Salman Rushdie nació en Bombay en 1947 y actualmente vive en Londres. Es autor de tres novelas: Grimus, Los hijos de la medianoche y Vergüenza, publicadas en español por Alfaguara. En julio de 1986 Rushdie viajó a Nicaragua para escribir The Jaguar Smile. A Nicaraguan Journey (Viking Penguin Inc., Nueva York, 1987). En el número 102 (junio de 1986), Nexos publicó su cuento “Las barbas del profeta”.

HOPE: UN PRÓLOGO

Hace diez años, cuando vivía en un pequeño departamento sobre una tienda de licores en SW 1, supe que la esposa del dictador de Nicaragua, Anastasio Somoza Debayle, había comprado la gran casa vecina. La calle iba en decadencia, sobre todo desde el asesinato de la niñera Sandra Rivett a manos del encantador lord Lucan del No. 44. Me cambié a los pocos meses. Nunca me topé con Hope Somoza, pero su casa adquirió notoriedad por una alarma contra robo que sonaba con sorpresiva frecuencia, y por las fiestas ocasionales que llenaban las calles con limusinas, Rolls-Royce, Mercedes-Benz y Jaguares. Su esposo, “Tacho”, se había hecho de una amante en Managua, y era indudable que Hope trataba de reponerse.

Tacho y Dinorah huyeron de Nicaragua el 17 de julio de 1979, de modo que la “Nicaragua libre” nació exactamente un mes después que mi hijo. El 19 de julio es el día oficial de la independencia porque fue la fecha en que los sandinistas entraron a Managua, pero el 17 es el verdadero momento de los festejos, el día de la alegría. Siempre tuve cierta debilidad por la sincronía, y sentí que la proximidad de los cumpleaños tendía un vínculo.

Cuando el gobierno de Reagan comenzó la guerra contra Nicaragua, sentí una profunda afinidad con ese pequeño país de Centroamérica que nunca había pisado. Sus asuntos me interesaban cada vez más porque, después de todo, yo mismo era hijo de una rebelión exitosa contra una gran potencia, y mi conciencia era el producto de un triunfo de la revolución hindú. Quizás era cierto también que aquellos de nosotros que no nacimos en los países del poderoso occidente, o del norte, teníamos algo en común: no algo tan simplista como un “tercer mundo” unido, pero al menos algún conocimiento de lo que era la debilidad, alguna conciencia de la perspectiva desde abajo, y de lo que es estar allí en el fondo, mirando a la bota que baja.

En Londres contribuí en la Campaña de Solidaridad con Nicaragua. Menciono esto para declarar mi interés; cuando finalmente visité Nicaragua en julio de 1986, no lo hice como observador neutral. No era un pizarrón en blanco.

Fui a Nicaragua como invitado de la Asociación Sandinista de Trabajadores Culturales (ASTC), la organización que reunió bajo el mismo techo a escritores, artistas, músicos, artesanos, bailarines, y otros. Se celebraba el 7o. aniversario del “triunfo”, como se le conoce, del Frente Sandinista. Yo iba ansioso pero lleno de nerviosismo. La tendencia de las revoluciones a fracasar, a devorar a sus hijos, a convertirse en lo que se proponían destruir, me era familiar. Sabía lo que era un comienzo de idealismo y romance y un final de expectativas frustradas y esperanzas rotas. ¿Terminarían por disgustarme los sandinistas? No hace falta que la gente le guste a uno para reconocer su derecho a no ser pisoteado por los Estados Unidos; pero en efecto la simpatía sirve de algo.

Era una época crítica. El 27 de junio la Corte Internacional de Justicia de La Haya decretó que la ayuda estadunidense a la contra, el ejército contrarrevolucionario que la CIA inventó, reunió, organizó y armó, violaba las leyes internacionales Mientras tanto la Casa de los Representantes de Estados Unidos se adelantó y aprobó la petición del presidente Reagan de 100 millones de dólares de nueva ayuda para la contrarrevolución. En lo que parecía un acto de represalia, el presidente de Nicaragua Daniel Ortega anunció la clausura del periódico de oposición, La Prensa, y la expulsión de dos sacerdotes turbulentos, el obispo Vega y Monseñor Bismarck Carballo. La tormenta se avecinaba.

