A todo hombre, sea quien fuere, le es indispensable inclinarse ante lo que constituye la Gran Idea. Aun al hombre más estúpido le es indispensable que haya algo grande….
—Dostoievski, Demonios

Para Ayari Prieto Stock, sobreviviente.

En los años noventa todo indicaba que teníamos un veredicto definitivo sobre el fracaso del experimento soviético. Su violenta incomprensión de lo que mueve a los individuos y a las sociedades se había traducido en una asfixia de la sociedad civil que gangrenó el sistema hasta colapsarlo. Quedó claro que la verdadera puerta a la modernidad eran las sociedades abiertas. Occidente podía sentirse satisfecho de sí mismo. Su autocomplacencia dio hasta para pensar que la historia había terminado. Esa seguridad arrogante recibió una secuencia de reveses que incluyen la sacudida del sistema económico global en 2008, la puesta en entredicho de la Unión Europea, la fatídica crisis político-cultural de 2016 con la renuncia angloamericana al credo neoliberal que, en buena medida, fue una exaltación de su capitalismo. A más de 25 años del colapso de la Unión Soviética comienza a entenderse como el primer acto de una crisis mayor del legado de la modernidad. Estamos viendo desplegarse en tiempo real el segundo acto, con el grotesco reality show que la era Trump le brinda al mundo. En cuanto al tercer acto… no queremos siquiera pensar en él.


Ilustraciones: Estelí Meza

No hay que caer en la tentación de ver el triste espectáculo de hoy como una crisis más del capitalismo. Es una crisis de carácter civilizatorio. No se entenderá el punto si se sigue incurriendo en los tics del aparato conceptual marxista que todo lo reduce a sistemas económicos. De hecho, marxismo y neoliberalismo son, en buena medida, expresiones de una metafísica de la modernidad que insiste en ver a los órdenes humanos como mecanismos, eficientes o defectuosos. De ahí derivan ambas vertientes de pensamiento sus respectivas agendas de ingeniería social. El paralelismo es aún mayor si reparamos en hasta qué punto ambas son en primer término creaciones de intelectuales para intelectuales, pero con un impacto desmesurado en la historia.

Desde luego sus diferencias no son menores. El marxismo, una vez fusionado con esa mezcla de jacobinismo y terrorismo ruso que cuajó en el Partido Bolchevique, buscaba imponer un significado macro al orden social. Al neoliberalismo tal cosa le tiene sin cuidado: no es cuestión de hacer preguntas sobre el significado de la historia, sino de aceitar el mecanismo de mercado para que sea un surtidor de bienes sociales. El neoliberalismo ha sido como un materialismo histórico ayuno de historia. Da por buena la idea de que la relación causal va de la estructura a la superestructura, pero con un desdén sin par por el pasado. Las tensiones irradiadas por olas anteriores de liberalismo y globalización ya han dado lugar a eventos catastróficos como la Primera Guerra Mundial que no tiene todavía una explicación satisfactoria. Lo cierto es que los hechos históricos que han marcado nuestra era han ido a contrapelo del cálculo y de la racionalidad económicos.

Marxismo y neoliberalismo no dejan de ser dos tataranietos de la Ilustración, aquel optimismo radical sobre las capacidades del hombre para crear su propia realidad cimentado en un conocimiento de la historia que lo libera del pasado, el cual sólo puede ser mirado como lastre o estorbo. El marxismo, más viejo que el neoliberalismo, trató de responder a preguntas mayores sobre el destino humano que lo vinculan con la teología. El marxismo-leninismo, específicamente, fue una respuesta a la crisis ocasionada por el proceso de secularización en sociedades atrasadas. Una respuesta espantosa sin duda, pero de conexiones más profundas de lo que se le concede con las ansiedades propias de sociedades que experimentan cambios fuera de su control y su comprensión.

