Para la crítica literaria la poesía de José Emilio Pacheco (México, 1939) ha supuesto siempre una tentación hermenéutica. Acicate más bien curioso, si se tiene en cuenta que el poeta mexicano ha usado siempre un lenguaje diáfano, de fácil captación, sin léxico rebuscado ni entrelíneas esotéricas. ¿Por qué entonces su poesía deja tanto espacio para la interpretación? Si empezamos por reconocer que la de Pacheco es una poesía abierta, debemos admitir que la apertura no sólo incluye al lector sino también al crítico.

Daniel Torres ha señalado que hay en Pacheco “una apertura del código de la poesía a lo no considerado como tal”. Evidentemente, esa apertura es una incitación a que el lector interprete, pero es obvio que la apertura no sólo abarca los códigos retóricos o estéticos; en la poesía de Pacheco se hacen presentes, o simplemente transcurren, dudas, alusiones, sueños heterodoxos (siempre más cercanos a la pesadilla que al ensueño), textos ajenos, experiencias propias. Por otra parte se trata esta vez de un poeta sin soberbia, que no padece inhibiciones a la hora de confesar que no siempre alcanza a decir lo que quiere (“Y no es esto / lo que quise decir. Es otra cosa.”) o que la confusión es de algún modo su coherencia (“Por el momento nada me ampara sino la lealtad a mi confusión”) o que toda poesía, y por ende la suya, sufre la erosión del tiempo (“Todo poema es un ser vivo: / envejece”).

Hay asimismo en Pacheco un recurrente cuestionamiento de su función como poeta y aun de la condición básica, insustituible de la poesía. Y todo ello expresado con tal sinceridad, que no despierta en el lector ni siquiera la mínima sospecha de que acaso se trata de una hábil máscara autocrítica. Al fin y al cabo, el poeta se cuestiona a sí mismo, entre otras cosas porque lo cuestiona todo: el mundo, la vida, el poder, la muerte. Precisamente, el gran atractivo de esta obra poética es su constante bucear, con palabras conocidas, en lo desconocido, en la falsa eternidad, en “el silencioso estruendo del olvido”. Su poder de comunicación con el lector obedece sobre todo a su sorprendente capacidad para encarar, con un lenguaje asequible y cercano, los más intrincados problemas de la existencia y aun para dejar constancia de su no resignación al inevitable aniquilamiento, al chantaje de la nada.

De ahí que resulte difícil estar de acuerdo con la asimilación, algo mecánica, que hace Octavio Paz de la poesía de Pacheco con la imagen de un lago, y en cambio sea mucho más compartible la opinión de Thomas Hoeksema, que considera que el libro No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969) “no es tanto un lago que refleja como una tormenta de compromiso, protesta y experimentación”. Es cierto que, cuando Paz hace público su diagnóstico (en Poesía en movimiento, México, 1966), Pacheco sólo había publicado Los elementos de la noche (1963) y El reposo del fuego (1966), pero aun en esos libros iniciales Pacheco fue dejando claros signos de lo que en obras posteriores habría de convertirse en su incendiario enfrentamiento con el tiempo y la muerte.

En su primer libro dice, por ejemplo: “Mientras avanza el día se devora”; “Son los años / que anudan y rompen”; “¿Cómo atajar la sombra que nos hiere y nos cava / si nada permanece / si todo nos fue dado / como tributo o dualidad del polvo?”. Y en el segundo: “Es hoguera el poema / y no perdura”, “¿Sólo perder ganamos existiendo?” Es obvio que unos y otros versos no transmiten precisamente la quietud o serenidad del lago, sino más bien la tumultuosa búsqueda de una identidad y la torrencial discordancia frente a un destino inapelable. Leal, como siempre, a su sabia confusión, José Emilio Pacheco lleva a cabo una poesía dramática, generadora de tensiones entre el poeta/hablante y su destinatario/interlocutor. Los seguros, los consolidados, los infalibles, esos que jamás dudan ni se confunden, podrán hacer leyes, estafas o burlas, pero nunca poesía.

