1. Lectura básica

Imagínese un jardín que es un laberinto en el que los espejos ocultan las bardas dando la ilusión de un espacio abierto, de movimiento libre, pero que también deforman, como en la casa de los espejos de las ferias. En una esquina, uno se ve exageradamente alto, delgado y pálido, como el poeta Petöfi; en la otra, absurdamente gordo.

Al principio usted camina con confianza y choca con un espejo. Entonces avanza nervioso en busca de un espacio abierto. A veces usted mismo pasa a través de un espejo, pero sólo —por supuesto— para entrar a otro callejón sin salida. En este punto encuentra al administrador del laberinto, que también está perdido. Esto es Hungría.

En una reciente reunión del sindicato de escritores, uno de los más respetados, István Eörsi, pidió enfáticamente censura. Sí, censura. Dénnos censura, dijo. Dénnos una oficina que esté clara y oficialmente designada para censurar. Especifiquen sus poderes, dénnos definiciones legales de los límites, persígannos en las cortes silos traspasamos. Así, por lo menos, sabríamos dónde están las bardas. La idea de Eörsi no fue nueva. En Polonia, Solidaridad atacó la censura justamente de este modo, demandando su autodefinición, y casi logró ese objetivo con la ley de 1981, “Sobre el Control de las Publicaciones y las Actuaciones en Público”. Incluso ahora, la censura es más explícita y visible en Polonia que en cualquier otro estado de Europa oriental, lo que es una especie de progreso.

En Hungría la situación es peor y mejor. Mejor porque en la práctica se publican muchas cosas oficialmente, incluyendo obras de escritores polacos como Witold Gombrowicz que no pueden publicarse en Polonia. Peor porque como no hay censor, todos se han convertido en censores: no sólo los oficiales de los departamentos del Comité Central y del Ministerio de Cultura que son, de hecho, políticamente responsables de la censura, sino todo director de periódico, dictaminador editorial, productor de televisión, y peor aún, el escritor mismo. Como no hay censura hay muchas censuras: colectivas e individuales, políticas y sociales, pre y postpublicación, antes, después y durante el acto mismo de escribir. En este aspecto, Hungría se parece más a la Unión Soviética —donde, como se sabe, no hay Censura.

La diferencia húngara no sólo consiste en la maquinaria de la censura, sino en la forma en que se usa. Pierre Kende identificó tres categorías fundamentales de Los temas tabú. No se debe cuestionar ni criticar la presencia soviética en Europa oriental, la política del exterior en general, ni a los estados socialistas vecinos en tanto sigan los preceptos soviéticos. (Esta última es la única represión importante sobre aquello que los economistas publican oficialmente.) La legitimidad básica del gobierno del partido comunista también es sacrosanta. Por último, no se puede atacar directamente al “socialismo” marxista-leninista.

Pero como Kende señala, existen excepciones alarmantes incluso en estas categorías: una revista histórica publicó un relato asombrosamente crítico acerca de cómo el partido comunista arregló las elecciones de 1947 que legitimaron de modo formal su adquisición del poder, e incluso el gran trauma de 1956 ha sido tratado —con el más sencillo de los disfraces alegóricos— en los terrenos de la ficción y el teatro.

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René Burri: Refugiados húngaros, 1956

Muchos observadores occidentales aplican la palabra “liberalismo” a este estado de cosas. Los escritores húngaros hablan más bien de “caos” o “anarquía” en la dictadura cultural. En la actualidad simplemente no se puede decir que pasará. Casi no hay nada que podría no ser admitido, pero lo que se permitió a las ocho de la mañana puede ser denunciado a mediodía. El aparato de control está fuera de tiempo. Un nuevo libro de texto sobre el idioma y la literatura húngaras (que incluye un capítulo sobre la Biblia) fue autorizado oficialmente para uso en las escuelas; luego fue atacado ferozmente el la prensa oficial. Libros que pasaron por todos los círculos de la precensura son retirados repentinamente, después de haber estado en venta durante varios días. Esto sucedió hace poco con un biografía de Béla Kun escrita por un estudiante del Instituto para la Historia del Partido – después de una protesta de la embajada soviética. Y así sucesivamente. Aquí está el laberinto móvil.

