El escritor, filósofo y profesor John Gray (1948) considera que cualquier movimiento utópico en Occidente está informado por el pensamiento apocalíptico del cristianismo primitivo y medieval, y la cruzada contra el terrorismo estadunidense no es la excepción. Sin embargo, en esta confrontación no hay un enemigo claro contra el que se pueda dirigir una campaña bélica y por lo tanto, nada que permita eventualmente cantar victoria. A continuación un fragmento de Misa Negra (Sexto Piso, 2017), recién publicado, en donde Gray explica esta tesis.


«La literatura especializada en contrainsurgencia que se ha escrito desde los años cincuenta es tan abundante que, si alguien la hubiera subido a bordo del Titanic, éste se habría hundido sin intervención alguna del iceberg. Aun así, lo más extraordinario es que casi toda ella ha sido obra de los perdedores».
Martin van Creveld1

En septiembre de 2006, se filtró a la prensa un informe secreto (del que luego se publicarían varias secciones) que recababa información de dieciséis agencias de inteligencia estadounidenses y apuntaba a la invasión estadounidense de Irak como «factor central» de fomento del terrorismo islamista en todo el mundo.2 Esta valoración no era ninguna sorpresa para los numerosos analistas que, desde mucho antes del inicio de la guerra, preveían que ésta tendría dicho resultado y auguraban que la invasión impulsaría el reclutamiento de terroristas y les proporcionaría un extenso campo de entrenamiento. Algunos llegaron a adelantar, también, que la insurgencia iraquí contra la ocupación estadounidense sería imposible de derrotar. Si, pese a todas esas advertencias, la guerra se emprendió de todos modos, fue porque los políticos que la idearon lograron convencer a la opinión pública de que ésta formaba parte de la llamada «guerra contra el terror». La agresión contra Irak fue descrita por algunos sectores del Pentágono como un movimiento o jugada dentro de una «guerra prolongada»: una especie de contienda multigeneracional en la que los ataques preventivos y los cambios de régimen son armas que se usan con el ánimo de derrotar al terrorismo en todo el mundo. En otras reflexiones estadounidenses más recientes sobre cuestiones estratégicas, se ha apuntado la importancia crucial de las estrategias no militares para combatir el terrorismo. Pero, aun así, sigue viva la creencia de que, para enfrentarse al terrorismo, hay que derrotar a una especie de «insurgencia global» (lo que, en el fondo, no es más que un modo más sofisticado de hablar sobre cómo librar una «guerra global contra el terror»).3 La idea misma de una guerra de ese tipo es ya de por sí cuestionable. El terrorismo es un término genérico bajo el que se engloban múltiples formas de guerra no convencional, cada una con sus causas y sus remedios diferenciados. Agruparlas todas dentro de una única amenaza global denota una clara incomprensión del fenómeno. El terrorismo es un candidato perfecto para ser objeto de juicios morales desprovistos de cualquier matiz. Para quienes conciben el contraterrorismo como una cruzada para poner «fin a un mal»,4 analizar el terrorismo sin condenarlo es un ultraje. Pero tal vez sea más útil (y, en última instancia, más moral) el análisis amoral que suelen llevar a cabo los estrategas militares.

En su sentido más preciso, por «terrorismo global» se entiende una proporción pequeña (aunque en constante aumento) de la guerra no convencional que se produce en el conjunto del planeta en un momento dado. Buena parte de lo que hoy se califica de terrorismo era considerado en el pasado como una forma de insurrección o de conflicto civil, y constituía un tipo de enfrentamiento al que se le reconocía una naturaleza esencialmente local. Técnicas como la detonación de artefactos explosivos contra edificios gubernamentales o el asesinato de autoridades públicas forman parte habitual del repertorio de los movimientos de liberación nacional y han sido empleados históricamente en lugares tan diversos como Palestina y Malaca bajo dominio británico, en la Argelia francesa y en Vietnam durante la ocupación estadounidense. Las técnicas terroristas se usan porque son baratas y muy efectivas. Normalmente, sólo se emplean a gran escala y durante un período prolongado de tiempo en circunstancias de conflicto grave y cuando otros métodos han fracasado. Dicho de otro modo, el terrorismo suele ser una estrategia racional.