No obstante, es a partir de No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969), y sobre todo de Irás y no volverás (1973) y Desde entonces (1980), que el poeta afina y a la vez fortalece su capacidad de cuestionamiento e incluso la expande a zonas de preocupación y compromiso sociales. Sin abandonar su desgarradora militancia contra la muerte, sino más bien consolidándola, Pacheco denuncia además la otra flagrante injusticia la que puede ejercerse desde el poder, cruento o incruento, mudable o inmanente. Vietnam y la destrucción sistemática de los resguardos ecológicos, a tal punto lo sacuden y laceran, que esos temas llegan a infiltrarse en sus aproximaciones a los clásicos, en cuyas traducciones y versiones libres asoman hechos y desechos de hoy. Después de todo, la guerra de Vietnam y las agresiones a la ecología son meras variantes de la muerte, ese incalculable y permanente enemigo. La eventual perfección del verso no puede competir con la “perfección terrible de estar muerto”, a la que se había referido en El reposo del fuego. La muerte es tan inasible que ni siquiera puede ser fijada o retenida como tal: “Ni siquiera la muerte permanece. / Todo vuelve a ser polvo”. El poder de la muerte es tan omnímodo, que es capaz de aniquilar a la misma muerte. De ahí estos versos impecables y estremecedores, que significativamente están entre paréntesis: “(Quizá ‘vacío’ / es el nombre profundo de la muerte)”.

¿Qué defensas le quedan al poeta contra ese vacío? No muchas, por cierto; pero entre esas pocas, está la apelación a los objetos, esas cosas que no pueden morir, porque nunca nacieron. Vargas Llosa vio con sagacidad que en Pacheco, las cosas, al compararlas con el hombre, “se defienden mejor contra la muerte, son menos perecederas que él”, y por eso “el poeta escudriña la realidad inanimada, la captura por medio de la palabra”. Así como, para José Emilio Pacheco (¿y para quién no?), el gran rival es la muerte, las cosas pueden erigirse en sus únicos, incorruptibles aliados. Al menos puede aferrarse a ellas, o dejar ( y así lo dice) que ellas se aferren a la hora que se cumple en el interior del poeta, a su silencio.

Cuando se preguntaba, en Los elementos de la noche: “¿Para qué hendir esta remota soledad de las cosas?”, poco después atinaba a responderse (aunque estas líneas fueron eliminadas en la expurgada versión que se incluye en Tarde o temprano, recopilación publicada en 1980): “Porque es un modo de redescubrir el espacio, el origen; de iluminar mediante el pobre conjuro, la ávida sombra que se cierne sobre el instante”. Esa voluntad, tantas veces frustrada, de asirse a algo, a alguien, es tal vez lo más fascinante, y a la vez lo más conmovedor, en la obra de Pacheco.

“Miro sin comprender”, admite, y sólo entonces percibimos que su mirada es también la nuestra. Tampoco nosotros comprendemos ese prólogo de ruina que es el mundo, ese azar planificado que es la vida. Si el poeta no puede ayudarnos a comprender, al menos nos ayuda a indagar por qué no comprendemos. De esa manera, nos distancia y nos acerca, alternativamente, las razones o sinrazones de la existencia. Julio Ortega se ha referido al escepticismo agónico del poeta mexicano, pero diríase que se trata de un escepticismo encarnizado, y en todo caso, si es agónico, lo será en la acepción unamuniana. Aunque se sabe irremisiblemente derrotado, el poeta no se da por vencido. Lucha (y escribe) como una forma de postergar la muerte. “Desde antes de Sherezada las ficciones son un medio de postergar la sentencia de muerte”. Así lo puntualiza. Pero ¿sólo las ficciones? Por las dudas, también escribe cuentos y relatos (la notable novela Morirás lejos es, entre otras cosas, una alegoría de la postergación), pero en el fondo quizá mantenga la esperanza de que los poemas, o al menos sus poemas, consigan una demora más extensa, más francamente convocada.

“El tiempo nace / de alguna eternidad que se deshiela”. La misión del poeta es, en consecuencia, darle calor, al menos mientras le quede aliento, antes de que la muerte vuelva a congelarlo. Nadie podría decirlo más certeramente que José Emilio Pacheco:

Llegaremos al otro mar a que nos cubra la muerte. Entretanto
el camino es la meta y nadie avanza solo
y el agua se comparte o revientas. No hay
minuto que no transcurra. Adelante.