El marxismo pretendía ser una superación de la filosofía especulativa alemana, pero no dejó de ser su producto y de responder a su proyecto. El idealismo alemán tomó la estafeta de la vieja teología al proponerse una visión unificadora de la historia bajo la convicción de que hay un significado que es posible escuchar entre todo el caos y el tumulto del paso del hombre por este mundo. Nada de furia y ruido como se concluye en Macbeth, sino sentido oculto y profundo, ahora revelado no mediante la gracia de la Fe, sino por la fuerza del intelecto y sus facultades críticas. Hegel parte de esta convicción, que Marx hace suya íntegramente: la Historia muestra su sentido conforme avanza. Esa confianza total en el poder del pensamiento puro para descubrir realidades y verdades últimas corresponden a lo que Rüdiger Safranski ha llamado “los años salvajes de la filosofía”, de los cuales Marx es una cúspide. El materialismo filosófico no deja de ser una metafísica. Nada que ver con el pensamiento científico que reúne evidencias a partir de prueba y error para juntar las piezas del rompecabezas y hacerse una idea del conjunto sin prejuzgar cómo es. En el marxismo, como en toda filosofía especulativa, se sabe de antemano cómo luce la totalidad y a dónde conduce. De la epifanía del Manifiesto comunista a El capital de 20 años después, hay mucho trabajo de biblioteca, pero no la disposición a reconsiderar la tesis inicial. Tendrán que llegar los años de la filosofía analítica en el siglo XX para purgar a la tradición filosófica de Occidente de sus deslices metafísicos, del pensamiento embrujado por el lenguaje y la confusión de sus propios procesos mentales con la realidad.

Realidades empíricas como la clase obrera no son en el marxismo más que una construcción filosófica. Nada tiene que ver esta construcción con las aspiraciones mundanas de los trabajadores, sus creencias, hábitos, costumbres, vínculos generacionales o familiares, formas de socialización y diversión.1 Nada que recuerde su ser social: sólo su posición en un momento dado del drama histórico donde la explotación del hombre por el hombre será abolida de una vez por todas. A la lucha por una vida mejor se le asigna un hipersignificado: esa lucha debe ser el vehículo para que la historia adquiera un nuevo nivel de conciencia sobre sí misma y marque un parteaguas definitivo. La clase obrera tiene un papel asignado: alguien le debe avisar de ello y tal aviso viene de fuera, de quienes han captado las verdaderas leyes del devenir histórico. El marxismo se concibe también como un desenmascaramiento de todos los mecanismos ideológicos e institucionales que ocultan la verdadera naturaleza del dominio y la explotación. Si esto fuera evidente, llegar a la verdadera conciencia de clase no requeriría de un trabajo teórico. Al proclamarse como una ciencia porque devela los discursos dominantes como falsa conciencia, el marxismo establece que no cualquiera puede comprender semejantes revelaciones y traducirlas en una praxis. Muchos marxistas se consuelan diciendo que Lenin pervirtió a la doctrina instituyendo una elite revolucionaria para realizar una función vicaria de la clase obrera en la historia, pero la perspectiva privilegiada que el marxismo supone dejó abierta la puerta a la perversión leninista.

El primer receptor del mensaje clarividente del marxismo es el intelectual, la intelligentsia en general. Un fenómeno que se le escapó al análisis ortodoxo de la lucha de clases —tendría que llegar Gramsci para tomar nota de ello— fue hasta qué punto el trabajo intelectual y los que a él aspiran eran la novedad en el paisaje. La expansión de los servicios educativos, las imprentas y las editoriales, la multiplicación de espacios que van desde la oficina, el aula, el cubículo, al café y la bohemia, le dan a la modernidad fin-de siècle uno de sus rasgos característicos. Algunos van captando que la diversificación de espacios y formas de participación obligaba a pensar más allá de las relaciones y conflictos en el taller y la línea de montaje: los procesos productivos se inscribían en otros más amplios y las corrientes revisionistas del marxismo (Bernstein) intuyeron que éste debía ciudadanizarse. Surge una elite aspiracional que no puede definirse meramente desde el enfoque de la propiedad de los medios de producción. La paradoja es que, para esa nueva clase en ciernes, el duro marxismo ortodoxo y los discursos radicales que cuestionan frontalmente las jerarquías dominantes representan un atractivo mayor. La educación nunca dejará de ser un modelo imperfecto de lo que uno habrá de toparse en la realidad, pero es posible brillar en ese mundo artificial y desde ahí generar expectativas mayores así como derechos meritocráticos que no necesariamente garantizan acomodo y debido reconocimiento allá afuera. Tal vez no es casualidad que muchas figuras revolucionarias destacaran en su etapa estudiantil. Son los candidatos más viables a disputar poder e influencia con un discurso de emancipación universal que todo lo desenmascara salvo sus propias motivaciones, en las que se funden los deseos de justicia y cambio por un lado, con los de resentimiento y ambición sin límites por el otro. El marxismo se convierte de este modo en la ideología última, pues no puede haber mejor coartada del interés propio que presentarse como la crítica de todas las ideologías. Esta será una constante a lo largo del siglo XX con su punto más evidente en el mayo francés, cuando el estudiantado prácticamente se asume como sucesor de la clase obrera en la batalla por la historia. Por contraste, queda el movimiento Solidaridad en Polonia como la única revolución genuinamente proletaria del siglo XX pero con un sello inequívocamente anticomunista.

