Presentamos un cuento incluido en Lunáticos, amantes y poetas. Doce historias inspiradas en Shakespeare y Cervantes (Galaxia Gutenberg), libro editado por Daniel Hahn y Margarita Valencia con una introducción de Salman Rushdie.


Esta mañana envié doce manuscritos a los mejores editores del país, por un total de 29.64 libras. Podrá parecer un gasto excesivo en correo, pero es poco si tenemos en cuenta el precio de transformar el paisaje literario. Y es que con Rocinante creo haber alcanzado un tipo de perfección a la que cualquier profesional de la forma extensa sólo podría llegar en sueños: una obra elevada en el tema, novedosa en la trama, elegante en el lenguaje, ingeniosa en la construcción, entretenida en sus episodios. Académicos, libreros, reseñistas, bibliotecarios y diseñadores de planes de estudios tendrán que inventar una categoría completamente nueva para La Obra, no me cabe duda. Como hice el envío sin certificar me quedó suficiente dinero para comprarme una buena botella de vino y celebrar el “lanzamiento”. Naturalmente, un Rioja. Ni caro ni barato, rebajado de doce a seis libras y su regusto terroso me transportó por un segundo a España, donde pasé tantos meses capturando los sabores, los sonidos y olores que le otorgan a la obra la veracidad que todo gran arte requiere, ese detalle en las texturas que distingue al verdadero escritor del farsante. Hacer que el narrador fuera un caballo constituyó un gran desafío (pasé un día entero oliendo boñiga en Toledo y, créanme, no huele igual en España). Sostener esa voz a lo largo de 1,837 páginas A4 a doble espacio exigió mucha dedicación, pero una vez que logré ponerme en cuatro patas ya no hubo quién me parara. Creo que hasta el mismo Cervantes disfrutaría de mi aproximación equina a su obra más famosa y es posible que hasta se ofuscara por no haberlo pensado antes que yo. Desde luego no es un simple homenaje (ya me oigo a mí mismo diciéndole a Jim McGuff en Book Worm). He sido escrupuloso a la hora de evitar el pastiche y la parodia —dos formas literarias que detesto— para centrarme en crear una obra capaz de sostenerse en pie por sí misma.

No muy lejos de aquí, un lanzamiento más estridente aunque menos significativo tiene lugar en un bar del Shard1 que lleva el ostentoso nombre de Zenith Skybar, donde los farsantes del régimen de la literatura contemporánea se reúnen y, como aristócratas del ancien régime, se estarán atragantando con queso y vino pagado por el “Rey de las Letras”, A. C. Carruthers, sin siquiera sospechar que su mundo está a punto de sucumbir. En efecto, ahora mismo los “doce mejores escritores” de este país se felicitan unos a otros durante el lanzamiento de un libro pergeñado de manera dudosa y pretenciosamente titulado La Antología, una colección de cuentos para conmemorar el cuadringentésimo aniversario de la muerte de Cervantes, que seguramente se estará revolcando en su tumba recién descubierta. He estado en el Shard muchas veces y sin temor a equivocarme puedo decir que se trata de un sitio apropiado para la megalomanía del evento. Vivimos en un mundo de presunción ilimitada donde los mediocres más vulgares —futbolistas, videoartistas, A. C. Carruthers— son considerados “genios” y luego puestos en elevados pedestales desde donde miran el mundo y asumen que han hecho algo que los sitúa por encima de los demás. Casi puedo verlos, embebidos con las vistas de la ciudad, dándose palmaditas en la espalda: A. C. Carruthers con su característico traje de lino y su sombrero Panamá, un look tan estudiado y pasado de moda como su prosa llena de moho, diciéndole a todo el mundo que La Antología fue idea suya. Declan Magee, a quien se le atribuye una facilidad mágica para contar historias por el mero hecho de ser irlandés. Vikram Bat, adoptando la sabiduría y la humildad engañosa propias del marginal exitoso. Brianny de Havilland (invitada allí por su sobrevalorada y extravoluminosa segunda novelaCuando el sol —un título que inevitablemente lleva al lector a preguntarse: ¿cuando el sol qué?). Oh, sí, casi puedo verla haciendo todo lo posible para disimular la emoción que le produce estar allí, en medio de semejantes compañías. Con mayor razón si entre esas compañías se halla su mentora, Esther Speranza, quien describiera Cuando el sol como “un flamante triunfo” cuya “libertad artística” la condujo a prescindir de la puntuación, un manierismo que vuelve imposible leer la obra sin que el lector quiera matarse (o matar a la autora).