Hoy forma ya parte del discurso occidental vincular el terrorismo a la cultura árabe y al culto islámico del martirio. Sin embargo, el islam es una religión, no una cultura, y la mayoría de los que viven en el «mundo islámico» no son árabes. El terrorismo en Indonesia no puede explicarse aludiendo a actitudes culturales que normalmente son atribuidas a los árabes (de un modo que, de ser aplicado a otros grupos, sería merecidamente condenado como racista). El terrorismo suicida no es una patología que afecte a una cultura particular y tampoco tiene vínculos estrechos con la religión.

Gran parte del terrorismo es como otros tipos de estrategia militar. Las guerras se desarrollan casi siempre dentro de las fronteras de una misma cultura o entre culturas distintas. Las dos primeras guerras mundiales empezaron como conflictos intraeuropeos, la guerra chino-japonesa fue librada por dos países pertenecientes al mundo cultural confuciano, y la guerra Irán-Irak fue intraislámica. Las guerras de los Balcanes de la década de 1990 enfrentaron a bandos separados por líneas étnico-nacionales, no religioso-culturales (cristianos y musulmanes formaron frecuentes alianzas). La idea de que las guerras son conflictos entre civilizaciones (surgida de una disputa interna estadounidense en torno a la cuestión del multiculturalismo y no como un auténtico intento de interpretación de las relaciones internacionales) no está respaldada por los hechos.5

Aplicada a los métodos militares no convencionales, cualquier referencia a un supuesto choque de civilizaciones carece de sentido alguno. Fueron los Tigres tamiles, un grupo marxista-leninista que actúa dentro de una cultura hindú en Sri Lanka, los primeros que idearon la técnica del atentado suicida con bomba (incluido el chaleco con explosivos que luego adoptarían los palestinos). Hasta la guerra en Irak, los Tigres tamiles habían cometido más atentados de ese tipo que ningún otro movimiento en el mundo. Los pioneros de los secuestros aéreos fueron los miembros de la Organización para la Liberación de Palestina, de carácter laico, ayudados por grupos de ultraizquierda como la Facción del Ejército Rojo. Fue concretamente un miembro japonés del Ejército Rojo quien llevó a cabo el primer atentado suicida en Israel en 1972.

El atentado suicida con bomba es una técnica que ha sido adoptada por personas de culturas y creencias diversas con el fin de conseguir unos objetivos políticos. En el primer estudio empírico riguroso que se ha realizado sobre el tema, Morir para ganar: las estrategias del terrorismo suicida,6 Robert Pape ha analizado todos los casos conocidos entre 1980 y 2004 y ha descubierto que más del 95 % de los incidentes tenían fines claramente políticos. Ya fuera en Chechenia, Sri Lanka, Cachemira o Gaza, el objetivo era la expulsión de una fuerza ocupante. Los orígenes étnicos y religiosos de quienes perpetraron los atentados eran muy diversos. En el Líbano, Hezbolá organizó una campaña contra objetivos franceses, estadounidenses e israelíes entre 1982 y 1986 en la que llevó a cabo 41 atentados suicidas (incluido el que, en 1983, provocó la muerte de más de cien marines y motivó la repentina decisión del presidente Reagan de retirar las fuerzas estadounidenses de aquel país). De éstos, sólo ocho fueron cometidos por integristas islámicos, 27 fueron obra de grupos políticos laicos de izquierda (como el Partido Comunista del Líbano) y otros tres fueron atribuidos a cristianos. Todas las personas implicadas en la autoría de aquellas acciones habían nacido en el Líbano, pero, por lo demás, eran muy diferentes entre sí. Estos terroristas suicidas de Hezbolá no se correspondían con ningún perfil reconocible de marginación social (una de las suicidas cristianas, por ejemplo, era una profesora de secundaria con título universitario). El único factor que los conectaba entre sí era su adhesión a un conjunto de objetivos políticos. Las condiciones que resultan decisivas a la hora de producir una violencia terrorista a largo plazo y a gran escala no son culturales ni religiosas, sino políticas. Allí donde se dan, cualquiera puede convertirse en un terrorista.

