Peter H. Smith es profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de California, San Diego, y codirector norteamericano de la Comisión Bilateral sobre el futuro de las relaciones México-Estados Unidos. Este artículo se presentó como ponencia en el panel sobre “El futuro de las relaciones México-Estados Unidos,” Asociación de Estudios Latinoamericanos, en Miami, diciembre 4-6 de 1989.

Mexamérica, las relaciones de México con Estados Unidos, es un asunto que, por decirlo así, siempre está viniendo y requiere por lo mismo de una cobertura constante, tan constante como los cambios en las relaciones. Los artículos de Cathryn L. Thorup y Peter H. Smith que incluimos aquí fueron escritos antes de la invasión norteamericana a Panamá, aunque en efecto ambos se refieren en sus respectivos textos a la situación centroamericana como -y algo nada nuevo- un surtidor de conflicto para las nuevas relaciones de México con Estados Unidos. Les hemos pedido a estos autores una segunda opinión sobre la forma en que los sucesos centroamericanos afectarán no sólo a estas relaciones sino a sus mismas ópticas del asunto. Por lo demás, más cerca de la coyuntura, nuestro cuaderno de nexos de este mismo número incluye un registro sobre la situación centroamericana.

Al parecer las relaciones contemporáneas entre México y Estados Unidos están experimentando un cambio importante. Hace tan sólo unos cuantos años, los gobiernos de ambos países se enredaban en disputas continuas y debilitadoras. Los representantes oficiales manifestaban su total desacuerdo (y se lanzaban recriminaciones mutuas) por cuestiones tan difíciles y discordantes como Centroamérica, las drogas, la migración y la deuda. Las críticas contra México constituían un pasatiempo común y políticamente ventajoso para los líderes norteamericanos, particularmente en el Congreso; el resentimiento por las pretensiones y la prepotencia norteamericanas estaba profundamente arraigado en México.

Ahora, el ambiente ha cambiado totalmente. México y Estados Unidos han llegado a un acuerdo sobre la deuda, han firmado nuevos convenios comerciales, han disminuido su retórica sobre migración y drogas y han logrado contener sus desacuerdos latentes sobre Centroamérica. Siendo aún presidentes electos, Carlos Salinas de Gortari y George Bush tuvieron una reunión cordial en noviembre de 1988, los ministros de Estado tuvieron pláticas amistosas y fructíferas en agosto pasado y Salinas hizo una visita de Estado triunfal a Washington a principios de octubre.

Todo esto suscita una serie de preguntas: ¿cuál es el nuevo tenor y tono de las relaciones? ¿Esta atmósfera tiene probabilidades de ser permanente? Y ¿cuál es el futuro a largo plazo de las relaciones entre México y Estados Unidos?

Me centraré primero en el estado actual de las relaciones y en las posibilidades de cambio a corto plazo. Haré también una serie de especulaciones sobre las tendencias generales en el mundo y su posible impacto en las relaciones de México y Estados Unidos a largo plazo.

EL CORTO PLAZO

Las relaciones entre ambos países pueden interpretarse al menos de tres formas. La primera de ellas, y la más común, es creer que la mejoría reciente constituye un cambio importante, trascendente y permanente en las relaciones bilaterales México Estados Unidos. Este argumento tiene varios elementos:

. La mejoría reciente significa reconocer las similitudes objetivas de los intereses nacionales.

. La buena voluntad y las relaciones personales positivas entre los líderes políticos, en particular a nivel presidencial y de gabinete (como lo demuestran las reuniones exitosas del año pasado) han facilitado dicho reconocimiento. 

. En cierto sentido, ya se esperaba que sucediera este cambio pues las tensiones en las relaciones personales entre funcionarios anteriores (más notoriamente la recepción del Embajador Gavin en la Ciudad de México y el trato frío entre el Secretario Shultz y el Secretario de Relaciones Exteriores Sepúlveda) lo habían impedido u obstaculizado.

En una segunda opinión, más pesimista, se establece que en realidad nada ha cambiado. El cambio superficial en las relaciones Estado-Estado tan sólo representa una perturbación política. Según esta opinión, a nivel sociedad no se percibe mejoría significativa alguna. Las pruebas:

. A pesar del llamado Plan Brady, los bancos norteamericanos privados aún no han decidido sumarse al acuerdo sobre deuda que se negoció hace varios años.