No obstante, cuando llegue la meta ignominiosa con su minuto letal, ese único que no transcurre, ya no habrá reloj o corazón capaz de detectar el silencio infinito. En Pacheco el tiempo depende en última instancia de la muerte, ese “intenso garabato”, y de ahí su desolación. La imagen del polvo ha sido sabiamente elegida como atributo de la desintegración. Todo vuelve a ser polvo: “el polvo, ese lenguaje / que hablan todas las cosas”. Sin embargo, el polvo no sólo afecta y subordina al hombre y su destino; también carcome las cosas, esa realidad inanimada que en algún momento pudo el poeta suponer que lo defendería contra el vacío. “…el polvo / devora el interior de los objetos”, dirá en El reposo del fuego. Sólo un año después, en la novela Morirás lejos, uno de los personajes convendrá en que “las palabras son alusiones, ilusiones”. Entre la alusión y la ilusión vive el poema su tránsito especular, durante el cual todo se refleja en todo, y entonces, la ilusión del reflejo en el reflejo, y el reflejo de la ilusión en la ilusión, van configurando ese imaginario distanciamiento de la muerte, que, de pronto, ante la repentina ausencia de una ilusión/espejo, se convierte en agobiante cercanía. Sin duda, “vivir es ir muriendo”, y, por si eso fuera poco: “Regresar ¿a dónde? / A todas partes vamos a no volver. Puesto a elegir entre Buda, Quevedo, Baudelaire y Heráclito, legados todos que conscientemente asume, el poeta se inclina dolorosamente por Heráclito, para quien, a pesar del pánta rhêi, todo volverá al fuego y se consumirá en una hoguera universal.

Embarcado en el rumbo heraclitano, Pacheco va alternando su conflicto vida/muerte con la contradicción agua/fuego, pero es el fuego el que le brinda los adecuados elementos para convertir en alegoría la dimensión de su angustia. Además del tiempo y la muerte, esas constantes, hay otros referentes en la obra poética de Pacheco: la noche, el fuego, el mar, el polvo. No obstante, esos temas se encadenan con naturalidad, quizá porque todos forman parte de lo mismo, son distintas variantes de lo mismo.

El primer libro trata, como es sabido, de los elementos de la noche; el segundo, del reposo del fuego. O sea, que el fuego recoge el testigo de las manos oscuras de la noche. Aquí y allá hay versos que documentan ese tránsito. “La noche arde en su fuego”, dice en el primer libro; “Toda la noche vi crecer el fuego”, retoma en el segundo. Noche y fuego; fuego y noche. El fuego se condena a sí mismo: destruye y se destruye. Aniquila para renacer. “Toma la antorcha / prende fuego al desastre. / Y otra hoguera florezca”. Es claro que el imprevisible mundo, renacido del fuego, trae consigo otra angustia:

Pero, ¿es acaso el mundo un don del fuego
o su propia materia ya cansada
de nunca terminar le dio existencia?

Y otra vez el testigo, tan perecedero como el fuego:

Arden las llamas,
                     mundo y fuego, mira
la hoja al viento, tan triste
de la hoguera.

Es curioso que, en más de un poema, José Emilio Pacheco identifique la hoguera con la tristeza, cuando normalmente el fuego suele usarse como símbolo de la pasión, del combate, del entusiasmo, de la alegría, o sea de constantes vitales. Quizás el poeta no pueda desprenderse de un pronóstico, que en él es convicción. El vertiginoso, agorero futuro del fuego: su reposo. “El reposo del fuego es tomar forma / con su pleno poder de transformarse”. La pregunta es casi de cajón: ¿transformarse en qué? El reposo del fuego ¿no será acaso la ceniza? Si bien el poeta no lo dice con todas sus letras, algo sugiere cuando escribe: “La ceniza siente nostalgia del incendio”, forma velada de anhelar (aquí también la esperanza es lo último que se pierde) que la muerte sienta nostalgia de la vida. Nostalgia que, por otra parte, la muerte condenará de antemano al vacío: “Humo y ceniza no serán perdonados / pues no pudieron contra la oscuridad”. Por su parte la poesía intenta lograr ese perdón (“Cada poema / epitafio del fuego”), simplemente narrando el tránsito del fuego a la ceniza. Aun así, “es hoguera el fuego / y no perdura / Hoja al viento / también / también tristísima”.