El terrorismo no está siempre al servicio de una estrategia racional, como ya hemos visto. La fe apocalíptica desempeñó un papel central en el terror de Estado desde los tiempos de los jacobinos hasta los de los bolcheviques y los nazis. Los movimientos terroristas autóctonos de Estados Unidos están movidos por mitos similares: las milicias derechistas que engendraron al terrorista que atentó con una furgoneta bomba en Oklahoma, Timothy McVeigh, se inspiraban en una ideología neonazi que auguraba una catástrofe y una renovación violenta en Estados Unidos, y el Ejército de Dios (un grupo terrorista integrista cristiano que asesina a médicos que practican abortos) califica de satánico al Estado de su país. En Japón, el movimiento Aum, que liberó gas sarín en el metro de Tokio y trató de obtener reservas del virus Ébola para utilizarlas en nuevos atentados, también se adscribía a una visión apocalíptica del mundo, aunque reclutaba a sus miembros en círculos profesionales (sobre todo, científicos) y no en los colectivos marginales de los que surgen muchas de las personas que se unen a las milicias derechistas estadounidenses. Toda esta clase de terroristas tienen más en común con los miembros de las sectas que con los soldados y los estrategas de Hezbolá o de los Tigres tamiles.

El terrorismo de Al Qaeda tiene dimensiones tanto estratégicas como apocalípticas.7 Tras haberse metamorfoseado en nuevas formas desde los atentados del 11-s, Al Qaeda es hoy más una trama poco conexa de grupos afines que una red global organizada. El control operativo se ha desplazado desde el núcleo original hacia centros de mando regionales y locales, y sus redes están cada vez más estructuradas en torno a internet. Fundada hacia el final de la Guerra Fría, durante el conflicto afgano-soviético en el que fue usada como agente de Occidente, Al Qaeda se ha convertido en una entidad descentralizada y eminentemente virtual cuyos fines están hoy mucho menos definidos que en el pasado. Esto ha sido, en parte, una respuesta a la acción militar occidental: aunque la destrucción del régimen talibán inhabilitó la mayoría de las unidades existentes en aquel momento, desde la invasión de Irak han surgido otras nuevas. Los objetivos originales de Al Qaeda eran claros (la retirada de las fuerzas estadounidenses de Arabia Saudí y la destrucción de la Casa de Saud), pero, en la actualidad, ha pasado a ser el vehículo de una ira incipiente. Esta nueva fase se ha manifestado en una yihad violenta que ha dejado una serie de atentados terroristas en el Reino Unido, España y Holanda, a los que no cabe definir como un simple rechazo a unas políticas occidentales concretas, sino como una muestra de repulsa de las sociedades occidentales en general.8

Al Qaeda es la única red terrorista que tiene alcance global. En esto, como en otros aspectos, es un subproducto de la globalización. El islamismo radical suele ser interpretado como una reacción violenta contra la modernidad, pero no deja de ser sorprendente lo mucho que las vidas de los secuestradores aéreos del 11-s se correspondían con el estereotipo de la anomia moderna. Instalados en una existencia seminómada, no se les podía considerar miembros de ninguna comunidad en concreto, por lo que es fácil deducir que recurrieron al terror más para dar un sentido a sus vidas que para promover un objetivo concreto. Dedicándose al terrorismo, dejaron de ser vagabundos para convertirse en guerreros. La mayoría de los secuestradores eran musulmanes practicantes desde hacía poco: habían «renacido» al islam en Europa. El islam que ellos representan no existe en las culturas tradicionales. Es una versión del fundamentalismo que sólo pudo desarrollarse al entrar en contacto con Occidente. Es la propia globalización la que sirve de puntal a la imagen utópica de una comunidad mundial de creyentes. Olivier Roy, el estudioso francés que ha elaborado un riguroso análisis sociológico del islam global, ha señalado precisamente que es «la creciente desterritorialización del islam la que propicia la reformulación política de una umma imaginaria».9