No tengo ningún deseo de estar en compañía de esa gente pero, si estuviera allí, desde luego no me encontraría fuera de lugar. Mi íntima familiaridad con el Maestro español (por quien siento una afinidad más profunda de la que podría tener cualquiera de esos aprovechados que se hartan de cava en lo alto de esa falange de mil pies) sería razón suficiente; aunque, comparado con ellos, soy algo más que un igual en lo que se refiere a las formas breves. Me recuerdan a esos corredores de fondo que tratan de competir en una carrera de velocistas, carentes de los requerimientos necesarios para este medio que exige tanta precisión; un medio en el que recibí uno de los más altos galardones cuando mi cuento Sirenas de la noche ganó el Festival de Cuentos de Bideford (una especie de Nobel de las formas breves), logro por el que me hice acreedor a un cheque de cincuenta libras, además del reconocimiento del mundo literario. El jurado en esa ocasión fue nada menos que el editor Stanley Morris, cazatalentos de la literatura emergente, cuyas palabras de aliento me proporcionaron el impulso necesario para criar a Rocinante desde sus humildes semillas hasta convertirlo en el libro que cambiará las reglas del juego.

Pocos años después de mi irrupción en Bideford, conocí a Stanley en un festival donde A. C. Carruthers estaba promocionando su más reciente babosada, “ya con opción de ser adaptada al cine”. Stanley escuchaba pacientemente (como hacemos todos) a Carruthers, el tipo del acrónimo innecesario (¿acaso Anthony Carruthers no es ya lo bastante distintivo?). Carruthers se mecía en sus talones con la confianza del hombre de los tres millones de ejemplares vendidos y dos adaptaciones de Hollywood en su haber. Envalentonado por el Pinot tibio pero gratis y con el respaldo que me daba mi prestigioso galardón literario, me aproximé a ellos con el paso desafiante de un igual.

Yo: ¿Stanley? (me pareció natural usar su nombre de pila, dada la íntima conexión que habíamos establecido en Bideford —¿acaso no es más reveladora la prosa que la propia personalidad de un hombre?).

Stanley: Sí… perdone… ¿Nos conocemos?

Yo: Donald Keyworth. Bideford. 2009. Yo fui el ganador y usted el jurado. Sirenas en la noche.

Stanley: Ah, sí, Bideford. Lindo festival (dirigiéndose a A. C.). Donald, ¿conoces al novelista Anthony Carruthers?

Yo: Conozco su obra.

Carruthers (a todas luces borracho): Conoce la obra de sobra

Yo (dirigiéndome a Stanley): Sólo quería darle las gracias por animarme a escribir una novela.

Carruthers: ¿Más novelas? ¡No lo hagas, Stanley! Ya hay demasiada competencia.

Yo (ignorando a Carruthers): Es Don Quijote contado desde el punto de vista de su caballo.

Stanley: (sonriendo, intrigado, incluso seducido).

Carruthers: ¿No lo hizo ya el mismo Cervantes? Ese diálogo entre perros…

Yo (hablándole al borracho): Eso fue con perros. Esto es un caballo. Eso era un relato. Esto es una novela. Una cosa más… ambiciosa. (Dirigiéndome a mi posible editor.) Pensé que tal vez podría enviársela. Cuando la termine, claro.

