“¿Francia está en vías de volverse fascista?”. Vale la pena plantearse la pregunta a la hora en que se multiplican las agresiones racistas y antisemitas, y en que hay que reconocer que Francia es el único país de Europa donde se han reforzado las posiciones de la extrema derecha durante estos últimos años. En la actualidad su influencia es mínima en los países —Grecia, Portugal, España— que hasta hace poco todavía estaban gobernados por dictaduras militares o corporatistas. Los países inventores del fascismo —Italia, Alemania— conocieron un renacimiento de esta doctrina luego de los acontecimientos de 1968. Pero ni el MSI en Italia ni el NPD en Alemania han obtenido jamás los resultados del Frente Nacional (FN) en Francia: 4.3 millones de votos (14.39% de los sufragios) para Jean-Marie Le Pen en las elecciones presidenciales de mayo de 1988, 13.5% de los sufragios en las elecciones Legislativas de junio siguiente. En las municipales de 1989 el FN retrocedió un poco: 10.1% de los votos en las ciudades de más de 30 mil habitantes. Pero de hecho, este reflujo marca un arraigo en la “Francia profunda”.

En las municipales de 1983 el FN tuvo una “divina sorpresa”, para retomar la expresión de su líder. En efecto, había podido entrar en un gran número de consejos municipales gracias a la introducción de la proporcionalidad en la ley electoral municipal. La fuerte polarización de la vida política francesa, para ese entonces, había tenido por consecuencia en muchos lugares, la obligación para la derecha clásica, RPR (gaullistas) y UDF (centristas), de conceder o establecer alianza con el FN para conservar la mayoría en ciertos consejos municipales. Evidentemente este partido supo obtener el máximo de dividendos en 1989, de la presencia alcanzada en 1983 en los municipios. En menos de diez años la extrema derecha conquistó entonces más del 10% del electorado francés.

Todo adelanto de la extrema derecha implica inevitablemente movilizaciones de los movimientos políticos contra el “peligro fascista”. ¿Hay por ello una “cultura fascista” en Francia? Eso es lo que nos preguntaremos en primer termino, antes de examinar el fundamento profundo de la extrema derecha francesa —el del antiparlamentarismo— y de ver enseguida el antídoto que la sociedad siempre ha sabido producir cuando la extrema derecha se vuelve peligrosa, ése que se podría calificar como antídoto de la “cultura republicana”.

I. ¿AUSENCIA DE CULTURA FASCISTA?

Nada es más peligroso, tanto en política como en el análisis científico, que la confusión de los conceptos. Para combatir bien hay que identificar bien al adversario. Las amalgamas pueden ser muy peligrosas. La consigna de mayo 68 en Francia —”CRS=SS”— favoreció el desarrollo de las ideas de extrema derecha en una minoría de los cuerpos policiacos fundamental y mayoritariamente republicanos. ¿Habrá que recordar que no hubo ningún muerto durante las manifestaciones de ese largo mes de mayo de 1968?

Los politólogos, a partir del análisis de la Italia Mussoliniana y de la comparación con las dictaduras latinoamericanas de los años setenta, tan frecuente e impropiamente calificadas de fascistas, han dado una definición satisfactoria de este tipo de régimen. De manera sintética, se puede decir que el fascismo es un régimen político en el cual:

1). Las estructuras de la democracia parlamentaria ya no existen. Ya no hay pluralismo político, competencia electoral, responsabilidad compartida entre el ejecutivo y el legislativo.

2). El Estado tiene vocación de regular todas las actividades, todos los sectores de la sociedad civil. La división de la sociedad en clases es negada y las corporaciones asocian a patrones y asalariados en organizaciones comunes. El individuo, en tanto que sujeto social, deja de existir. La libertad individual ya no tiene, por lo tanto, ningún sentido.

3). Este régimen se apoya en movimientos de masas de carácter totalitario, movimientos que fundan la organización corporativa del Estado y legitiman el poder del jefe.

Si se toman estos elementos como constitutivos del fascismo es necesario reconocer que con frecuencia el término es mal utilizado. Todas las dictaduras latinoamericanas de los años setenta, por ejemplo, se propusieron la destrucción de las estructuras sindicales o corporativas anteriores a su advenimiento, sin que por ello postularan la instalación de organizaciones alternativas. Además, los regímenes chileno, argentino, brasileño jamás buscaron provocar el desarrollo de movimientos de masas susceptibles de legitimarlos. Se trataba de dictaduras a-ideológicas: no buscaban difundir su ideología —liberalismo económico y “seguridad nacional”, es decir, represión de todo movimiento de izquierda.

Por lo que toca a Francia, casi todos los historiadores están de acuerdo en que no hubo fascismo más que marginalmente. Muy pocos intelectuales consideran que los fascismos italiano y alemán encontraron su origen en el revisionismo marxista que se desarrolló en Francia después de la Primera Guerra Mundial. Por lo demás esta tesis ha sido retomada por la extrema derecha francesa que rápidamente asimiló fascismo y socialismo en una misma denuncia. El “fascismo rojo” para calificar al comunismo, es una fórmula recurrente en la extrema derecha francesa. Retengamos no obstante la inexistencia de “cultura fascista” en Francia. El propio régimen de Vichy muy difícilmente puede ser calificado en la misma categoría que sus homólogos italiano o alemán, a pesar de que a partir de 1943 auténticos fascistas estaban en los puestos de mando del Estado.