Entre el condenado nacimiento del poema y su triste extinción, queda todo un proceso que merece la permanente vela de Pacheco. Por lo pronto enuncia, parafraseando y ampliando a dos poetas cubanos (José Z. Tallet y Fernández Retamar): “Todos somos poetas / de transición / La poesía jamás se queda inmóvil”. Transición y además transacción. Para Pacheco el poema es, como sugiere José Miguel Oviedo, una “transacción verbal”. ¿Transacción, aun aquí, entre la noche y el fuego? Thomas Hoeksema ha visto con sagacidad que Pacheco “la fuerza generada por su propia consunción y el calor generado por las llamas desde dentro son dos características del poema como fuego”. El poema consumido por el fuego. Es decir que, si bien el poema puede ser epitafio del fuego, éste a su vez puede ser epitafio del poema. Las alegorías de ida-y-vuelta son indudablemente una de las tentaciones que lleva implícitas la poesía de José Emilio Pacheco. Y no por azar son válidas: se trata de una poesía dialéctica (más vestigios de Heráclito), que tras proponer una imagen deja espacio a su vez a la propuesta de una contraimagen definitiva, una nueva señal de la apertura de los códigos retóricos y hasta filosóficos.

Tal vez por eso, y según se le hace sentenciar a Julián Hernández, poeta heterónimo, “la poesía no es de nadie / se hace entre todos”, y según dice el propio Pacheco, refiriéndose a Flaubert, cada autor “sólo dice / lo que cada hombre y cada mujer que lo lea, pueda escuchar entre el rumor de sus páginas” (Los trabajos del mar). Probablemente no pueda hallarse, en toda la narrativa contemporánea, donde es moneda corriente la opera aperta, una posibilidad tan clara de lectura participativa como la convocada por la poesía de mexicano, frugal en sus formas y profunda en su reflexión.

Cabe asimismo conjeturar que, en este caso preciso, que no es necesariamente el de Pessoa ni el de Gelman ni el de Monterroso ni el de otros premeditados bifurcadores, Pacheco inventa heterónimos, tal vez con el designio metafórico de desorientar a la muerte. A semejanza de muchos objetos, Julián Hernández y Fernando Tejada son productores artesanales, son cosas. Fueron moldeados, tal como el ceramista da forma a una vasija, pero no tienen vida propia sino la que el creador decide prestarles. Tampoco ellos nacieron (su nacimiento fue sólo un simulacro) y en consecuencia no habrán de morir.

José Emilio es un formidable trujamán, no sólo de poemas ajenos sino de los seres, las cosas, el mundo. Y así como tiene su elenco de heterónimos, también ha fundado, mucho antes que Peter Weir, su propio club de poetas muertos. Los traduce, claro; pero además dialoga, convive con ellos. Al alcanzarles cabos desde el presente, los transforma en poetas de transición. Cuando advierte, en Ciudad de la memoria, “sólo nosotros somos el pasado”, es probable que incluya en el nosotros a Arquíloco, Anacreonte, Simónides, Calímaco, Horacio, John Donne, Mallarmé, Rimbaud, Baudelaire, Nerval y tantos más a los que ha convertido deliberadamente en sus contemporáneos. Los poetas muertos se infiltran en su poesía, así como la de Pacheco se introduce en la de sus admirados antecesores. El mexicano salta sobre las eventuales acusaciones de plagio (que por cierto nadie ha osado formular) y es el primero en ejecutar su proyecto (o el de Julián Hernández) de una poesía hecha entre todos.

Es así que los textos retoman la prioridad. Ellos, mucho más que los poetas, son la poesía y “el desdoblamiento apostrófico del hablante escindido” (la compleja pero exacta denominación pertenece a Lilvia Soto) es una nueva y decisiva apertura de los códigos: los poemas son de todos, y el poeta es tan sólo alguien que aporta, un mero aunque calificado contribuyente, no un singular sino un pedazo de plural. En “Una defensa del anonimato” (suerte de velada arte poética) José Emilio Pacheco busca el apoyo tutelar de Pessoa, su colega y predecesor en la fundación de heterónimos, para reflexionar:

Me parece un milagro
que alguien que desconozco pueda verse en mi espejo.
Si hay un mérito en esto —dijo Pessoa—
corresponde a los versos. no al autor de los versos.