. El resentimiento por la migración mexicana (y el tráfico de drogas) continúa fermentándose, en particular en las zonas fronterizas.

. Estados Unidos sigue afirmando su prepotencia en Centroamérica y reafirma también su idea de que la nueva similitud de intereses entre las dos naciones refleja una “madurez” de México como si las discrepancias previas hubiesen sido resultado de una conducta infantil o adolescente por parte de los líderes mexicanos.

De hecho, afirman los escépticos, nada ha cambiado realmente en la estructura fundamental de las relaciones. Aún existen todas las características básicas: asimetría de poder, diferencias culturales, limitaciones sobre diplomacia, dependencia de sucesos fuera del Hemisferio y otros que hicieron las relaciones tan volátiles y vulnerables a mediados de la década de los ochentas.

Es fácil adivinar que mi opinión se encuentra en un término medio. Estados Unidos y México están ahora experimentando una especie de luna de miel política, una coyuntura que ha abierto numerosos espacios para una acción significativa.(1) Son varios los factores que han contribuido a esta situación: 

. El cambio casi simultáneo de presidentes en ambos países, además de su determinación personal para mejorar las relaciones.

. El menor número de conflictos de interés en asuntos como la deuda (dado que los bancos norteamericanos han aumentado sus reservas de efectivo) y Centroamérica (dado que las condiciones han mejorado, al menos temporalmente, en Nicaragua y El Salvador).

. El contenido de las reformas de Salinas que han pretendido agradar a los políticos norteamericanos porque facilitan la integración económica entre los dos países (en tanto que al mismo tiempo aíslan el nuevo desafío de la izquierda mexicana).

. El estilo político y la esencia de las reformas de Salinas. Un estilo que produce sucesos sumamente visibles y que son noticia de primer orden en los medios de comunicación norteamericanos (esto contrasta claramente con la opacidad de Miguel de la Madrid).

. La aparente decisión de Salinas de evitar cualquier disputa innecesaria con Estados Unidos hasta que se concluya la negociación de la deuda.

Además, la luna de miel México-Estados Unidos se ha prolongado con sucesos ocurridos en otras partes del mundo, tales como:

. Los brotes de violencia relacionada con las drogas en Colombia que han desviado la atención de Estados Unidos hacia aquel país y otros países andinos (como el conocido Informe Bennett de septiembre de 1989 en el que se hacía más énfasis en el crack y en la cocaína que en otras drogas).

. El empeoramiento de las relaciones de Estados Unidos con Japón, lo que ha dado lugar a una repentina ola de ataques contra dicho país (quizá los políticos norteamericanos tengan la necesidad de atacar a alguien y en este sentido Japón ha quitado la presión sobre México).

. Los sucesos en Europa Oriental que han atrapado la imaginación de los norteamericanos. Y en la medida en que se parece a Gorbachov en sus acciones, se ha dado un carácter sublime a Salinas y su salinastroika.

Me preocupa que nuestros líderes políticos malinterpreten la naturaleza de la situación actual, que supongan que esto indica un cambio permanente y que no aprovechen las oportunidades actuales.(2) Al igual que todas las lunas de miel, ésta tendrá que terminar. La pregunta es cómo.

De hecho, la luna de miel puede concluir súbitamente a causa de varios asuntos de política exterior, desde Panamá, pasando por Nicaragua y hasta El Salvador. Un retraso en la conclusión del acuerdo sobre la deuda puede obstaculizar seriamente esta luna de miel. En esencia, puede estropearse si no logra su propósito; es decir, si el paquete salinista de liberalización económica y políticas pro-Estados Unidos no conduce a una restauración del crecimiento económico sostenido de México. En cierto sentido, Salinas ha arriesgado mucho en Estados Unido Si fracasa, tendrá que reexaminar sus opciones y entonces cambiará necesariamente el tono de las relaciones.(3)

EL LARGO PLAZO

¿Cuál es el futuro a largo plazo de las relaciones? ¿Cómo afectarán los factores mundiales las relaciones entre México-Estados Unidos en la década de los noventas y en años posteriores? En términos más sucintos: ¿qué significará el “fin” de la Guerra Fría para México y Estados Unidos?