Hay quien ha comparado Al Qaeda con los terroristas anarquistas de finales del siglo XIX y existen sin duda puntos de similitud entre éstos y aquélla. Desde la destrucción del régimen de los talibanes, Al Qaeda no ha actuado al amparo de ningún Estado y se ha centrado en destruir los Estados existentes más que en fundar otros nuevos. Al Qaeda se diferencia del terrorismo anarquista, en parte, por la crueldad de los métodos de aquélla (los anarquistas tenían como objetivo principal a autoridades estatales, mientras que Al Qaeda se ha especializado en atentar contra la población civil) y, en parte también, por la base de masas que está adquiriendo. El terrorismo anarquista era la obra de una minúscula secta que nunca contó con apoyo popular; Al Qaeda, por el contrario, atrae actualmente a un gran número de musulmanes desafectos, muchos de los cuales viven en los países occidentales. En semejantes circunstancias, no será fácil impedir que se produzcan nuevos atentados como los ya vividos en Nueva York, Washington, Bali, Madrid, Ankara, Londres y otras ciudades.

El peligro del terrorismo islamista es real, pero declarar la guerra al mundo no es un modo sensato de abordarlo. Con la salvedad de unos pocos países –como Arabia Saudí, Israel e Irak–, los terroristas plantean un problema de seguridad más que una amenaza estratégica. No hay un enemigo claro contra el que se pueda dirigir una campaña bélica ni ningún punto que permita, una vez alcanzado, cantar victoria en esa guerra. Como se ha señalado con frecuencia, desactivar a los terroristas es una labor de tipo policial que precisa del apoyo de las comunidades de acogida de éstos. Y dicha labor no se ve en absoluto facilitada por guerras sin sentido libradas en el territorio de países islámicos ni por políticas discriminatorias contra los musulmanes en los países occidentales. Aunque la acción militar concentrada puede resultar eficaz en ocasiones (como fue el caso de la destrucción de las bases de entrenamiento en Afganistán), las operaciones militares convencionales son habitualmente contraproducentes. La mejora de las medidas de seguridad y la implicación política constante son las únicas estrategias que han cosechado algún éxito a la hora de mantener el terrorismo bajo control.

Fue una estrategia de ese tipo la que funcionó en Irlanda del Norte.10 Aunque el ira y los grupos escindidos que actuaban en su entorno estaban embarcados en una auténtica campaña de insurgencia, el terrorismo que cometían no fue nunca tratado como un acto de guerra. Se les trataba como delincuentes y, tras un período inicial en el que se cometieron algunos errores (incluido el internamiento masivo de sospechosos de terrorismo), el objetivo general de la política del gobierno británico fue el de separar a los terroristas de sus comunidades de apoyo y desviar la acción de sus líderes hacia cauces políticos. Ni los graves atentados cometidos durante esos años (incluidos los asesinatos de varias figuras británicas clave y hasta un intento de descabezar el gobierno británico atentando con explosivos contra el congreso del Partido Conservador en Brighton, en 1984) alteraron la estrategia y ésta dio resultado. La violencia terrorista es hoy mucho más reducida en Irlanda del Norte y en Gran Bretaña.

Uno de los principales obstáculos para afrontar la amenaza terrorista es suponer que es completamente distinta a cualquier otro fenómeno del pasado. Al Qaeda es distinta de los movimientos terroristas anteriores porque actúa en todo el mundo, pero la aparición de este terrorismo global no ha implicado un salto cualitativo en las relaciones internacionales como postularon algunos teóricos estadounidenses. Philip Bobbitt, por ejemplo, ha llegado a sostener que el terrorismo global refleja el declive del sistema surgido del Tratado de Westfalia, que está siendo sustituido en la actualidad por un orden liderado por Estados Unidos en el que la soberanía estatal ha dejado de existir como tal. En este nuevo sistema, la tarea principal de los Estados ya no será la de hacerse eco de los valores de sus ciudadanos, sino que serán «Estados-mercado», al servicio de la economía global. La instauración de este nuevo sistema conllevará una serie de conflictos trascendentales entre los que se incluirán varias «guerras contra el terror». Durante todo este período, Estados Unidos (que, supuestamente, encarna como ninguno ese nuevo tipo de Estado que el resto del mundo pugna por conseguir) se enfrentará a la necesidad de emprender ataques «anticipatorios» contra regímenes díscolos que se nieguen a aceptar los términos del nuevo orden global.11