¿Cómo explicar entonces el peso de esta extrema derecha que hoy en día ha encontrado en Jean-Marie Le Pen un portavoz temible? De entrada, y ante todo, por la permanencia en Francia de una cultura antidemocrática.

II. PERMANENCIA DE LA CULTURA ANTIDEMOCRÁTICA

Desde la Revolución de 1789 no ha habido periodo que no asista a un resurgimiento de las prácticas y aspiraciones antidemocráticas. La Revolución, se sabe, desembocó en el Terror, que fue una dictadura sangrienta en nombre de ideales teóricamente democráticos. El deseo de orden provocado por los hábitos del Terror desembocó en Napoleón, quien no tuvo ninguna necesidad de recurrir a prácticas coercitivas para asentar un poder personal extraordinariamente popular. Las jornadas revolucionarias de 1848 dieron a luz a Napoleón III y al Segundo Imperio. La III República (1870-1940) conoce numerosos episodios en los que un antiparlamentarismo poderoso, enraizado en las capas populares, halla la ocasión de expresarse en la calle así como en las urnas: boulangismo (1886-1889), el asunto Dreyfus (1894-1899), las ligas (1934), gobierno de Vichy de 1940 a 1942, poujadismo bajo la IV República, el antiparlamentarismo representa en Francia una constante entre capas significativas de la población. Este antiparlamentarismo se nutre de tres ideologías que se conjugan en estos movimientos políticos que reaparecen periódicamente: un nacionalismo exacerbado, un antisemitismo casi ostentoso y un clericalismo tradicionalista militante.

Sobre este fondo se desarrolló el Frente Nacional. Hay que reconocer que esta cultura antiparlamentaria es tan peligrosa para la democracia como la cultura fascista. Como ésta, es ante todo portadora de totalitarismo, exclusión, rechazo de las diferencias. Jean-Marie Le Pen no deja de fustigar a la “banda de los cuatro”, es decir, los cuatro partidos que componen lo esencial de la representación nacional: PC, PS, RPR, UDF. Desacreditando al parlamento, el discurso lepenista apunta a reactivar los fantasmas y las obsesiones que han estado siempre en el origen del desarrollo de los movimientos antidemocráticos. No hace sino retomar los temas veinte veces utilizados en el pasado: rechazo de “la decadencia de Francia”, resistencia frente a “la invasión” (en este caso de los inmigrantes), inminencia de la catástrofe económica, disolución de la identidad nacional, señalamiento de los responsables de todos estos males (antier los judíos y los fracmasones, ayer los comunistas, hoy los inmigrantes), etc. Ante la acumulación de las amenazas, Francia necesita un salvador, un hombre que, como los Césares de las dictaduras romanas, sabrá devolverle al país su lugar natural.

Jean-Marie Le Pen procede de esta cultura. Excelente orador, gran profesional de la manipulación de los auditorios, destaca en el arte de encender los resentimientos y los odios. Adepto inventivo del juego de palabras y del sobrentendido, tiene éxito en reavivar el antisemitismo latente en una fracción de la población, no sin evitar los discursos ostensiblemente antisemitas (la ley francesa castiga con severidad la utilización pública del racismo). El discurso electoral del FN se emparenta con el de la extrema derecha de los años treinta: para hacer frente a la crisis. a las quiebras, al desempleo, hay que exaltar a la nación, hay que echar afuera a esos “extranjeros”, origen de todos los males y a quienes se debe la inseguridad en las ciudades y el desempleo (íellos ocupan “nuestros empleos”!)… No es un azar que el mapa electoral del FN coincida con el de las regiones más afectadas por las restructuraciones industriales, con las más altas tasas de desempleo. La xenofobia, el desprecio de la clase política y del parlamentarismo, el llamado a la movilización nacional encuentran en él terreno fértil para su desarrollo.

La cultura antidemocrática es entonces una constante del electorado francés. Si no siempre se encuentra en la escena electoral eso no significa su supresión temporal y luego su resurgencia. Se trata simplemente de que en ciertos momentos no dispone de un dirigente capaz de expresar sus expectativas y frustraciones, o aun que una fuerza política haya sabido absorberla por un tiempo (por ejemplo, el gaullismo a principios de la V República). No obstante, esta cultura nunca ha logrado convertirse en hegemónica. Y es que la sociedad francesa siempre ha sabido, con excepción de raros periodos (1940-1942), producir antídotos para los virus antidemocráticos. Si hay una cultura, en efecto, común a la casi totalidad de las fuerzas políticas, tanto de derecha como de izquierda, es la que se ha forjado desde hace más de un siglo y que puede ser calificada de “cultura republicana”.

