El pasado 1 de junio, en el Rosedal de la Casa Blanca, en una ceremonia amenizada por una banda de jazz de la Marina que consideró oportuno tocar “Summertime”, el presidente Donald Trump disipó una incertidumbre que había mantenido durante varios meses al anunciar la retirada1 de su país del Acuerdo de París sobre cambio climático. Presentó entonces este instrumento como injusto para los Estados Unidos y perjudicial para sus empresas, sus trabajadores y sus contribuyentes.2 Se comprometió además a intentar negociar un tratado que a su juicio fuera “equitativo”.


Ilustraciones: Víctor Solís

Un factor decisivo del éxito de la 21 Conferencia de las Partes (COP), celebrada en diciembre de 2015 en París, consistió en sacar de la negociación la formulación de las acciones climáticas que cada país se propusiera llevar a cabo a partir de 2020, las denominadas “contribuciones previstas determinadas a nivel nacional” (INDCs, por sus siglas en inglés, posteriormente NDCs).3 Cada país fijaría libremente sus objetivos, que comunicarían al Secretariado de la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático (CMNUCC) antes de que iniciara la histórica COP21 en la que se adoptó el Acuerdo de París. Se evitaron así las presiones y los regateos sobre metas de mitigación que tanto afectaron la última fase de la negociación del Protocolo de Kioto, en 1997.

El 3 de septiembre de 2016 el gobierno de los Estados Unidos registró su primera NDC, vigente en la actualidad. En lo relativo a la mitigación (reducción de las emisiones que causan el cambio climático), la NDC de los Estados Unidos plantea para 2025 una reducción de emisiones en un rango de 26-28% respecto a las de 2005, objetivo relativamente razonable.4

En su intervención del 1 de junio Donald Trump afirmó que su país, a partir de ese momento, “dejará de implementar su NDC”, y también dejará de aportar al Fondo Verde para el Clima, con el cual se ensañó particularmente (“nadie sabe a dónde va ese dinero”). Estimó5 que mantenerse como Parte del Acuerdo le hubiera representado en 2040 a su país la destrucción de 6.5 millones de empleos y una pérdida de tres billones de dólares en el PIB. Mencionando en particular los casos de China e India, Trump afirmó que el Acuerdo de París impone a su país “draconianas” cargas legales, productivas y económicas, que no aplica a otros países, y que mermarían su competitividad internacional. Incluso llegó a sostener que la verdadera finalidad del Acuerdo de París no consiste en la protección del clima, sino en poner en desventaja económica a los Estados Unidos. Trump interpretó la movilización mundial de gobiernos, incluyendo el del Vaticano, así como la de numerosas instancias de la sociedad civil, que abogaron por la permanencia de los Estados Unidos como Parte del instrumento multilateral más reciente, operativo y prometedor para combatir el cambio climático, como una conspiración mundial para debilitar la economía de su país.

En cuanto a la eficacia del instrumento, señaló que el Acuerdo sólo lograría una insignificante disminución de temperatura de 2/10 de 1°C en 2100. Jaleado por los participantes en la ceremonia, la alocución de Trump se fue calentando: “ya no seremos más el hazmerreír de los demás”. La denuncia del Acuerdo se presentó como una reafirmación de la soberanía nacional frente a éste y en realidad frente a cualquier otro instrumento negociado en el marco de las Naciones Unidas.

La denuncia del Acuerdo, planteaba Trump, permitiría una movilización de todas las fuentes de energía, incluyendo lo que denominó el “carbón limpio”, para alcanzar tasas anuales de crecimiento económico de 3% o 4%. Todo ello sería supuestamente compatible con alcanzar “los más altos estándares de protección ambiental” para “seguir siendo el líder ambiental mundial”.

La retirada del Acuerdo de París por parte de los Estados Unidos, hasta ahora una de las medidas definitorias y de mayor trascendencia de la administración Trump, suscitó una previsible oleada de reacciones adversas, tanto en los medios internacionales como en su propio país. Su significación, implicaciones y consecuencias merecen algunas reflexiones.

 

El 3 de septiembre de 2016 los Estados Unidos se constituyeron como Parte ante el Acuerdo de París. El presidente Obama ratificó este instrumento sin intervención del Poder Legislativo, mediante Orden Ejecutiva, sobre la base de que el Acuerdo es una extensión de la Convención (CMNUCC), cuya ratificación había firmado el presidente George H. W. Bush el 13 de octubre de 1992, contando para ello con la previa aprobación del Senado. Estados Unidos fue el primer país industrializado en ratificar la CMNUCC, uno de los pocos instrumentos de derecho internacional cuyo alcance actual es prácticamente universal, al haber sido ratificado por 196 países, además de la Unión Europea.

