Señor director:

El debate que la revista Nexos ha publicado en sus números de julio y agosto del presente año, se puede calificar como ilustrativo de dos de las más importantes vertientes ideológicas que actualmente orientan a la opinión pública: la oficial y la intelectual de oposición. Sin embargo, y a pesar de la amplitud de los tópicos que en torno a la crisis de México se han tratado, parece subestimarse la relación existente entre la naturaleza económica de la crisis -sus alternativas teóricas y prácticas de solución-, y la naturaleza política de la crisis, el personal político, su formación profesional e ideológica, y lo que podría llamarse “la crisis de la administración del Estado”.

No es una coincidencia el que las etapas más críticas de las vicisitudes económicas que ha padecido recientemente México (las de 1975-1976, y de 1981-1982), hayan tenido lugar en las vísperas de la inauguración de una nueva administración presidencial y su correlativo cambio del personal político del más alto nivel. Ambas crisis parecen haber sintetizado en su problemática el aspecto económico de la coyuntura (devaluación, deterioro del poder adquisitivo de las mayorías, inflación creciente, etc.), con la variable política: renovación de la élite política, cambio de estrategias de desarrollo, redefinición de las reglas del juego político y, en suma, la creación de un nuevo “estilo personal de gobernar”. Esta revolución de expectativas políticas en ambos casos se combinó, en forma por más violenta en su retórica, con una crisis de credibilidad del personal político como eficiente administrador de la riqueza nacional. Resultado: la crisis de confianza o, mejor dicho, la consolidación de la desconfianza.

Sin embargo, la élite política de México, en base a su alta capacidad de transformación y adaptabilidad al cambio, ha encontrado por lo menos dos nuevos recursos para recobrar la legitimidad cuestionada ante la crisis:

En primer lugar, el discurso político oficial empezó paulatinamente a renunciar en su contenido filosófico y simbólico al ethos de la Revolución de 1910 como fuente histórica de continuidad y legitimación, y se fue sustituyendo por el discurso de la racionalidad económica, de la planeación, de la rectoría económica del Estado, de la administración, de la estadística, y del porcentaje. Los sujetos principales del discurso oficial han dejado de ser la “sociedad” y el “pueblo”, para ser suplantados por los conceptos de “economía nacional” y “desarrollo”, en sus diversas modalidades bajo Echeverría y López Portillo. Es así como las nuevas estrategias económicas, en sus variantes de planes y programas de desarrollo, se convirtieron en la ideología oficial.

En segundo lugar, esta rápida transformación del discurso político en un discurso técnico es la resultante de la drástica e irreversible metamorfosis que desde 1970 experimenta la élite política de México. Esta metamorfosis trae en su naturaleza al desplazamiento del viejo personal político de carrera -el tradicional político-, y la creciente participación de individuos mucho más jóvenes e inexpertos pero con impecables credenciales burocráticas y académicas en el exterior, los que han pasado a aportar nuevas categorías de la ciencia administrativa al discurso oficial, al igual que han adoptado novedosas posiciones y estrategias para enfrentar a la crisis económica.

Pero, ¿por qué en la solución de la actual crisis económica es tan importante la solución de la crisis de confianza en el grupo gobernante?

Porque el ímpetu técnico de la burocratización del sistema político mexicano es de tal intensidad que la élite gobernante parece desprenderse de su aureola política para adoptar una nueva personalidad como el Administrador de la Nación, el Empresario del Estado.

Esta tendencia a la racionalidad económica y administrativa, en detrimento del discurso oficial de naturaleza política o jurídica, no es privativo de México. Es parte del discurso ideológico de la coyuntura económica mundial y su consecuente evocación a la reordenación del uso de los recursos. En un discurso tanto de la Gran Bretaña con la señora Thatcher, como de Estados Unidos, con Ronald Reagan. Su diferencia con México radica en que la amplitud de los espacios políticos en esos dos países y su estructura de partidos de oposición les permiten tener una mayor movilidad y alternativas de cambio del grupo en el poder que las existentes en México. La disyuntiva en México es entre el gobierno por la racionalidad económica y la planeación compulsiva y centralizadora, o entre el mantener las reglas mínimas básicas de convivencia política heredadas del populismo cardenista, mismas a las que la actual élite política ha renunciado expresamente.

Sobre estas premisas se centra no solamente la crisis de la administración del Estado, sino también la crisis de la transformación del liderazgo político en el México contemporáneo.

Francisco Suárez Farías

UAM, Xochimilco