En el siglo XVII Veracruz, el puerto novohispano de llegada, era famoso también por lo que ocurría en sus calles: por sus juegos de azar, de naipes y de tablas permanentemente prohibidos, así como por el escándalo de sus tabernas y burdeles —casas de mancebía o congales—, más animados por supuesto durante los meses de estancia de la flota. En este caso se tra-taba de una prostitución reglamentada y tolerada, en casas controladas por “padres de mancebía” que regenteaban estos negocios de entretenimiento donde se bailaba, se tañían los sones y las danzas del gran espacio atlántico, se comía y se bebía. Sones rumbosos, zambapalos, zarabandas y “folías a la loquesca” animaban aquellos espacios. Incluso algunos de los mesones denunciados ante el Santo Oficio con-taban con toda una escenografía para saraos, los tablados y la música, y uno de ellos sería clausurado por ostentar, pintadas en sus paredes, no sólo las letras de algunas coplas pecaminosas para que las cantasen los clientes, sino, incluso, la imagen de un animado San-to Cristo tañendo una guitarra.

 

Fuente: Antonio García de León, El mar de los deseos. El Caribe Afronadaluz, historia y contrapunto, FCE, México, 2016. [Más adelante, respecto a ese instrumento, observa García de León: “(Sólo) hasta fines del siglo XVII, y en especial en América, la guitarra pudo penetrar a la música sacra de las catedrales y las iglesias, aunque siempre resultó sospechosa de sus ligas con el demonio. Incluso obispos amantes de la música, y de la misma guitarra, recelaban de incorporarla plenamente en lo oficios religiosos”.]

 

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