyado por la policía.

El mismo cielo (1987), del mismo Lara Zavala, ofrece una serie de cuentos en los que se muestra a un autor de múltiples caras. Es decir, cada relato posee un tono y una estructura original. No hay uno que se repita en algo a otro. Sólo un escritor que ha leído mucho y ha percibido diferentes matices y posibilidades literarias (Elizondo, Pacheco, el propio José Agustín) puede fatigar textos tan sofisticados como “Correspondencia secreta”, “Crucifixión”: tan de buena factura como “Lejos, en invierno y de madrugada” o “Cogollito”.

Ignacio Solares (1945) había publicado ya algunas novelas antes de Matero, el otro (1989), un libro histórico-literario en el que se nos muestra a uno le los grandes caudillos del México revolucionario desde una perspectiva aparentemente imposible: la del héroe vinculado con el espiritismo. Solares no sólo vuelve factible el asunto sino que consigue la escritura de un libro apasionante.

Alberto Huerta (1945) resulta un ejercitado narrador. Ojalá estuvieras aquí (1977), que ganó el Premio Nacional de Cuento, y Block de notas (1989) los publicó en Mortiz. Huerta es un vívido ejemplo de las dos corrientes que imperaron en los sesentas y setentas. Onda y escritura convergen en sus textos con imaginación y buen estilo.

Luis González de Alba (1944) fue de los primeros en referir literariamente la experiencia vivida como líder estudiantil en 1968: Los días y los años (ERA, 1971), una novela testimonial escrita durante su estancia en la cárcel como preso político. En Mortiz ha publicado dos libros: Y sigo siendo sola (1979), que narra las divertidas historias de una irreal y estrafalaria mujer llamada la Seca y/o Delfina Borato; y Jacob, el suplantador, que parte de caracteres bíblicos para contar la historia de un personaje y de su lugar en la familia, en un pueblo minero del norte. El protagonista es un auténtico transgresor, cuyo conflicto simbólico reside en el significado de su primogenitura. Junto con sus otros libros, El vino de los bravos y Malas compañías (editados por Katún), González de Alba consigue un registro brutal de la moral clasemediera, de su contraparte y de situaciones impensables que él transforma en agua de todos los días, de todos los años.

Bruno Estañol (1944) ha incursionado en la narrativa con el pie derecho. En 1988 ganó el Premio de Cuento San Luis Potosí, que otorga el INBA, y en 1989 publicó una novela en Mortiz: Fata Morgana, cuya composición tiende al realismo mágico, pero que impone diferentes dimensiones: la física y la geográfica y, desde luego, la que recibe las brumas del inconsciente.

Ya estamos en los narradores nacidos entre 1949 y 1952.

Daniel Leyva (1949) tiene dos libros en Mortiz: Abecedario o Abecedario (1980) y Una piñata llena de memoria (1984), ambas muy a la manera de Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante y que recuerda los juegos de lectura propuestos por Butor y por Cortázar. En la obra de Leyva se percibe agilidad y una forma personal de abordar los experimentos literarios tan gustados hace algunos años.

Roberto Bravo (1947) publica en 1980 No es como Ud. dice tras haber ganado el Premio Nacional de Cuento. Es autor de otros libros y en 1989 volvió a publicar en Mortiz. Se trató de Vida del orate, un libro entre prosa poética y aforismos, narraciones breves y teatro, que contienen el encanto de la brevedad.

Marco Antonio Campos (1949), autor de los cuentos La desaparición de Fabricio Montesco (1977), No pasará el invierno (1985) y de la novela Que la carne es hierba (1985), publica en 1987 hemos perdido el reino, novela-testimonio que presenta los siniestros ocurridos en México el 19 y el 20 de septiembre de 1985. Sin melodrama, Marco Antonio Campos, o más bien M., se sitúa en medio de tres historias que ocurren en la ciudad y en su zona devastada como contrapunto. La desaparición de Fabricio Montesco reúne una serie de relatos, poemas en prosa y ensayos vinculados casi todos con Europa, en distintas épocas. Este resulta un libro sagaz que, junto con No pasará el invierno rescata el gusto por lo sorpresivo, lo extraño, lo agradablemente anecdótico.

Humberto Guzmán (1948) es un autor prolífico que ha incursionado en la narrativa y en el teatro. En Mortiz ha publicado Manuscrito anónimo (1975) y Los buscadores de la dicha (1990). Guzmán es un narrador preciso, con una sosegada economía del lenguaje. Los buscadores de la dicha relata la historia de un hombre solitario, que se enamora de una extraña a la que conoce en un cine y luego la persigue, con verdadero delirio, por la ciudad de Praga, que se transforma en un cuerpo sensual.