Stanley (entregándome su tarjeta): Avíseme cuando la termine. No lo dude.

Yo: Claro, no lo dudaré. Espero tenerla lista para el cuadringentésimo aniversario de la muerte de Cervantes. 2016.

Carruthers: ¿No estiró la pata nuestro Bardo en ese mismo año?

Stanley: Así es.

Yo: Quizás deberíamos hacer algo para conmemorar el evento. Una especie de tributo. Pedirle a los mejores escritores del país que envíen un cuento inspirado en Cervantes. Desde luego, yo participaría con todo gusto.

Stanley (mirando a Carruthers con un gesto de complicidad): Una idea interesante, ¿no te parece, Anthony?

Carruthers (mirándome a mí con aire conspiratorio): Mire… señor…

Yo: Keyworth.

Carruthers: ¿Quiere saber cuál es el mejor modo de lograr que lo publiquen?

Yo: …

Carruthers: Deshágase de la competencia.

*

Esta noche ha habido más ruido de sirenas de lo habitual. Aunque no es eso lo que me ha mantenido despierto. Lo que pasa es que no dejo de pensar en la bomba literaria que está a punto de estallar y en la renovada topografía cultural que nacerá después de la explosión. En su Ars Poetica Horacio dice que una obra no debería publicarse hasta diez años después de su culminación; pero Horacio no vivía en una era dominada por novelas incompetentes, inofensivas, con finales redentores. Yo digo que ya es hora de darle a la gente lo que con tanta desesperación necesita. El público ha sido rehén durante demasiado tiempo de un puñado de escritores (ya sabemos quiénes son) que han monopolizado los premios y la atención y nos han dejado a todos los demás en la puerta, mendigando un trozo de pan. Pero las cosas van a cambiar muy pronto. A veces basta con una persona —un Robespierre, un Martín Lutero, un Martin Luther King— para derribar el orden imperante y no me parece descabellado sugerir que el nombre de Donald Keyworth quedará asociado para siempre a la revolución que se avecina. Ahora que me encuentro aquí acostado, meditando sobre estas cosas, los ruidos disonantes de los carros de la policía, los helicópteros, las alarmas y las ambulancias ya no me parecen una estridente Sinfonía de la Emergencia, sino una armoniosa orquesta que toca una fanfarria de coronación para el nuevo Rey de la Literatura.

*

Cuando desperté esta mañana el tren de las siete y diez pasaba por las vías, dos perros ladraban y se oía también el susurro habitual del tráfico; pero yo sabía que hoy no sería un día como cualquier otro. Al encender la radio, el tipo que leía las noticias estaba diciendo: “El aclamado novelista se encontraba entre las veintitrés personas que hasta ahora han muerto tras el ataque de anoche”. Preparé mi desayuno como siempre: calentando la avena remojada durante toda la noche en leche semidescremada y añadiéndole miel y trocitos de banano (para nosotros los escritores las rutinas son una cosa sagrada que no debe ser interrumpida ni siquiera por las catástrofes del mundo). “Según parece, los terroristas eligieron como objetivo el lanzamiento de un libro donde se reunía la crema y nata de la literatura.” Aparte de la discutible aseveración (y de la torpe sinécdoque) de que allí estaba la crema y nata de la literatura, y dejando de lado la cuestión de si es posible reunir la crema con la nata, pronto se hizo evidente que los medios (¿después de cuánto? ¿siete horas?) se encontraban en un estado de total ignorancia y confusión. Con pocos datos a la mano y ningún chivo expiatorio a quien culpar, los comentaristas llenaban los vacíos con su verborrea, atascados entre la hagiografía y el obituario. Un periodista describió a Esther Speranza como la Proust inglesa (una descripción tomada, obviamente, de la solapa de su indigerible Rota). Justo cuando ese reportero declaraba aquel día como “el más triste para la literatura”, decidí bajar a comprar el periódico.