Una conocida viñeta publicada en la prensa rusa a raíz de los acontecimientos del domingo sangriento de enero de 19052 presenta un acomodo piramidal. En la cúspide está la aristocracia, en el estrato siguiente aparece la jerarquía eclesiástica, luego la burguesía glotona y bebedora, abajo el ejército represor y por último, sosteniendo todo aquello, el pueblo sufrido y doliente. La ilustración es perfecta tanto por lo que muestra como por lo que omite. Tal pareciera que no hay una manera de insertar ahí a intelectuales y beneficiarios del sistema educativo, de modo que la pirámide en realidad representa su posición panóptica: captan el todo y el sentido del todo, salvo a sí mismos.

La intelligentsia en Rusia podía obviar su propia presencia en tanto sujeto cognoscente, pero otra cosa distinta era vivir bajo una monarquía absoluta que la invisibilizara, pues ésta estúpidamente le había apostado todo al carisma místico como sello de su reinado, cosa que de pasada la eximía de ver u oír lo que la marea de la modernidad arrojaba a su playa euroasiática. En el desencuentro entre la dinastía Romanov y la intelligentsia rusa también tuvo mucho que ver esta última. En marzo de 1881 un círculo de conspiradores no muy distinto al descrito por Joseph Conrad en su novela The Secret Agent, atentó con explosivos contra el zar Alejandro II (abuelo de Nicolás II) castigando con la muerte al Romanov más liberal de la dinastía y abortando así cualquier transición hacia una monarquía constitucional.

Un rasgo distintivo de la revolución rusa, a diferencia de su contemporánea revolución mexicana, mucho más plebeya y genuina, fue el peso específico de la intelligentsia, no sólo en la dirigencia bolchevique, sino en muchos otros actores y organizaciones decisivos. La pasión revolucionaria y hasta terrorista de los segmentos radicalizados de la intelligentsia antecedió a su conversión al marxismo, le dio a éste un sello conspirativo particular que no se encuentra en sus versiones occidentales. Las primeras lecciones políticas de Lenin provienen de la literatura de Chernyshevsky3 y de círculos como la “Voluntad del Pueblo” de Tkachev, antes de toparse con los textos canónicos de Marx y Engels. De acuerdo con el historiador británico Orlando Figes, no fue el marxismo el que hizo revolucionario a Lenin sino éste quien inoculó de revolución al marxismo.4 Sin la cultura política específica de la intelligentsia rusa no se pueden entender la mutación del marxismo en bolchevismo ni las acerbas diatribas de Lenin contra las grandes figuras socialdemócratas de la época.

En perspectiva, la intelligentsia rusa aparece como un caso de mal procesamiento de la oleada de secularización venida de Occidente. Las obsesiones políticas comienzan a reemplazar a las de carácter místico religioso o más bien a reformularlas. No se cuestiona la promesa de la redención, de Parusía o advenimiento de un nuevo mesianismo, con sus bienaventurados y condenados, que marque el final de los tiempos. Tampoco se duda de la buena nueva de una trascendencia social que responda al sufrimiento presente de un pueblo más imaginado que experimentado en alguna forma de convivencia. Todo se retraduce a un lenguaje y una retórica política con su propia escatología. Nace así la idea de la revolución como un engendro místico, hermético a todo cuestionamiento: código común de toda la diversidad de discursos que ensayará esa intelligentsia como salida al desconcierto de su mundo perplejo ante los retos que le plantea Occidente. Esta visión de la revolución mesiánica y la posibilidad de recomenzar y ordenarlo todo bajo parámetros de justicia es la Gran Idea que gobierna y pierde a la intelligentsia, dispuesta a renunciar a cualquier cosa menos a su sagrada “revolución”, aun ya confinada en el Gulag, como bien observó Nadezhda Mandelshtam.

