Víctor Serge: Medianoche en el siglo Libros Hipeñón, Ed. Ayuso, 1980

Este es un libro sobre la hora más oscura de la historia, la hora del triunfo de Hitler en Alemania y de la apoteosis de Stalin en Rusia. Es un libro sobre hombres y mujeres derrotados, sobre comunistas rasos cuya fidelidad a la revolución liberadora de 1917 los condujo al Gulag de 1934 y que ahora deben preguntarse: “¿Qué es lo que queda por hacer si es medianoche en el siglo?”

También es un libro radiante admirable por el valor, la integridad política y la humanidad cabal de sus héroes comunistas; encendido de pasión intelectual cuando trata de resolver las cuestiones esenciales del socialismo, del destino humano y del significado de la historia en un momento en el que el pensamiento mismo es “glacial… como un sol de medianoche en el cráneo”. Radiante, también, en su fe revolucionaria en el futuro, un futuro desconocido y percibido confusamente a través de cataclismos demasiado predecibles; un futuro simbolizado por la imagen de semillas germinando en la tierra.

Es un libro auténtico: el producto de una experiencia, el testimonio personal y político de un revolucionario de pureza y valor extraordinarios, que también fue un artista de talento sobresaliente. Registra -y transforma- el juicio de Serge de 30 días de confinamiento solitario e interrogación, en la prisión de la GPU en Moscú, su resistencia durante dos años de deportación en Asia Central, y su oposición interminable a la traición estalinista del movimiento revolucionario al que dedicó su vida.

Por último, es un libro importante, pues el tema que trata Serge -socialismo versus barbarie- es fundamental para la subsistencia de la humanidad. El talento de Serge reside en su habilidad para dramatizar, con una claridad cristalina, los problemas que han acosado a los revolucionarios durante 50 años. de un modo conmovedor y poético. A través de la angustia de sus héroes, se nos conduce a repasar el dilema de la primera revolución socialista mundial exitosa, en la fase de transformación en su propio contrario -la actividad de millones de personas luchando por crear un nuevo mundo en la imagen de la justicia, convertida en una tiranía intolerante, explotadora- y a plantear la pregunta una vez más, para nuestra propia época.

EL YO POR EL NOSOTROS

Las novelas de Serge reflejan una rica experiencia de compromiso en la política revolucionaria. Nacido en Bruselas de padres que eran, ellos mismos, revolucionarios rusos exiliados, Serge llevaba doce años de agitación como anarquista militante europeo (incluyendo seis que pasó en cautiverio), cuando ingresó a la revolución rusa en el triste invierno de 1918-1919. Ingresó al partido comunista, peleó en la guerra civil, y participó en la fundación de la Internacional Comunista. Fue sólo después de 1927, cuando se le expulsó del partido por ser miembro de la oposición izquierdista (trotskista), que escogió la literatura como un sustituto para la actividad política.

Serge concebía la escritura como un acto de testimonio, “como un medio para expresar a la gente lo que la mayoría de ella vive sin ser capaz de expresar, como una forma de comunión, como un testimonio sobre la vasta vida que fluye dentro de nosotros, cuyos aspectos esenciales debemos tratar de mejorar para beneficio de aquellos que vendrán después de nosotros”. Los valores que conforman este libro son la sinceridad, la solidaridad y la veracidad.

De manera paradójica, Serge se inclinó por la literatura en el momento mismo en que los escritores rusos estaban siendo forzados a negar estos valores. Para 1930, la libertad y el fermento creativo del renacimiento soviético de 1920, en el que Serge había tomado parte como critico y traductor, habían sido aplastados por la burocracia estalinista. Sin embargo, como escritor de lengua francesa escribiendo en Paris, Serge podía continuar los experimentos literarios de sus amigos y colegas rusos -Babel, Essenin, Gladkov, Mandelstam, Mayakovsky, Pilniak, inter alia- cuyas voces fueron silenciadas por la censura, el suicidio y la deportación. De este modo su obra representa un único hilo de continuidad en la escritura rusa, entre el florecimiento creativo de 1920 y la disidencia post-Deshielo de la actualidad, debido a que escapa a la perniciosa influencia del “realismo socialista”. Serge es único también en otros aspectos: pese a ser un marxista comprometido, con mucha experiencia en el movimiento de los trabajadores, era también un modernista literario que no temía la influencia “decadente” de gentes como Freud y Joyce.