La retirada del Acuerdo de París destacó entre las promesas de campaña del candidato Trump, pero la decisión efectiva no suscitó después consenso entre los miembros de su equipo inmediato de trabajo. Entre quienes no favorecían esta decisión figuraban Rex Tillerson, secretario de Estado y anterior CEO de Exxon, quien veía ventajas en “mantener la silla en la negociación”, así como el yerno y la hija del presidente, Jared Kushner e Ivanka Trump. La “línea dura”, conservadora, de los colaboradores de Trump, en cuyas filas figuraban Steve Bannon (despedido de la Casa Blanca el 18 de agosto) y Scott Pruitt, quien sigue siendo administrador de la Agencia de Protección Ambiental (EPA), presionó para que se cumpliera cuanto antes la reiterada promesa de campaña.

Manifestaron públicamente su enfático apoyo a la permanencia de los Estados Unidos en el Acuerdo de París numerosos directivos de grandes empresas, entre las que cabe mencionar: Adobe, Apple, BP, DuPont, Exxon Mobil, General Electric, Google, Hewlett Packard, Intel, Levi Strauss Co., Microsoft, Morgan Stanley, Shell, Walmart, en un listado que dista de ser exhaustivo. Como fundamento de su exhorto al Ejecutivo para que permanezca en el Acuerdo, estas empresas señalaban los siguientes factores favorables:

1. La participación de todos los países en el Acuerdo limita el riesgo de un desequilibrio que pudiera perjudicar la competitividad de la economía estadunidense.

2. Las actividades fomentadas por el Acuerdo generan empleo, mercados para tecnologías innovadoras y nuevo crecimiento económico.

3. Se reducen riesgos climáticos, minimizando daños a las infraestructuras, la productividad agrícola, el acceso a los recursos hídricos y las cadenas globales de suministros.

 

Numerosos tuits,6 difundidos antes de su victoria electoral, son muestra inequívoca de que Trump asume posiciones abiertamente negacionistas en relación con el cambio climático, aunque este negacionismo dejó de expresarse en forma explícita una vez que asumió la presidencia. Mientras en su alocución del 1 de junio difundía las irreales estimaciones, antes reportadas, respecto al costo del cumplimiento del Acuerdo de París para la economía y el empleo, se buscará en vano en su discurso cualquier mención del costo del cambio climático7 por daños derivados del incremento en el nivel del mar, la pérdida de biodiversidad, la incidencia de fenómenos hidrometeorológicos extremos, la mayor incidencia de desastres “naturales”, la destrucción de la infraestructura, las afectaciones a la salud pública, aspectos todos ellos sobre los que se dispone hoy de una abundante literatura científica, que se ve reflejada en los Informes del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC). Tampoco mencionó Trump los beneficios de la acción climática para la generación de empleos, la innovación tecnológica, el establecimiento de nuevos mercados, entre otros factores que apuntan hacia una “nueva economía climática”. En este sentido, la Comisión de Alto Nivel sobre Precios del Carbono publicó justo antes de la declaración de Trump un importante reporte, en el que se establece con sólidos argumentos que la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero podría reforzar la economía de los países.8

 

Presentado como un dogal jurídico-económico, en su discurso Trump caracterizó sin embargo el Acuerdo de París como “no vinculante”. Si, efectivamente, el instrumento fuera no vinculante, ¿por qué verse constreñido a denunciarlo formalmente, en vez de simplemente ignorarlo? En realidad, el Acuerdo de París es un “tratado” en el marco de la legislación internacional,9 pero sólo algunas de sus disposiciones serían “jurídicamente vinculantes”. La Delegación de los Estados Unidos que participó en las negociaciones de la COP21 que desembocaron en la adopción del Acuerdo de París en diciembre de 2015 cuidó de vetar la formulación de algunas de sus disposiciones que denotara obligatoriedad,10 para evitar someter al Senado su ratificación. No sería, por ejemplo, jurídicamente vinculante el cumplimiento de las “Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional” (NDCs), ni la obligación de aportar recursos económicos en una cuantía específica.11

El artículo 28 del Acuerdo de París señala las condiciones para una eventual denuncia promovida por alguna de sus Partes.12 Según este artículo, la retirada de los Estados Unidos no podría hacerse efectiva antes del 4 de noviembre de 2020, es decir, un día después de la próxima elección presidencial en ese país, a menos que su gobierno denunciara también la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. En ningún momento sugirió el presidente Trump que su país se retiraría también de la Convención. En estas condiciones, el pronunciamiento de Trump contraviene la legislación internacional sobre cambio climático, ante la cual su país es todavía parte.

