La conquista de América. La cuestión del otro de Tzvetan Todorov ostenta el siguiente encabezado del verdugo y cronista de Yucatán fray Diego de Landa:

El capitán Alonso López de Avila, cuñado del adelantado Montejo, prendió una moza india y bien dispuesta y gentil mujer, andando en la guerra de Bacalar. Esta prometió a su marido, temiendo que en la guerra no lo matasen, no conocer otro hombre si no (era) él y así no bastó persuasión con ella para que no se quitase la vida por no quedar en peligro de ser ensuciada por otro varón, por lo cual la hicieron aperrear (Relación de las cosas de Yucatán, México, Porrúa, 1959, p 56).

Abajo de esta cita, Todorov dedica su libro “a la memoria de una mujer maya devorada por los perros”, y aclara en el epílogo:

La exterioridad cultural determinó el desenlace de este pequeño drama: no fue violada, como pudo haberlo sido una española en tiempos de guerra; fue echada a los perros, por ser mujer que no consintió, e india al mismo tiempo jamás destino ajeno fue más trágico. Escribo este libro para tratar de que este relato no se olvide, y mil otros iguales. (…) No deseo que las mujeres mayas hagan comer por perros a los europeos que se encuentren (Suposición absurda, por supuesto), sino que se recuerde lo que puede suceder si no se logra descubrir al otro (pp. 250-251).

La conquête de I’Amerique, entonces, es mucho más que un libro de un semiólogo interesado en comprender el primer contacto entre americanos y europeos desde el punto de vista de la emisión y recepción de signos. “La cuestión del otro” es, ante todo, una cuestión de índole moral:

No encuentro otra manera —escribe Todorov— de contestar a la pregunta ¿Cómo comportarse con el otro? más que contando una historia ejemplar (sería el género escogido), una historia, por lo tanto, lo más verdadera posible, pero de la cual trataré de no perder nunca de vista lo que los exégetas de la Biblia llamaban su sentido tropológico, o moral (p. 12).

“La cuestión del otro” implica la cuestión de la relación con el otro y el problema general de la comunicación entre los hombres. Esta puede darse, y constituir el objeto de una ciencia; pero puede asimismo no darse cabalmente, y hacer necesaria una reflexión de tipo fundamentalmente moral -sobre todo cuando la incomunicación conduce al genocidio.

Entendido de esta manera, el libro de Todorov se ubica en el centro del pensamiento francés contemporáneo que, a partir de una crítica de la perspectiva cartesiana, se hace una de las preguntas fundamentales de la civilización occidental: cuestiona su propia identidad reclamando y problematizando la presencia del otro. El “yo es otro” de Rimbaud es el ejemplo más evidente de este movimiento descentralizador de la conciencia que comenzó con el romanticismo francés (el verdadero” romanticismo, especifica Octavio Paz en Los hijos del limo, refiriéndose a los románticos de la segunda mitad del siglo XIX) Las preocupaciones de pensadores tan diferentes como Bataille, Sartre, Lévi-Strauss, Lacan son igualmente reveladoras, y no puede considerarse producto de la casualidad el que la expresión hegeliana “cada conciencia persigue la muerte de la otra” haya encontrado tanto eco en Francia desde la época de entreguerras.

¿Cada conciencia persigue la muerte de la otra? Para matar se requiere primero reconocer la existencia de la otra conciencia. Y desde este punto de vista la fecha de 1492 adquiere una importancia especial. Escribe Todorov:

Desde 1492 estamos, como dice Las Casas, “en este tiempo tan nuevo y tan nunca otro tal visto ni oído”. Desde entonces, el mundo está cerrado (aunque el universo se haya vuelto infinito), “el mundo es pequeño” como lo declarará el mismo Colón. Los hombres descubrieron la totalidad de la cual forman parte, mientras que hasta entonces constituían una parte sin todo (p. 14).

Así, la historia que cuenta Todorov es ejemplar” en la medida en que enfoca ese momento decisivo: aquél en el que al mismo tiempo que se cierra el mundo, se abre hacia el otro. Cristóbal Colón sin embargo, no llegó a reconocer realmente a los recién denominados “indios”. Explica Todorov:

La comunicación humana no se logra en Colón porque no le interesa. (…) La percepción sumaria que Colón tiene de los indios, mezcla de autoritarismo y condescendencia, la incomprensión de su lenguaje y de sus signos, la facilidad con la que enajena la voluntad del otro en vista de un conocimiento mejor de las islas descubiertas, la preferencia por las tierras más que por los hombres: en la hermenéutica de Colón, éstos no tienen lugar aparte (p. 39).

En efecto, “los contactos con Dios interesan mucho más a Colón que los asuntos puramente humanos” (p. 20) Así, en su relación con los indios, Todorov distingue dos componentes “que reaparecerán en el siglo siguiente y, prácticamente, hasta nuestros días en todo colonizador en su relación con el colonizado” (D. 47):

O bien piensa a los indios (sin por ello utilizar esos términos) como seres humanos de parte entera, con los mismos derechos que él; pero entonces los ve no sólo como iguales sino también idénticos, y éste comportamiento conduce al asimilacionismo, a la proyección de sus propios valores sobre los otros. O bien parte de la diferencia; pero ésta es inmediatamente traducida en términos de superioridad e inferioridad (en su caso, por supuesto, los indios son los inferiores): se niega la existencia de una sustancia humana realmente otra, que pueda no ser un simple estado imperfecto de uno mismo. Estas dos figuras elementales de la experiencia de la alteridad descansan ambas sobre el egocentrismo, sobre la identificación de los valores propios con los valores en general, del yo con el universo, sobre la convicción de que el mundo es uno (p. 48).

Así, explica Todorov, en la célebre polémica entre Ginés de Sepúlveda y Las Casas “las informaciones de Sepúlveda resultan falseadas por juicios de valor, por la asimilación de la diferencia a la inferioridad; aún así, su retrato de los indios no está desprovisto de interés” (p. 166) En Las Casas, en cambio, “el postulado de igualdad conduce a la afirmación de la identidad, y la segunda figura de la alteridad, aunque sin duda es más amable, nos conduce hacia un conocimiento del otro menor que en la primera” (p. 172).

Toda la historia del descubrimiento de América —escribe Todorov—, primer episodio de la conquista, está marcada por esta ambigüedad: la alteridad humana es al mismo tiempo revelada y negada. El año de 1492 simboliza ya, en la historia de España, su Otro interior al vencer a los moros en la última batalla de Granada y al forzar a los judíos a abandonar su territorio; y descubre el Otro exterior, toda esta América que se volverá latina. Se sabe que el propio Colón ligaba constantemente ambos acontecimientos. (…) La unidad de ambos, en los que Colón está listo para ver la intervención divina, reside en la propagación de la fe cristiana. (…) Pero también podemos ver a las dos acciones como dirigidas en sentido inverso, y complementarias: una expulsa la heterogeneidad del cuerpo de España, la otra la introduce irremediablemente A su manera, el mismo Colón participa de este movimiento doble No percibe al otro, ya lo vimos, y le impone sus propios valores; pero el término mediante el cual se refiere más a menudo así mismo y que utilizan también sus contemporáneos es: el Extranjero; y si tantos países han buscado el honor de ser su patria es que no tenia ninguna (pp. 54-55).

Después de estudiar las limitaciones de la comunicación entre Colón y los indios, Todorov ejemplifica la conquista de América con la de México por Cortés, analizando las causas de la derrota de Moctezuma y distingue dos tipos fundamentales de comunicación:

¿Será torzar el sentido de la palabra “comunicación” decir que existen dos grandes formas de comunicación, una entre hombre y hombre, otra entre el hombre y el mundo, y constatar entonces que los indios cultivaban sobre todo ésta y los españoles aquella? Estamos acostumbrados a no concebir más comunicación que la interhumana ya que, puesto que “del mundo” no es sujeto, el diálogo con él es muy asimétrico (si es que hay diálogo) Pero se trata tal vez de una manera estrecha de ver las cosas, responsable por lo demás del sentimiento de superioridad que sentimos al respecto La noción seria más productiva si se extendiera de manera que incluya, al lado de la interacción entre individuo e individuo, la que se da entre la persona y su grupo social, la persona y el mundo natural, la persona y el universo religioso Y este segundo tipo de comunicación juega un papel predominante en la vida del hombre azteca, el cual interpreta lo divino, lo natural y lo social a través de los indicios y presagios, y gracias a ese profesional que es el sacerdote adivino (p. 75)

Al reconocer la comunicación de los hombres con el mundo (divino, natural y social), Todorov se aproxima al pensamiento de místicos como Georges Bataille, para el cual la comunicación se identifica prácticamente con la comunión En Bataille, como en todo pensamiento auténticamente religioso (la esencia de la religión es la “búsqueda de la intimidad perdida”), esta comunicación con el mundo acaba absorbiendo, neutralizando, la comunicación entre los hombres. Ahora bien, para Todorov coexisten ambos tipos de comunicación, aunque pueda predominar de manera más o menos fuerte alguno de éstos. En esta perspectiva, la victoria de los españoles sobre los aztecas está cargada de consecuencias:

Los españoles ganan la guerra —escribe Todorov— Son, sin duda, superiores a los indios en la comunicación interhumana. Pero su victoria es problemática puesto que no hay una sola forma de comunicación, una sola dimensión de la actividad simbólica. Toda acción tiene su parte de rito y su parte de improvisación, toda comunicación es, necesariamente, paradigma y sintagma, código y contexto; el hombre necesita comunicarse tanto con el mundo como con los hombres El encuentro de Moctezuma con Cortés, de los indios con los españoles, es en primer lugar un encuentro humano; y no nos debe extrañar que los especialistas en la comunicación humana ganen Pero esta victoria, de la cual todos salimos, europeos y americanos, golpea fuertemente nuestra capacidad de sentirnos en armonía con el mundo, de pertenecer a un orden preestablecido, tiene el efecto de reprimir profundamente la comunicación del hombre con el mundo, de producir la ilusión según la cual toda comunicación es interhumana. El silencio de los dioses pesa tanto en el campo de los indios como en el de los españoles. Al ganar de un lado, el europeo perdía del otro; al imponerse sobre toda la tierra por lo que constituía su superioridad, aplastaba en si mismo su capacidad de integración al mundo Durante los siglos que siguieron soñó en el buen salvaje; pero el salvaje estaba muerto o asimilado, y ese sueño está condenado a permanecer estéril. La victoria portaba va SU derrota; pero Cortés no lo podía saber.

Podría seguir el libro de Todorov más adelante y más de cerca Me parece sin embargo que, con lo hasta aquí mostrado es posible identificar los dos “motivos” fundamentalmente de La conquête del’Americque. En primer lugar, un llamado hacia una verdadera comunicación entre los hombres, ejemplificado por Diego Durán y Bernardino de Sahagún, en cuyas obras se entabla un diálogo auténtico entre indios y españoles, sin que el reconocimiento de la igualdad y de la diferencia degenere en la alternativa o identidad o superioridad, inferioridad En segundo lugar, un llamado hacia la comunicación perdida entre el hombre y el mundo (natural, natural-social y natural religioso) Todorov vuelve a plantear el problema de las relaciones entre moral y religioso ¿Existe una moral pura, ni práctica ni religiosa? ¿La ciencia se reduce a la moral y la moral a la religión, como denunciaba Nietzsche? ¿Hasta qué punto una comunicación entre los hombres presupone la de los hombres con el mundo? Al respecto, Todorov es pesimista:

La historia ejemplar de la conquista de América nos enseña que la civilización occidental venció, entre otras cosas gracias a su superioridad en la comunicación humana; pero también a que esta superioridad se afirmó en detrimento de la comunicación con el mundo Salidos de la época colonial, sentimos confusamente la necesidad de revalorizar esta comunicación con el mundo; pero aquí también la parodia parece anteceder d la versión seria (..) (Todorov ejemplifica aquí con los hippies y el club mediterranée, RM) (…) Los regresos a las religiones antiguas ya no se cuentan; dan testimonio de la fuerza de la tendencia pero no pueden, pienso, encarnarla: el regreso al pasado es imposible Sabemos que ya no queremos la moral (la amoral) del todo se permite” porque vivimos sus consecuencias; pero hay que encontrar prohibiciones nuevas o una motivación nueva de los ancianos para percibir su sentido. La capacidad de improvisación y de identificación instantánea busca equilibrarse con una valorización del ritual y de la identidad; pero puede dudarse que baste con un regreso al terruño.

Tzvetan Todorov: La conquête de I’Amérique. La question de I’autre. Paris, Editions du Seuil, 1982 283 pp.