III. IMPOSICIÓN DE LA CULTURA REPUBLICANA

Michel Noir, actual alcalde (RPR) de Lyon, se inquietaba algunos meses antes de las elecciones de 1988 por las tentaciones presentes en su partido de hacer alianza con el FN para conservar la mayoría. Tuvo entonces una consigna que fue famosa: “más vale perder las elecciones que perder el alma”. Con esta frase él expresaba el fondo republicano compartido por lo esencial de la clase política y de la población francesa, hecho de consenso alrededor de ciertos valores: tolerancia, adhesión al modelo democrático, amor por la libertad. defensa de los derechos del hombre, aspiración a la justicia. Con frecuencia, cuando estos valores son amenazados, la reacción de rechazo de las tendencias antidemocráticas proviene de la misma sociedad antes de ser asumida por los partidos. Varios ejemplos recientes, surgidos en esta Francia que concede más del 10% de sus sufragios al Frente Nacional, ilustran esta conducta.

El primero es el de la creación de “SOS Racismo”, asociación fundada por jóvenes a principios de los años ochenta para luchar contra los atentados racistas y contra el discurso lepenista de exclusión de los inmigrantes. Su éxito fue extraordinario. En pocos meses el distintivo y la consigna de esta asociación, “No toques a mi cuate”, eran conocidos por toda Francia, al igual que su portavoz, Harlem Désir. Presente en todos los frentes en que se expresan el racismo y la xenofobia, esta asociación es hoy en día la única organización capaz en Francia de convocar a multitudes de jóvenes.

La “marcha de las Minguettes” es otro ejemplo de estas reacciones producidas por la propia sociedad. Las Minguettes son un barrio de Lyon con fuerte densidad de inmigrantes y formado de multifamiliares degradados. Durante el verano de 1983 aparecieron tensiones raciales muy fuertes acompañadas de atentados racistas. Jóvenes del barrio, hijos de inmigrantes en su mayor parte, decidieron entonces organizar una marcha no violenta hacia París, invocando explícitamente los ejemplos de Gandhi y de Martin Luther King. Salida de Marsella en octubre, la marcha tardó 50 días en alcanzar París, donde fue recibida por el presidente de la República, François Mitterrand. Cincuenta días que vieron engrosar el número de los marchistas, que asistieron al recibimiento entusiasta en las ciudades y pueblos por donde pasaron los manifestantes. El puñado de jóvenes salidos de Marsella era una multitud que entró triunfalmente a París. Esta es otra iniciativa surgida de lo más profundo de la sociedad.

Más cerca de nosotros, en fin, el asunto del “velo islámico” que prendió a los intelectuales y a la clase política francesa en el otoño de 1989 también sirve para nuestros propósitos. ¿De qué se trataba? Un director de escuela les había negado la entrada a los salones a dos alumnas musulmanes si no se quitaban el velo. El admitía que lo llevaran en el patio de recreo por respeto a las creencias religiosas, pero no en el salón de clases, de acuerdo con el principio fundamental de laicidad de la enseñanza pública. Durante más de dos meses, debates apasionados dividieron a Francia en dos campos que no reproducían las separaciones políticas tradicionales derecha-izquierda. Numerosos sondeos de opinión fueron realizados durante el periodo. Estos destacaron los dos valores a los cuales los franceses afirmaron estar mayoritariamente unidos: los de tolerancia y laicismo. Aquí se trata del fundamento mismo de la escuela republicana creada por Jules Ferry en 1884.

Se podrían multiplicar los ejemplos. Cuando han aparecido amenazas serias contra la democracia, la reacción popular siempre ha sabido, con excepción de los años 1940-1942, levantar una barrera a los movimientos antidemocráticos. Los sondeos actuales muestran, por lo demás, que a pesar de sus éxitos electorales la imagen de Le Pen no es banalizada más del 60% de los franceses lo consideran, a él y a su partido, como peligrosos para la democracia. Más de diez años después de haber hecho irrupción en la escena política francesa, a pesar de un número no desdeñable de elegidos locales repartidos en el conjunto del territorio, Jean-Marie Le Pen está todavía lejos de haber alcanzado su objetivo de respetabilidad.

Si el fondo republicano permanece sólido, hay que comprobar no obstante que hoy en día tiene tendencia a erosionarse. Los terrenos en los cuales se desarrolla el Frente Nacional, los del desempleo, la inseguridad, el anonimato urbano, la inmigración, son tanto más fértiles por la crisis profunda de los instrumentos tradicionales de integración. La escuela, los sindicatos, la Iglesia ya no logran difundir los valores que cimentaban a la sociedad. En Francia, como en la mayor parte de los países, las ideologías están en crisis y los ideales de la democracia, con excepción de los países del Este, ya no tienen éxito. ¿Esto no arriesga con disminuir mañana esa capacidad tradicional para producir anticuerpos ante los virus totalitarios? Luego de la reciente profanación de tumbas en un cementerio judío de Carpentras (cuna del judaísmo en Francia), una inmensa manifestación silenciosa desfiló por París el último 14 de mayo. El periódico Libération titulaba a la mañana siguiente: “El contragolpe”. Ojalá esto sea cierto.

 

Georges Couffignal
Profesor de Ciencias Política en la universidad Louis Lumière de Lyon (Institut d’Etudes Politiques).