La revolución, parteaguas de los tiempos, nunca tuvo el anclaje científico que proclamaba. Es sintomático que incluso hoy en día filósofos neomarxistas como Alain Badiou o Slavoj Zizeck procuren darle una fundamentación desde una suerte de rabia abstracta que pasa por agudeza o profundidad: ejemplo perfecto de la violencia del pensamiento sobre la vida (Safranski) y de ese hábito inaugurado por los jacobinos franceses, tan dados a eslabonar razonamientos antes de aniquilar al adversario. Ahora nos queda más en claro que entre los adictos a las abstracciones radicales la verdadera fascinación es el apocalipsis con desembocadura nihilista: que nada quede, que nada sea, más que el acto puro de su propia afirmación.

La revolución engendró a sus terroristas y a sus monstruos de verdad, pero la intelligentsia estuvo dispuesta a perdonarles todo: fue cómplice hasta el final, aun cuando los monstruos habían decretado su perdición. Toda su ineptitud y su miopía política se explica desde ahí, sin ellas hubiera sido imposible la victoria bolchevique en un contexto que, de otro modo, no hubiera dado lugar más que a una aventura efímera.

Otros, por el contrario, no le niegan agudeza de aptitudes, pero junto a un perfecto desconocimiento de la realidad, a una abstracción feroz, a una monstruosa evolución en un solo sentido…
—Dostoievski, Demonios

El Partido Bolchevique y los eventos que conducen a lo largo de 1917 al coup d’État del 25 de octubre de ese año (calendario juliano; 7 de noviembre en nuestro calendario gregoriano) son indisociables de la personalidad de Lenin. Quizás en la actualidad sea fácil burlarse de él como un pensador de tercera. Con alta probabilidad es el autor del peor libro en la historia de la filosofía (Materialismo y empiriocriticismo); sus textos sobre análisis económico y social son indignos de un estudiante que lucha por graduarse (Robert Service). Este monomaníaco de la revolución dejó, eso sí, una letanía de epítetos destinados a las izquierdas dispuestas a negociar con fuerzas liberales-democráticas que los extremistas del mundo entero hicieron suyos. Pero es un error juzgar las capacidades de hombres de acción meramente por la calidad de sus textos. Lenin, nacido Vladimir Ilich Ulianov (Simbirsk, 1870) y con su nom de guerre aludiendo al río Lena de la Siberia de su deportación en 1895 fue, sin lugar a dudas, un táctico y estratega de primera.

Lenin era un maestro para leer una coyuntura, en extraer lecciones de la experiencia y detectar los puntos débiles del enemigo. Sabía cuándo avanzar o retroceder; cuándo y cómo dar un viraje con timing perfecto. Se habla menos de su genio para la persuasión en corto, esencial en un conspirador. Lo hizo en cuatro ocasiones decisivas: en su arribo a San Petersburgo un mes después de la abdicación del zar, cuando los bolcheviques, Stalin incluido, creían que la orden del día era colaborar con una coalición de izquierdas. Lenin, con sus famosas “tesis de abril”, los llevó a una ruptura. Luego vino la encerrona decisiva con su comité central durante 14 horas entre el 10 y el 11 de octubre para persuadirlos, ante el pánico de más de uno, de dar el golpe que les daría el poder semanas después. Ya instalado en el poder, volvió a convencer a su círculo, a principios de 1918, de aceptar, para ganar tiempo, los términos de los tratados de Brest-Litovsk, una capitulación de facto frente a los alemanes. Por último, en 1921, volvió a persuadir al comité central de abandonar el llamado Comunismo de Guerra adoptando, por el momento, una política de mercado para frenar una rebelión campesina que hubiera podido arrasarlos.

Trotsky era un mejor agitador de masas, un orador fuera de serie, un divo de la revolución, mientras que Lenin en la plaza pública se prestaba a la parodia por su corta figura, su voz cascada y su dificultad para pronunciar las erres. Otra cosa era su capacidad de convencer a un grupo de hombres discutidores para que tomaran altos riesgos y siguieran un curso de acción preciso. Lenin tenía la clarividencia del que sabe lo que quiere: un activo invaluable en situaciones confusas y cambiantes.