La renegociación del Acuerdo de París es totalmente inviable. La adopción de este instrumento fue resultado de un arduo proceso de bastantes años en el que participaron 196 países, con hitos como el Plan de Acción de Bali (COP13, 2007), el Acuerdo de Copenhague emanado de la tormentosa COP15 de 2009, los Acuerdos de Cancún adoptados en la exitosa COP16 de 2010, la Plataforma de Durban para la Acción Ampliada aprobada en la COP17 (2011), entre otros. Ningún país, fuera de los Estados Unidos, estaría dispuesto a tirar por la borda todos estos trabajosos esfuerzos para dar satisfacción al presidente Trump. El gobierno federal de los Estados Unidos no ha señalado por otra parte los parámetros e indicadores que a su criterio permitirían determinar la equidad de un instrumento que pudiera emerger de una hipotética renegociación. Muchos negociadores han expresado que el proceso multilateral sobre la base del Acuerdo de París se desarrollaría mucho mejor sin una intervención obstruccionista de los Estados Unidos. De cualquier manera, este proceso de negociación pendiente será arduo por tener que concretar aspectos que prevé el Acuerdo, como las reglas de contabilidad, el diseño de los mecanismos, incluyendo aquellos de mercado, entre muchos otros de los que dependerá la operatividad del instrumento.

Lo que podría hacer el gobierno de los Estados Unidos es revisar a la baja el compromiso de mitigación que integró en su actual NDC. Trump podría rebajar esta meta hasta nulificar su ambición o volverla irrelevante, aunque esta rebaja, como lo han señalado muchos, contravendría el contenido explícito del Acuerdo de París.13 De por sí el conjunto de los compromisos existentes, expresados en las actuales NDCs, incluyendo la de los Estados Unidos, es insuficiente para limitar el aumento de la temperatura promedio planetaria al nivel estipulado en el Acuerdo de París (2°C, “prosiguiendo esfuerzos” para no rebasar los 1.5°C). Aun si se cumplieran estrictamente los actuales compromisos, la trayectoria correspondiente de las emisiones globales apuntaría más bien hacia una elevación de temperatura de 2.8°C.14 Si otros países siguieran el ejemplo de los Estados Unidos, el Acuerdo de París perdería visos de efectividad.

 

A nivel mundial la decisión del presidente Trump se enfrentó a un rechazo generalizado, expresado con variados matices en múltiples países, incluyendo aquellos con mayores emisiones de gases de efecto invernadero. En particular, la 19 Cumbre Unión Europea-China, celebrada en Bruselas un día después de la alocución de Trump, reafirmó de manera enfática su compromiso con el Acuerdo de París y se propuso reforzar la cooperación entre los países involucrados en la materia. Los líderes de la Unión Europea y de China anunciaron la convocatoria, conjunta con Canadá como país sede, de una gran reunión ministerial, a celebrarse en septiembre de 2017, para impulsar la implemen-tación del Acuerdo y acelerar la transición hacia una energía limpia.

El aislamiento de la posición de los Estados Unidos quedó de manifiesto en la reunión del G-20, celebrada en Hamburgo los días 7-8 de junio de 2017, en cuyo Comunicado 19 países, incluyendo alguno como Arabia Saudita, con un largo historial de resistencia a las políticas climáticas, manifestaron que el Acuerdo es “irreversible” y que se debe poner en práctica de inmediato. La reacción internacional adversa a la decisión del presidente Trump parece destinada a crecer con el tiempo, y a concretarse bajo formas cada vez más estructuradas. Algunas voces15 empiezan incluso a sugerir la imposición de medidas comerciales, para restablecer un piso parejo para los diversos sistemas productivos.