Aunque desarrollado con mayor rigor, el análisis de Bobbitt tiene mucho en común con el de Fukuyama. Ambos creen que se ha iniciado un proceso histórico en el que una versión del sistema político estadounidense se está extendiendo a gran parte del mundo. A diferencia de Fukuyama, que creía que el fin de la historia sería pacífico, Bobbitt prevé que ese momento estará salpicado de guerras a gran escala. Pero, como Fukuyama, está convencido de que ya se está produciendo un gran giro en los asuntos de la familia humana. Como bien ha comentado el francés Bernard-Henri Lévy, «hemos infravalorado la importancia y la centralidad de la forma de pensar de Fukuyama en la ideología estadounidense contemporánea».12

Salvo muy contadas excepciones, los analistas estadounidenses han interpretado los grandes cambios observados en las relaciones internacionales durante las dos últimas décadas como síntomas de que el viejo mundo de las divisiones étnicas y religiosas, y de los conflictos entre las grandes potencias, está tocando a su fin. Ésa es una creencia que evidencia más la pervivencia de toda una serie de hábitos de pensamiento basados en la fe que una visión nítida de la realidad. El auténtico giro que está actualmente en marcha va justamente en el sentido opuesto: han reaparecido todos los viejos conflictos, aunque con nuevos protagonistas y un papel disminuido para Estados Unidos. El único cambio significativo reside en las nuevas tecnologías, que llevan esos conflictos a una nueva escala. En términos operativos, la obsolescencia de la soberanía estatal se traduce en una supuesta soberanía ilimitada de un único país: Estados Unidos, que en los últimos años ha venido tratando su propia legislación como si ésta tuviera jurisdicción universal. Sin embargo, las condiciones en las que Estados Unidos podía ejercer esa autoridad han dejado de existir (si es que alguna vez existieron). Acelerada por la guerra de Irak, la decadencia del poder estadounidense –un fenómeno consustancial a la propia globalización– ha hecho que Estados Unidos sea hoy sumamente dependiente de otras naciones. Estados Unidos está supeditado a otros países en temas como el acceso a los recursos naturales, la financiación de su creciente deuda y la ayuda diplomática para abordar las crisis internacionales. El único poder unilateral que conserva es el poder de bombardear, cuyos límites han quedado patentes en Irak.

Lejos de seguir a Estados Unidos convirtiéndose en Estados-mercado, otros países están emulando al gigante norteamericano en lo que respecta a la reafirmación de su soberanía nacional. Estados Unidos nunca ha llegado a ser un Estado-mercado: los imperativos mercantiles han ocupado casi siempre un segundo plano frente a los de la seguridad y la identidad nacionales. China, India y Rusia se comportan actualmente como Estados Unidos ha hecho hasta ahora utilizando los mercados globales para potenciar su poder en el mundo, justamente cuando el poder estadounidense se halla en franco declive. El resultado de todo ello es un mundo que se está volviendo sistemáticamente más pluralista, aunque no necesariamente más seguro. El sistema de Estados soberanos ha pasado a una nueva fase en la que nuevas potencias desafían el statu quo y compiten entre sí (un proceso que ya ha sucedido muchas veces con anterioridad).13