Se dan dos razones para explicar esta “anarquía”: una eventual y otra sistemática. La eventual es que György Aczél, el invento del laberinto, el Kádar de la cultura durante un cuarto de siglo ya no está al mando. Fue Aczél que a fines de los cincuentas principios de los sesentas hizo e trato esencial “kadarita” con los escritores. Sus términos eran, grandes rasgos, que si ellos desistían de comprometerse con la política, como lo habían hecho con tan espectaculares resultados en 1956, si observaban los límites políticos, entonces el Estado, casi sin imponer límites estilísticos, los publicaría y los mantendría generosa e incluso pródigamente. El laberinto tiene una gruesa alfombra. Los límites nunca fueron definidos con claridad pero para cualquier libro, ensayo o película habría un señor que diría: “Esa es la parte equivocada de la barda”. En el último congreso del partido Aczél renunció a su dominio de la cultura.

La causa sistemática —que comenzó a surtir efecto en los últimos años del reino de Aczél— es simplemente que la gente que administra el sistema no cree más en él mucho más que la gente que lo censura. Hoy la ideología marxista-leninista en Hungría es tan de cera como el rostro de Lenin que está en el mausoleo de la Plaza Roja. “Si uno escribe un artículo rabiosamente antisoviético”, me explica un amigo, “el editor o dictaminador no intenta discutir contigo. Te dice: ‘Maravilloso Tiene usted tanta razón sobre el ’56. No puedo estar más de acuerdo. Le invito un trago’”. Es decir, los censores no tienen un criterio claro para decidir dónde están los límites: ellos también están perdidos en el laberinto. “Aceptar las realidades” es el eslogan. Pero, ¿cuáles son las realidades para la mayoría de los editores? “Las realidades” son un juicio de lo que es inaceptable para tus superiores. Pero sus “realidades” también son, fundamentalmente, un juicio de lo que es aceptable para sus superiores, y así hasta la cima.

¿Y cuáles son las “realidades” de los que están arriba? Son, suponemos, dobles. Primero, está la parte viviente de la ideología leninista: la cuestión del poder. Aquí está el criterio real: ¿Esto o aquello fortalece o debilita nuestro poder? En la Hungría contemporánea las respuestas para esta pregunta están muy lejos de ser claras. ¿Es más fortalecedor o debilitador (“estabilizador” o “desestabilizador” en la jerga de la ciencia política occidental) permitir un debate relativamente libre sobre la reforma económica, publicar o prohibir este libro, esa obra de teatro? La segunda “realidad” para los altos funcionarios de Hungría es la misma que para todos los demás: un juicio de lo que será aceptable para sus superiores. Así como una gran parte de los escritores húngaros son expertos para juzgar lo que sus editores tolerarán, los líderes políticos deben ser peritos para juzgar qué tanto tolerarán los soviéticos. Los gobernantes y los gobernados están unidos en la autocensura. Quizá el efecto común de estos niveles sucesivos de autocensura sea frenar al escritor o artista mucho antes de los límites reales. Pero como nadie cree en la ideología, porque hasta los jefes de partido encuentran cada vez más difícil ver las cosas como los soviéticos, a veces atraviesan ellos mismos una barda (o un espejo). Y entonces la embajada soviética protesta.

El laberinto tiene su propio idioma. Yo lo llamo Húngaro Perifrástico. Es un idioma de circunlocución diabólica, de alegoría enroscada y metáfora zigzagueante, vigilado por un regimiento de primer orden de nombres-compuestos-abstractos subgermánicos. Nada se dice de manera directa. A todos les llegan por la espalda. Un crimen nunca es un crimen. Aquí está el secretario del Comité Central, Mátyás Szüros, describiendo cómo se elaboró la política exterior en los cincuentas bajo el Comitern: “En lo esencial, se hizo mediante una decisión pluralista”. ¡Pluralista! “En ciertos casos específicos esto puede haber sido perjudicial y en general quizás objetable en principio”. Esto es newspeak vuelto contra sus creadores.

Sin embargo, la gran mayoría de los escritores, intelectuales y académicos viven y trabajan en el laberinto. También escriben críticas a las autoridades que son oblicuas, implícitas, elípticas o metafóricas. Para los lectores iniciados y sofisticados su significado es sin duda totalmente claro. Quienes no habitan el laberinto no deben disculpar lo que no entienden. Me dicen que la mejor poesía y ficción húngaras del momento están escritas y publicadas dentro del laberinto. No puedo juzgar su calidad artística porque casi no se consiguen traducciones. No obstante cualquiera puede ver que el Perifrástico no es un idioma que lleve a las barricadas. Es la versión intelectual de una actitud que prevalece en la sociedad en general: la de rodear al sistema en vez de enfrentarlo, o encontrar aberturas y nichos en vez de hacer demandas al Estado; y la premisa de esta actitud es, otra vez a diferencia de Polonia, la permanencia e inmutabilidad esencial del sistema.

No todos trabajan dentro del laberinto. Desde mediados de los setentas, Hungría, como Polonia y Checoslovaquia, presenció el crecimiento de una oposición intelectual a sus propias publicaciones de samizdat y una pronunciada alergia al Perifrástico. En la actualidad existen dos revistas samizdat: Beszelö y Hirmondó, y tres editores samizdat, AB, ABC, y Octubre Húngaro. Los editores produjeron unos veinte libros el año pasado. Las revistas probablemente cuentan con unos 10 mil lectores. Hasta aquí su principal fuerza ha sido la forma en que tratan los problemas sociales y políticos de Hungría —la pobreza, la desigualdad, el alcoholismo— y los progresos en otros países del bloque soviético. Como lo sugiere su nombre, el “Octubre Húngaro” de 1956, ese negativo punto de referencia para los círculos oficiales, es el punto de referencia central positivo para la oposición. Mientras los dirigentes, y los demasiados analistas occidentales argumentan que Hungría ha llegado hasta aquí a pesar de la revolución, los intelectuales de la oposición sostienen que es solo debido a la revolución, a la resistencia, al rechazo de las “realidades” y al derramamiento de sangre que los gobernantes de Hungría ejercen ahora su poder de un modo relativamente reprimido, cauto y tolerante.

El énfasis cae en la palabra “relativamente”. En general, los que publican con regularidad en samizdat no serán publicados por los medios oficiales y serán expulsados de los empleos oficiales. Incluso con una segunda economía tan extensa, esto puede dificultarles mucho la labor para que los extremos se toquen. Además, pueden tener dificultades para quedarse en sus departamentos, propiedad del Estado, y para educar a sus hijos. En este aspecto, también, la diferencia entre Hungría y los otros estados del bloque soviético es de grado, no de clase.

Esta es aún una modesta oposición según los patrones polacos. La “oposición democrática” de los intelectuales todavía no ha desarrollado una estrategia política alternativa —como la de KOR en Polonia— o vínculos con otras clases —sobre todo trabajadores— sin los que Solidaridad nunca habría nacido. Su impacto, sin embargo, ha sido considerable. Quizá el efecto principal hasta ahora es el de extender los límites de lo posible en la cultura oficial. Los directores de periódicos oficiales, que de cualquier modo se han vuelto más audaces desde fines de los setentas, pueden argumentar que si no publican el ensayo de algún escritor, todavía queda la última puerta del samizdat.

Más aún, los grandes temas sociales que la oposición abrió —la creciente desigualdad, en parte como resultado de la reforma económica, el 20 o 30 por ciento de los húngaros viviendo por debajo de la línea de pobreza— han sido adoptados por el establishment intelectual oficial. Los mejores estudios empíricos sobre desigualdad los hacen ahora los sociólogos oficiales e incluso del partido, quienes naturalmente tienen todos los recursos para conducir la investigación necesaria. En este sentido, algunas de las mejores ropas de la oposición han sido robadas y, mal que bien, se han convertido en parte del juego de la cultura oficial.

Viniendo de Polonia uno espera que la gran línea divisoria esté entre la oposición y la colaboración, lo negro y lo blanco, el cobarde y el valiente. Pero aquí la aguja del compás moral oscila desamparadamente. Otras fallas geológicas atraviesan el cañón. Existe, por ejemplo, la división histórica entre los escritores “populistas” y los “urbanistas”. Los primeros celebran tradicionalmente las virtudes populares de la vida campirana húngara, la terre et les morts, Kultur más que Zivilisation. Los “urbanistas” eran (y son) más cosmopolitas y con frecuencia judíos. (Debe haber todavía unos 100 mil judíos en Hungría.) Por tradición, se encuentran en la ribera izquierda del Danubio, en los cafés de Pest más que en las cumbres de Buda, y políticamente también “en la izquierda”; miran hacia Viena y el occidente, y no hacia adentro, a las edificaciones transilvanas de la Hungría agraria. Les atrae la sociología más que la etnografía, y el socialismo más que el nacionalismo.

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Erich Lessing: Tanques rusos en Budapest, 1956

Estas descripciones son, por supuesto, caricaturas históricas. Pero es curioso descubrir que la pregunta “¿urbanista o populista?” sigue siendo tan importante como “¿favorecido oficialmente o disidente?” Incluso hoy existe un grupo distinto de escritores “populistas”, un partido intelectual con un “líder” reconocido. Su gran tema político es el destino de las minorías húngaras en Yugoslavia, Eslovaquia y sobre todo en la Transilvania rumana. Allí, la discriminación cultural sistemática y la persecución franca del terrible servicio de seguridad rumano (el Securitate), ha empeorado de manera dramática la posición de la fuerte minoría de dos millones de húngaros en los años recientes.

Durante los setentas, en Polonia hubo una reunión difícil y fructífera de intelectuales venidos de tradiciones que solamente veinte años antes estuvieron opuestas encarnizadamente: los socialistas judíos se sentaron junto a los demócratas cristianos, antiguos estalinistas con veteranos del Home Army, duros exrevisionistas con espesos tomistas. Hungría presenció el pasado verano un primer intento importante de ese puente intelectual: una reunión secreta de unos cuarenta y cinco intelectuales en Monor, a unas treinta millas al sudeste de Budapest. Los participantes fueron escogidos cuidadosamente para representar a diferentes tradiciones y grupos —la oposición democrática, populistas, urbanistas, escritores independientes, sociólogos, economistas reformistas. “La idea”, me dijo uno de los organizadores, “era hacer una especie de frente popular”. Se reunieron durante dos días para discutir la posición de las minorías nacionales, la economía, la eficiencia vs. la desigualdad, los crecientes problemas sociales de la pobreza, el alcoholismo, la falta de bienestar.

Lo que resultó de Monor no es —o no todavía— lo que podría llamarse un frente unido, por no decir popular. Hasta aquí, uno no puede detectar ninguna estrategia política distintiva, ningún programa común para una Hungría postKadar. Pero por lo menos hubo un debate general: economistas explicando los imperativos de una reforma a sociólogos preocupados por las desigualdades; populistas y urbanistas intercambiando diferentes puntos de vista sobre Transilvania. Quizá más que nada fue la persecución directa de los húngaros en Rumania lo que catalizó esta convergencia: el tipo de persecución que, por así decirlo, evaden los húngaros en Hungría. Nicolae Ceaușescu como el padrino de la vida intelectual húngara – ¡qué ironía! En Budapest corrió el dudoso rumor de que cuando Kádar visitó a Gorbachev en septiembre, el líder soviético le preguntó: ¿Qué es éso que se oye acerca de que tus intelectuales se reunieron en Monor?”.

2. La lección

Octubre 14. Mañana. El Foro Cultural Europeo —una conferencia internacional oficial para revisar parte de los acuerdos de Helsinki— se inaugurará en el esplendoroso centro de conferencias cercano al Novotel, todo de metal bruñido y cristales esmerilados. Los detectores de metales del aeropuerto se trasladaron al lugar para prevenir el paso de personas no autorizadas. Este es un acontecimiento sin precedentes: la primera reunión de seguimiento de Helsinki que se llevó a cabo en un país del bloque socialista, una sugerencia francesa aceptada con entusiasmo por Hungría en la conferencia de revisión de Madrid que terminó a principios del año antepasado. Mañana, los delegados de treinta y cinco estados que firmaron el acta final de Helsinki comenzarán a pronunciar sus discursos.