Fue la ambición de Serge por romper con el molde tradicional, con el fin de rebasar los limites del ente individual y de alcanzar esa “vasta vida que fluye a través de nosotros”. Así, tuvo que abandonar el singular “yo” por el colectivo “nosotros” y remplazar al protagonista individual por una especie de héroe colectivo. Utilizando técnicas de Pilniak, de Doss Passos y los unamistas franceses, creó un estilo rápido y fluido, incorporando elementos vernaculares de slang, periodismo documental y realismo cinematográfico. Al mismo tiempo, la densidad de su escritura, con su presentación simultánea del detalle externo y el monólogo interior, tiende a empañar las fronteras entre pasado y presente, vida interior y exterior, permitiendo fugas ocasionales que sólo pueden describirse como lirismo cósmico. 

Las tres primeras novelas de Serge, Men in Prison (Hombres en prisión) Birth of Our Power (Surgimiento de nuestro poder) y Ciudad Ganada, se terminaron entre 1929 y 1932. Comprenden una trilogía informal que narra los dolores de parto de la revolución. Poco tiempo después de la publicación de Ciudad Ganada, Serge fue detenido y deportado a Orenburg en los Montes Urales, donde debido a su inflexible actitud de oposición le fue negado trabajar y casi murió de hambre. La novela actual, Medianoche en el siglo, es la ficcionalización de esa experiencia, de la que se deriva gran parte de su intensidad y autenticidad.

LA EPIFANÍA DE LAS ESTRELLAS RADIANTES

En 1936, después de una campaña internacional a su favor, se le permitió abandonar Rusia (como a Alexander Solyenitzyn unos treinta años después). Sin embargo, las dos novelas que Serge terminó durante su deportación fueron confiscadas por la GPU (a pesar de un permiso de salida expedido por el censor soviético) y nunca se recuperaron. De 1936 a 1940, vivió una existencia precaria en Bruselas y París, trabajando en algunas imprentas y haciendo campañas contra la persecusión estalinista de las minorías revolucionarias en Rusia y España. También escribió cinco libros incluyendo Medianoche en el siglo, publicado por Grasset en 1939. Durante la Segunda Guerra Mundial huyo a México, donde murió (en 1947) pobre y oscuramente con tres libros inéditos en el cajón de su escritorio: entre ellos están su inolvidable Lo que todo revolucionario debe saber sobre la represión y su gran novela El caso Tulaev.

Durante sus años de deportación en Orenburg, Serge estaba realmente consciente de pertenecer a una larga tradición de disidentes rusos perseguidos:

Debido a uno de esos golpes de ironía tan frecuentes en Rusia (recordaba después), la prensa soviética estaba, de manera muy apropiada, conmemorando un aniversario del poeta nacional ucraniano Taras Shevshenko, que en 1847 había sido exiliado durante 10 años en la estepa de Orenburg, prohibido dibujar o escribir. No obstante, escribió alguna poesía clandestina ocultándola en sus botas. En este informe tuve una sorprendente percepción de la persistencia en nuestra tierra rusa, después de un siglo de reforma, progreso y revolución, de la misma determinación voluntaria de borrar la inteligencia rebelde, sin misericordia alguna. No importa, me dije, debo aguantar: aguantar y seguir trabajando, incluso bajo esta plancha de plomo.

El tema de la herejía eterna y de la persecución eterna corre como un hilo rojo en Medianoche en el siglo. Medita sobre las aguas negras de Chernoe, el pueblo ficticio de Serge en la estepa, que ha hospedado a generaciones de exiliados, refugiados, sectarios y herejes. Se nos dice que el pueblo fue fundado por un patriarca semi-legendario, Seraphim Lackland, un cismático religioso del siglo XVII que condujo a su gente a la selva, con el fin de escapar al poder profano de la jerarquía ortodoxa centralizadora, sólo para ser regresado a Moscú y al destino de un mártir. La imagen del hombre viejo, recto, impenitente, encadenado en su calabozo repitiendo “Señor, nunca te negaré, nunca negaré a la gente”, se refleja a lo largo de toda la novela.