Tampoco la amenaza terrorista marca (salvo en un aspecto crucial) un cambio trascendental en la historia. Aunque los atentados del 11-s tuvieron algunos precedentes (como los atentados previos contra las embajadas estadounidenses en África, por ejemplo), su escala fue mucho mayor y su autoría correspondió a una red globalizada como ninguna otra hasta entonces. Aun así, y pese a esas diferencias, el 11-s fue un paso adicional en la evolución ya observada de tipos preexistentes de acción bélica no convencional, pero no un cambio cualitativo en la naturaleza del conflicto. Ayudada de internet (que hace posible que yihadistas violentos que jamás se habían conocido en persona formen células virtuales), Al Qaeda está ampliando su influencia y su alcance. Al mismo tiempo, las innovaciones en el armamento están mejorando el arsenal disponible para grupos como Hamás y Hezbolá. Pero el terrorismo islamista no aplica una estrategia conjunta coherente y no puede contar con los recursos que cualquier gran potencia tiene a su disposición. Sigue estando lejos de constituir una amenaza mortal para la vida civilizada como las que fueron combatidas y derrotadas en el siglo XX. Esta situación cambiará si algún grupo terrorista obtiene acceso a los medios de destrucción masiva. Al Qaeda no ha sido la única que ha mostrado interés por los métodos de la guerra biológica: también lo han hecho sectas como Aum. La informática hace posibles ciertas formas de acción ciberbélica que pueden conmocionar las infraestructuras de las sociedades modernas (centrales eléctricas y aeropuertos, por ejemplo) y tienen también el potencial de causar víctimas a gran escala. El riesgo más catastrófico es el que supondría el terrorismo nuclear. Mediante el uso de «maletines bomba» o de «bombas sucias» (explosivos convencionales sazonados con residuos radiactivos), los terroristas podrían matar a cientos de miles de personas y paralizar la vida social y económica. Obviamente, los materiales necesarios para la fabricación de esa clase de dispositivos se hallan fuertemente custodiados, pero si alguno de los Estados nucleares que hay hoy en el mundo sufriera un episodio de desestabilización, el riesgo de que aquéllos cayeran en manos terroristas sería mucho más elevado. Ese riesgo se halla posiblemente muy presente ya hoy en día en Pakistán, un Estado semifallido en el que las fuerzas fundamentalistas cuentan con una fuerte raigambre. Y el asesinato de Aleksandr Litvinenko, un ex agente de inteligencia ruso que falleció en Londres en noviembre de 2006, a las pocas semanas de recibir una dosis letal de radiación, nos indica que el terrorismo nuclear puede ser ya una realidad.

Las políticas seguidas por Estados Unidos no han hecho más que acelerar el riesgo de esa proliferación. Corea del Norte adquirió la capacidad nuclear a partir de una transferencia de conocimientos técnicos desde Pakistán (un país cuyo papel en la «guerra contra el terror» lo ha aislado de toda presión eficaz para frenar filtraciones de ese tipo). Los riesgos también se acentuaron por culpa de la retirada de los acuerdos de control de armamentos decidida por la administración Bush y por el cambio en la doctrina nuclear estadounidense, que permite actualmente el uso preventivo de armamento atómico contra aquellos países de los que se sospeche que cuentan con programas de adm.14 Pero, por encima de todo, tras lo de Irak, ahora todo el mundo sabe que la única manera de asegurarse frente a un ataque estadounidense es poseyendo la capacidad en armamento de destrucción masiva de la que Sadam carecía. Según un comunicado de la Agencia Internacional de la Energía Atómica publicado en noviembre de 2006, seis países islámicos han expresado su deseo de adquirir tecnología nuclear. Todos ellos –Argelia, Egipto, Marruecos, Túnez, Emiratos Árabes Unidos y Turquía– recalcan que la quieren utilizar con fines pacíficos, pero es muy posible que ya haya dado inicio una auténtica carrera armamentística nuclear. Otros países (como Nigeria y Jordania) podrían estar también interesados. Y no cabría excluir la posibilidad de que el Estado de Irak –si es que sigue existiendo como tal– llegue un día a adquirir una capacidad nuclear como la que la intervención militar preventiva estadounidense pretendió frustrar en un principio.