Sealliel Alatriste (1949) publicó en Mortiz dos novelas que formarán una trilogía intitulada Cineteca Nacional. El primer libro, Por vivir en quinto patio, salió en 1985; el otro, Quien sepa de amores, en 1990. Las dos novelas se crean a la luz de la cultura del melodrama del cine mexicano. De hecho, el protagonista, Enrique Guerra, quisiera fungir como galán a la Emilio Tuero. El mundo de sus fantasías reside en las películas de Dolores del Río, de Andrea Palma, de Antonio Badú, mientras su existencia clasemediera lo enfrenta al patetismo (divertidísimo por como se narran los hechos) de su clase social y a fatigar situaciones delirantes, que lo mismo pueden ocurrir en un hotel en Hermosillo con una gordita fofa y con rulos en la cabeza, que en un “condominio de tiempo compartido” que ha adquirido su mamá, doña Adalgisa P. de Guerra, “cerca de la playa”. Los tíos, los hermanos, los cuates, los reventones, el divorcio y la aparente búsqueda de su identidad, amén de la jetatura que pesa sobre la familia no bien cualquiera de sus miembros pisa el puerto de Acapulco, hacen de Enrique Guerra un antihéroe inolvidable.

En la segunda pieza, Quien sepa de amores, narrada por un amigo de Enrique Guerra, nos enteramos de las otras facetas (posibles o imposibles) de las historias del protagonista, quien termina por diluirse en relación a Marina Campollo de Anchondo, la mujer que habrá de arrebatarlo y que, después de muchos encuentros sexuales en los que no se repiten más que escarceos eróticos desenfrenados que Marina siempre interrumpe, llega finalmente el clímax erótico, la destrucción del matrimonio convencional de Marina y el reconocimiento por parte de Enrique de que Marina es un sujeto inclasificable, de una originalidad imprevisible. Alatriste urde entonces ese otro “imprevisible” que es el género de la tragicomedia y, después de la boda de un amigo, a la que Marina se presenta vestida como Andrea Palma en La mujer del puerto, los amantes mueren (no diré ni dónde ni cómo), como sucede con las parejas famosas del amor cortés: Tristán e Isolda, Abelardo y Heloisa, Romeo y Julieta. Historias de amor y muerte, Sealtiel Alatriste recoge la tradición del amor occidental en las letras de los boleros, dentro de una novela deliciosa, regocijante y triste.

Alberto Ruy Sánchez (1951) publicó bajo el sello Mortiz Los nombres del aire, que le valió el Premio Villaurrutia 1987. Este texto nos remonta de nueva cuenta a la écriture, al prosopoema, dentro de una geografía árabe y quizás española, en la que el deseo labra sus fantasías. Ruy Sánchez nos demuestra que todavía resulta factible volver a la playa desierta del lenguaje, a sus litorales, que si bien diseñados, son luminosos. Pero prefiero la malignidad de Los demonios de la lengua (1987) que se publicó en otra editorial.

Leonardo Da Jandra (1951) y su Entrecruzamientos III (1990) ofrece una suerte de autobiografía novelada, en la que, en efecto, se entrecruzan múltiples planos: el de la ficción, el de las lecturas y su crítica, el de personajes “reales” y personajes tomados de la literatura o del mundo editorial, el de la contaminación y el del abrupto confín de la naturaleza casi pura y con serpientes venenosas, el de la relación amorosa con Raga. Así, todo se entremezcla, mientras el protagonista busca afanosamente su mexicanidad.

De David Martín del Campo (1952) aparece bajo la firma Mortiz, en 1987, Isla de lobos, que mereció el Premio Novela José Rubén Romero. El libro se aventura en un universo supuestamente utópico, en Mazatlán, donde un hombre oscuro decide experimentar el “síndrome Gaugin” y termina por vivir experiencias de todo tipo: alcohólicas, de índole policiaca, mientras observa la dura existencia de los hombres de mar.

Martín del Campo había publicado en 1976, también en Mortiz, Las rojas son las carreteras y en 1990 sale su Dama de noche que incurre en la educación sentimental finisecular de los integrantes de una generación desfasada, que creció durante la época agitada de los sesenta y que ahora se encuentra un tanto a la deriva.

Del Campo ha creado una serie de personajes de corte balzaciano. Pero en sentido inverso a la novela realista del escritor francés, sus protagonistas abandonan la ciudad y se instalan, casi siempre, en pequeños sitios junto al mar. El autor posee una visión sociológica de los camaroneros, de los gobiernos socialistas del Golfo (Alas de ángel, premio Diana 1989) durante la década de los veinte, de los campesinos y otros caracteres simples que contrastan con el cinismo de sus personas dramáticas centrales. Se percibe así en la obra de este narrador, una desesperanza que al mismo tiempo lo conduce a exhibir a su generación, una generación de ideas que leyó a Marx y escuchó a Lennon y que ahora asume una realidad desencantada. Quemar los pozos traza una narración histórica durante el tiempo de la expropiación petrolera y hace desembocar al novelista en uno de los géneros que el nouveau roman hubiera despreciado y que en la última década se ha trabajado con especial denuedo (y con grandes aciertos): la novela histórica. Como sea, David Martín del Campo es uno de los narradores mexicanos más consistentes de los últimos años y que ha desarrollado aquella narrativa de los sesenta, que nació en medio del boom del lenguaje, de la voracidad crítica, del generation gap y que apadrinó a los mejores escritores del México actual.