Para el título del tercer libro de Pacheco, No me preguntes cómo pasa el tiempo, ya había anticipos de explicaciones en el primer libro: “Todo nos interroga y recrimina, / pero nada responde”. Algo que en términos descaradamente prosaicos vendría a significar: no me preguntes porque no hay respuestas. Hay fragmentación de significados, otra maniobra, como la invención de los heterónimos, destinada a que el tiempo, ese aliado infecundo de la muerte, se vea obligado a dividir sus fuerzas, a atender varios frentes.

Es claro que las innumerables interpretaciones y elucubraciones sobre la poesía de Pacheco son posibles sólo porque su nivel literario es excelente. El autor maneja el lenguaje con una claridad y una soltura que en cierta manera oculta, o disimula su innegable pericia. José Emilio Pacheco posee una intuición fuera de serie para estrenar vecindades de palabras. Todos sus términos son corrientes, comprensibles, casi diríamos vulgares (un afortunado equivalente poético del arte povera de Pistoletto y Merz), pero es posible que su primordial originalidad, en lo estrictamente literario, resida en el descubrimiento de una relación inédita entre esos mismos términos. Es justamente esa sorprendente vecindad entre dos lugares comunes la que en definitiva los convierte en un solo lugar extraordinario. La ecuación nueva sirve para despejar una incógnita nueva. El sosiego y la conflagración, que vienen a ser el núcleo axial del mundo poético de José Emilio Pacheco, se extienden a lo largo y a lo ancho de toda su obra y le otorgan un impulso de vida que constituye su imprescindible clave. Octavio Paz acierta cuando dictamina que “para José Emilio el tiempo es el agente de la destrucción universal y la historia es un paisaje en ruinas”, pero lo cierto es que Pacheco posee un aliento formidable para describir y juzgar estas ruinas y aquella destrucción. Consciente de su desolación y de sus temores el poeta los trasmuta en empuje y beligerancia. Una señal hay al menos en dos de sus poemas (uno de Jardín de niños y otro de Islas a la deriva) que concluyen con la palabra adelante. Como bien ha señalado José María Guelbenzu, uno de los pocos españoles que se ha ocupado de José Emilio Pacheco: “No deja de ser curiosa la capacidad que este poeta torturado por el paso del tiempo tiene de expresar los gestos de la vida y de fijar el instante fugaz tan admirablemente” (Prólogo a Alta traición, 1985).

Con la destrucción y con las ruinas, Pacheco arma su voluntad de brega. Golpea contra la adversidad como si fuese a vencerla, aunque sabe a ciencia cierta que será derrotado y nos enseña que sin ese tesón mereceríamos la muerte. La muerte ha de llegar, en efecto, pero inmerecida.

La poesía de José Emilio Pacheco arropa la vida con el aliento de un héroe filosófico. Héroe, por supuesto, a pesar de sí mismo. Su poesía es coloquial, quién puede dudarlo, pero lo cierto es que dialoga con la porción más veraz, más cuestionadora y por fortuna más humana de nosotros mismos. “Irás y no volverás”, nos dice y se dice a sí mismo con escepticismo y determinación. Por supuesto, no volveremos, pero mientras vamos, sigamos su consejo: empuñemos la antorcha del fuego y prendamos fuego al desastre. Sólo así, mortales como somos, dejaremos constancia de nuestra expresa voluntad de no morir.

 

José Emilio Pacheco, Los elementos de la noche. UNAM. México, 1963.

El reposo del fuego. Fondo de Cultura Económica. México. 1966.

No me preguntes cómo pasa el tiempo. Joaquín Mortiz. México, 1969.

Irás y no volverás. Fondo de Cultura Económica. México, 1973.

Islas a la deriva. Siglo XXI. México, 1976.

Desde entonces. Era. México, 1980.

Los trabajos del mar. Era. México, 1983.

Miro la tierra. Era. México, 1986.