Planteada de esta forma, la pregunta supone que la política mundial tendrá un impacto significativo en las relaciones México-Estados Unidos. No todo mundo comparte esta suposición: existen quienes afirman que los asuntos bilaterales se han resuelto y se resolverán a nivel bilateral. Sin embargo, en mi opinión, los sucesos en todo el mundo (en el Medio Oriente, en el Cono Sur, y en otros lugares) han afectado cada vez más las relaciones entre México-Estados Unidos y este efecto se intensificará (no disminuirá) a lo largo de la década de los noventas.(4)

¿Qué traerá el futuro? La respuesta no es clara. Permítanme bosquejar tres escenarios posibles a los que llamaré mundial, esferas de influencia y separación Norte-Sur.

1. DESARROLLO MUNDIAL

De acuerdo con este escenario más optimista, la Guerra Fría augurará una era de paz, prosperidad y armonía. Las grandes potencias, incluyendo Estados Unidos, dedicarán menos recursos a la carrera armamentista y más a la causa del desarrollo. Las espadas se convertirán en arados, los arpones en podaderas. Sin la “Amenaza Roja”, Estados Unidos ya no se opondrá a los movimientos reformistas, ni siquiera los revolucionarios, y llegará a entender las tendencias políticas en el Tercer Mundo, en América Latina y en México. Al respecto, Jorge Castañeda ha dicho:

Al igual que las reformas de Mijail S. Gorbachov han empezado a alterar positivamente las opiniones y políticas norteamericanas con respecto a la Unión Soviética y Europa Oriental, también cambiarán positivamente las actitudes norteamericanas con respecto a las voces más izquierdistas al sur del Río Bravo. De igual manera, se transformarán las actitudes izquierdistas hacia Washington. Al reducir -y finalmente eliminar- tanto la percepción como la realidad de la amenaza soviética a la seguridad de Estados Unidos en el Hemisferio, la nueva relación de las superpotencias está redefiniendo las limitaciones del cambio en América Latina.

De hecho, si se consolida la distensión entre Estados Unidos y la Unión Soviética, deberán eliminarse los motivos y pretextos tradicionales del primero para oponerse a la reforma o revolución nacionalista en América Latina. Es obvio que Estados Unidos continuará interviniendo en los asuntos latinoamericanos como lo está haciendo con Panamá. Quizá también continúe oponiéndose a ciertas clases de cambio social. Sin embargo, Estados Unidos ya no podrá hacerlo de manera creíble invocando la amenaza soviética. (5)

Al no estar ya bajo la influencia de cegueras ideológicas, las grandes superpotencias -en particular Estados Unidos- llegarán también a aceptar un mayor pluralismo en el escenario mundial y una especie de “democratización” del gobierno internacional. Esta Predicción contiene varios elementos:

. La competencia internacional será económica y no política.

. Las condiciones objetivas obligarán a Estados Unidos a aceptar la importancia de Japón y de la Comunidad Europea (en particular después de 1992).

. México y otras “potencias de mediano rango” tendrán la oportunidad de establecer relaciones económicas mas estrechas con potencias diferentes de Estados Unidos, reduciendo así la tensión histórica en las relaciones bilaterales.

De acuerdo con este escenario, las relaciones México-Estados Unidos se basarán en la colaboración voluntaria; una colaboración que se centrará en intereses convergentes y que, por lo tanto, será selectiva en su naturaleza.

2. ESFERAS DE INFLUENCIA

Otro resultado posible de la distensión entre las superpotencias, mucho menos optimista que el primero, provocará un restablecimiento de las esferas tradicionales de influencia. Esto puede parecer poco probable en vista del desmantelamiento actual del imperio soviético en Europa Oriental (y el retiro de Afganistán), pero no está del todo fuera de lugar.