En Estados Unidos, parece haber quien opina que un ataque contra Irán serviría para evitar esa proliferación, pero, como en el caso de Irak, el efecto sería justamente el contrario: la potenciaría. Una extensa franja de territorio en Oriente Medio y Asia (que actualmente contiene tres escenarios de guerra como son Irak, Palestina y Afganistán) se convertiría en una zona continua de conflicto armado,15 y, al mismo tiempo, se confirmaría aún más la lección que muchos países han extraído ya de lo sucedido en Irak (a saber, que el único modo de estar seguros frente a un ataque estadounidense es poseyendo armas nucleares). Por otra parte, es muy posible que ningún ataque consiguiera frenar el programa nuclear iraní. Pese a su diversidad étnica, Irán, a diferencia de otros muchos países de la región, es un Estado bastante cohesionado. Hogar de una antigua y rica civilización persa, en Irán se practica actualmente una democracia sui generis (que, a efectos prácticos, constituye una versión más estable del sistema que se está desarrollando en Irak) que otorga cierta legitimidad a sus líderes. Una ofensiva aérea estadounidense podría incrementar aún más la legitimidad de esos dirigentes, que ya han visto aumentar su popularidad gracias al programa nuclear. Ni siquiera si acabara desarrollándose una versión más liberal de democracia en aquel país, habría garantía alguna de que Irán renunciase a sus ambiciones nucleares. En el peor de los casos, una campaña de bombardeos podría fracasar en su propósito de destruir el programa nuclear, debilitando al mismo tiempo al gobierno del país hasta el punto de que éste ya no pudiera ejercer control alguno sobre las instalaciones nucleares realmente existentes en su territorio. Y no olvidemos que un ataque de Estados Unidos podría desencadenar una fuerte agitación en muchos Estados islámicos, incluido Pakistán (que ya es hoy una potencia nuclear y que podría acabar convirtiéndose, sin mucha dificultad, en un Estado fallido más).

Desde el punto de vista de la seguridad global, pocas cosas pueden ser más importantes que impedir la filtración de la tecnología nuclear fuera del control de los Estados. La doctrina de la «destrucción mutua asegurada» (o mad, según sus iniciales en inglés) impidió el uso de armas nucleares durante más de medio siglo. Puede que esa clase de disuasión no ofrezca completas garantías de seguridad frente a un Estado nuclear liderado por un profeta apocalíptico, pero, dado que siempre habrá algunos de sus dirigentes que querrán seguir con vida, proporciona cierta protección. Ahora bien, cuando el enemigo es una red elusiva con ramificaciones en cualquier lugar del mundo, la disuasión queda completamente desactivada. No se puede amenazar con la aniquilación a los agentes de una posible destrucción masiva cuando se desconoce la identidad de éstos. El analista estadounidense de control de armamentos Fred Ikle ha escrito que «la historia militar no nos ofrece lecciones que sirvan a las naciones para afrontar una dispersión global continuada de los medios de destrucción catastrófica».16 Una parte importante de esa tarea pasa por impedir el colapso de los Estados.

Muchos Estados se han derrumbado a lo largo de la historia (baste recordar los siglos de anarquía que siguieron a la caída del Imperio romano, o el período de los Reinos Combatientes en la antigua China). En el futuro, no siempre será posible evitar que los Estados se descompongan, pero alentar ese fracaso es una insensatez, especialmente en un momento en el que el desarrollo tecnológico hace de la anarquía una amenaza mucho más grave que nunca antes en la historia. Y, sin embargo, eso es lo que se está consiguiendo en la práctica hoy en día cuando se derriban gobiernos sin tener la capacidad suficiente para imponer otro orden sustitutivo de aquéllos. La «guerra contra el terror» es el síntoma de una mentalidad que espera con ilusión la llegada de un cambio sin precedentes en el mundo humano: el fin de la historia, la desaparición del Estado soberano, la aceptación universal de la democracia y la derrota del mal. Ése es el mito central de la religión apocalíptica planteado en términos políticos, y el común denominador que unía los proyectos utópicos fracasados de la pasada década. La promesa de una transformación inminente era algo más que un cínico ardid con el que unos dirigentes que no creían en ella pretendían enmascarar políticas que se adoptaban en realidad por otros motivos. Bush y Blair creían de verdad en la inminencia de un cambio (o, al menos, en la posibilidad de propiciarlo), y lo mismo sucedía con los neoconservadores y los intervencionistas liberales que apoyaron las decisiones de aquéllos en Irak. El Apocalipsis no llegó y la historia siguió adelante como siempre, pero con unas gotas de sangre de más.

