Me encontraba vagando al azar por un famoso puerto español y fui a dar a una especie de barriada marinera. Me metí en un café vacío si se exceptúa a un hombre sentado en un taburete con anchas espaldas enfrentándose conmigo. Al oírme entrar, descendió de su asiento con una viveza que no era española ni inglesa. Debía ser sin duda el propietario del establecimiento y hablaba el inglés fluidamente, aunque con un complicado acento que, de momento, no pude identificar, hasta que me di cuenta de que se trataba no de un español hablando inglés, sino de un español expresándose en lo que podríamos llamar norteamericano. Algo en nuestra conversación me llevó a reconocer que yo me dedicaba a la baja profesión de la literatura, ante lo cual mi hombre pareció cobrar nueva vida y proclamó que él también había escrito un libro. Me lo enseñó y pude deducir por un rápido examen que se trataba de un libro bastante aceptable, escrito con fogosidad y buen humor.

Se trataba, sencillamente, de sus Memorias como pistolero y gángster a las órdenes de Al Capone. Era un testimonio perfectamente honrado de una vida deshonesta. Describía el robo y el racketeering sin ninguna de las hipocresías que sirven de excusa al capitalismo. Resultaba, con todo, algo violento para cualquier imaginación melodramática encontrarse a solas con un pistolero. Era un hombre moreno y de aspecto meditabundo, que exclamó de repente: “No pienso escribir ningún otro libro”. “Me parece muy bien”, contesté, aplaudiéndole con calor. “Regentear un bar es mucho mejor que escribir libros. Muchos ingleses hubieran preferido tener una taberna a tener un editor”. Al oír estas palabras, advertí que se transfiguraba, adoptando una tremenda y vibrante vitalidad. Habló a gritos, hasta que hizo estremecerse a todo el establecimiento, de los delitos cometidos por su editor. Dijo que su editor lo había estado engañando en todo momento. Dijo que se había visto obligado a recorrer el mundo hasta darse cuenta de que lo que querían tanto los editores como los traductores era aprovecharse de su bien ganado dinero. Yo tampoco me hago ilusiones respecto a las casas editoras y otras fases de la plutocracia moderna, pero tampoco dejaba de reconocer que el asunto era levemente irónico. Le recordé la frase de Lord Byron cuando dijo que Barrabás era editor. “En resumen”, le dije con firmeza, “que lo hicieron víctima de un robo descarado”. “Así es”, contestó con explosivo énfasis. “Un robo con todas las de la ley”. Y nos separamos como los mejores amigos del mundo.

 

Fuente: Gilbert K. Chesteron, Ensayos, Editorial Porrúa, México, 1985.

 

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