El próximo en la línea de sucesión apostólica en Lebedkin, será el deportado político de Petersburgo. Exiliado bajo el régimen zarista, acoge al huracán purificador de la revolución de 1917 en Chernoe -a 1,000 millas de la capital- y contempla su solitario destino en la misma cima en donde Seraphim había meditado antes su martirio. Pasaron diecisiete años y Chernoe se volvió a poblar de deportados, mártires y cismáticos. Aunque el primer plano de la novela de Serge lo ocupan los oposicionistas de izquierda, los herejes de la nueva ortodoxia estalinista, el fondo de la misma está lleno de cismáticos perseguidos -sectarios religiosos, antiguos creyentes, sionistas- que también sufren a causa de su fe. En la escena climática de la novela, cuando Rodion se escapa de la cárcel, hay un momento translúcido de comunión silenciosa entre el joven trotskista y un antiguo creyente que personifica el tema de la herejía eterna y la persecusión interna en la torturada tierra rusa. Serge preparó con cuidado y amor esta epifanía que se lleva a cabo bajo las estrellas radiantes, en una atmósfera mística de simplicidad bíblica. Es un homenaje marxista materialista a la espiritualidad.

TAN LEJOS DEL DESHIELO.

La naturaleza también está íntimamente relacionada al tema de Serge del sufrimiento y la resistencia. A pesar de que Serge fue principalmente un hombre de ciudades -París, Barcelona, Moscú y Petrogrado fueron sus lugares predilectos y en donde ambientó gran parte de su ficción- tenía una profunda conciencia del lugar del hombre en el orden natural. Para Serge, la dialéctica de la historia humana es una consecuencia de la dialéctica de la naturaleza, y en Medianoche en el siglo, los ritmos de la naturaleza son de manera simultánea el ambiente físico y la metáfora consistente contra la que se desarrolla la acción.

La sección de la novela que trata de Chernoe comienza con una evocación agridulce y desgarradora del regreso de la primavera a la congelada estepa. La disolución del hielo en el río, festejada con alegría por los aldeanos después del largo invierno estéril, es emblemática de la renovación de las esperanzas de los hombres. Los trotskistas exiliados también se conmueven con el espectáculo. Su reunión clandestina en la orilla del río se convierte en la ocasión para una celebración lírica de la primavera septentrional, por parte del viejo bolchevique de cara granulosa, Ryzhik; e incluso el sarcasmo del cínico Elkin fracasa al intentar desalentar su ardor:

“Ryzhik, perdiste tu oportunidad. Deberías estar profiriendo octosílabos a tres rublos por línea. ¿Por qué tenías que involucrarte en la revolución? Hoy serías un oficial de la División de Poetas Pastorales del Sindicato de Escritores Soviéticos. Estarías llenando los periódicos con lirismo ironizado, ideológicamente correcto y aprovechable. Pushkin se pondría verde de envidia en su pedestal.”

“Vete al diablo. No hubiera visto nunca las sorprendentes flores del norte. Y nada en el mundo me haría desear eliminarlas de mi vida…”

La alegría de la renovación de la naturaleza se profundiza más mediante la ironía de la situación política: “La primavera significa tiempo de siembra, y la siembra significa represión”. La lógica de los hechos exige que, con el fin de exprimir un grano excedente del nuevo campesinado colectivizado, Stalin siga un nuevo plan político, necesitando una nueva purga. Los exiliados políticos entienden este proceso como un signo de la debilidad del régimen. Ellos lo han previsto. Los aldeanos, igualmente sabios en su resignación, aceptan que es un cataclismo más que soportar. Sin embargo, el poder del espectáculo de la naturaleza, la muerte y la resurrección es tal, que ningún grupo puede resistir la tentación de abrazar la vida, de tener esperanza. La vida es una lucha. La vida continúa.

La acción central de la novela se desdobla en este momento breve entre la disolución del hielo invernal y el principio de la helada política que privará a los héroes de Serge de la semi-libertad de la deportación, y que los enviará de regreso a prisión. Durante este momento hay tiempo para hacer el inventario de sus vidas, de elegir cómo resistirán lo inevitable, de intercambiar mensajes significativos, de enamorarse y de propagar la llama viva de la revolución, de una generación a otra. De este modo, el patrón estacional de muerte y resurrección, destrucción y continuidad, está íntimamente relacionado con el tema de las generaciones, de las fuerzas humanas que proseguirán la lucha contra la opresión de una generación a la siguiente.

Serge el marxista consideraba que la revolución rusa no estaba muerta sino tan sólo dormida. Creía que mientras la industria se desarrollara y Rusia saliera del atraso, el sistema socializado de producción llegaría inevitablemente a una contradicción con el sistema opresivo del privilegio y control burocráticos. Un proletariado nuevo, confiado e instruido en esta nueva industria retomaría entonces la lucha, donde la vanguardia vencida de los 20s y los 30s había sido derrotada. Esto, sin embargo, se llevaría muchas generaciones (en especial si la guerra intervenía, lo cual sucedió) y hasta entonces el germen del pensamiento revolucionario seria mantenido vivo por algunas minorías. Como artista, Serge encontró una expresión metafórica para esta visión, en las imágenes naturales relacionadas del deshielo primaveral y de las semillas germinando debajo del suelo, y en el tema ruso tradicional de “padres” e “hijos”.

EL EDIFICIO ESTALINISTA

La sección final de Medianoche, titulada significativamente “El Comienzo”, enfoca el carácter del más joven de los exiliados políticos, Rodion, un trabajador semi-educado cuya mente está confundida por citas de Hegel a medio entender y cuyo espíritu está obsesionado con el problema del destino. Para muchos antes que él, la cárcel y el exilio han sido las “universidades” en las que las tradiciones revolucionarias de los “padres” han sido transferidas a sus poco prometedores “hijos”. Es Rodion el que representa a la nueva generación que continuará la idea revolucionaria y asegurará la continuidad entre la gran, pero condenada generación de los viejos bolcheviques y el futuro desconocido.

Sin embargo, para hacer esto debe romper con un elemento central en esa tradición: la idea del partido como la encarnación de la vanguardia proletaria. El, sólo, se atreve a romper el lazo de la unidad del partido que une a los viejos trotskistas disidentes con sus perseguidores estalinistas. “Escúchenme”, les dice a sus camaradas.

Ya no es cierto: algo se ha perdido para siempre. Lenin no volverá a levantarse en su mausoleo. Nuestros únicos hermanos son los trabajadores que no tienen ni derechos ni pan. Ellos son a los que debemos hablarles. Es con ellos que debemos rehace la revolución y, antes que nada, un partido completamente diferente…

Mientras vaga por las calles nocturnas de Chernoe, preocupado y solo, su intuición se vuelve una certeza. La vista de los cuarteles de la GPU, de las luces resplandecientes en la noche, lo inspira con una visión de esa nueva revolución como una temporada primaveral inevitable.

“íTrabajo! Trabaja día y noche, todavía serás arrastrado… El hielo se rompe después de un largo invierno, las corrientes primaverales lo arrastran… Será bello cuando se desborden… Sus archivos, sus papeles, todos sus pequeños y sucios veredictos mecanografiados y sus prisiones, todo eso, los viejos cuarteles cerrados con alambre de púas, los modernos edificios de concreto estilo americano, todo eso estallará arriba en el cielo…

El escape de Rodion en la noche estrellada, a través del bosque silencioso y el río congelado, es tanto un vuelo simbólico a la naturaleza como un regreso a la vida, al destino común de las masas que son parte de la naturaleza y parte de la historia. Si el totalitarismo estalinista representa la negación de la revolución, entonces las masas representan lo que Hegel llamó la negación de la negación. Rodion, el último de los héroes instruidos de la novela, es también el más filosófico:

“La Historia”, dijo Hegel… “la Historia es algo que nosotros hacemos, nosotros también somos históricos, como todos los pobres diablos…” (reflexiona Rodion). No hay ninguna certeza de que esta máquina se detendrá y se desmoronará un día. Debe ser destruida. Otra revolución. Haremos una, y en una forma muy diferente. No sé cómo, pero será muy diferente. Pero primero, escapar de ellos…

Las experiencias de Rodion en el bosque son rastros tanto espirituales como físicos, ritos del pasaje que incluye una muerte simbólica por ahogamiento y una resurrección. Rodion es rescatado por un solitario cazador de lobos anónimo, que representa la tentación de una vida de autosuficiencia en la naturaleza, pero fuera de la sociedad. Esto también es rechazado por Rodion. Purificado y puesto a prueba, anónimo ahora como el hombre de los lobos y los objetos naturales que lo rodean, entra a un pueblo sin nombre y vuelve a las filas del proletariado del que había surgido.

De modo significativo, el edificio en el que consigue un empleo como trabajador de una construcción es el nuevo cuartel para la policía secreta, el único edificio de concreto en un desierto de lodo y madera. Es el símbolo irónico que usa Serge para la paradoja de “construcción socialista” bajo el sistema estalinista, donde el trabajo del proletariado sólo puede servir para aumentar el poder de aquellos que lo oprimen -hasta el momento en que esté preparado una vez más para encargarse del destino. Serge parece estar diciendo que hasta entonces la visión revolucionaria de Rodion persistirá como una “semilla germinando en las entrañas del suelo ruso”, listo para soportar la fruta en el próximo deshielo.

LA OBJECIÓN PIONERA

La visión de Serge es una expresión conmovedora y elocuente de una esperanza templada por el realismo irónico y, desde una perspectiva de 40 años, una declaración política impresionantemente creciente. El deshielo primaveral en la novela de Serge de 1939 prefiguró el deshielo político que siguió a la muerte de Stalin en 1953, cuando la revuelta entre los prisioneros de los campos de concentración en Vorkuta y la revolución total en Alemania Oriental provocaron la tentativa de “desestanilización” de Rusia bajo Khruschev. A pesar de que la desestalinización fue tanto indiferente como efímera revelaba que, como Serge lo había previsto, había muchos miles de semillas revolucionarias germinando en el suelo ruso. Las huelgas, protestas, escritos clandestinos y organizaciones de los tardíos cincuenta y de los tempranos sesenta eran iniciadas a menudo por los sobrevivientes de los campos de concentración que, como el Rodion de Serge, habían tenido contacto con ideas de oposición en la “universidad” del Gulag. Los hijos de comunistas victimas de Stalin también jugaban un papel significativo. Más aún, los programas de muchos de estos partidos de oposición retomaron las ideas de la oposición de izquierda de los 20s y 30s en sus análisis de la burocracia como una casta privilegiada opresiva, en sus demandas de un regreso a la democracia soviética y central (consejo) de los trabajadores, y su identificación como “marxistas”, “neo-leninistas” y “neobolcheviques”.

El linaje político de los Rodions y Ryzhiks de Serge ha sido fructífero porque, como Serge previo, las contradicciones objetivas que los llamaron a ser, han aumentado sólo con los años y porque de mano a mano, de boca a boca, de prisión a prisión y de generación a generación, los mensajes que contienen ideas y experiencias de revolucionarios siguen pasándose de uno a otro. Actualmente, a excepción de algunas huelgas esporádicas y de algunos levantamientos locales, esta disidencia sigue confinada a los círculos intelectuales. Sin embargo, si no ha habido una insurrección masiva que mencionar dentro de Rusia misma, la revolución húngara de los consejos de trabajadores en 1956, el levantamiento de Praga de 1968 y las huelgas polacas masivas de 1970 son indicaciones de la rapidez con la que las semillas de disidencia pueden germinar en una revuelta total contra la burocracia totalitaria disfrazada de “comunista”. Mientras que el pesimismo abstracto del Darkness at Noon de Arthur Koestler (publicado al mismo tiempo que Medianoche en el siglo de Serge) ha estallado íunto con el mito de la invencibilidad del totalitarismo, la fe de Serge ha sido vindicada y su previsión histórica confirmada, de la manera más impresionante.

El libro de Serge sigue siendo relevante hoy en día porque los temas que trata son aún fundamentales para la supervivencia de la humanidad. Aniquilación o una nueva sociedad, socialismo o barbarismo, éstas son las únicas alternativas de la humanidad, ahora más que nunca, en una era nuclear que es también una época de crisis y revolución constantes. El dilema, formulado primero por Serge entre otros (e.g. Rosa Luxemburgo), es éste: el camino hacia una nueva sociedad conduce por necesidad a la destrucción de lo viejo, y esto ocasiona una revolución -violencia organizada-, el único medio efectivo para vencer al monopolio permanente de la violencia organizada (ejército, fuerzas policiales, prisiones, etc.) con la que se mantiene el viejo orden. Dada la necesidad de estos medios surge la pregunta: ¿Qué sucede después de la revolución? ¿Puede ser libre la humanidad? ¿Debe cada revolución permanecer desarmada contra sus oponentes o, recobrando las armas de la coerción, transformarse en una nueva tiranía?

La generación de Serge de revolucionarios fue la primera que afrontó estas preguntas el “día siguiente” de una revolución exitosa. En nuestro tiempo, esto ha sido enfrentado una y otra vez, desde Cuba hasta Vietnam, de Paris a Pekín, de Chile a Irán. Sin embargo, nunca había sido tratado con tanta lucidez, desde aquellos primeros disidentes rusos; Serge y sus camaradas, las minorías comunistas de los años 20s y 30s fueron las primeras que se opusieron a la contrarrevolución dentro de la revolución, en su forma más pura y absoluta: el estalinismo. Entender esta experiencia significa recobrar un hilo precioso de continuidad con el pasado revolucionario, y en ninguna parte se preserva esta experiencia con más riqueza que en las novelas de Serge.

DE DÓNDE VIENEN LOS HÉROES

Los revolucionarios de la primera mitad del siglo XX, los héroes del ciclo novelístico de Serge creyeron que la violencia revolucionaria necesitaría ser efímera y que una vez que la dictadura de los enemigos de clase fuera vencida, las masas, siempre una mayoría, no necesitarían ya un aparato estatal coercitivo. El estado se “marchitaría” y una sociedad cooperativa basada en la iniciativa, la libertad y la igualdad, surgiría en su lugar. Los acontecimientos probaron otra cosa. Cuando la ola revolucionaria de 1917-1923 se retiró, la Rusia soviética quedó aislada en un hostil mar de reacción -desgarrada por antagonismos internos y enfrentada con vastos problemas de subdesarrollo. En este contexto, el estado de la dictadura del proletariado, lejos de marchitarse, fue transformado en una dictadura sobre el proletariado. Una enorme burocracia totalitaria, gobernando mediante propaganda y terror, forjó nuevas cadenas para las clases trabajadoras en nombre de la colectivización, la industrialización y el plan estatal.

Durante el mismo periodo otra monstruosidad totalitaria, el fascismo nazi alcanzó el poder en Alemania sobre las cenizas de las revoluciones derrotadas de 1918 y 1923. Con el ascenso de Hitler y Stalin, la clase trabajadora permaneció así doblemente derrotada -en el más crucial de los países capitalistas industrializados y en su auto alegada “patria del socialista”, Rusia. Más aún, con el estalinismo y el nazismo, afrontar un nuevo tipo de sociedad explotadora todavía más formidable que el tradicional capitalismo burgués. Económicamente lo que había sucedido era esto: bajo el impacto de la depresión mundial en 1929, la sociedad industrial había alcanzado una nueva etapa de organización en la que el estado dominaba la economía y la planeación excedía al mercado. Esta no era la sociedad sin clases, la socialización de los medios de producción bajo el control directo de los productores, que los marxistas y socialistas habían vislumbrado como la alternativa para la explotación capitalista, la competencia y la inestabilidad; sino más bien una nueva forma de despotismo, un capitalismo estatal burocrático cuyo “amanecer rosado” estaba marcado por exterminaciones masivas, trabajo de esclavos y guerra mundial. Su legado -y nosotros somos sus infortunados herederos- es un mundo violento dividido en dos hostiles campos imperialistas, cada uno empeñado en la dominación del mundo y cada vez más dividido y dominado por crisis domésticas, cada uno recurriendo a fuerzas militares para reprimir la revolución dentro de su esfera de influencia: el imperialismo ruso en Hungría, Checoslovaquia y Afganistán; el imperialismo estadunidense en Guatemala, República Dominicana, Cuba, Chile y Vietnam.

El hecho de que este nuevo tipo de sociedad explotadora lograra su primera y más total forma de expresión en Rusia, el único país en el que el proletariado había triunfado al derrocar al tradicional capitalismo burgués, es la gran paradoja de nuestra era.

El hecho de que esta monstruosidad burocrática mantuviera el vocabulario del marxismo como su ideología oficial y siguiera siendo gobernada por un partido que se llamaba a si mismo “comunista” les llegó como un asombroso golpe a los revolucionarios de la generación de Serge. De aquí en adelante, cada cosa se volvió su propio contrario y las palabras perdieron su significado. Aquellos pocos revolucionarios que, como Serge, mantuvieron sus cabezas y sus ideales bajo la embestida de esta causa histórica, ganaron con eso un privilegio paradójico -el de la visión- Como los profetas de la mitología, fueron capaces de ver el pasado, el presente y el futuro, pero sólo al precio de su propia destrucción y bajo condiciones en donde sus expresiones no serían ni escuchadas ni creídas.

Esta es la situación de los héroes de Medianoche en el siglo de Serge. Ellos son los últimos sobrevivientes de la derrota del verdadero comunismo en Rusia, los rechazados de una revolución agria, los intransigentes oposicionistas que todavía se aferran a los ideales de las masas revolucionarias de 1917, que se afirman en la Idea de su Otro. Derrotados, amordazados, lanzados de la prisión a la deportación, del exilio a la prisión, se les conduce a preguntarse si en realidad “existen”. Sin embargo, como el impulso revolucionario que encarnan, como el derrotado y humillado proletariado mismo, afirman su derecho a existir, a persistir como “semillas en la tierra” porque “sin nosotros nada quedaría (de la revolución) sino concreto armado, turbinas, altavoces, uniformes, victimas explotadas, impostores y espías policiales”. Reducidos a la impotencia, amenazados con el exterminio, no obstante personifican el nivel más alto de la conciencia histórica de nuestra era.

DE NÁUFRAGOS Y SOBREVIVIENTES

La historia no se mueve en líneas rectas, se mueve en ondas. Esas ondas son revoluciones. Los héroes de Serge han flotado en la cresta de la gran ola revolucionaria de 1917-1923 -una altura desde la que vislumbraron lo que podría ser el poder de la humanidad para modelar la sociedad a su propia imagen. Ahora están en el canal, a punto de hundirse en el mar de la reacción contrarrevolucionaria. Sin embargo, mediante el naufragio de sus vidas y esperanzas, confirman la visión de lo que han visto desde la cresta, el secreto peligroso cuya revelación es lo que más temen sus aprehensores -la humanidad puede ser libre: lo que sucedió una vez puede volver a suceder. Otros triunfarán donde nosotros fracasamos. La próxima ola (o la siguiente a ésa, o la posterior) alcanzará la orilla. Nunca se pierde para siempre.

Este es el mensaje central de la novela de Serge. Como un explorador náufrago que pone el diario de su viaje en una botella y lo consigna a las olas, Serge personificó la experiencia de una generación completa de revolucionarios, en la forma de una novela y la dejo flotar en los inquietos mares de la historia.(1) Para entonces sus camaradas rusos, los modelos para los héroes de Medianoche en el siglo habían perecido y como el náufrago Ismael creado por Melville, Serge bien podía haber dicho junto con Job, “Sólo yo me escapé para contarlo”.

Los mensajes son un tema importante de la novela. Su sección central se llama “mensajes” y el “correo” -los mensajes clandestinos transmitidos con meticulosidad y con enormes riesgos por los oposicionistas exiliados y prisioneros- es lo que proporciona información, ideas y esperanzas a los héroes de la novela, recordándoles que no están solos. Tampoco es meramente un concepto poético de mi parte el presentar la novela de Serge como una especie de mensaje en sí. El propio Serge, al dedicar su libro a sus camaradas españoles habla de éste como “mensajes de sus hermanos rusos”. Tal como los mensajes transmitidos de prisión a prisión en la novela, el libro es más que nada una especie de reporte, de balance, una descripción, por parte de los enterados, de la situación política y económica, y un informe directo de la salud física, moral e intelectual de la oposición rusa superviviente -incluyendo sus dudas y divisiones faccionarias internas.(2) También es un mensaje para el mundo de los camaradas de Serge dejados atrás en Rusia. Para Serge, “aquel que habla, aquel que escribe, habla a favor de todos aquéllos que no tienen voz”, los perseguidos, los oprimidos, los amordazados, los caídos. Serge fue cazado literalmente por la memoria de los caídos, de los camaradas muertos tras él, y su ficción fue tanto la absolución de una deuda como un intento de darles una especie de inmortalidad.

Son estos camaradas, los muertos y los vivos, quienes forman el héroe colectivo del ciclo novelístico de Serge. Ellos son los hombres de Men in Prison, el “nosotros” de Birth of Our Power, los defensores de Petrogrado sitiada por la Guerra Civil en Ciudad Ganada; los derrotados aunque provocadores oposicionistas de Medianoche en el siglo. Juntos forman una especie de “internacional invisible”, cuyos mensajes de solidaridad cruzan las barreras de las fronteras custodiadas y de las paredes de la prisión, las barreras de sangre, mentiras y calumnias, así como las barreras del tiempo. Estos mensajes representan la experiencia acumulada, la sabiduría y el sacrificio de millones. Son una herencia preciosa para aquellos que elijan recibirla.

Hoy, 40 años después de haber sido escritos por la mano del único sobreviviente, que fue también un testigo incomparable, la botella que los contiene ha aparecido en nuestras playas. Ellos iluminan un pasado que es el origen de nuestro presente y nos dicen que el futuro puede ser todavía un nuevo comienzo. Como dijo Rosa Luxemburgo: “Toda revolución está condenada a fracasar, excepto la última”.

(Introducción al libro Midnight in the Century de Víctor Serge).

NOTAS

FFFFFF

1. Cuando Serge publicó su novela en París en 1939, estaba muy consciente de cuán inquieto estaba el mar. Después de algunos meses de su publicación, la embestida nazi forzó a Serge a viajar una vez más -a través de Francia a pie hasta Marsella y de ahí, después de tres temporadas en prisión, a México-. Mientras tanto, el gobierno de Vichy retiró la novela de circulación por ser demasiado critica del aliado de la Alemania nazi, Rusia (bajo el pacto Stalin Hitler). Medianoche en el siglo necesitó 40 años (hasta 1979) para resurgir en Paris (forma parte ahora de la popular y prestigiada serie Livre de Poche) y aquí está ahora en inglés. “Mis libros tienen una tenaz vida propia”, escribió Serge en sus Memoirs. Creo que esto se debe a que las “botellas” en las que envió sus mensajes fueron obras de arte manuales concebidas con cuidado, diseñadas para soportar las tormentas del tiempo y la política. El último triunfo de Serge como novelista y como revolucionario es que creó una forma adecuada para su contenido y propósito.

2. Serge envió, de hecho, un reporte así a Trotsky poco después de ser liberado de Orenburg. Está incluido en su carta a Trotsky del 27 de mayo de 1936, y fue depositado en la sección cerrada del archivo de Trotsky en Harvard. Pronto será publicado en inglés como una parte de la correspondencia completa Serge-Trotsky, en preparación para Writers and Readers, bajo la dirección editorial de Peter Sedgwick.