1. Figuras en la playa. Al fondo de la taberna casi aborda sótano y escaleras una pareja de marinos uniformados y hambrientos; se embriagan como si los persiguieran. Sol, la marca que beben. Desde el refrigerador suenan azotadas rimas de José José, azote de las baladas. Parroquianas adictas al vaivén enseguida celebran con los hombros una de Juan Gabriel.

Afuera, la intimidad de la noche. Figuras en la playa dirimen un diferendo a batazos, durante un partido regular de la Liga de Béisbol Playero Lorenzo Martínez. Un hilo de costa se pierde en olas breves, fosforescentes como la bola que vuela su jonrón amarillo y cae al agua. Se voló la barda. Son obreros en short y descalzos que anochecen en compañía de los suyos. Esposa e hijas del pitcher, gordito si se quiere y no tan joven pero con lo curvilíneo del brazo todavía, lo encomian, le gritan, lo alaban

-Ese sí pónchalo papá- suplica la mayor, 8 años. El saluda y se concentra.

Más allá de los botes y barcas que dormitan junto a la orilla, lámparas sobre la vacía negrura del Golfo, unos novios pisan la arena donde el mar borra las huellas; más allá, más, otro partido beisbolero ventila la brisa, y en la última capa del horizonte una cáscara golea sobre arena. En sentido contrario una tercia de mujeres secreta su halo multicolor y de aromas. Como se sabe, las jarochas se perfuman para lanzarse a sus vueltas: no en balde las perfumerías de la calle Independencia son muy concurridas.

Villa del Mar inspira y expira aires gordos, suspirantes, rumberos y agónicos. Del telón al fondo, negro, la luz de un barco recuerda que hay horizonte.

Uno siempre quiere escribir cosas que suceden, pero a veces resulta mejor que nada pase y la vida, inmune al tiempo, siga tan quitada de la pena.

Tras las rejas de un portal del boulevard una anciana eructa dulcemente. Un cerdito envuelve en el vaivén de una hamaca el ocio que oza. Los muros, mapas manchados y rugosos, escurren salitre y hormigas, parpadean y se hacen a la mar con su indolencia en tierra firme.

La voz de una negra rizada denota sorpresa. Nada debe, nada teme. Exclama una palabra inmóvil. Desfigura su espejismo de piernas.

2. Figuras en el puerto. ¿Quién mira ese videoclip rayado que repite secuencias hipantes, una noche densa en puerto, horas elevadas y el insólito sopor de un oficio “tan antiguo como el mundo”? (Pido un aplauso para el lugar común).

Horas verticales en busca de su horizontal. Hileras de condones bien dispuestos en el aparador imaginario de una farmacia.

A espaldas de todo, dilapidándose, el Hotel Vigo testifica su contraesquina, malecón pecho abierto. Las mujeres invitan con la caricatura de un gesto, se ofrecen a hombres y turistas que con lealtad abusiva las emputecen cada noche, tranquilidad de familias que duermen en estampida.

Cinco japoneses metedólares pican las costillas de sus momentáneas novias; ellas rugen, humilladas, consentidas. Ya trabajarán su sexo espumoso cuando la noche avance a grasientos golpes de la fortuna.

El taller de pintura instrumental mantiene alzada la cortina aunque sean tales las horas. Una nube vinílica cubre la coraza de un operario aplicado a su pieza: el motor irriga, metaliza madera, asiste a la noche con su quejido blanco. A pocos pasos y duras penas otras cuantas mujeres se transmigran, mercancía de piernas húmedas.

3. Epígrafe

Voy a convertir en rocío

los pescados que manchan el rostro,

mis manos ardientes

malgastan tibieza sobre la noche

de plata. Aquí viene

su boca salada. Ahora salta

a la última barca.

(Johannes Bobrowski: “Puerto de pescadores”).

4. Breve introducción al arte de la fuga. Escurren, tensas, las horas laxas, santas irresponsables, desdoblamiento de academias navales. La mujer naranja alza su brazo desnudo, traza un arco y hunde al puerto en oscuras aguas suicidadas.