CUADERNO DE NEXOS

APERTURA POLÍTICA Y CERRAZÓN ECONÓMICA

La historia parece estar acelerándose ahora que se inicia la década de los noventas. Están ocurriendo cambios asombrosos en muchas partes del mundo y en muchos campos. Los desarrollos tecnológicos en computación, rayos láser, ingeniería genética y superconductividad empiezan a darle una nueva forma a la economía mundial. El triunfo asombroso de la política democrática y la economía de mercado ha traído el “fin de la historia” como tema de conversación, o el fin, al menos de la Guerra Fría como el concepto organizativo de las relaciones internacionales.

En muchas regiones del mundo se registran avances rápidos. La perestroika y la glasnost están transformando a la Unión Soviética y Europa Occidental. Europa Occidental se está integrando económicamente de manera rápida. Japón está ocupando su lugar como una importante potencia mundial.

Incluso algunos de los problemas más difíciles del mundo parecen ser más solucionables. Finalmente se han iniciado conversaciones entre el gobierno de minoría blanca de Sudáfrica y los líderes nacionalistas negros. Lenta pero inexorablemente, Israel y Palestina se están acercando a un posible acuerdo. En China, en donde en 1989 presenciamos retrasos lacerantes, el flujo de la historia apunta hacia la modernización y la apertura final.

Sin embargo, es difícil ser optimista sobre América Latina y el Caribe. Después de una “Década Perdida” de recesión, América Latina inicia la década de los noventas con muchos problemas. Las condiciones económicas y sociales en muchos países son difíciles y las tensiones políticas van en aumento.

Hace tan sólo diez años, los hechos y el ambiente eran muy distintos. En aquel entonces, toda América Latina estaba disfrutando el último destello de un periodo prolongado de rápido crecimiento económico. De 1950 a 1979, el índice de crecimiento anual de la región fue el doble del de Estados Unidos y de la mayoría de las naciones de la OECD; y ese índice crecía más rápido que en todos los países en vías de desarrollo excepto unos cuantos en Asia Oriental. En algunos países -Brasil y México en particular- un programa de industrialización a largo plazo había producido una transformación equivalente en alcance a la ocurrida en Estados Unidos de 1890 a 1914. Hace una década, la política latinoamericana estaba apenas entrando a un periodo de transiciones esperanzadoras de regímenes autoritarios a la democracia.

Para América Latina en su conjunto, la década de los ochentas representó la apertura política pero también un empeoramiento y una expansión del desastre económico. Los diez años que acaban de pasar significaron el retorno de la democracia política para todas las naciones de Sudamérica y culminaron en el último mes de la década con las primeras elecciones presidenciales directas desde 1960 en Brasil y desde 1970 en Chile. Ocurrieron transferencias pacíficas de poder a los movimientos opositores en países tan diversos como Argentina, Bolivia, Ecuador, Perú y Uruguay (algunos de estos casos fueron las primeras transiciones democráticas de que se tiene memoria). Algunos movimientos hacia una política participativa o al menos electoral, aunque menos vigorosos y expansivos, también ocurrieron en diversos países de América Central y del Caribe. México, después de 60 años de gobierno monopartidista, tuvo sus elecciones más competitivas y significativas de su historia en 1988 y parece estar en la vía de la política pluralista. En la década que inicia, Cuba es el único país del Hemisferio que aún desafía abiertamente el compromiso de la región con la democracia (aunque Guyana y Haití todavía están muy lejos de adherirse al compromiso).

Sin embargo, aunque los pueblos latinoamericanos quedaron satisfechos con la expansión de la política participativa, la mayoría de los países se enfrentó a una contracción dolorosa de su economía. América Latina sufrió un declive de casi el 10 por ciento en el ingreso per cápita y dicha caída fue aún más severa en algunos países y subregiones. Los índices de desempleo y subempleo son altos, la inflación afecta a muchos países, la hiperinflación está devastando a unos cuantos y las profundas desigualdades socioeconómicas continúan empeorando. La participación de América Latina en el comercio mundial descendió durante la década de los ochentas de 6 por ciento a 3.5 por ciento. Su comercio exterior empeoró notoriamente con la baja en el valor real de casi todas sus exportaciones.

