Coyoacán. Revista marxista latinoamericana. Número 15, enero-marzo (publicado en agosto) de 1983.

Luego de haber pasado por varios países, atosigado, harto de evadir las policías no tan secretas y ansioso de gozar de la paz necesaria para trabajar y organizar la resistencia a la barbarie, tomó aquel barco en Nueva York. Sabía que a donde fuese lo seguirían y que no lo dejarían tranquilo.

El 9 de enero de 1937 Lev Davidovich Bronstein llegó a México. Muy probablemente el aire que hacía temblar a los tampiqueños que trabajaban en el puerto no le provocó un mínimo escalofrío. Bajó de aquel barco solamente con ese viejo saco; caminó por el muelle desvencijado saludó al general Mújica y le presentó á su esposa Natalia.

Si tomamos como punto de partida ese momento podríamos decir que en México el trotskismo ha pasado, con mucho, la mayoría de edad; pero todavía no se conoce una investigación que cuente la historia de las diversas agrupaciones trotskistas en México. Seguramente la tarea sería difícil: tanto como historiar una corriente política que se ha distinguido principalmente por las divisiones internas.

Uno de los aspectos más interesantes de esa historia está en los órganos editoriales que han publicado los trotskistas mexicanos. Porque a simple vista se podría afirmar que estos no han sido capaces de mantener una publicación significativa a lo largo de los años. A lo sumo han sido folletos y algún periódico que tampoco ha escapado a los vicios de la prensa de izquierda.

DEL ROJO BARRIO

Hace exactamente seis años surgió la revista Coyoacán, que sin decirlo abiertamente ha sido el órgano teórico de un amplio grupo de trotskistas. Publicada trimestralmente por la Editorial El Caballito y por Manuel López Gallo, la revista apreció dirigida “a la clase obrera, a la vanguardia campesina y a los intelectuales revolucionarios de América Latina y España”, colocándose desde ese primer número “bajo la bandera del marxismo revolucionario”. Coyoacán, revista marxista latinoamericana estaba dirigida en aquel primer número por un Comité de Redacción al que integraban, entre otros: Adolfo Gilly, Jorge Dauder, Michel Lowy, Arturo Anguiano, Oscar René Vargas, Alberto Di Franco y Roberto Iriarte desde entonces ha mantenido un formato de cuaderno con 140 páginas.

Como buena revista partidiaria, Coyoacán se plantea objetivos serios en el terreno de la organización revolucionaria de la clase obrera: contribuir a la concreción del “nuevo proyecto proletario de la revolución latinoamericana”, organizando para eso “la transición de la actual conciencia nacionalista (o reformista) de la mayoría de la clase, a su conciencia socialista”. Internacionalista al fin, al tomar en cuenta como los “aliados naturales” de la clase obrera latinoamericana “tanto a los Estados obreros ya establecidos… como al proletariado de Europa y Estados Unidos”, la revista se proponía dar a conocer las experiencias de lucha en esos países. En Europa, decían los trotskistas en 1977, el proletariado español ocupa un lugar de vanguardia. Por lo tanto, Coyoacán “tiene también la ambición de utilizar ese instrumento, el idioma común, para contribuir a comunicar ambas tradiciones y ambas experiencias”. Los trotskistas no olvidaban -dejarían de serlo- los problemas que plantea la construcción del socialismo en los “estados obreros” deformados o degenerados; así que la revista “también se propone contribuir a la tarea del marxismo revolucionario en este terreno, abordando, analizando y debatiendo en sus páginas esos problemas cruciales de la revolución socialista”. Pero el proyecto más ambicioso que confesó el Comité de Redacción era “contribuir a la tarea de superar en una sola síntesis esa separación de la teoría marxista entre países industriales y países atrasados y, más profundamente aún, entre marxismo teórico y organización obrera…”.

Coyoacán no pudo, pues, sustraerse a ese tono doctrinario y “de línea” tan característico de la prensa de izquierda. Al final de cada nota editorial y de muchos artículos estaban siempre los clásicos llamados a la acción; el establecimiento de las tareas más importantes para el proletariado y marxistas que lo acompañan; también, por supuesto, el recordatorio de que el asunto -cualquiera que fuere- debía discutirse más a fondo, por la enorme importancia que revestía, y sin olvidar, claro está, la fe inquebrantable en el futuro luminoso de la humanidad, oscurecido un tanto por los actuales estados socialistas.

Tampoco pudieron evitar ciertas generalizaciones que luego necesitaron corrección. En aquel primer número se referían a Centroamérica de la siguiente forma: “El fracaso de la vía guerrillera de la revolución socialista, es porque las masas tienen otra forma de organizarse. El desarrollo de las movilizaciones de masas, en este período, va a mostrar claramente a la vanguardia organizada, la no viabilidad de la alternativa guerrillera.”

Además de los editoriales, ese primer número incluía cuatro artículos. Gilly escribía sobre México algo que podría ser fechado hoy. “Las condiciones nacionales y mundiales que hicieron posible el largo equilibrio inestable del régimen estatal mexicano llegan a su fin”, decía el marxista argentino al principio de su artículo “Identidad nacional, hegemonía proletaria, revolución socialista. Once tesis sobre México”. Pero aclaraba a renglón seguido que esto no significaba que el sui generis bonapartismo mexicano llegara a su fin. Entre otras cosas habría que preguntarse si ese bonapartismo no es el pilar básico del sistema estatal mexicano, o incluso si el régimen estatal mexicano no es el bonapartismo en que se sustenta. Más adelante Gilly sostenía que en el país se habían creado las condiciones para la formación de un nuevo bloque de poder, “constituído por los representantes del capital financiero nacional, los sectores agrarios exportadores… y los intereses de las multinacionales”. Como veremos más adelante, la opinión de la revista no ha cambiado sustancialmente al respecto, a pesar de la nacionalización bancaria.

Además del trabajo de Gilly se publicaban artículos sobre “La larga marcha de la clase obrera argentina”, de Jorge Lucero; “España: democracia, partidos y sindicatos”, de Jorge Dauder, y el mejor artículo del número, sin duda: “El maoísmo y la lucha del proletariado en China”, de C.D. Estrada, donde en líneas por demás polémicas el autor pasa revista a la historia de China a partir del ascenso de Mao y el Partido Comunista al poder.

Completaba aquel número inicial de Coyoacán un dibujo de Vlady dividido en fragmentos, cuyo tema era de esperarse: la casa de Trotsky en el barrio de donde tomó el nombre la revista.

En el terreno editorial Coyoacán no dejó de cumplir. A lo largo de sus publicaciones -hasta el momento han salido 15 números- los temas han sido escasos y abordados con insistencia. El desarrollo económico y político de los países de América Latina; las vicisitudes de la formación de lo que los trotskistas llaman “conciencia proletaria latinoamericana”, y el análisis de los diversos conflictos en los países socialistas. En las páginas de la revista puede ubicarse el desarrollo de la guerra entre China y Vietnam y la historia polaca reciente; el proceso de las organizaciones populares y de izquierda en países como Brasil, Argentina, Perú, etcétera; y los infaltables textos de Ernest Mandel, aunque es de notarse que esta vez los trotskistas de Coyoacán han delimitado muy bien el terreno de las colaboraciones editoriales mandelianas, evitándole al lector las consideraciones del dirigente de la IV Internacional sobre los temas más dispares, como era casi obligatorio en los órganos oficiales de los diversos grupos trotskistas afiliados a la IV Internacional de la década pasada.

BURGUESES EN DISPUTA

Por obstáculos que enfrenta toda la industria editorial, pero la de la izquierda particularmente, Coyoacán retrasó su entrega de enero-marzo de este año y el número 15 apareció en agosto. “Debido a dicho retraso -dice una nota del Comité de Redacción-, este número contiene dos editoriales, sucesivos y complementarios”. Ambos son sobre la nacionalización de la banca y el control generalizado de cambios y vale la pena señalarlos.

Para empezar -dice uno de esos editoriales- una salida burguesa a la crisis, como lo es la nacionalización bancaria, no implica sólo que dicha crisis sea pagada por las masas. “Implica al menos otras dos consideraciones sobre las cuales esas fracciones (burguesas) entran en contradicción”. La primera consideración es sobre el costo político de la salida que se ha elegido, “es decir, si se deberá enfrentar… a las masas y en consecuencia realizar un cambio del personal político del Estado, de los políticos negociadores a los políticos represores…”. Al menos por lo que va del gobierno actual, valdría suponer que el Estado optó por la salida de la pauperización económica de las masas y la democracia limitada, del reconocimiento mínimo -en lo electoral, por ejemplo- del avance de la oposición.

La otra consideración que los redactores de Coyoacán hacen sobre la nacionalización como salida burguesa de la crisis, es ésta: “… cuál será la fracción de la burguesía que también pagará la salida de la crisis, dado que ésta supone, concomitantemente con la desvalorización de la fuerza de trabajo también la destrucción de una parte del capital… y la acentuación de su proceso de concentración y centralización”. Y es que la nacionalización de la banca, “que en sí misma constituye una medida progresista”, quita de las manos del capital privado una importante rama de la economía, pero no por eso deja de ser una medida tomada en el marco de la lucha interburguesa. ¿Lucha interburguesa? ¿Lucha en torno a qué? En torno al poder. Según Coyoacán la caída de la venta petrolera mexicana y la crisis que esto traería consigo fueron creando las condiciones para que el bloque de la burguesía financiera, en alianza con las transnacionales, realizara “un asalto al poder”, no sustituyendo al PRI, sino dando un golpe de Estado interior y poniendo sus hombres en los puestos claves bajo la cobertura del mismo partido gobernante”. Si ese proyecto fallaba, siempre quedaría un último recurso: el golpe de Estado militar, “sería infantil tomar a la ligera las múltiples versiones que en los momentos más agudos de la crisis interburguesa se hicieron circular al respecto”, dice el editorial. Aunque aclara inmediatamente que ésta “era la solución más aleatoria y menos deseada por el capital en su conjunto, mientras se pueda mantener la legitimidad de su Estado frente a las masas”. De haberse llevado a cabo ese “asalto” México no hubiera llegado a su fin como nación; sólo “a la crisis final de un modo de dominación históricamente establecido desde la revolución mexicana y que ya desde hace años ha entrado y continúa en crisis”. Para los editores de Coyoacán esa fue la verdadera “crisis de la alianza burguesa en el poder que vivió México durante el caótico mes de agosto”.

No hay que creerse -se advierte en uno de los editoriales- que con la nacionalización se ha resuelto la crisis de esta alianza interburguesa, o de esta lucha por el poder entran las diversas fracciones de la burguesía. Porque esta nacionalización se llevó a cabo no como producto de la lucha y respuesta a las exigencias de las masas sino por una decisión que ha sido determinada fundamentalmente por la agudeza de la lucha interburguesa mexicana, que “continuará y se acentuará, porque está determinada a su vez por la crisis y porque el capital financiero no ha quedado ni desarmado ni aislado de sus vínculos con parte del personal político del Estado y sobre todo con el capital internacional”. Más aún: luego del desconcierto inicial es claro que el capital financiero prepara su contraofensiva y para ello aprovechará “agresivamente” la crisis misma y las condiciones que los acreedores están fijando al país. “Y no hay a la vista, esta vez, ninguna mercancía `mágica’ que permita escapar a esa tenaza”, concluye el editorial de Coyoacán.

Entonces, esta crisis interburguesa, enmarcada en la crisis general del modelo de dominación, también repercute invariablemente en todas las otras instancias sociales. La CTM, por ejemplo, al reducir su actuación sólo a las amenazas pronunciadas en un lenguaje cada menos florido, verá crecientes dificultades para mantener el apático consenso de los trabajadores a la medida nacionalizadora. Y como también la política cetemista ha consistido en mantener el férreo control obrero en cuanto a las demandas salariales, “acentuará el desprestigio de los charros, disminuirá sus posibilidades de control sobre el movimiento obrero y estimulará… la organización de las tendencias obreras independientes… y el estallido de protestas espontáneas”.

Dice Coyoacán que en los actuales marcos, la nacionalización bancaria sólo será un reacomodo de las distintas fracciones del capital dentro de esta lucha interburguesa, y la izquierda reformista mantendrá una política nefasta si sigue idealizando la nacionalización de la banca, “sin indicar sus limitaciones y peligros”, tomando partido por una fracción de la burguesía en esta pugna. Según los editores de la revista, quien no entienda que la crisis burguesa es también una crisis de su sistema de dominación, no entenderá que una fracción de la burguesía “sólo recurre a una medida de la magnitud de la nacionalización de la banca cuando la profundidad de la crisis plantea… La necesidad de encarar la reorganización de la economía”. La nacionalización, entonces, es la disputa burguesa sobre sus propias y distintas soluciones, “es lo que algunos llaman la disputa por la nación”.

POBRES, QUE NO MARGINADOS

Tal vez como muestra del otro polo de la crisis -el deterioro creciente y constante de la vida proletaria- Coyoacán incluye un trabajo de James D. Cockroft, que hasta donde sabemos no es militante trotskista. (Por cierto, el otro autor no trotskista publicado en Coyoacán, hasta donde pudimos revisar, es Enrique Semo). En su extenso artículo, “Pauperización, no marginalización”, Cockroft se ocupa de las relaciones entre el proceso de acumulación capitalista y el de empobrecimiento de la clase obrera y sus intentos por sobrevivir.

Para Cockroft, “lejos de ser marginales, esos millones de personas hambrientas y sobrecargadas de trabajo constituyen una vasta fracción de la clase obrera”. Escrito más bien para ver la luz en una publicación extranjera, el autor pasa revista a la enorme pobreza de ese sector obrero y analiza, aportando datos muy interesantes, la función del trabajo realizado en pequeños talleres y tiendas, en lo que él llama la producción de plusvalor “Sólo en el Distrito Federal – informa Cockroft- hay 300 mil maquiladoras de ropa… Nacionalmente, para la industria del calzado monopolista, hay muchos más de esos talleres. Estos producen más de la mitad de los zapatos del país, incluido un valor de 36 millones de dólares para la exportación en 1979″. Esta forma de producción no es de ninguna manera un modo de producción “precapitalista” destinado a desaparecer. “Por el contrario, estos talleres son un producto y un instrumento de la moderna acumulación capitalista”. Tampoco es posible, dice el autor, calificar al dueño de este taller de “pequeñoburgués”, ya que esto sólo resulta un disfraz para encubrir una “realidad proletaria”. Por un lado, la mayoría del capital constante está invertida en la maquinaria imprescindible para la producción, y por otro, los dueños de estos talleres no pueden sustraerse al monopolio de las materias primas o al de la comercialización. “De este modo, los pauperizados propietarios de las máquinas de coser, que han comprado a crédito o con ahorros reunidos durante su vida, se ofrecen en el mercado de trabajo con dos mercancías para vender: una parte de capital constante y fuerza de trabajo”. Por otro lado, los capitalistas se apropian de este plusvalor al subcontratar la fuerza de trabajo de todos estos dueños de talleres y las eventuales ventas de los productos terminados en esos talleres.

“En este país -dijo Juan Rodríguez, presidente de la Cámara Nacional del Comercio Minorista-, quien no tiene trabajo inmediatamente se dedica al comercio en pequeño”. Sofisma, según Cockroft, para decir que los cientos de miles de misceláneas son una manera de encubrir el desempleo. “Muchos del millón y cuarto de pequeños establecimientos comerciales registrados son puestos de mercado instalados por los pobres urbanos”. Que estos establecimientos son formas de mejorar el salario familiar tal vez lo desmientan las cifras de la Secretaría de Programación y Presupuesto. En 1978, “el comercio tradicional y atomizado constituía el 80% de los establecimientos comerciales pero contaba sólo con el 9.6% del capital invertido y el 6% de las ventas totales”. A cambio de eso, “el pequeño comercio” ocupaba 46.4% de los 2.5 millones de personas empleadas en ese sector. “Los cientos de miles de tiendas misceláneas -argumentaba el autor- son ilustrativas de cómo estos comercios son en realidad trabajos subproletarios que sirven los intereses del capital monopolista”.

La relación que hay entre la acumulación de capital y la pauperización no es necesariamente una relación de causa y efecto. Según Cockroft, es una estrategia para situaciones de crisis. Así, en 1979, los salarios en relación con el PIB cayeron a menos de 15%, la pérdida de poder adquisitivo del salario llegó a más de 40% y sólo en el Distrito Federal fueron despedidos medio millón de trabajadores. “Estos hechos reflejaban la estrategia conciente del capital monopolista, nacional y exterior”, concluye Cockroft, “para escapar de la crisis que él sobre todo había generado”.

El número 15 de Coyoacán incluye también un artículo de Francisco Colmenares sobre “Las finanzas de PEMEX”. Ya antes el mismo Colmenares había publicado tres trabajos más sobre la industria petrolera mexicana en las páginas de la revista que reseñamos: “PEMEX, instrumento de acumulación del capital monopolista”, en el número doble 7-8; un artículo en el siguiente número sobre los efectos en la estructura industrial del boom petrolero, y “Estados Unidos y la importancia estratégica del petróleo mexicano”, en el onceavo. Después se incluye una versión abreviada del folleto Lo nuevo y lo viejo en la situación boliviana que Walter Esteves publicó con el sello de la Universidad Autónoma de Guerrero y que no abreviaremos más aquí.

Finalmente, y cumpliendo lo que anuncian en la nota de la segunda de forros, en el sentido de dedicar el número a un tema en especial, Coyoacán publica tres materiales sobre Argentina: un documento de la Agrupación de Marxistas Argentinos en el Exilio que se dio a conocer en la revista Divergencia; el artículo “Solución nacional y plan obrero”, de Guillermo Almeyra -quien varios números atrás se había incorporado a la redacción- y “El diciembre caliente”, de Adolfo Gilly. Todos son materiales importantes para conocer la opinión de esta corriente sobre Argentina, que hoy pareciera volver a la frágil democracia, en medio del círculo vicioso marcado por un movimiento obrero -a pesar de lo que digan los peronistas de izquierda- sin un partido político que lo agrupe, y por unas fuerzas armadas siempre dispuestas a retomar el poder y emprender una vez más la “guerra contra la subversión”.