Estuve en Nicaragua tres semanas del mes de julio, Lo que sigue, por lo tanto, es el retrato de un momento, nada más, en la vida de un hermoso país volcánico. No fui a Nicaragua con la intención de escribir un libro, o ni siquiera con la intención de escribir nada, pero mi encuentro con el lugar me pudo tanto que al final no tuve opción Se trata entonces de un momento pero, creo, un momento crucial y revelador porque no era ni un principio ni un fin, sino un intermedio, una época cercana al nudo de la historia, un tiempo en que todas las cosas, todos los futuros posibles, estaban aún (justamente) en la balanza.

Pese a todo no parecía, como lo había temido, una época sin esperanza.

EL BAÑO DE MADAME SOMOZA

En los cafés de Managua se había vuelto una costumbre que los escritores jóvenes criticaran a Ernesto Cardenal. Como el padre Cardenal no era sólo el poeta más reconocido internacionalmente sino también el Ministro de Cultura, consideré estos ataques como indicadores de que la literatura del país era sana e irreverente. El tiro al blanco de los cafés no parecía molestar mucho a Cardenal. El seguía resplandeciente; su boina, sus bucles y barba plateados, su cotona y el sayo suelto de campesino que usaba sobre unos jeans azules, lo hacían ver como una caricatura de sí mismo hecha por Garry Trudeau: el sacerdote latino radical según “Doonesbury”.

El ataque que molestó a Cardenal y a muchos nicaragüenses, fue el del Papa. La historia de la llegada de Wojtyla a Managua se convirtió en leyenda: Cardenal se arrodilló para besar el anillo del pontífice pero Juan Pablo II lo amonestó con el dedo y le ordenó regularizar su relación con la Iglesia. El poeta se echó a llorar.

Durante mi visita, ni Ernesto Cardenal ni el otro sacerdote de alta posición en el gobierno, el Ministro de Asuntos Exteriores, Miguel D’Escoto, tenían permiso para oficiar una misa. Estaban suspendidos.

Conocí a Cardenal en el baño de Hope Somoza. El Ministerio de Cultura ocupa lo que solía ser la residencia del dictador, y la oficina del ministro, me informó alegremente, alguna vez fue testigo de la toilette diaria de Mme. Somoza. ¿Estuvo alguna vez allí, le pregunté, en los malos tiempos.? No, no, exclamó, moviendo las manos en una parodia de lo que hubiera sido un terror perfectamente legítimo. “En esos días el lugar estaba rodeado de hombres armados, tanques, helicópteros. Tan sólo estar en el vecindario era aterrador”. Le conté mi experiencia como vecino de un Somoza y esto lo divirtió. “Entonces, usted lo sabe todo”.

Me mostró el sitio. “Este era el bar. Ese era el retiro japonés en el que a Hope Somoza le gustaba meditar. Aquí, los guardias y aquí los caballos”. Las canchas de tenis, de piso artificial, crujían con la lluvia. Sentí que el reacomodo de esta casa de atrocidades como Ministerio de Cultura era una venganza particularmente elegante, y así lo pensaba Cardenal. 

De vuelta en el baño de Hope, discutimos su evolución como poeta. Había una influencia temprana de Neruda -”su estilo lírico, no la cosa política”- y luego el impacto mucho más profundo de los norteamericanos: Pound, Whitman, Marianne Moore. También hablamos del desarrollo paralelo de su radicalismo político. “Al principio yo era una especie de demócrata cristiano. Discutía mucho con Carlos Fonseca y los otros. En ese entonces estaba en contra del camino revolucionario. Siempre fueron muy pacientes conmigo, muy amables”. Después de todo, Cardenal era un hombre que ingresó a un monasterio trapense a los 31 años. La revolución no era algo natural para un espíritu introspectivo y contemplativo.

El viraje se dio en su visita a Cuba, inmediatamente después de la revolución de ese país. “Fue una conversión”, me dijo. “Cuando regresé, anuncié que me había convertido. Fue un escándalo”. El recuerdo lo ilumina.

Le comenté que podía entender su conversión sin dificultades; la revolución cubana fue un gran acontecimiento para toda Latinoamérica, una afirmación de posibilidades, una demostración de que los opresores podían ser derribados.

Pero ahora, añadí, tengo mis reservas sobre Cuba. ¿Compartía él esas reservas? ¿Sentía, por ejemplo, que la revolución cubana había tomado giros erróneos y que a Nicaragua le podía servir tanto de advertencia como de inspiración? “No”, dijo con una sonrisa radiante. “¿Por qué? ¿Qué giros equivocados?”.

Está bien, pensé, es el Ministro de Cultura y no quiere ver pasado mañana en todos los titulares de los diarios del mundo Cardenal ataca a Cuba. Pero también era escritor… Respiré profundo y mencioné: ¿por ejemplo, los abusos de los derechos humanos? ¿Prisioneros políticos, tortura, ataques a los homosexuales, a los escritores? . “¿Qué ataques?”. Su serenidad me hizo vacilar. Confundido, dije estúpidamente: “Bueno, por ejemplo, a Nicolás Guillén”, que es el líder de la Unión de Escritores Cubanos, y lo que quería decir era: “Padilla”. Me miró con sorna. “Al principio hubo algunos abusos”, me dijo. “Pero no ahora”. Le hice otras preguntas: ¿y el libro de Armando Valladares, Contra toda esperanza, que habla de dos décadas en las prisiones cubanas, dos décadas de comer mierda y sopa con pedazos de vidrio? Pero era como golpear una pared.

Al salir del Ministerio de Cultura noté que la afición de los nicaragüenses por nombrar a sus ministerios con acrónimos había creado, en este caso, una resonancia desafortunadamente orwelliana Cardenal, jefe dé MINICULT. Me alejé deprimido.

Comí con un hombre del periódico del FSLN, Barricada. Era el responsable de la página “editorial”, y yo había olvidado su nombre, lo que quizás estuvo bien porque hizo el comentario más escalofriante que oi en Nicaragua. Discutíamos la censura en general y en particular la clausura reciente de La Prensa. Al principio parecía estar deveras en contra de la censura. “Por supuesto, como periodista en funciones, también la odio”, pero luego dijo: “Un trabajador que conocí hace poco lo expresó muy bien: si una madre tiene un hijo enfermo, muy enfermo, lo lleva al hospital sin ponerse antes el maquillaje”. Mi depresión aumentó. “¿De modo que”, le dije con tristeza, “cuestiones como la libertad de prensa no son sino cosméticos?”. Su rostro se iluminó, y asintió con entusiasmo. “Cosméticos, esa es la palabra. Sí”.

Todo el mundo censura a la prensa en época de guerra: ése era el sentir oficial sobre el tema y lo escuché de mi amigo anónimo de Barricada, de Daniel Ortega, de todos los bandos. No era suficiente.

Recordé mi estancia en Pakistán durante la guerra contra India en 1965, y lo que significaba recibir información cuya única certeza era que estaba irremediable y deliberadamente alterada. Recordé que aprendí a dividir entre diez los supuestos aviones derribados por los pakistaníes, y a multiplicar por el mismo factor las pérdidas admitidas. Entonces las dos cifras comenzaban a equilibrarse y uno tenía la apariencia de la verdad. Recordé también mi indignación ante el modo en que el gobierno inglés manipuló los medios de información durante la guerra de Las Malvinas. Lo que allá había sido inaceptable para mí, acá también lo era.

El tema de la libertad de prensa fue el único en el que no estuve de acuerdo con los sandinistas. Me perturbaba que un gobierno de escritores se hubiera convertido en un gobierno de censores. Debido a esto en gran parte, durante toda mi estancia en Nicaragua en mi cabeza se agitó una especie de discusión muda. Se diría que aquí se había intentado algo importante, con mínimos recursos y bajo una enorme presión. Las reformas agrarias y las campañas de salud y alfabetización de 1980 y 1981, los años previos al inicio de la agresión estadunidense, eran una muestra de lo que podía lograrse. La campaña de alfabetización, por ejemplo, cambió en dos años el porcentaje de nicaragüenses analfabetos de más del 50 % a menos del 20%. Ahora, sin embargo, la desviación de mano de obra al esfuerzo de la guerra significaba que la campaña del principio no se continuó como debiera y el analfabetismo avanzó nuevamente como una selva que reclama un chapeo relegado… me discutiría a mí mismo: esas campañas están muy bien pero ellos creen que la disidencia es un cosmético y Barricada es el peor periódico que he visto en mucho tiempo.

La discusión central termina en el mismo punto. Nicaragua era un estado imperfecto pero también estaba comprometido con una revolución verdadera: es decir, con un intento por cambiar las estructuras de la sociedad para mejorar la vida de sus ciudadanos. Y, pese al innegable defecto de la censura, la imperfección no es una justificación para ser aplastado por la fuerza económica y militar de una superpotencia.

Mario Vargas Llosa no estaba en Nicaragua, pero en el silencio de mi cuarto también discutía con él. Vargas Llosa había escrito y había hablado con frecuencia y habilidad sobre la importancia de apoyar el proceso democrático en Latinoamérica; insistía en que era el único modo de romper el ciclo de la revolución y la dictadura. Justificaba su apoyo a los partidos y gobiernos de derecha en su natal Perú declarando que prefería votos a balas, que una democracia con defectos era infinitamente preferible a la ausencia de democracia.

Perú era una democracia imperfecta de la derecha. Nicaragua una democracia imperfecta de la izquierda. Si la democracia era realmente la meta de Vargas Llosa, entonces Nicaragua, según sus propios principios declarados, era exactamente el tipo de Estado que Vargas Llosa debería estar apoyando y luchando por mejorar.

Me preguntaba en silencio por qué no lo hacía.

ESTELÍ

A las 5:00 de la mañana del 19 de julio, el día de las celebraciones del séptimo aniversario, fui a casa de Daniel Ortega y su esposa, la poetisa Rosario Murillo. Luego de pasar por los muros y guardias de rigor, entré a un bungalow irregular de muchas verandas y muchas mecedoras de mimbre. La decoración reflejaba el interés de Rosario Murillo en las artes y artesanías del país; de las vigas colgaban móviles de animales de madera llenos de colorido, había cerámica con motivos precolombinos y artesanía en madera. La casa revelaba poco sobre el comandante Daniel, para quien, al parecer, la reticencia se había vuelto (¿o lo fue siempre?) su segunda naturaleza. Había juguetes para niños, y también había niños, por todas partes. No escaseaban los pequeños Ortegas y noté que muchos de ellos llevaban playeras de “Los Amos del Universo”, con la eterna batalla de He-Man y Skeletor; otro indicador de la omnipresencia de la cultura estadunidense.

Los líderes sandinistas se reunieron. Este año, el “Acto” o la celebración principal se llevaría a cabo en Estelí, la ciudad del norte, tan sólo a 40 kilómetros de la frontera con Honduras, que siempre apoyó sólidamente al Frente. (Incluso el obispo local era el miembro más anuente de la jerarquía eclesiástica nicaragüense).

La decisión de efectuar el Acto en Estelí era algo desafiante, y se tenía la certeza de que los contras harían todo lo posible por arruinar el día. “Les mostraremos que podemos defender nuestra frontera”, dijo Daniel Ortega.

Por razones prácticas, cuatro de los “nueve” del FSLN se quedaron en Managua, entre ellos Sergio Ramírez. Salimos en convoy y nos precedían las ya familiares escoltas con sus guantes de hule anaranjados. Pensé en lo calientes y pegajosas que debían estar sus manos. El pueblo de Nicaragua sabía qué hacer cuando veían venir a los guantes de hule: dejaban libre el camino. Nos dirigimos al norte, Daniel Ortega conducía su propio coche, un Landcruiser negro. Viajé detrás de él con Rosario Murillo y dos de los “nueve”, el Ministro de Agricultura, Jaime Wheelock y el jefe político del FSLN, Bayardo Arce, en el auto del comandante Arce. Arce miraba el camino con impaciencia (tiene fama de manejar a toda velocidad). De los árboles junto al camino colgaban espantapájaros con la figura de Ronald Reagan.

Arce masticaba un enorme puro cuando cruzamos el puente de Sébaco.

- Sería un buen día -dijo como al paso- para que la contrarrevolución atacara un puente.

- Ajá- asentí con voz que quiso simular profundidad y valentía. En el camino había miembros de las milicias campesinas, fatigados, con sus Kalashnikovs.

- Hoy decidimos usar las milicias por motivos de seguridad- dijo Arce-. No podíamos traer a las tropas desde la frontera, como comprenderá.

- Ajá- asentí de nuevo. En Sébaco, observé que uno podía ir a jugar bingo en el edificio de la Cruz Roja. Me sentí seguro al pensar que obviamente no tenían mucho trabajo.

- La seguridad parece excelente- murmuré. Jaime Wheelock, con cara de niño amistoso, hizo una mueca.

- Hay muchos caminos- dijo-. No podemos garantizar que todos estén seguros.

- Ah- dije-. No lo había visto así.

A Wheelock le preocupaba que la contra se escondiera por los caminos más cortos de la montaña y que emboscara a los campesinos en su trayecto a Estelí. Por tal motivo a muchas comunidades rurales se les dieron instrucciones de no intentar el viaje a la ciudad.

- Tratamos de que el evento sea lo más local posible -dijo Wheelock-. De algún modo es un homenaje a la gente de Estelí, que se ha sacrificado mucho.

Las montañas nos cercaban. Estábamos en un valle con muchos cultivos y Wheelock se lanzó de pronto sobre su tema favorito: la reforma agraria. Fue sorprendente el modo en que sus rasgos de querubín se iluminaron cuando la conversación trató de cerdos, o café o arroz. En este valle, decía, la economía mixta funciona a la perfección. Eso de allá era una inmensa granja privada, y luego había pequeños propietarios y las granjas de más allá pertenecían al Estado. El Estado ofrecía asesoramiento y asistencia técnica al sector privado; en los periodos intensos de cosecha actuaba incluso como proveedor de mano de obra.

- En la época de Somoza los campesinos se veían forzados a desperdigarse por el campo, ¿o no? -pregunté-. ¿Cómo es que están tan deseosos de convertirse en trabajadores migrantes para la revolución?

- Obviamente no los movemos por coerción -responde Arce; sus palabras libran el obstáculo que presenta el puro-. Se necesita persuasión, trabajo político.

- Es porque les hemos dado tierra -dice Wheelock-. Ahora tienen sus propias tierras, tienen una base. Y como hay cosechas diversas en diferentes épocas, para ellos éste es un modo provechoso de emplear sus periodos de inactividad.

- Aún así, es sorprendente que estén dispuestos a moverse tanto -dije. Wheelock sonrió con alegría:

- Es porque ahora tienen una gran confianza en la revolución. 

La belleza de las montañas en Estelí. Surgen de la tierra con formas improbables, retorcidas, con figuras llenas de fantasía, como decía el viejo mapa del tabaco. Sesenta o setenta mil personas llenábamos la plaza, mecidos en el regazo de las montañas. Ondeaban las pancartas: el poder para el pueblo. Y mientras esperábamos la realización del Acto, se escuchaba rock de los cincuentas. Estelí bailaba “Rock around the clock”.

Tras bambalinas, en un espacio que se habilitó bajo el estrado principal, los líderes sandinistas recibían mensajes del frente. El radio de onda corta informó que dos grandes grupos de contras habían sido identificados y habían cruzado la frontera hacia Nicaragua. Ortega, Arce, Wheelock y los otros salieron a saludar a la multitud.

Daniel Ortega nunca sería un orador natural pero, según los expertos a quienes pregunté, había mejorado mucho.

- Lo hubiera oído el año pasado -me dijo un trabajador del partido- Uf.

Pensé que hablaba bien y con sencillez, si acaso un poco tieso cuando se ponía retórico. Dijo, no por vez primera, que Reagan era “peor que Hitler”, lo cual resultaba bastante simplista. Era mucho más efectivo cuando enumeraba a los maestros, doctores, trabajadores voluntarios y campesinos que habían muerto el año pasado, y abría los brazos después de cada cifra para preguntar a la gente:

- ¿Quién es el culpable? – Y ellos gritaban: -Reagan.

Algún día, dijo, cuando Nicaragua estuviera en paz, la historia recordaría que hubo una nación que no se dejó doblegar.

- íPatria libre!

- O morir.

Esa misma tarde regresamos a Managua y la buena nueva fue que la contra no había logrado hacer nada en todo el día. No minaron ningún camino, no hubo campesinos atacados, no volaron ningún puente. Nada. En el viejo country club somocista Managua celebraba una fiesta. La música de bosanova y salsa llenaba el cielo nocturno. Miré a los que bailaban y pensé que no era el momento de que un escritor hindú se desacreditara en el intento de competir con esos actores.

Alguien me tocó el hombro. Me di vuelta y vi a un hombre pequeño, mayor de edad, con bastón; que asentía vivamente. Era, por supuesto, un poeta.

- Yo admiro mucho -me dijo- a su poeta hindú Tagoré.

Me sorprendí. ¿Qué hacía aquí el viejo Rabindranath, con su acento en la última e?

- ¿Lo han traducido aquí? -pregunté.

- Victoria Ocampo, la gran editora e intelectual argentina, se enamoró de la obra y del hombre -me respondió- No sé, sin embargo, si tuvieron un affaire. Sospecho que no. Pero Victoria Ocampo decidió que Latinoamérica debía descubrir a este gran genio y publicó excelentes traducciones.

- Entonces, a Tagoré se le lee mejor en Latinoamérica que en la India -dije-. Allá la mayoría de las traducciones son muy malas.

- Tagoré -me corrigió-. Lo admiro por sus cualidades espirituales y también por su realismo.

- Mucha gente piensa que Latinoamérica es la casa del antirrealismo -le dije. Parecía molesto.

- ¿Fantasía? -gritó-. No, señor. Usted no debe escribir fantasía. Es lo peor. Siga el ejemplo de su gran Tagoré. Realismo, el realismo es todo.

Escapé de la sombra admonitoria de Rabindranath y me senté con Rosario Murillo y Hugo Torres, el líder de educación política del Frente (y, además, un poeta) En la mesa estaban también Susan Meiselas, la fotógrafa estadunidense cuyo trabajo en El Salvador y Nicaragua siempre admiré, y un productor estadunidense de cine, Burt Schneider.

Llegué cuando Rosario se preguntaba cómo podía tolerar la gente de los Estados Unidos lo que su gobierno le hacía a este pequeño país.

- Debes entender que para los norteamericanos, Nicaragua carece de realidad -dijo Burt, un hombre alto, con huesos prominentes, brazos largos y grandes ademanes-. Para ellos es un programa más de televisión Eso es todo. Siguió discutiendo que los Estados Unidos nunca invadirían Nicaragua por el recuerdo de Vietnam Susan Meiselas dijo que le costaba trabajo ser tan optimista. Yo opiné lo mismo; en los Estados Unidos neoconservadores, de la moraleja de Vietnam parecía desprenderse que el verdadero error fue retirarse cuando lo hicieron, en vez de quedarse a terminar el trabajo.

- El problema, Rosario -gritó Schneider- es que nadie sabe si ustedes son comunistas. Ni yo mismo lo sé. ¿Tú qué crees, Susan? -se inclinó sobre la mesa hacia Meiselas conspirativamente-. ¿Rosario te parece una rojilla?- Schneider conocía a Rosario desde hacía mucho tiempo, y ella y Torres sonrieron cortésmente, pero la broma no hizo gracia. 

Al fondo, los nueve comandantes de la revolución se tomaban una foto. Fue la única vez que los vi juntos y fue mi única ojeada a Tomás Borge, un gnomo pequeño con un gran puro.

- Míralos -dijo Burt cariñosamente-. Parece foto de escuela, ¿no? ¿No es un privilegio estar aquí con ellos, en este día?

- Sí -dije -sí lo es-. Feliz cumpleaños, Nicaragua.

Brindé con el mejor ron del mundo, Flor de Caña Extra Seco. Mezclado con coca cola se llama Nica-libre, y al cabo de algunos vasos estaba listo para vencer a los campeones de la salsa. Me paré a bailar.

Traducción: Delia Juárez

 

10 comentarios en “Sonrisa de jaguar

  1. ¿Qué artículo seleccionaste y leíste?
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    • SIn duda un articulo inundado de experiencia y facilidad de palabra digno de un buen escritor

    • Una muy expresiva y veraz forma de relatar las experiencias del autor por Nicaragua.

  2. me parece una buena historia de la escritora ya q nos muestra las diferencias, tipo de revolución y pensar de los personajes sobre la revolución y política ,y ella como escritor descubrir reamente su realidad de lo q ella creía de CardenaS, y Daniel Ortega.sobre su gubernatura.

  3. Es un gran texto debido a las experiencias que le dejo al autor el corto tiempo que vivió en Nicaragua

  4. Me parecen muy interesantes y culturales las vivencias del autor que relata la idependencia de Nicaragua, y los conflictos politicos y religiosos que vivieron ciudades vevcinas como Cuba, Honduras, peru. Sin duda muy interesante

  5. Esta obra nos relata una vivencia política, pero no solo desde el punto de vista del escritor si no también de la gente que fue participe de ella. Tiene una redacción basta y fácil de entender.

  6. la manera tan expresiva de relatar su experiencia durante su estancia en Nicaragua y el conocer a personajes tan importantes o relevantes en la cultura de ese país durante la guerra política y la celebración de su independencia

  7. sonrisa de jaguar relata de la experiencias reales de un personaje que tiene vivencias muy interesantes de la cultura y personajes de Nicaragua con los estados unidos en que fue una época critica de guerra