A nivel global, numerosos gobiernos locales venían movilizándose en torno a objetivos climáticos, mediante asociaciones —la más emblemática de las cuales es el denominado C40, que agrupa a 91 grandes ciudades (Ciudad de México incluida)—, las cuales generan la cuarta parte del PIB mundial. Actualmente presidido por Anne Hidalgo, alcaldesa de París, tras el anuncio de Trump el C40 se alineó decididamente con el Acuerdo de París, exhortando al G20 para que mantenga pleno apoyo a este instrumento. El C40 propugna que para 2020 todas las ciudades participantes cuenten con un plan de acción climática congruente con los objetivos del Acuerdo. La alcaldesa Hidalgo promueve además la adopción de algunas medidas específicas, como la exclusión de los vehículos a diesel en la ciudad para el año 2025, política a la que se adhirieron las autoridades de Madrid y de la Ciudad de México.

Sin embargo, la reacción más vigorosa ante el anuncio del presidente Trump se produjo en los mismos Estados Unidos, donde se desencadenó un movimiento sin precedente de apoyo al Acuerdo de París en varios estados, numerosas ciudades, empresas y entidades de la sociedad civil. 

El 1 de junio, el mismo día en que Trump anunciaba la retirada del Acuerdo de París, los gobernadores Andrew Cuomo del estado de Nueva York, Edmund Gerald (“Jerry”) Brown del estado de California, y Jay Robert Inslee del estado de Washington anunciaron16 la formación de la Alianza de los Estados Unidos para el Clima.17 Poco más de un mes después esta Alianza contaba con la adhesión de 14 estados: California, Colorado, Connecticut, Delaware, Hawaii, Massachusetts, Minnesota, Nueva York, Oregon, Puerto Rico, Rhode Island, Vermont, Virginia, Washington. Es de destacar que Massachusetts y Vermont tienen gobernadores republicanos. En su conjunto, los estados mencionados representan más de un tercio de la población de los Estados Unidos, su PIB asciende a 7.16 billones de dólares, y en ellos radican 1.3 millones de puestos de trabajo en el ámbito de las energías limpias.

Ese mismo día 377 alcaldes, agrupados como “US Climate Mayors” y representando a 67.7 millones de estadunidenses, adquirieron el compromiso, expresado en una declaración formal conjunta,18 de “adoptar, cumplir y sostener” los objetivos del Acuerdo de París.19

El 5 de junio de 2017, en una declaración titulada “Seguimos dentro”, bajo forma de una “carta abierta a la comunidad internacional y a las Partes ante el Acuerdo de París”, un nutrido grupo de alcaldes,20 gobernadores,21 empresarios,22 inversionistas, autoridades universitarias, expresaron su voluntad de unir fuerzas “por primera vez” para seguir apoyando la acción climática que permita hacer frente a los compromisos asumidos por el país en el Acuerdo de París.23

La 85 Conferencia Anual de Alcaldes de los Estados Unidos, celebrada los días 23-26 de junio en Miami Beach, Florida, reafirmó este compromiso, y lo reforzó mediante un conjunto de resoluciones,24 entre las cuales figura la de exhortar a la administración Trump y al Congreso para que apoyen la lucha contra el cambio climático, se comprometan plenamente con el Acuerdo de París, el Plan de Electricidad Limpia, el Programa para Incentivar la Energía Limpia, y otros instrumentos. Entre los nuevos compromisos asumidos en la Conferencia destaca el de suministrar 100% de energías renovables a sus comunidades en 2035.

El 12 de julio de 2017 el gobernador Brown de California y Michael Bloomberg, ex alcalde de Nueva York y enviado especial del secretario general de las Naciones Unidas para las ciudades y el cambio climático, lanzaron la iniciativa “Compromisos de América” (America´s Pledge). Esta iniciativa compilará y cuantificará las acciones de Estados federales, ciudades y empresas en los Estados Unidos que pretendan reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en congruencia con los objetivos del Acuerdo de París. Las instancias públicas y privadas que en ella participan pretenden por sí mismas lograr el cumplimiento de los compromisos asumidos por los Estados Unidos en el marco del Acuerdo de París. Los propulsores de esta iniciativa plantean que las acciones para cumplir estos compromisos tienen lugar finalmente en los estados, las ciudades y las empresas, desempeñando el gobierno federal sólo una función de coordinación. Frente a la defección de este último, la iniciativa asumirá esa función y reportará los resultados.

Las acciones climáticas en entes subnacionales trascienden ya el plano declarativo. El 17 de julio el Congreso de California, estado que había adoptado ya políticas climáticas entre las más avanzadas a nivel global, aprobó la Ley AB 398 y otras dos leyes asociadas, extendiendo hasta el año 2030 su esquema de comercio de bonos de carbono (“cap and trade”). Esta medida, promovida por el Partido Demócrata y cabildeada con pasión por el gobernador Jerry Brown, quien definió el cambio climático como “una amenaza a la existencia humana organizada”, logró mediante algunas concesiones contar también con el apoyo de un grupo de legisladores republicanos, así como el de importantes líderes empresariales.

La magnitud y la inmediatez de la respuesta dentro de los Estados Unidos, así como su expresión en ámbitos empresariales y en algunas áreas, sobre todo urbanas, en donde el Partido Republicano había cosechado éxitos electorales, debió sorprender a la administración Trump. No fueron los Estados Unidos quienes se retiraron del Acuerdo de París, sino tan sólo el gobierno federal de ese país.

No obstante la intensidad de las reacciones positivas suscitadas dentro y fuera de los Estados Unidos, la retirada de este país del Acuerdo de París tendrá consecuencias dañinas para el régimen climático internacional. La más inmediata de ellas podría ubicarse en la afectación al financiamiento del Fondo Verde para el Clima, en el que dejará un boquete de dos mil millones de dólares,25 en perjuicio de muchos proyectos de mitigación y adaptación, que dejarán de llevarse a cabo en países en desarrollo. Siendo los Estados Unidos país miembro del Anexo II26 en el marco de la Convención, la eliminación de toda ayuda internacional a la acción climática violaría, por otra parte, las disposiciones de este instrumento.

Frente al posicionamiento inconsistente e irracional de la administración Trump, no parece que las estrategias contemporizadoras pudieran tener sentido. Para el resto del mundo, ceder a la irracionalidad no podría ser opción.

Las implicaciones geopolíticas del tema empiezan, por otra parte, a ponerse de manifiesto. Los dirigentes chinos, por ejemplo, no parecen compungidos o preocupados por el retiro de los Estados Unidos del Acuerdo de París. Al contrario, tras la defección climática de ese país, perciben con claridad la oportunidad que se les abre para establecer o ampliar un liderazgo que ya están ejerciendo en relación con algunas tecnologías asociadas a las energías renovables. Cuanto más tarden los estamentos políticos que mantienen por el momento una posición hegemónica en el Congreso y en la Casa Blanca en rendir cuentas frente a la ineludible realidad del cambio climático, mayores posibilidades tendrán de consolidar ese liderazgo. Mientras el gobierno federal de los Estados Unidos se proponga inútilmente restablecer la gloria pasada del carbón, China y otros países intentarán ubicarse en la vanguardia de las transformaciones tecnológicas, organizativas y sociales que apunten hacia desarrollos bajos en carbono y resilientes.

 

Algunas de las características de la temporada 2017 de huracanes en el Atlántico carecen de precedentes.

Se inició con tormentas tropicales de aparición excepcionalmente temprana, en abril.

El huracán Harvey se formó el 17 de agosto, y adquirió carácter de huracán el 24 del mismo mes. Apenas un día después su intensidad alcanzó el nivel 4 en la escala de Saffir-Simpson. Tocó tierra cerca de Rockport el 26, provocando extraordinarias inundaciones en Texas, y en particular en la ciudad de Houston. Harvey es el huracán atlántico que ha descargado mayor cantidad de agua en tierra desde que se tienen registros. Según algunas estimaciones preliminares los daños podrían ascender a entre 50 y 75 mil millones de dólares.27

En una poco frecuente coincidencia tres huracanes coexistían a principios de septiembre en la región tropical atlántica y el Golfo de México. Mientras Katia tocaba tierra como huracán de nivel 1 en Tecolutla, Veracruz, Irma, el huracán más poderoso que jamás se haya detectado en el Atlántico, se abatía sobre Cuba camino de Florida, y José le seguía de cerca, alcanzando con rapidez inusitada el nivel 4 de intensidad. El tándem Irma y José estableció una circunstancia inédita, al ser la primera vez que coexistían en la misma región atlántica dos ciclones con velocidades de viento superiores a 240 km/h.

Irma, cuya categoría había alcanzado el nivel 5 (con una velocidad de viento sostenida durante 24 horas de casi 300 km/h), tocó tierra el 10 de septiembre en los Cayos, con fuerza 4. En la península de Florida más de 36 millones de personas se vieron afectadas, y más de seis millones sufrieron la amarga experiencia de una evacuación muy difícil. Todavía no se han cuantificado los daños correspondientes. Los procesos hidrometeorológicos aludidos causaron un gran impacto en la opinión pública de los Estados Unidos. 

Resulta tentador atribuir la anómala temporada de huracanes 2017 al cambio climático. Este proceso global puede amplificar los desastres desencadenados por ciclones tropicales a través de tres mecanismos:

1. La temperatura superficial del agua en amplias zonas marinas se eleva como resultado del cambio climático. Un ciclón es una máquina térmica que requiere una temperatura superficial del agua de al menos 26.5°C, razón por la cual no se desarrollan ciclones en invierno. Cuanto mayor es la temperatura, mayor es la energía que se consume para evaporar el agua y movilizar grandes masas de aire húmedo. También, cuanto mayor es la masa de agua oceánica caliente, con mayor rapidez se reemplaza el agua oceánica enfriada por el funcionamiento del ciclón.

2. El aire que se calienta por acción del cambio climático puede contener mayor humedad que el aire más frío. Al calentarse el aire es mayor la cantidad de vapor de agua que desplaza el ciclón y mayor su condensación y precipitación.

3. Una consecuencia potencialmente desastrosa en las costas al incidir en ellas un ciclón consiste en la inundación inducida por una mayor marea de tormenta. El cambio climático ha determinado ya una elevación en el nivel promedio del mar de cerca de 20 cm desde tiempos preindustriales, lo cual contribuye a amplificar la acción de las mareas de tormenta.

Con las consideraciones anteriores resultaría temerario e incorrecto decir que la causa de Harvey, Katia, Irma o José radica en el cambio climático, pero es más que probable que el calentamiento global haya intensificado estos ciclones y agravado los desastres derivados de los mismos. Por malas razones, la opinión pública estadunidense, que resulta ser algo más escéptica respecto al cambio climático que la de otras regiones, y que había experimentado un primer shock en 2005 con la destrucción de amplios sectores de Nueva Orleans por la acción de Katrina, podría reaccionar frente a los ciclones de 2017, exigiendo al gobierno una mayor atención a los problemas climáticos.

El escepticismo climático extendido en amplios sectores de la sociedad estadunidense no se superará, sin embargo, con facilidad. Por una parte, deriva de un extendido desconocimiento de los factores científicos que explican este cambio global. Por otra, parece obedecer también a otros rasgos culturales presentes en la sociedad del país vecino, como una frecuente desconsideración del trabajo científico y de sus productos, que contrasta con la situación prevaleciente en la mayor parte de los países. Este rasgo específico se manifestó por ejemplo en el rechazo a la evolución biológica en algunos sistemas educativos, y su sustitución por esquemas esotéricos, o en pintorescos episodios históricos como el intento de redefinir y simplificar el número pi por decreto legislativo.28 En los Estados Unidos, país que ha producido muchos de los más avanzados desarrollos científicos, la defensa de la ciencia como instrumento rector de las políticas públicas constituye todavía una batalla social por ganar.

 

El Acuerdo de París durará mucho más, y tendrá mucho mayor efecto sobre la dinámica del cambio climático que la presidencia de Donald Trump, finalmente efímera. Pero lo que está en juego desborda con mucho el ámbito del medio ambiente global. Más allá de la gran complejidad y de los múltiples tecnicismos asociados con el tema, el cambio climático empieza ya a mostrar su potencial para determinar el rumbo de los procesos de desarrollo viables en el presente siglo.

 

Fernando Tudela
Profesor-investigador del Centro del Cambio Global y la Sustentabilidad en el Sureste A.C.


1 El anuncio de retirada se transforma jurídicamente en “denuncia” en el momento en que el gobierno comunica formalmente su decisión al depositario del instrumento, es decir, al secretario general de las Naciones Unidas. En el caso de los Estados Unidos esta circunstancia se produjo el día 4 de agosto de 2017.

2 Las referencias a los argumentos invocados por el presidente Trump al anunciar su retirada del Acuerdo de París se extraen de la transcripción literal de la intervención del presidente el 1 de junio de 2017, difundida por la Secretaría de Prensa de la Casa Blanca.

3 La INDC abriría paso a la NDC (“contribución determinada a nivel nacional”, sin la “i” inicial que denotaba simple intencionalidad) una vez que el país ratificara el Acuerdo de París. Por lo general, los contenidos se mantuvieron sin cambios en esta transición. En la actualidad, de las 160 Partes que han ratificado el Acuerdo de Paris, 155 han presentado su NDC inicial. Con ellas se inicia la secuencia quinquenal de actualizaciones que prescribe el Acuerdo de París.

4 La iniciativa “Climate Action Tracker” (CAT) había clasificado la NDC de los Estados Unidos como “media”, aunque todavía insuficiente para contribuir al logro de limitar a 2°C el incremento de la temperatura promedio planetaria. Estimaba CAT que el cumplimiento de esa NDC hubiera requerido la plena implementación del Plan para la Electricidad Limpia (Clean Power Plan), instrumento de la administración Obama que Trump canceló el 28 de marzo, y del Plan de Acción Climática.

5 Trump atribuyó el cálculo al National Economic Research Associates (NERA), consultora en permanente campaña antiregulación, relacionada con el conservador Hudson Institute. Véase NERA Economic Consulting, Impacts of Greenhouse Gas Regulations on the Industrial Sector, marzo de 2017.

6 Un ejemplo entre más de 100: “Give me clean, beautiful and healthy air —not the same old climate change (global warming) bullshit! I am tired of hearing this nonsense”. Tuit publicado por @realDonaldTrump a las 12:44 AM, el 29 de enero de 2014. Para Donald Trump el supuesto cambio climático es “mierda”, un “sinsentido” del cual ya se hartó. Los tuits de Trump sobre cambio climático suelen mostrar por otra parte una persistente y lamentable confusión entre “clima” y “tiempo” (“climate” y “weather”): cualquier episodio de tiempo frío era prueba fehaciente de la inexistencia del cambio climático.

7 Este costo adquiere expresión económica en el concepto “costo social del carbono”, que mide en dólares el daño de largo plazo producido por la emisión de una tonelada de CO2 en un año en particular. La EPA dedicó sucesivos esfuerzos a precisar y concretar el concepto, necesario para fundamentar medidas regulatorias. El 28 de marzo de 2017, en un apartado que casi pasó desapercibido de su Orden Ejecutiva sobre la Independencia Energética, Donald Trump desmanteló el Grupo de Trabajo Interagencial sobre el Costo Social de los Gases de Efecto Invernadero, y mandó retirar los documentos de él emanados.

8 Emanada de la Coalición de liderazgo para poner precio al carbono, la Comisión de Alto Nivel sobre precios al carbono, bajo la coordinación de Joseph E. Stiglitz y de Nicholas Stern, publicó el 29 de mayo de 2017 este reporte, con el apoyo del Grupo Banco Mundial y del gobierno francés.

9 La naturaleza de los tratados es objeto de la Convención de Viena de 1969, “Ley sobre los Tratados”, que entró en vigor en enero de 1980. Estados Unidos la suscribió, pero no la ratificó.

10 Típicamente, la denotación de obligatoriedad correspondería a la utilización de la forma verbal “shall”, en vez de “should”.

11 Un excelente análisis, posterior al pronunciamiento del presidente Trump, de la situación legal del Acuerdo podrá encontrarse en: Center for Climate and Energy Solutions (C2ES), Paris Climate Agreement Q&A, junio de 2017. http://bit.ly/2xOocOs

12 Artículo 28 del Acuerdo de París:
1. Cualquiera de las Partes podrá denunciar el presente Acuerdo mediante notificación por escrito al Depositario en cualquier momento después de que hayan transcurrido tres años a partir de la fecha de entrada en vigor del Acuerdo para esa Parte.
2. La denuncia surtirá efecto al cabo de un año contado desde la fecha en que el Depositario haya recibido la notificación correspondiente o, posteriormente, en la fecha que se indique en la notificación.
3. Se considerará que la Parte que denuncia la Convención denuncia asimismo el presente Acuerdo.

13 Artículo 4.11 del Acuerdo de París: “Las Partes podrán ajustar en cualquier momento su contribución determinada a nivel nacional que esté vigente con miras a aumentar su nivel de ambición (cursivas nuestras), de conformidad con la orientación que imparta la Conferencia de las Partes en calidad de reunión de las Partes en el presente Acuerdo”.

14 Estimación del Climate Action Tracker: http://bit.ly/2x1vj1L. En ausencia de políticas climáticas, la elevación de la temperatura podría alcanzar niveles entre 4.1°C y 4.8°C. Aun destacándose la insuficiencia de los compromisos actuales, sus efectos serían mucho más apreciables que los que vaticinó Trump en su conferencia del 1 de junio.

15 Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía, sugirió esta medida en un artículo publicado el día después de la alocución de Trump. Véase: http://bit.ly/2wnZWPN. En el mismo sentido se pronunció Martin Schulz, líder de la socialdemocracia alemana y presidente del Parlamento Europeo en el periodo 2012-2017.

16 Cuomo declaró: “El estado de Nueva York se obliga a cumplir con los estándares que impulsa el Acuerdo de París, con independencia de las acciones irresponsables de Washington. No ignoraremos la ciencia y la realidad del cambio climático, por lo que estoy firmando también una Orden Ejecutiva que confirma el liderazgo de Nueva York en la protección de nuestros ciudadanos, nuestro medio ambiente y nuestro planeta”. Exactamente en el mismo tono se expresaron los otros dos gobernadores. Los tres estados, con 68 millones de habitantes, producen más de la quinta parte del PIB de los Estados Unidos. Véase:
http://on.ny.gov/2xOYAkG

17 “United States Climate Alliance”: https://www.usclimatealliance.org

18 La declaración, breve y contundente, se puede consultar en: http://bit.ly/2fBqwBG. También se localizará allí la lista completa de alcaldes que la suscribieron.

19 La página de internet de Climate Mayors es: http://www.climatemayors.org.

20 Entre los alcaldes que suscribieron esta declaración figuran los de Los Angeles, Nueva York, Atlanta, Honolulu, Boston, Houston, Phoenix, Tucson, San Francisco, Denver, Washington DC, Miami, Chicago, Nueva Orleans, Baltimore, Kansas City, Portland, Philadelphia, Pittsburgh, Austin, Dallas, San Antonio, Seattle.

21 Suscribieron el documento los gobernadores de California, Connecticut, Hawaii, Nueva York, Carolina del Norte, Oregon, Rhode Island, Virginia, Washington.

22 Es notable la reacción de algunos empresarios, como Elon Musk, CEO de Tesla y Robert Iger, de Disney, quienes decidieron retirarse de una de las instancias consultivas empresariales establecidas por el presidente, el mismo día en que este último anunció su salida del Acuerdo de París. Ante las nuevas defecciones empresariales tras sus declaraciones, consideradas racistas, frente a los sucesos originados por los supremacistas blancos en Charlotteville, Virginia, el presidente Trump resolvió el 16 de agosto disolver ambas instancias consultivas: el Manufacturing Council y el Strategy & Policy Forum.

23 La coordinación de esta iniciativa estuvo a cargo de: The American Sustainable Business Council, B Team, Bloomberg Philanthropies, Center for American Progress, Ceres, CDP, Climate Mayors, Climate Nexus, C40, C2ES, Environmental Defense Fund, Environmental Entrepreneurs, Georgetown Climate Center, ICLEI, National League of Cities, Rocky Mountain Institute, Second Nature, Sierra Club, The Climate Group, We Mean Business, y World Wildlife Fund.

24 La lista completa de resoluciones adoptadas se puede consultar en: http://bit.ly/2fBkYXR

25 Esta cifra es la diferencia entre los tres mil millones de dólares comprometidos por la administración del presidente Obama y los mil millones que logró dicha administración desembolsar efectivamente antes de concluir su mandato. En julio de 2017 el total de fondos comprometidos para el Fondo Verde para el Clima ascendía a 10 mil 300 millones de dólares, que aportarían 43 países, de los cuales nueve son países en desarrollo. Las decisiones relativas a las políticas y a la asignación de recursos no recaen en el muy exiguo secretariado del Fondo, sino en los 24 miembros de su Consejo que representan a otros tantos países, la mitad de los cuales son desarrollados. Las deliberaciones del Consejo y las actividades del secretariado son por completo transparentes y accesibles en la página web del Fondo Verde para el Clima.

26 El Anexo II es un subconjunto del Anexo I, que enlista aquellos países desarrollados que se comprometen además a aportar recursos tecnológicos y financieros para ayudar a impulsar la acción climática en países en desarrollo, de conformidad con el artículo 4.5 de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático.

27 Otras estimaciones referían cantidades que rebasaban los 100 mil millones de dólares.

28 En 1897 el Congreso local de Indiana pretendió redefinir legalmente el número pi, resolviendo de paso la cuadratura del círculo, y lo hubiera logrado (lo de la redefinición legal, no lo de la imposible cuadratura) de no ser por la accidental y oportuna intervención de un profesor de la Universidad Purdue, quien evitó este ridículo.

 

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