Corrí al Rama News (sí, corrí, a pesar del explícito consejo del Dr. K de evitar la sobreestimulación) y mientras corría mi futuro centelleaba ante mis ojos con la potencia de una profecía: en él, la literatura encontraba la salvación gracias a un desconocido artesano que, durante años, había trabajado discretamente en una obra maestra que compensaría a la nación por la pérdida de los que, se supone, eran sus mejores escritores, muertos en un supuesto ataque terrorista. Estaba tan abstraído con esta visión que pasé de largo por el Rama News (a menudo me sucede que me paso de largo. En eso consiste, como decía mi madre, mi fortaleza y mi debilidad. Veo más allá de lo que hay: agarro una castaña y veo un bosque; hago una península con un grano de arena. Tal es la carga que debe soportar el poeta). Sanjay me saludó con su sorna habitual: “¿Así que decidiste levantarte hoy, Don?”. Me faltó el aire para responder con uno de mis acostumbrados retruécanos. En lugar de ello, me quedé mirando el aparador de plástico que contenía los periódicos. Todos (excepto The Independent) tenían en la portada una imagen de la última planta del Shard en ruinas. Y todos rivalizaban por el titular más memorable: The Mail:“Miércoles Sangriento” (efectivo); The Sun: “¡Shardazo!” (mi favorito); The Guardian: “46 muertos en ataque terrorista en Londres” (¡ay!); The Independent: “16.6.16” (sin foto y tratando de que la fecha resuma toda la atrocidad. Benditos sean); The Telegraph: “Posible atentado terrorista en el Shard” (apresurado); The Star:“¡Bastardos!” (dando por sentado el plural); The Express:“Londres bombardeada” (la Segunda Guerra Mundial todavía vende). “Qué cosa tan terrible”, dijo Sanjay, mientras yo pagaba un ejemplar de cada periódico. “¿Qué han hecho esos escritores para merecer esto?”

*

Como no tengo televisión fui al bar donde se puede ver el futbol. Allí me topé con dos hombres que tomaban cerveza y estiraban el pescuezo para mirar la pantalla de plasma colgada en un rincón del salón. Teniendo en cuenta que el ataque había sido contra unos escritores de los que no habían oído hablar, autores de libros que con toda seguridad no habían leído, los dos tipos parecían bastante afectados. Me senté justo detrás de ellos, manteniendo la distancia, y me quedé mirando la cinta que corría al pie de la imagen con las últimas cifras de muertos. El caballero más fornido, el de aspecto más amenazador, tenía un tatuaje de Shakespeare junto a la frase: “Ser o perecer”. Parecía especialmente atribulado por los acontecimientos.

Shakespeare: “Putos, los del turbante son todos unos putos”. (Dada la presencia de Vikram Bat en la fiesta se podía justificar a esa gente que pensaba que los ataques tenían una motivación religiosa. Bat se había forjado su reputación no tanto por su sintaxis tediosa y trivialmente musical o por sus pálidas reflexiones postimperialistas, sino por su provocadora postura según la cual todas las religiones, incluida la suya, son “un mal que debe ser erradicado de la faz de la tierra”. Supongo que ahora habrá experimentado en carne propia lo que algunos llaman “mal karma”.)

El amigo de Shakespeare: “Todavía no saben quién lo hizo, Jez. No digas eso. Aún no conocemos a los responsables”. (No deja de ser gracioso que alguien elija la palabra “responsabilidad” para referirse a esta clase de actos. ¿Por qué hacerse responsable? Sería más efectivo no aceptar la responsabilidad y dejar a todo el mundo con la duda.)

El reportero empezó una de esas horrorosas entrevistas a los testigos oculares después de acercarse a una mujer que, lo crean o no, dijo: “Se oyó un ruido impresionante y yo pensé: ¡Oh, Dios mío, una bomba!”.

Me fui del bar justo cuando un desventurado reportero leía una cita de la hipertrofiada y francamente epigonal novela de Vikram Bat Todos esos caballos: “¿Acaso no crecerán nuestras palabras como flores a partir de estas cenizas?”. (No las tuyas, Vikram, no las tuyas.)

*

Aunque mis manuscritos ya habrán llegado hoy a los editores, debo armarme de paciencia. No van recomendados (he prescindido de los servicios de los agentes después de que Batstone Buckley rechazara Rocinante: “Querido Sr. Keyworth: Gracias por enviarnos el manuscrito de su novela La venganza de Rocinante. Admiramos su ambición pero este libro no es para nosotros. El clima actual no es favorable a la publicación de novelas de esta envergadura… etc.”). Los editores andarán un poco distraídos por estos días. Once de los doce han perdido a algún autor importante en lo que, para mi decepción, los medios han decidido llamar Miércoles Sangriento. (Una pena. Merecía un apodo mejor. Algo así como “La masacre de Antología” habría sido más apropiado, creo yo.) Pero los editores no deberían darse por vencidos. La muerte repentina, dramática, puede mejorar las ventas. La Antología es número 2 en la lista de Amazon y sólo el libro de Florence Peters sobre cómo cocinar cualquier cosa con mantequilla le impide acceder al número 1. Obras de los autores recientemente fallecidos alcanzan las posiciones 5, 8, 9, 12, 13, 55, 60, 78, 90 y 240. Lo cual demuestra que el soldado vale más muerto en la batalla que vivo y a la fuga.

*

El primer obituario fue para Esther Speranza. En homenaje a la autora, la esquela se redactó sin puntuación. Y como me ocurre con sus novelas, dejé de leer a la mitad. Carruthers obtuvo la mitad del suplemento cultural del Sunday Times, que utilizó la desafortunada frase: “corpus de su obra”; poco prudente, teniendo en cuenta lo que una explosión le produce al corpus. Y no pasó mucho tiempo antes de que algún bufón describiera el atentado como “el Múnich de la literatura”. Una horrible analogía. Los escritores no son buenos para jugar en equipo y tienden a exhibir una envidia asesina contra los colegas. Ahí está, por ejemplo, la demolición de la última novela de Carruthers en el LRB a cargo de Cranson; puedo recitarla de memoria: “La aspiración a la grandeza de cada una de sus frases parece indicar que Carruthers sufre de una particular forma de hemorroides literaria: su prosa es inflamada, bulbosa, irritante”. Hubo otros tres obituarios: William Woolwich, el escritor espía que cree que su obra debería ser parte del pénsum escolar, obtuvo 82 líneas de indulgencia. McGee (¡140 líneas!) fue descrito como “la voz de una generación” (no de la mía, ciertamente). Incluso a ese galés insoportable, Rhidian Brook (¿qué hacía allí?), le dieron cincuenta líneas. En un programa nocturno hubo un debate en el que intentaron (y no consiguieron) hacer un balance de la pérdida que esto significaría para la literatura. Todo lleno de frases churchilleanas como “no conoceremos a sus pares”, etc. El presentador logró arrojar algo de luz en la oscuridad al preguntar quién llenaría el vacío dejado por el Miércoles Sangriento. ¿Quién, de hecho? Es verdaderamente risible (y me he reído a carcajadas muchas veces) ver cómo los medios fracasan a la hora de mirar el acontecimiento desde la perspectiva adecuada. Los hechos son claros: 43 personas han muerto, entre ellas doce escritores de dudosa reputación. Pero no, los medios nos dan: “El día que las palabras guardaron silencio”.

*

Cuánto tiempo se le debe dar a un editor cuando a) acaba de perder a uno de sus más preciados autores, y b) cuando tiene una obra maestra de un autor novel en su escritorio. Difícil saberlo, pues no existen precedentes de que ambas cosas hayan ocurrido a la vez. Aunque empiezo a sentirme incómodo. Ahora están diciendo que el atentado fue: “un ataque contra los valores de Occidente”; “contra Londres”; “contra la Democracia” y “contra todo lo que es bueno”. Pero claramente no tienen idea de quién lo hizo. Cuando le preguntaron a quién se atribuía la responsabilidad, el Comandante de la Policía dijo: “Estamos explorando todas las posibilidades pero tengan por seguro que encontraremos a los culpables de esta atrocidad”.

*

Las palabras (las que importan) no han guardado silencio. Hoy, a las 5:56, una hora que revela entusiasmo, llegó un mensaje a mi correo de parte del mismísimo Stanley Morris: “Querido Sr. Keyworth, gracias por el manuscrito. Me gustaría discutirlo con usted. Tengo que asistir a varios funerales, pero estaré libre el jueves. ¿A las once en mi despacho le parece bien? Suyo, Stanley Morris”. Una rápida hojeada a mi agenda reveló que, aparte de mi sesión matutina con el Dr. K, ese día estaría libre. Mi respuesta fue la concisión en persona: “Querido Stanley. Allí estaré. Avíseme si debo llevar algo, aparte de esperanza. DQK”. (La Q de mi segundo nombre en esa firma no fue algo premeditado, pero me pareció que de algún modo me daba más autoridad.)

Decidí ir caminando a las oficinas de la editorial Trebazon. Un buen paseo engendra las ideas que han de volverse poesía, pasos como versos, podría decirse, y ya estoy pensando en Lo Que Vendrá. Mi secuela de Rocinante. Será difícil mantener el nivel, lo sé, pero es algo necesario para el edificio de mi Obra. Londres parecía más tranquila de lo normal. El atentado debió de disuadir a unos cuantos turistas de venir a la ciudad (otro punto a favor). Durante el paseo me imaginaba que era el último escritor del país (¿no lo soy, en cierto sentido?); un caballero que responde al urgente llamado de su amada. Esa amada no es otra que la Literatura misma.

*

La recepcionista me envió directamente al despacho de Stanley, que se acercó rengueando a saludarme antes de ofrecerme la silla frente a su escritorio. Las ediciones extranjeras de las obras de Carruthers llenaban sus estanterías (la prueba de que uno puede ser timado en todos los idiomas). Preferí ignorar ese muro de estiércol y me centré en el simpático editor. Si tuviera que elegir a una persona para que saliera sin un solo rasguño de la explosión ése habría sido Stanley Morris. Era un hombre con suerte (si tenemos en cuenta dónde estaba el dispositivo). La explosión lo había dejado con un ligero tartamudeo y un pitido en los oídos que, le aseguré, pasaría pronto si la bomba no era tan primitiva como las que se usaban en la Segunda Guerra Mundial. El rostro de Stanley mostraba cortaduras de las esquirlas del Shard, la gran esquirla (una frase que, por cortesía, decidí no compartir. La comedia, como dicen por ahí, es la suma del tiempo a la tragedia y dos semanas no eran suficientes para hacer un chiste, por ingenioso que fuera). Al principio Stanley parecía un poco tímido, más bien pensativo. Mi Rocinante le habría dado mucho que pensar.

“Gra-gracias po-por enviar su novela. Es…” (pude ver cómo se esforzaba por encontrar la palabra correcta y, para mi sorpresa, no daba con ella). “Es única. Y… larga.”

Dije: “Quizás podría recortarse un poco”. (Quise demostrarle que no estaba envanecido con mi Obra.)

“Sí”. (Una pausa.) “Su carta adjunta es, sin duda, la más larga que he recibido jamás.” (La Carta tenía 32 páginas y era en sí misma una obra digna de ser publicada —cosa que haré más adelante, por supuesto.) “Me produjo curiosidad algo que usted decía en ella… (En este punto empezó a leer): ‘… siempre he sentido una profunda conexión con Rocinante: relegado, ignorado, golpeado y humillado por idiotas con nombres más famosos…’. Y más adelante usted dice: ‘El estado de las letras inglesas es a-a… alarmante. Es preciso hacer algo. Durante demasiado tiempo la literatura ha estado dominada por mediocres (todos sabemos quiénes son)’. Y a continuación usted hace una lista.” Stanley dejó de leer y me miró. “Me pareció extraño que los doce escritores que usted menciona aquí hayan muerto en el Miércoles Sangriento.”

“Algunos piensan que tengo el don de la premonición”, dije.

El editor volvió a ponerse taciturno, como dejándome a mí la tarea de levantarle el ánimo.

“Quizás la Providencia ha optado por conservar su vida, Stanley, de modo que usted pueda pasarle la antorcha de la ficción a las nuevas generaciones. Justo ahora que acaba de perder a uno de sus… purasangres (un gesto de simpatía forzada dirigido al muro de estiércol), la Providencia envía aRocinante al establo de Trebazon…”

Imagino que esto lo conmovió, pues guardó silencio durante largo, largo rato, hasta que al fin asintió con la cabeza como si por fin se diera cuenta del significado de lo que le estaba diciendo. Su silencio me animó a hablar con más franqueza:

“Creo que la Masacre de Antología, como prefiero llamar al suceso, es una especie de sacrificio. Un rito en honor a la Bestia Sagrada. La literatura se ha convertido en un dragón. Y algunos dragones sólo se pueden combatir con fuego.”

El editor me miró boquiabierto, con esa cara que pone la gente cuando le dicen algo que ya sabía pero sencillamente no había visto del todo.

“Por supuesto es algo traumático”, dije. “Pero también es una oportunidad. A veces hay que despejar el campo para que los caballos galopen con libertad.”

Esta vez no supo qué decirme. Pero la verdad no necesita adornos.

*

Es típico que el día más feliz de mi vida coincida con el “día de luto” oficial (realmente le están sacando jugo a esto). No obstante, mientras la nación derramaba sus lágrimas por una gente a la que no van a echar de menos y a la que (asumámoslo) no leerán jamás, yo he decidido seguir el consejo de Stanley y empezar la ardua labor de podar mi Rocinante. Es una tarea complicada. Matar a tus compadres, como se suele decir. De cierto modo, el trabajo de un escritor no termina nunca. Siempre hay algo que se puede mejorar, una coma que quitar, un paréntesis que añadir. Llevo diez horas trabajando y apenas voy por la página 309, que es, si mal no recuerdo, la altura del Shard en metros.

Oigo ruido de sirenas. No tantas como las que había la noche en que la Literatura cambió para siempre. Pero casi. El ruido viene de esta misma calle. Veo luces que pasan por mi ventana y ahora hay gritos y portazos de carros. Más luces. Tiros. Un jaleo tremendo. ¿Habrán seguido a su escondite a algún delincuente, a algún traficante o chulo? ¿O habrán acorralado a algún ladrón de bancos? ¿O quizás han desmontado una trama terrorista? El alboroto no es ni mucho menos propicio para la creatividad pero yo insisto (los escritores tenemos que olvidarnos del mundo). Y mientras estoy aquí, con la pluma en la mano, rodeado por el sonido de pasos que suben las escaleras, de repente me doy cuenta de lo que ocurre. Stanley, incapaz de guardar el secreto de mis logros personales, les ha dado el soplo a los medios y los medios, incapaces de contener la excitación, han enviado a sus representantes para que intenten obtener una exclusiva. Sí. Han tardado sólo unas semanas, pero tal parece que la identidad del hombre que puso una bomba literaria pronto será revelada.

 

Rhidian Brook
Escritor. Autor de El día que vendrá, entre otros libros.

Traducción de Juan Sebastián Cárdenas.


1 The Shard: emblemático edificio londinense; literalmente quiere decir “esquirla”. (N. del T.)

 

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