 

John Gray


1 Martin van Creveld, The Changing Face of War: Lessons of Combat, from the Marne to Iraq, Nueva York, Ballantine Books, 2006, pág. 229.

2 Véase «Campaign in Iraq has increased terror threat, says American intelligence report», Guardian, 25 de septiembre de 2006.

3 Sobre el concepto de «guerra prolongada» de Donald Rumsfeld, véase «Rumsfeld offers strategy for current war: Pentagon to release 20-year plan today», Washington Post, 3 de febrero de 2006. El Counter-insurgency Field Manual, del Ejército de Tierra y el Cuerpo de Marines de Estados Unidos, publicado en diciembre de 2006, contiene un análisis más sofisticado de esa idea. Véase www.military.com, 16 de diciembre de 2006, «New Counter-Insurgency Manual».

4 Véase, por ejemplo, David Frum y Richard Perle, An End to Evil: How to Win the War on Terror, Nueva York, Random House, 2003.

5 Samuel P. Huntington expuso la teoría del «choque de civilizaciones» en su libro The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order, Nueva York y Londres, Simon and Schuster, 1996 [trad. cast.: El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, Barcelona, Paidós, 1997]. Yo la he evaluado más a fondo en «Global Utopias and Clashing Civilisations», International Affairs, vol. 74, n.º 1, enero de 1998, págs. 149-163.

6 Robert A. Pape, Dying to Win: The Strategic Logic of Suicide Terrorism, Nueva York, Random House, 2005 [trad. cast.: Morir para ganar: las estrategias del terrorismo suicida, Barcelona, Paidós, 2006].

7 Reflexiono sobre la evolución de Al Qaeda en la nueva introducción («Introduction») a mi libro Al Qaeda and What It Means to Be Modern, Londres, Faber, 2.ª ed., 2007 [trad. cast. (de la 1.ª ed.): Al Qaeda y lo que significa ser moderno, Barcelona, Paidós, 2004].

8 Para un relato y un análisis soberbios del desarrollo de Al Qaeda, véase Lawrence Wright, The Looming Tower: Al-Qaeda and the Road to 9/11, Nueva York, Knopf, 2006.

9 Olivier Roy, Globalised Islam: The Search for a New Ummah, Londres, Hurst, 2004, pág. 44 [trad. cast.: El islam mundializado, Barcelona, Bellaterra, 2003].

10 Martin van Creveld ofrece una descripción de la estrategia británica en Irlanda del Norte en The Changing Face of War, págs. 229-236.

11 Véase Philip Bobbitt, The Shield of Achilles: War, Peace and the Course of History, Londres, Allen Lane, 2002.

12 Bernard-Henri Lévy, American Vertigo: On the Road from Newport to Guantanamo (in the Footsteps of Alexis de Tocqueville), Londres, Gibson Square, 2006, pág. 328 [trad. cast.: American vertigo, Barcelona, Ariel, 2007].

13 Para un análisis del sistema internacional desde un enfoque realista, véase el brillante opúsculo del ya fallecido Paul Hirst, War and Power in the 21st Century, Cambridge, Polity Press, 2001.

14 Para un análisis informativo de los cambios producidos en la doctrina nuclear estadounidense, véase William Arkin, «Not Just a Last Resort», Washington Post, 15 de mayo de 2005.

15 Véase Paul Rogers, «Iran: Consequences of a War», Briefing Paper, Oxford Research Group, 2006, http://www.oxfordresearchgroup.org.uk/publications/briefings/IranConsequences.htm.

16 Fred Charles Ikle, Annihilation from Within: The Ultimate Threat to Nations, Nueva York, Columbia University Press, 2006, pág. xiii.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *