San Felipe de los Alzati, 29, 30 y 31 de julio

Durante toda la semana los comuneros de San Felipe de los Alzati se afanaron en los preparativos. Unos consiguieron maíz, arroz, frijol y café, mientras otros procuraban la carne. Una comisión se encargó de tender hules para la lluvia. Se habían encargado con anticipación las coronas de pan adornadas con flores y la música estaba garantizada con la banda de Tarejero. Para el jueves todo se encontraba a punto para la fiesta.

En las comunidades indígenas son habituales las celebraciones, y los febriles preparativos de San Felipe no hubieran sido memorables si no fuera porque de viernes a domingo se iba a celebrar una fiesta que no era la del Santo Patrono o cosa parecida, sino un encuentro campesino, es decir, una reunión política convocada por la Coordinadora Nacional Plan de Ayala de la que sería anfitriona la Unión de Comuneros Emiliano Zapata a la que pertenece San Felipe.

El viernes los comuneros suspendieron sus actividades habituales para recibir a los invitados que iban llenando la pequeña plaza. Pero a diferencia de las festividades tradicionales, la mayoría de los congregados no eran hijos de San Felipe, ni siquiera eran otomíes. Predominaban los purépechas de otras regiones de Michoacán, gente de la Huasteca Veracruzana, de Milpa Alta, Tlaxcala, Oaxaca y Sinaloa; otros más habían recorrido miles de kilómetros desde el Valle del Yaqui en Sonora. San Felipe de los Alzati fue escenario de una experiencia campesina de nuevo tipo. Los hábitos colectivos de los comuneros se pusieron al servicio de una forma inédita de convivencia.

Estas reuniones constituyen un fenómeno relativamente nuevo en la vida rural mexicana y en ellas se expresa la maduración lenta y sorda pero profunda del movimiento agrario en nuestro país. Los encuentros campesinos, cada vez más frecuentes en los últimos años, están modificando el panorama político rural. El desordenado ascenso de la lucha agraria de principios de los setentas se ha transformado en un movimiento rural quizá menos espectacular pero cada vez más estructurado. Obligadas a enfrentar tiempos difíciles las organizaciones campesinas de todo el país comienzan a madurar políticamente y buscan la unidad. Para el campesinado la unificación constituye un verdadero reto, pues sus condiciones de existencia no la facilitan.

La dispersión y el aislamiento de las comunidades rurales ha sido punto de referencia para construir el mito sociológico de un campesino localista de visión estrecha y cortos alcances. Encerrado en su región y circunscrito a los problemas de su comunidad, el campesino típico sería aún el tristemente famoso tubérculo al que sólo puede cohesionar el costal en el que otros lo meten. No hay tal. Se trata del sector de la sociedad mexicana que despliega mayor movilidad geográfica y de esta manera los trabajadores del campo resultan portadores de la experiencia social más rica, variada y compleja que pueda darse entre las clases productoras del país. Lejos de estar reducidos a un microcosmos local, el ámbito de muchísimos campesinos es la república entera y por lo menos uno de los países vecinos. Pocos trabajadores urbanos pueden decir lo mismo.

Las necesidades de una producción crecientemente comercial, la existencia seminómada impuesta por la búsqueda de empleo estacional e incluso factores políticos como las exigencias burocráticas con las que se eterniza el trámite agrario, han roto el aislamiento de las comunidades rurales. Si en el pasado las formas tradicionales de explotación reproducían a un campesinado localista y de visión estrecha, las carencias rurales contemporáneas y las modernas formas de explotación y opresión han ido creando una masa rural itinerante.

Impulsados por las necesidades de la producción los campesinos visitan sistemáticamente los centros comerciales y administrativos donde se encuentran los insumos, el crédito y los compradores. La búsqueda de trabajo a jornal, dispersa por todo el país a los más pobres y con mucha frecuencia los obliga a cruzar la frontera. Los interminables trámites que impone una tenencia de la tierra siempre precaria se traducen en incontables visitas a las oficinas agrarias de los Estados o de la Capital. Si hay en México una clase trabajadora cuya experiencia trascienda sus límites regionales es el campesinado, y en este peregrinar impuesto, los hombres del campo enriquecen su conciencia y se constituyen en un sujeto nacional.

Pero no todo es diáspora en la vida rural, las comunidades siguen siendo el asidero de la existencia campesina. Los pequeños pueblos son punto de partida pero también de regreso, fuente de fuerzas centrífugas y centrípetas. Y es que el peregrinar campesino se desarrolla en un medio hostil. Por necesidades económicas y a veces burocráticas los hombres del campo son obligados a recorrer el país en calidad de parias o a abandonarlo como `ilegales’. Y en estas condiciones la comunidad, por estrecha y miserable que parezca, es el asidero al que se regresa una y otra vez, es la fuente de una sociabilidad que el nomadismo no proporciona y que debe ser preservada así sea como esperanza, nostalgia o mito.

Así pues la modernización agraria de las últimas décadas ha roto, en gran medida, el aislamiento y el regionalismo campesino, pero esto se ha dado bajo la forma de un desgarramiento, compulsión forzada por una miseria que tampoco la diáspora atenúa sensiblemente. Y ante esta socialización impuesta y precaria la respuesta campesina ha sido conservadora: reproducir la tradición comunitaria como refugio, como estrategia de supervivencia socioeconómica y cultural.

Este campesino itinerante por compulsión pero de vocación localista y comunitaria, es el que está sufriendo lentamente una profunda transformación. En los últimos diez años las necesidades de la lucha han generalizado una nueva experiencia: campesinos de los más diversos orígenes geográficos y étnicos, trabajadores agrícolas provenientes de regiones separadas por miles de kilómetros, se están encontrando en los caminos del combate. Ya no son únicamente los encuentros casuales de quienes tramitan un crédito o promueven un expediente agrario en las mismas oficinas, sin compartir otra cosa que el despotismo burocrático; no es sólo la desconfiada convivencia en los galerones donde reponen sus fuerzas los jornaleros migratorios; no son nada más los riesgos compartidos en los camiones `polleros’ donde se juegan la vida los prospectos de `mojados’; ahora también hay otras relaciones, otros encuentros más cordiales y productivos. El de San Felipe fue uno de ellos.

Los campesinos que llegaron el viernes son miembros de la CNPA, y desde hace más de 4 años están empeñados en consolidar una organización nacional independiente. Pocos grupos son recién llegados a la lucha, y algunas organizaciones regionales tienen casi diez años de existencia, pero el reto de coordinarse nacionalmente es mucho más reciente y los ha llevado a recorrer caminos inexplorados.

Hay muchas organizaciones campesinas supuestamente nacionales y no faltan las que se proclaman independientes. Pero de las pretensiones a la realidad hay un largo trecho. Después de la revolución y con escasas excepciones, las centrales campesinas nacionales han sido siempre estructuras burocráticas de servicios que encubren bajo un membrete nacional la real dispersión de sus contingentes. La supuesta unidad nacional de los representados encarna en una cúpula de dirigentes que habla a nombre de las bases y, en el mejor de los casos, negocian sus demandas con las autoridades. Ser miembro de la CNC en una determinada región no supone ninguna relación orgánica con campesinos cenecistas de otras localidades, y lo mismo puede decirse de la militancia en las otras organizaciones oficialistas y lamentablemente en muchas de las independientes. En estas condiciones la formación de la CNPA respondió a una necesidad profunda, y la coordinadora no sólo ha perdurado sino que ha crecido impetuosamente. La importancia de este proyecto radica en que por primera vez se plantea de manera explícita y sistemática la tarea de forjar la unidad desde las raíces mismas del movimiento, propiciando la real integración de las bases y no sólo los acuerdos de cúpula. Y en este punto los avances de la CNPA han sido quizá menos vistosos, pero también más sólidos. La CNPA aglutina las demandas y acciones de 21 organizaciones regionales distintas que operan en 22 Estados de la República y en el Distrito Federal, que representan la confluencia de 522 núcleos campesinos repartidos en 198 municipios que promueven cerca de un millar de acciones agrarias. El 60% de estos núcleos campesinos son grupos de solicitantes, el 23% son ejidatarios, el 16% comuneros y unos cuantos son de colonos y hasta de auténticos pequeños propietarios.

En las demandas agrarias que promueven estos núcleos predominan la de dotación de Ejidos con 124 trámites, la siguen las solicitudes de Ampliación de ejido con 83 casos, la demanda de nuevo centro de población ejidal, con 70, y la confirmación y titulación de bienes comunales con 31. En todos estos casos, menos el último, los grupos están compuestos por campesinos sin tierra, mientras que los Ejidos y Comunidades ya constituidas demandan actualización y depuración del censo básico; investigación general de usufructo parcelario, remoción de autoridades y definición de linderos. La conciliación en una sola fuerza nacional de un movimiento disperso, al que la manipulación política y los enmarañados trámites legales han fragmentado aún más, pasa necesariamente por los Encuentros campesinos, demanda la realización de infinidad de reuniones, asambleas y congresos, de carácter local, regional o nacional. Supone horas, días, semanas enteras destinadas al diálogo, la confrontación y la polémica. El Encuentro de San Felipe, convocado para discutir los problemas de tenencia de la tierra y recursos naturales, congregó a cerca de 500 participantes. Aunque fueron muchos los ausentes, la concurrencia resultó satisfactoria.

La presencia de los participantes representaba miles de kilómetros de camino: de las rancherías d las cabeceras municipales y de ahí a las capitales de los Estados, para marchar después a Zitácuaro y luego todavía a San Felipe. Significaban gastos de transporte, suponían compromisos cancelados y urgentes labores agrícolas pospuestas. El campesino viaja, pero desplazarse fuera del calendario habitual y por incentivos políticos es siempre cuesta arriba. 

Todo fue llegar y comenzar a hablar. Había una especie de urgencia, una necesidad contenida. Los campesinos hablaban como quien ha recobrado la voz al encontrar oídos sensibles a su queja. Millones de palabras inútiles derramadas en los oídos sordos de funcionarios o falsos adalides del agrarismo oficial han propiciado la existencia de un campesinado desconfiado y parco en el diálogo con desconocidos. Pero en el Encuentro los campesinos estaban en su propio terreno, hasta los desconocidos eran de confianza. Todos los presentes habían sido comisionados para hablar y escuchar. La Primera jornada se dedicó íntegramente a los informes: relatos minuciosos, historias a veces centenarias y siempre circulares, aterradoras relaciones de represión y asesinatos, recuentos de problemas, quejas y denuncias; lecciones aprendidas, experiencias aprovechables, recomendaciones, consejos. Y todo salpicado de anécdotas sabrosas, refranes y bromas en un castellano con giros otomíes, purépechas y nahuas, dichos con acento norteño o modismos veracruzanos. Hombres que leen poco el periódico, prácticamente no ven noticiarios televisivos y difícilmente reciben información radiofónica, estaban creando un proceso de comunicación y otros `medios masivos’: monólogos públicos, confesiones, diálogos espontáneos y a veces desordenados; reiteración de denuncias y demandas en el fondo idénticas. Se consta pausada, pero sólidamente, un discurso común. Y el diálogo se prolongó al calor de las fogatas en los grupos acuclillados durante la cena colectiva, siguió durante la velada y apenas pudo interrumpirlo el sueño sobre el despejado suelo de los salones de la escuela.

El sábado en la tarde la concurrencia se distribuyó en dos grupos; uno abordaría la lucha por la tierra y el otro el combate por los recursos naturales. En esta última se presentaron y discutieron experiencias concretas: los problemas de la explotación petrolera en la región huasteca y sus efectos desastrosos sobre los recursos campesinos, la lucha de los comuneros de Milpa Alta en defensa no sólo de sus bosques sino también del medio ecológico de la ciudad de México, el combate de Zirahuén contra los altos funcionarios que usufructúan ilegalmente la belleza natural de su lago, la dispareja pelea entre la comunidad de Aquila y el consorcio HYLSA-Las Encinas que explotaba una mina en tierras de la primera, el pleito de San Felipe por la depredadora Resistol, los eternos conflictos entre comuneros y rapamontes.

La discusión de estos temas y sobre todo el abordaje de los problemas relacionados con la explotación colectiva de los recursos naturales y, más en general, las cuestiones referentes a la organización y lucha en el terreno de la producción, constituyen un fenómeno relativamente nuevo en el seno de una organización como la CNPA que hasta hace poco se había centrado de manera casi excluyente en la tenencia de la tierra. El hecho de que el debate haya derivado al tema del combate por la producción es la mejor prueba de que la parcialidad de la CNPA comienza a superarse. El relato de los ejidatarios de Huayacocotla, Veracruz, que transitaron de la lucha por el rescate del bosque al combate por su explotación comunal, y la exposición de la experiencia de los ejidatarios del Valle del Yaqui, que pasaron de pelear la tierra a enfrentar los problemas de la producción en ejidos colectivos, sirvieron para poner en evidencia el carácter complementario de la lucha por la tierra y los recursos y el combate por la producción y comercialización.

A las nueve de la noche, pese a que las tortillas y el café comenzaban a enfriarse, cerca de cien personas seguían discutiendo. Ciertamente, el debate fue prolongado, pero en menos de cinco hora se pudo llegar a conclusiones y recomendaciones prácticas que en su simplicidad superan con mucho las falsas antinomias del bizantino debate académico.

Lejos de contraponer el combate por la producción al rescate de la tierra y los recursos naturales, en la inútil pretensión de que un frente de lucha subordine a los demás las resoluciones de la mesa parten de lo evidente: en la lucha por la tierra y gracias a ella, la CNPA ha consolidado “una fuerza política formidable, y con esa fuerza podemos entrarle con buenas posibilidades a nuevas negociaciones y nuevas luchas”. Una parte fundamental de estos nuevos combates es el rescate de otros recursos naturales, pero “ganar el control de los recursos naturales implica… problemas posteriores” relacionados con su explotación comunal o colectiva, de tal manera las nuevas negociaciones y luchas tienen que ver directamente con la organización de la producción.

En las resoluciones de la mesa también se recomienda a la CNPA hacer un inventario de recursos naturales, problemas y demandas relacionados con la producción y explorar la posibilidad de crear Uniones para la explotación de los recursos y su comercialización. Esta no es una tarea fácil para la Coordinadora, pues su experiencia acumulada proviene predominantemente de la lucha por la tierra. En contrapartida, quienes tienen experiencia en la organización de productores tienden a circunscribirse en los problemas económicos. Fueron los compañeros de Sonora quienes plantearon con más claridad en qué puede apoyarse la CNPA para impulsar este nuevo frente y por qué es urgente que lo abra: “Algunas organizaciones hemos logrado avances en proyectos económicos productivos, que se pueden compartir con los compañeros. Y eso mismo es una necesidad porque allá, en el norte,…si no reforzamos mucho nuestra actividad de productores con la fuerza de la movilización política de la CNPA, en tanto que organización nacional, podemos limitar nuestra acción a esos proyectos que algunos llaman `economicistas’ porque sólo se centran en lo material y se olvidan de lo político”.

Si el rescate de los recursos naturales y su explotación, eran temas relativamente novedosos para la CNPA, las cuestiones de la lucha por la tierra han sido ampliamente discutidas en todos los Encuentros nacionales y regionales. Por ello en San Felipe no se aportaron muchas ideas nuevas sobre el tema y las resoluciones de esa mesa no van más allá de lo planteado en otros encuentros. Si reiterar conceptos e insistir machaconamente en ciertas ideas fundamentales es una práctica necesaria en la tarea de socializar los planteamientos políticos y transformar el discurso vanguardista en patrimonio común, esta necesidad es mucho más fructífera cuando quienes toman la palabra son auténticos campesinos, activistas de base que quizá repiten cosas sabidas pero lo dicen a su modo y en sus términos.

En el salón 10 tuvo lugar una discusión heterodoxa, a veces desordenada, siempre llena de dichos originales y fórmulas penetrantes. Sobre la lucha por la tierra. En contraste con el discurso acartonado que proclama la “abolición de la propiedad privada sobre los medios de producción”, se emplearon referencias bíblicas para explicar la relación originaria del hombre con la tierra y denunciar su acaparamiento por los dueños del dinero. Las impublicables recomendaciones que diera el ratón canoso -“cada pelo blanco un año de experiencia”- para colgarle el cascabel a la Secretaría de Reforma Agraria, expresaron mejor la intuición política del campesino que mil frases trilladas. La metáfora de una Ley Agraria que “se estira para los ricos y se encoge para los pobres” sustituyó con ventaja los clisés sobre el “carácter de clase de las superestructuras jurídicas”. Finalmente, encabezar un capítulo de las resoluciones con el Corrido de San Miguel de Aquila destacó con mayor claridad la importancia de conocer la historia de las luchas agrarias que cualquier fórmula rutinaria.

Canciones, refranes, metáforas, citas de la Biblia, palabras fuertes pero “claridosas”, forman parte de la cultura rural y sin ellas no puede naturalizarse campesino ningún discurso político. En este sentido el debate de San Felipe en torno a la lucha por la tierra también representó un avance. Los campesinos tomaron la palabra y las resoluciones son testimonio de su decir:

La tierra es la vida del campesino, sin tierra no hay vida para nosotros. De la tierra obtenemos los recursos para alimentar y vestir a nuestras familias. Allí está nuestro consuelo y nuestra alegría…

Lo que tratamos de sacar de la Historia es el coraje. El coraje por todas las represiones que han sufrido los indios. Debemos conocer la historia para reanimar la lucha.

Nuestras Leyes Agrarias, tienen cosas a favor de los campesinos… por que se hicieron con la sangre de los indios que murieron luchando por la tierra. Y aunque Carranza traicionó esta lucha poniendo en manos del gobierno de los ricos la aplicación de esas leyes, de todos modos tenemos que hacerlas valer.

Lo diga o no lo diga la ley, las tierras nos pertenecen. La ley la hicieron los hombres y los hombres pueden cambiarla. La ley tienen que hacerla los campesinos, los trabajadores.

La jornada terminó tarde, se cenó a deshoras y casi a media noche el Llanero Solitario convocó a un público entusiasta, pintó su raya y explicó como él, que se había quedado mudo, aprendió a hablar.

El domingo fue día de plenaria bajo el sol. Congregados en el patio de la escuela, los asistentes escucharon resoluciones que subrayaba con dianas la banda de Tarejero. Y con vivas a Zapata, consignas y aplausos, fueron aprobadas. Siguieron intervenciones de algunos líderes, los invitados y las organizaciones fraternas: el SUTIN demandó y obtuvo solidaridad, se brindó respaldo internacionalista al líder puertorriqueño encarcelado William Morales. Y cuando el sol de mediodía y el cansancio comenzaban a dispersar la atención, irrumpió un tema que había permanecido subyacente a lo largo de todo el encuentro: los compañeros anfitriones de la comunidad de San Felipe de los Alzati tomaron la palabra en otomí.

Los que habían buscado refugio a la sombra de los árboles, los adormilados, los distraídos, los conservadores, se reanimaron al llamado de una lengua que la mayoría no comprendía. Los otomíes hablan fuerte y hacen sus discursos a coro, combinando siempre con la primera una segunda voz que aprueba, comenta o subraya, pero lo que catalizaba la atención no era curiosidad ante una escena insólita, sino el que por vez primera se dramatizaba la condición indígena de la mayoría de los presentes. Purépechas, mazahuas, chatinos y nahuas, se identificaban con un discurso en otomí que de vez en cuando subrayaba en castellano: “nosotros somos indios, indios de hueso colorado”.

Al conjunto del discurso en otomí, todos fueron indios. Los compañeros de Sonora, campesinos norteños claramente amestizados, recuperaron su ascendencia indígena y tomaron la palabra para recordar la raya que pintó en el suelo un jefe yaqui cuando los españoles quisieron penetrar al Valle por vez primera: “la raya aún está ahí, la lucha cinco veces centenaria no ha terminado”.

El tema de la humillación racial y el agravante de ser indio además de campesino habían estado presentes a lo largo del encuentro. Todos recordaban cómo Margarito, representante de la comunidad de Ocumichu, había perdido su apelativo a fuerza de ser simplemente “Ocumichu” para los licenciados y burócratas que consideran demasiada molestia aprenderse el nombre de un “indito”. Todos recordaban el peregrinar de “Ocumichu” de Uruapan a Toluca, de Toluca a Morelia, de Morelia al D.F., y vuelta a empezar, en la afanosa búsqueda de un expediente misteriosamente extraviado.

La historia de “Ocumichu” había mostrado que ser indio en tierra de licenciados es ser paria entre los parias. Pero había mostrado también cómo Margarito recuperó su dignidad sin necesidad de recuperar su nombre. Porque cuando los comuneros se pusieron de pie y respaldaron los trámites de su representante con acciones decididas, Margarito dejó de ser el genérico “Ocumichu”, que no es nadie, para transformarse en la voz potente de su comunidad, en un orgulloso “Ocumichu” en el que se encarna todo su pueblo.

De esta manera, al final de la asamblea plenaria, el tema de la identidad étnica cobró una enorme fuerza. Los otomíes de San Felipe de los Alzati pusieron en claro que su lucha no es sólo contra la Resistol que usufructa ilegalmente sus tierras comunales, sino también contra la opresión discriminatoria de los pudientes de Zitácuaro y las autoridades a su servicio. Los otomíes que tienen prohibido vender en la cabecera municipal y que sí son agredidos por una “gente sin razón” se les encarcela por el delito de “dejarse golpear”.

Así se preparó el ambiente para la última tarea del Encuentro. En la cárcel de Zitácuaro están presos cinco comuneros de San Felipe por el delito de defender sus tierras, y la plenaria acordó marchar a la cabecera municipal en demanda de su libertad. Los otomíes de San Felipe y sus acompañantes decidieron `bajar’ a Zitácuaro, no con la humildad del “indito” que trata de pasar desapercibido y vender su mercancía, sino alzando la voz y haciendo sonar los pies. Lo que habías sido un intenso intercambio de información, una reflexión colectiva, un experimento de convivencia y también una celebración festiva se transformó en una marcha multitudinaria.

Eran quizá un millar, pero parecían más. Alguien calculó cinco mil. Exagera en la cuenta, pero reflejaba el espíritu del contingente. Los de la banda de Tarejero marchaban al unisono y durante nueve largos kilómetros no sólo cargaron los instrumentos sino que colaboraron con su música a mantener el espíritu festivo de la marcha. Por 3 horas la caminata mantuvo su combatividad entre bosques y milpas y agitó pancartas ante la mirada atónita de los automovilistas. Al llegar a Zitácuaro, el griterío se hizo aún más ensordecedor. Las calles estrechas repetían el eco de las consignas, y pronto el estallido de los cohetes se sumó al estruendo de los gritos y la música. “La gente de bien” contemplaba pasmada el insólito espectáculo. Una respetable dama se asomó al balcón con una delicada taza de porcelana y sin querer derramó el café. Inevitablemente, alguien gritó: “íAhí vienen los indios!”

Las comuneras de San Felipe, “las inditas”, despreciadas por la “gente de razón” de Zitácuaro encabezaban la marcha. Detrás de ellas un contingente que pronto asumió su papel y abandonando consignas más habituales comenzó a corear un multitudinario “íya llegamos los indios!”

En la cárcel de Zitácuaro esperaban cinco comuneros, pero frente a palacio una amenazadora fila de policías judiciales fuertemente armados con fusiles, ametralladoras R-12 esperaba también. Nadie había pensado recurrir a la violencia para liberar a los presos, pero las autoridades no quisieron darse por enteradas de los fines pacíficos de la marcha y decidieron hacer exhibición de su poder de disuasión.

A las siete de la tarde el contingente campesino desembocó en la plaza. La marcha se mordió la cola y por cuatro o cinco ocasiones giró sobre sí misma. Una y otra vez la vanguardia pasaba frente al palacio y sus guardianes, las consignas aumentaban de tono y la banda de Tarejero tocaba sin parar. Pronto las sonrisas displicentes de los agentes del orden se cambiaron por un nervioso masticar de chicles. Y cuando, por fin, la vanguardia se detuvo frente a las puertas de palacio y todo el contingente se arremolinó a menos de 10 m del cordón policiaco, la tensión se hizo insoportable.

Frente a la fila de hombres fuertemente armados se agitaba una masa vociferante de apariencia amenazadora, cualquier cosa podía pasar. Y sucedió lo inesperado: sin previo acuerdo ni consigna alguna, la vanguardia comenzó a bailar. Ante el pasmo de los rumiantes policías la tensión estalló en una danza multitudinaria. Y cuanto más estrepitosa sonaba la banda, más alto saltaban los danzantes y con mayor entusiasmo revoloteaban los sarapes. Cumplida su función catártica, la danza se transformó en mítin. Zitácuaro, que no teme a los indios, se acercó a escuchar. Una y otra vez resonaba la consigna: “íLibertad a los campesinos presos!”, con el único fin de que pudieran escucharla tras de los muros de la cárcel.

A las nueve de la noche terminó el mítin y con él concluyó también el Encuentro. Cientos de campesinos, emprendieron el regreso a sus comunidades. En apariencia nada había cambiado: los campesinos seguirían aislados y dispersos recorriendo cíclicamente un país hostil, los indios que alguna vez entraron a Zitácuaro alzando la voz volverían a ser “inditos”, los presos seguirían en la cárcel.

Pero en lo más profundo de la vida rural una vieja estructura se está quebrando. A través de decenas de Encuentros como el de San Felipe de los Alzati comienza a revertirse una situación histórica varias veces centenaria. Hoy no sólo el hambre expulsa a los campesinos de su refugio comunitario, también salen de sus regiones a cumplir tareas impuestas por la lucha. Y en este distinto peregrinar ya no son parias en un medio hostil, se han transformado en parte de un proceso organizativo que abarca todo el país, son combatientes de un ejército que trasciende los destacamentos locales, comienzan a ser una clase nacional.