Es importante entender que me estoy refiriendo en particular a las esferas de influencia características del siglo XIX, cuando las potencias del Norte ejercían una hegemonía económica y política sobre países del Sur, y no al dominio político-militar de Europa Oriental posterior a la Segunda Guerra Mundial que, haciendo memoria, siempre fue transitorio. (También vale la pena notar, al menos hasta ahora, que Gorbachov ha insistido en mantener el Pacto de Varsovia; la URSS puede aún considerar a Europa Oriental como una adecuada esfera de influencia en este sentido tradicional del término).

¿Por qué querrán las grandes potencias restaurar un sistema tan anticuado? Algunas razones son estratégicas y políticas. Podría promoverse una re-división del mundo en esferas de influencia Norte-Sur en respuesta a uno de los aspectos más molestos de la era de la posguerra: el estallido de guerras regionales, en particular las guerras entre potencias de mediano rango que cada vez tienen más acceso a la tecnología nuclear (el conflicto Irán-Irak es tan sólo uno de los ejemplos más notorios). En resumen, una reafirmación del dominio Norte-Sur podría considerarse algo necesario para conservar la paz en un mundo posterior a la Guerra Fría. (6)

Existen otras razones, económicas en esencia, para restaurar dicho sistema, y se derivan del movimiento contemporáneo hacia la regionalización económica en muchas partes del mundo; lo cual podría dar tanto una base objetiva como una justificación política para reafirmar dichas esferas de influencia. Naturalmente, la tendencia hacia la regionalización ha adoptado muchas formas: de la Comunidad Europea al Commonwealth Británico al COMECON y, a niveles más modestos, al acuerdo de libre comercio Canadá-Estados Unidos, hasta los recientes acuerdos Argentina-Brasil. En la medida en que Estados Unidos sienta una presión competitiva (o exclusión) por parte de Japón y/o la Comunidad Europea, bien podría intentar responder reafirmando su hegemonía económica en todo el Hemisferio Occidental.

La materialización de este escenario tendría consecuencias totalmente negativas para las relaciones entre México y Estados Unidos, mismas que se caracterizarán por los esfuerzos de este último país por afirmar (o reafirmar) su esfera de influencia en todo el Continente Americano. Sin embargo, sin la Guerra Fría esta política ya no tendría su justificación ideológica en la resistencia al comunismo. Se manifestará por lo que será: un ejercicio de poder bruto, un esfuerzo del fuerte por dominar al débil.

Esto tendría efectos catastróficos en el tenor y tono de las relaciones mientras México tenga la voluntad y capacidad para resistir el dominio norteamericano. Sin embargo, sin la posible ayuda o apoyo de potencias fuera del Hemisferio, ésta podría convertirse en una tarea desalentadora.

3. SEPARACIÓN NORTE-SUR

Un tercer escenario, igualmente pesimista, lleva la Guerra Fría hasta su conclusión lógica. Según este escenario, podría surgir un eje “Norte-Norte” de cooperación económica y política que abarcaría el Hemisferio Norte del globo terráqueo desde Estados Unidos hasta la Comunidad Europea pasando por Europa Oriental (o Central), la Unión Soviética y Japón. El capital y el comercio fluirán relativamente libres en este circuito darán por resultado índices acelerados de crecimiento para todo los países involucrados.

Sin embargo, el Sur se quedará fuera de ese circuito. Con excepción de las materias primas, los países del Sur tendrán poco que ofrecer a las naciones hiperdesarrolladas del Norte. (Aun ahora, empieza a surgir la lógica de la inversión en el extranjero: es mejor ingresar a Europa Oriental, en donde existen mercados establecidos, y no al Tercer Mundo en donde la demanda de los consumidores todavía está formándose). El conflicto Este-Oeste dará paso a una división Norte-Sur del mundo en la que el Sur quedará abandonado.(7)

La consecuencia para México será un cruel dilema. En teoría, México intentará responder a este suceso tomando la batuta en el establecimiento de relaciones Sur-Sur, en particular en colaboración con otros países de América Latina. En este caso, determinará su posición política en el Tercer Mundo pero (muy probablemente) pagará un precio económico muy alto por este prestigio.

Por otro lado, México podría alinearse con el eje Norte-Norte en parte debido a su proximidad geográfica con Estados Unidos quizá (aunque no necesariamente) mediante un acuerdo comercial institucionalizado con Estados Unidos. En este caso, México podría desear compartir el desarrollo económico del eje Norte- Norte pero como un socio visiblemente pequeño. México tendría que abdicar casi todas sus pretensiones de liderazgo político independiente en América Latina o el Tercer Mundo. Y en el mis escenario bilateral, en casos de conflicto que surjan de la integración económica, México se enfrentaría a una asimetría aún mayor de la que enfrenta ahora en fuentes de energía. Esta, por decir lo menos, sería un trueque amargo.

Este último escenario en el que México participa en un eje Norte-Norte parece totalmente creíble. De ser así, la intensificación de los lazos económicos entre México y Estados Unidos en años recientes hace difícil imaginar una alternativa plausible. Aun cuando el Estado mexicano deseara seguir una estrategia tercermundista al estilo Echeverría, a estas alturas recibiría poco apoyo de las fuerzas del mercado o de la sociedad en su conjunto. En cierta medida, la decisión ya casi se ha tomado. La pregunta es si surgirá el eje Norte-Norte y en qué forma.

En estas circunstancias, naturalmente, es posible saber cuál de estos escenarios se materializará. Su implantación no será fácil. Habrá fricciones internas -y tensiones bilaterales- en cada una de ellas. Los escenarios tampoco se excluyen unos a otros: bien podrían ocurrir en serie o simultáneamente o en ambas formas.

Permítanme concluir reiterando tres puntos principales en orden opuesto al de su presentación:

1. Las implicaciones del fin de la Guerra Fría no son del todo obvias. Hay que considerar cuidadosamente todos los escenarios posibles aunque sea sólo para evitar que materialicen los peores.

2. Los escenarios a largo plazo para las relaciones entre México y Estados Unidos van de lo bueno a lo malo y a lo horrible, de acuerdo con las reglas de la reformulación del nuevo orden mundial. No existe ninguna permanencia inherente en la armonía y el optimismo actuales.

3. No obstante, la luna de miel actual ofrece una oportunidad excepcional para asegurar los mejores arreglos posibles -o los menos malos- para la conducción de las relaciones México-Estados Unidos.

La institucionalización de los medios de colaboración en áreas clave -drogas, migración, desarrollo fronterizo, educación exterior- podría dar a ambas naciones la capacidad de controlar su relación en circunstancias mundiales adversas y, en cierta medida, aislarla de las consecuencias menos afortunadas de la Guerra Fría.

Ahora que las cosas van relativamente bien, no es el momento de que los líderes mexicanos y norteamericanos duerman en sus laureles. Ahora es tiempo de entrar en acción.

1 Véase el simposio “México/Estados Unidos: La nueva vecindad”, nexos (noviembre de 1989); en particular el comentario de Jacobo Zaidenweber: “Estamos ante una nueva oportunidad”.

2 De hecho, es ahora cuando los dos gobiernos deben iniciar formalmente la institucionalización de los elementos de la situación actual y llevar a cabo las recomendaciones de la Comisión Bilateral sobre el Futuro de las Relaciones México- Estados Unidos.

3 A decir verdad, no es obvio cuáles serían dichas opciones. Quizá México dirija su mirada hacia Japón o hacia la Comunidad Europea pero éstos tendrían pocos incentivos para invertir en un México que está en problemas con Estados Unidos.

4 Véase mi artículo “Uneasy Neighbors: México and the United States”, en Current History 86, núm. 518 (marzo de 1987), en especial la pág. 100.

5 Los Angeles Times, 26 de noviembre de 1989.

6 De hecho, al intentar reafirmar la histórica esfera de influencia de Estados Unidos, el gobierno de Bush aparentemente presionó a Gorbachov (supuestamente sin éxito) para “que dejase de alimentar a Fidel Castro” en las conversaciones del fin de semana en Malta. New York Times, 3 de diciembre de 1989.

7 Los líderes africanos ya han empezado a expresar temor por esa posibilidad. Y si llega a ocurrir, sería el golpe de gracia para el Commonwealth Británico, el cual es una de las pocas instituciones que ha unido al Sur con el Norte.