Pero la plática de hoy no es ésa. Es la de un foro “extraoficial” o “paralelo” organizado por la Federación Internacional de Helsinki para los Derechos Humanos, que une a los grupos que controlan los derechos humanos en diez países occidentales. Invitaron a escritores de occidente como Susan Sontag, Amos Oz, Hans Magnus Enzensberger, y a autores del este (¡o centro!) de Europa, que por lo común viven en el oeste —el checo Jiří Gruša, el húngaro-yugoslavo Danilo Kiš—, a venir y discutir con sus colegas húngaros, en una sala de conferencias del Hotel Intercontinental, temas tan modestos como “los escritores y su integridad” y “el futuro de la cultura europea”.

De acuerdo con los patrones de reuniones previas del seguimiento de Helsinki, en Madrid, Estocolmo, u Otawa, el grupo debía ser marginal e inofensivo: no una organización de exilio planeando rodear el Novotel con carteles pidiendo “Libertad para Sajarov” o “Independencia para los Estados Bálticos”. Según los patrones soviéticos eso sería diabólico. Hoy, la comunidad diplomática vibra con el eco de las demandas checas y soviéticas para que el gobierno húngaro lo prohíba. Así, mañana las sutilezas diplomáticas. Mañana la euroretórica autocomplaciente de altos vuelos. Pero hoy la lucha.

Le pedí a un antiguo funcionario húngaro su opinión. El gobierno húngaro esta comprometido a proteger la seguridad personal de los delegados del foro (oficial), dice. ¿Acaso el gobierno no puede estar bien seguro de que los escritores occidentales famosos no son terroristas? “Quizás, pero ¿y la gente que viene con ellos?”.

Al regresar del Danubio descubrí que el Hotel Intercontinental canceló las reservaciones para la sala de conferencias. Otra sala alquilada en un hotel diferente también se clausuró “porque están reparando las ventanas”. (Algunas ventanas en efecto son reparadas en ese hotel, en el que me hospedo, pero no en esa sala.) Al día siguiente, los organizadores de la Federación de Helsinki se reunieron con un funcionario en el ministerio del exterior. Algunos de nosotros —periodistas, participantes, húngaros— esperamos su regreso en el café semidesierto del Intercontinental.

De pronto las mesas cercanas a nosotros fueron ocupadas por hombres fornidos de cara redonda con chamarras lustrosas, relojes japoneses baratos y puños como jamones de Praga. Beben agua mineral. Sus ojos evitan los nuestros, pero sus oídos giran en nuestra dirección, como plato de radar. František Janouch, un exiliado checo, activista de los derechos humanos que acaba de llegar de Estocolmo, salta y comienza a tomar fotografías. Nuestros vecinos entierran sus rostros en sus jamones.

Comienzo a sentirme en casa. Podríamos casi estar en Varsovia, o incluso Praga (excepto que allí no estaría Janouch). No fue sorpresa enterarnos después, esta misma tarde, de una declaración hecha a los organizadores por parte del ministerio del exterior en la que se afirmaba que el simposio extraoficial “podría perturbar la atmósfera y el trabajo” del foro oficial, y que resultaba “incomprensible la razón de esta iniciativa privada”. ¿Incomprensible para quién? La declaración no está firmada.

¿De modo que después de todo ya encontramos el límite? ¿Por fin un límite real, palpable, a la tolerancia húngara, algo con qué darnos de topes, como una pared, un espejo o una barda?

No, no encontramos nada, pues esta misma tarde nos reunimos todos en el amplio departamento de István Eörsi (el que pidió la censura), con vista a la maravillosa orilla del Danubio. Eörsi está en Berlín Occidental —el anfitrión invisible desafía la declaración anónima. Aquí, orador tras orador sube al sofá y dice todo lo que no se dirá en el foro oficial: György Konrád, Susan Sontag, Miklós Haraszti, el filósofo transilvano Gáspár Miklós Tamás, Hans Magnus Enzensberger, hablando de censura, samizdat, la persecución de los húngaros en Transilvania, Solidaridad, Charta 77. Las autoridades húngaras no hacen nada. Durante los siguientes dos días nos reunimos en otro departamento privado, y discutimos esos temas modestos —los escritores y su integridad, el futuro de la cultura europea— como se había planeado. Muchas de las principales figuras de la oposición húngara están aquí —incluyendo al editor independiente György Krassó, que estuvo bajo arresto domiciliario una semana atrás. En la práctica a nadie se le impide venir.

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Erich Lessing: Budapest, 1956

Este es un hermoso departamento de techos altos, con pesadas vigas entintadas en café, y grandes ventanales que dan a las cumbres de Buda, mágicas en el atardecer. Las alfombras desteñidas, la cerámica de Transilvania, el viejo armario con vitrina (típico de Europa central) —cada detalle habla de un gusto individual, de una vida privada e independiente. ¡Qué diferencia de los interiores antisépticos del Novotel! Al igual que el mobiliario, los discursos. Allá, el delegado oficial rumano, después de explicar que en su país “más de 14 mil establecimientos culturales son empleados por unos 270 millones de gente cada año,” elogia la libertad cultural en que las minorías húngaras y alemanas que viven en Rumania pueden “expresarse en su lengua madre”. Aquí conocemos la verdadera historia de la creciente discriminación y persecución: la enseñanza en idioma húngaro casi abolida, la publicación de libros y revistas húngaras reducida a una miseria, sacerdotes húngaros golpeados e incluso asesinados por la Securitate Rumana, el poeta Géza Szöcs sitiado en Koloszvar (Cluj), interrogado casi a diario, incomunicado; sus manuscritos confiscados y destruidos —”La vela se está acabando,” le escribe a unos amigos en Hungría, “y es la única que me queda”.

Allá, en el foro oficial, el delegado de la República Socialista Checoslovaca proclama —en ruso— las glorias de una cultura subordinada al estado socialista. Aquí escuchamos a muchos autores checos talentosos perseguidos y expulsados de ese estado. Aquí también podemos leer las respuestas de los escritores que todavía están en Praga a un cuestionario que les pregunta lo que ese estado —y el Foro Cultural de Budapest— podrían hacer por su acorralada cultura. “Es como si preguntaras qué puede hacer una vaca por las flores de un prado,” escribe Ludvík Vaculík. “Hay una respuesta sencilla: puede dejar de comerlas. ¿Puede hacer eso una vaca? Por esa razón no tiene sentido invitar a una vaca a cualquier clase de conferencia, seminario, o simposio sobre flores. La vaca vendrá gustosa, sólo para exhibirse, pero nada de lo que pudiera decir ahí vale una coz”.

Imposible resumir nuestros debates. Algunos de los invitados occidentales dijeron cosas memorables —Amos Oz sobre el escritor como detector de humo Alain Finkielkraut definiendo “Europa” y “cultura” en diez minutos, como sólo puede hacerlo un intelectual francés, François Bondy elogiando las antiguas ideas, Hans Magnus Enzensberger en busca de un nuevo —así como poco memorable— sesgo de la variedad “literatura es libertad y libertad es literatura”. Pero el valor real está en la contribución de la Europa oriental y central. Aquí está Jiří Gruša, lúcido escéptico, hablando del escritor como “vendedor de cuentos” en occidente y del escritor como profeta desilusionado en oriente. Danilo Kiš, con una anatomía centelleante de la autocensura; no hubo polacos (una gran ausencia), más que nada húngaros. Si hay un punto central que resalta, este es, acaso, la inimaginable complejidad de la censura y autocensura —como lo hace notar György Konrád, necesitamos una nueva ciencia: la censurología.

Conforme pasa la segunda tarde, siento que se me trepa una inquietud. Un escritor local habla en su lengua. La audiencia local ríe. Espero ansioso la traducción. Me llega algo así como: “Sólo lo irracional es real, y el Che Guevara, como Mohács, apunta a la ‘esperanza’ de la desesperanza, que es en si la desesperanza irracional de la razón”. Bueno. ¿Seguramente regresamos al reino de lo Perifrástico? Y luego, todos los húngaros tan educados unos con otros. Sé por conversaciones privadas que muchos de ellos, por ejemplo, son agudos críticos de algunas de las ideas más vagas de Konrad. Pero, ¿oímos estas críticas aquí? No. Aquí todo es “mi amigo” esto y “mi amigo” lo otro. No hay controversia indecorosa. Esta es la última forma de perversión intelectual, la más entendible e incluso moralmente defendible: la autocensura de la oposición. Y luego, por supuesto, todos sabemos que el hecho de que se haya realizado esta asamblea se divulgará por todo el mundo (y sotto voce por los funcionarios húngaros) como una prueba más de la infinita astucia y “liberalismo” del gobierno húngaro, suceda lo que suceda con la oposición cuando la atención del público cambie de lugar.

No, todavía no estarnos en el laberinto. Pero nosotros, también, somos de algún modo parte del laberinto.

3. Intento de comprensión

Interprete la siguiente escena. Después del simposio, György Konrád le hace una invitación para una pequeña fiesta en su departamento. Al llegar, le sorprende encontrarse sentado, más bien solemnemente, entre Susan Sontag y Danilo Kiš, en un pequeño círculo frente al líder de los populistas, un escritor llamado Sándor Csoóri, y algunas de sus gentes. Konrád permanece modestamente a un lado, junto al horno de losa, y dice: “Me gustaría que mis amigos les platicaran sobre Transilvania”. Ellos o más bien él —el líder de los populistas— proceden a contar. Por fin cuentan algunas aterradoras historias sobre la persecución rumana que son lenta, casi ceremoniosamente traducidas (pues, como conviene a un verdadero populista, el líder sólo habla húngaro) por un miembro de su corte.

¿Qué está sucediendo?

4. Algunos apuntes

a) El estudiante competente responderá que esta escena refleja el interés común y en aumento que hay entre los intelectuales húngaros acerca de la terrible posición de sus compatriotas en Transilvania. Esta respuesta es correcta hasta ahí. Un estudiante de la política intelectual más avanzado sugerirá que György Konrád, tan obviamente cosmopolita, urbanista, democrático, está demostrando un gesto de amistad —o por lo menos de frente común— a los populistas. El estudiante aplicado y cínico se preguntará por qué los populistas parecen estar haciendo un frente común con la oposición. ¿Será que así esperan presionar a las autoridades para conseguir su propio periódico literario? El estudiante realmente sobresaliente concluirá que si el autor de este artículo hubiera pasado un día más en Budapest y conocido a un intelectual más en un otro café, probablemente habría encontrado otra razón “verdadera” o “real”, habría espiado otro reflejo deforme en los espejos, doblado otra esquina del laberinto.

b) Sólo una cosa es segura: nada es seguro. Las bardas se mueven a diario, son perfectamente móviles. El estado-partido húngaro todavía tiene todos los instrumentos necesarios para castigar a los pocos que quedan fuera del laberinto si quiere. No hay leyes que frenen sus poderes de censura. Hay, sin embargo, leyes que podrían usarse para amordazar a los escritores, correctores y editores —por ejemplo, los incitantes y elásticos párrafos del código criminal, como señaló György Bence en un impresionante ensayo preparado para el foro extraoficial. Durante el Foro Cultural de Budapest oficial, todo fue dulzura y luz —o casi todo. Pero cuando usted lea esto el foro cultural ya habrá terminado. ¿Habrá tenido dificultades nuestra anfitriona por prestarnos su hermoso departamento? Nosotros no nos arriesgamos: ella sí. ¿Regresará György Krassó al arresto domiciliario? Una opinión pública alerta puede significar algo en un estado tan cuidadoso de su reputación occidental como Hungría. Incluso puede ayudar a asegurar que la reputación es cada vez más merecida. En otras palabras, querido y paciente lector: Su País Te Necesita.

 

Timothy Garton Ash

Traducción: Delia Juárez G.