Los 420 mil millones de dólares de deuda externa de América Latina -que en sí misma es resultado del reconocimiento de los mercados financieros del crecimiento y potencial de la región durante la década de los setentas-provocaron una fuga masiva de capital que ascendió a cerca de 150 mil millones de dólares entre 1982 y 1989. Los países latinoamericanos tuvieron que reducir drásticamente sus importaciones, recortaron sus programas de servicios sociales y redujeron las inversiones con el fin de pagar sus deudas. Estas naciones han estado atrapadas en un círculo vicioso y han hipotecado su futuro en esfuerzos inútiles por saldar sus cuentas.

Traducidas a términos humanos, las estadísticas en América Latina representan hambre, muertes de niños, migración, analfabetismo, epidemias, delincuencia y desesperación creciente. De igual manera, el residuo político de los ochentas es un abrumador repudio a los gobiernos actuales en casi todos los procesos electorales; mayor polarización política en muchas naciones; un cuestionamiento incipiente de la estructura democrática en varios países y cada vez más insurgencias y violencia terrorista en unos cuantos.

Ahora que América Latina llega a la década de los noventas, es necesario hacer énfasis, sobre todo, en cinco tendencias marcadas regionales.

Primera, en toda América Latina y el Caribe los efectos acumulados de la Década Perdida se están haciendo evidentes. La infraestructura industrial de América Latina se está deteriorando, ya se sienten los resultados de los recortes en los gastos en educación e investigación, los problemas sociales y de salud están aumentando y casi en todos lados se respira una crisis apremiante. Se acepta plenamente el hecho de que durante los noventas es probable que América Latina no pueda contar con capital externo en cantidades significativas; también es poco probable que las renovadas inversiones extranjeras o los nuevos préstamos comerciales inunden la región.

Cada vez es menos probable que la crisis de la deuda de los ochentas pueda ser “resuelta” con una estrategia clara y total. Muy posiblemente, ésta será tratada caso por caso, en términos que reflejen intereses divergentes y fuerzas relativas de los diversos actores y que dejen privadas a la mayoría de las naciones latinoamericanas. Los pequeños bancos regionales en Estados Unidos así como muchos bancos europeos y japoneses se están retirando de la región con el fin de reducir sus perdidas. Los grandes bancos están reduciendo de mala gana sus expectativas y se muestran cautelosos ante nuevas o mayores participaciones. Los países latinoamericanos están negociando de manera individual para reducir su pesada carga al menor costo y de acuerdo con sus posibilidades económicas futuras; pero muy pocos, si no es que ninguno, recibirán ayuda para lograr la nueva expansión económica que podría darles la única salida real de la trampa de la deuda. El difícil desafío al que ahora se enfrentan todos los países de la región es cómo diseñar estrategias de desarrollo económico que puedan movilizar el ahorro interno y atraer los capitales fugados sin depender del capital externo y sin agravar las tensiones y desigualdades socio-económicas.

Segunda, el avance estimulante de la apertura democrática en toda América Latina está dando paso a una nueva preocupación por el gobierno y la gobernabilidad. Es difícil para los regímenes democráticos frágiles enfrentarse a los desafíos que representa el deterioro económico; en particular, cuando éste va acompañado de insurgencias prolongadas, narcotráfico, corrupción, los crecientes disturbios laborales, desilusión y deslealtad generalizada. Después de varios años de esfuerzo constante de la facción centro -moderada de América Latina- como parte del proceso de apertura -ahora parece que gran parte de la región está entrando a una fase renovada de polarización. Los líderes y grupos tanto derechistas (neoliberales) como izquierdistas están aumentando su fuerza en ocasiones en los mismos países.

Tercera, la mayor parte de la región latinoamericana y el Caribe -desde Argentina hasta México- está experimentando una creciente tensión entre los procesos y consecuencias de la liberalización política y económica, entre las políticas de apertura y la apertura de mercados. En la actualidad, en Estados Unidos se cree que la economía de mercado y la política democrática necesariamente van juntas y que se refuerzan una a otra. Al parecer, los movimientos paralelos de finales de los ochentas hacia la apertura democrática y las reformas económicas liberales en América Latina apoyaban este punto de vista. No obstante, la fuerza impresionante de Cárdenas en México, de Lula en Brasil, del Frente Amplio y Nuevo Espacio en Uruguay y del MAS y Causa R. en Venezuela suscitan serias preguntas -un poco diferentes en cada caso- sobre si una participación más democrática puede producir finalmente planteamientos y políticas renovadas populistas, estatistas y posiblemente nacionalistas a principios de los noventas, o si el surgimiento de estos desafíos puede producir movimientos que restrinjan la competencia democrática. De igual manera, en toda la región existen preocupaciones serias sobre si las elecciones que hicieron los políticos de asegurar la supervivencia de democracias frágiles pueden hacer difícil a los regímenes democráticos el enfrentar los problemas fundamentales de pobreza y desigualdad. En su esfuerzo por lograr que los grupos empresariales y militares se comprometan con la democracia que minaron en los sesentas y setentas, los políticos democráticos en varios países hicieron varios compromisos que protegen varios privilegios afianzados, pero estas restricciones pueden hacer más difícil el sostenimiento de las democracias y pueden interferir con algunas de las reformas necesarias para promover un desarrollo económico sostenido.

Cuarta, las diferencias entre los países y las subregiones de América Latina y el Caribe -siempre mucho mayores de lo que suponen la mayoría de los analistas políticos norteamericanos y el saber popular- se están haciendo más evidentes que antes:

México y muchas de las islas del Caribe se están integrando silenciosamente con Estados Unidos en el sentido de que sus economías están cada vez más entrelazadas con la nuestra y su gente está migrando a nuestro país a un ritmo acelerado. México, en particular, parece haber iniciado una política que, si se mantiene por un periodo largo, puede hacerla aparecer como una nación norteamericana cada vez más diferente y alejada de América Latina.

Perú y Colombia, por una parte, están mostrando signos preocupantes de desintegración pues regiones enteras de dichos países están bajo el control de movimientos insurgentes y/o de narcotraficantes, en tanto que la legitimidad y autoridad de los gobiernos nacionales centrales son cada vez más precarios.

América Central, que fue el escenario de muchas batallas durante los ochentas, se enfrenta a la incertidumbre de las posibilidades de paz por mero cansancio, de más enfrentamientos violentos o de más años de conflictos menores pero sangrientos. La ofensiva del FMLN en El Salvador dejó en claro las verdaderas opciones de ese golpeado país; es decir, otra generación de guerra brutal o una paz negociada que no satisfaga al gobierno ni a los insurgentes. La guerra civil en Guatemala se prepara lentamente y está lista para estallar de nuevo. Nicaragua, en el mejor de los casos, se enfrenta a una década de reconciliación dolorosa y lenta reconstrucción, y nadie puede excluir la posibilidad de más violencia y represión en dicho país. Panamá ahora tiene ante sí la enorme tarea de reestablecer el orden público, reconstruir las instituciones del auto-gobierno nacional y de revivir su economía en ruinas.

Cuba, importante no por su tamaño en los asuntos latinoamericanos e interamericanos durante la generación pasada, está dejando de ser relevante. Aislada de las corrientes políticas latinoamericanas por su continuo papel de caudillo y casi única en el mundo “socialista” por su tajante rechazo a las reformas de Gorbachov, Cuba parece estar atrapada en el tiempo pues refleja las condiciones y preocupaciones de los sesentas más que las de los noventas.

Argentina, Brasil y muy probablemente Venezuela se encuentran divididas internamente, con una creciente incertidumbre y la posibilidad de trastornos rápidos e incluso turbulencia en cada caso. En estos tres países, los defensores de la ortodoxia de mercado gozan por el momento de una influencia dominante, pero en cada caso aquellos que apoyan las fórmulas heterodoxas neopopulistas son fuertes contendientes por el poder. En Argentina y Venezuela, los carismáticos líderes políticos, Carlos Menem y Carlos Andrés Pérez, al tomar posesión como presidentes, abandonaron rápidamente a sus electores para acoger premisas anti-estatistas. No sería sorprendente que el recién electo presidente conservador de Brasil, Fernando Collor de Mello quien en su campaña se pronunció ampliamente contra el estatismo, tomase el camino contrario a principios de la década en un intento por dividir a las masas que su rival izquierdista galvanizó en las pasadas elecciones de diciembre. En ninguno de estos tres países podemos estar seguros de cuáles enfoques políticos van a prevalecer en los próximos dos o tres años o si sobrevivirán las reglas políticas establecidas.

Entre tanto, Chile y Uruguay inician la década de los noventas con paso firme pues cada uno está disfrutando los frutos de una política democrática restablecida y vigorosa y, en el caso de Chile, de una economía recién modernizada. Cada uno de estos países está recuperando su antiguo lugar como bastión de la urbanidad y como foro de debate político inteligente y crítico. Cada nación goza de los beneficios de una izquierda madura que no se arrepentirá de los excesos de finales de la década de los sesentas y principios de los setentas que provocaron la represión autoritaria y una derecha pragmática, castigada con el repudio popular del régimen militar. Sin embargo, en cada uno de estos países, los centristas moderados que ahora tienen el poder pronto se enfrentarán a los desafíos de la izquierda que harán difícil conservar simultáneamente la confianza de los empresarios y el apoyo popular.

Quinta, aun cuando existan razones poderosas para preocuparse por el futuro inmediato de América Latina, es importante hacer énfasis en algunas razones para ser optimistas a más largo plazo por los prospectos de la región. Los decrecientes índices de fertilidad en la mayor parte de América Latina auguran un mejor equilibrio entre recursos y población y entre desarrollo económico y expansión del mercado de trabajo. Las reformas estructurales que ya se han implantado en varios países aumentan la posibilidad de que América Latina podrá penetrar más fructíferamente en la próspera economía mundial. Una generación de urbanización y mejor educación ha modernizado a América Latina y ha mejorado en gran medida la capacidad de sus ciudadanos. También es notable el compromiso de la región con los derechos humanos y la política democrática -aunque sea frágil-; quizá muchas naciones latinoamericanas puedan escapar finalmente al síndrome de las repetidas intervenciones militares.

Con todo lo que está sucediendo en América Latina -y con los cambios democráticos en todo el mundo- puede predecirse que se modificarán las relaciones América Latina-Estados Unidos. Después de una década de prestar obsesivamente atención a Nicaragua y después de un año de preocupación inútil por Panamá que culminó con una invasión masiva en diciembre de 1989. Quizá Washington esté finalmente listo en los noventas para desviar su atención de América Central. Sin embargo, no queda claro si Washington se centrará en los países del Hemisferio Occidental en donde los intereses tangibles norteamericanos se vean más afectados directamente, o si Estados Unidos dejará de ignorar los acontecimientos en América Latina.

Ahora que está terminando la Guerra Fría, es posible que se llegue a reconocer la creciente importancia de América Latina (o al menos de alguna de sus subregiones) para Estados Unidos. México, una nación de 85 millones de habitantes y colindante con Estados Unidos afecta la vida diaria de los norteamericanos más que cualquier otra nación del mundo. Brasil, un mega-país de cerca de 150 millones de habitantes, es ya un centro económico importante con bastante influencia política y potencial. Las naciones andinas, debido al tráfico de drogas y a sus crecientes convulsiones internas, seguramente impactarán en gran medida a Estados Unidos. Lo mismo harán las pequeñas islas del Caribe debido a su extraordinaria penetración en este país a través de la migración, el turismo, el comercio y las inversiones. Si los expertos en política exterior de Estados Unidos prestan atención a los intereses primarios de sus ciudadanos, apartarán cada vez más su mirada de las cuestiones de seguridad nacional (e inseguridad nacional) y la dirigirán a problemas como las drogas, la migración, el comercio y la protección del ambiente.

Si acaso estos “importantes” problemas -que tienen componentes nacionales e internacionales y que involucran actores y decisiones internas y externas-llegan a adquirir importancia para la política exterior norteamericana, Estados Unidos estará creando finalmente sociedades con sus vecinos de América Latina. Sin embargo, también es posible que una América Latina estancada se quede sin socios y cada vez más marginada en un mundo dinámico que la ha dejado atrás. Ahora que se inicia la década de los noventa aún no queda claro cuál de estas perspectivas tiene más probabilidades de cumplirse.

Abraham F. Lowenthal. Es catedrático de relaciones internacionales en la Universidad del Sur de California y es director ejecutivo del Diálogo Inter-Americano. Su más reciente libro La Convivencia Imperfecta. Los Estados Unidos y América Latina acaba de publicarse en México (Nueva Imagen, 1989). Este ensayo aparecerá también en el número de primavera de la Harvard International Review. 

Traducción de Francisco Reséndiz González