La complejidad y vértigo de los acontecimientos de 1917 en el marco de la Primera Guerra Mundial difícilmente puede sintetizarse en unos párrafos. Básicamente hay tres momentos nodales. Las extraordinarias jornadas de febrero que culminan con la abdicación del zar una semana después, resultado de una verdadera movilización espontánea de las masas que toma a todos por sorpresa, comenzando por los partidos de izquierda (bolcheviques, mencheviques y social revolucionarios). Posteriormente, los acontecimientos de julio, donde el segundo gobierno provisional (Kerenski) apuesta a una contraofensiva contra Alemania, fracasando estrepitosamente en el intento. Esto conduce, simultáneamente, a un amago de golpe militar para disciplinar al ejército (Kornilov) y a un fallido motín liderado por los bolcheviques, que intentan en vano replicar las movilizaciones callejeras de febrero. Finalmente, la toma del poder por los bolcheviques en la mal denominada Revolución de Octubre. Fue en realidad un coup d’État logrado con la complicidad de la guarnición de Petrogrado (amotinada contra el gobierno porque iba a ser enviada al frente) y piquetes armados en puntos estratégicos de la ciudad. Todo al más puro estilo golpista, técnica que los fascistas imitarían.

El efímero paréntesis de gobiernos en libertad que experimenta Rusia antes del golpe bolchevique estaba destinado al fracaso por diversas razones. El primer gobierno provisional, encabezado por el príncipe Lvov, confundía gobernar con legislar, bajo la enorme presión de una guerra que se estaba perdiendo. Uno de sus primeros decretos fue sencillamente suicida: institucionalizar los comités de soldados en el ejército, quebrando las cadenas de mando. La disciplina se perdió para siempre y de ahí irradió una crisis de autoridad que se extendió a las zonas rurales con las que buena parte de la tropa guardaba vínculos.

No menos crucial es el hecho que de la Revolución de Febrero surge una estructura semirrepresentativa dual: a la Duma o cámara de deliberación integrada apresuradamente con notables ante la dimisión del zar para formar gobierno, se suman ahora los Soviets (consejos de obreros y soldados) que votan en asamblea a mano alzada con su comité ejecutivo (Ispolkom) conformado por representantes de partidos de izquierda y autopromovidos miembros de la intelligentsia. La imposible tarea que se marcan los gobiernos provisionales (Lvov primero, Kerenski después) es consolidar las instituciones democráticas sin haber emanado ellos mismos de un proceso democrático (algo similar a lo que experimentaría Gorbachov 70 años más tarde), subordinando las dos decisiones candentes (la cuestión de la tierra y la guerra o la paz) a la instauración de una Asamblea Constituyente mediante elecciones casi imposible de organizar en un territorio de la complejidad del imperio ruso.

Lenin explotó perfectamente las debilidades y vacíos de estos gobiernos consecutivos. Su golpe de Estado fue un tres en uno: contra el gobierno provisional propiamente dicho y la Duma del que emanaba; contra el comité ejecutivo del Soviet y, un par de meses más tarde (en enero), contra la Asamblea Constituyente, a la que sólo permite su sesión inaugural para clausurarla en la madrugada al no obtener de ella, como era de esperarse, el reconocimiento del golpe.

No deja de ser significativo que el resto de la izquierda y de la intelligentsia no bolchevique, si bien protestó airadamente contra la manifiesta ilegalidad detrás de la estrategia de hechos cumplidos de los golpistas, nunca los percibieron como una verdadera amenaza, pese a que claramente estaban destruyendo las instituciones de representatividad y autogobierno emanadas de la Revolución de Febrero. Lo que más temían era un golpe de Estado de la reacción ya que, después de todo, veían a los bolcheviques como de los suyos: desaprobaban sus métodos pero consideraban que el objetivo final era el mismo y que, a su manera, se estaban haciendo cargo de las demandas de las masas. No se les ocurría que los métodos bolcheviques terminarían fijando sus propios objetivos, que el uso de la violencia puede ser adictivo y, en la impunidad, sistemático. El credo de la revolución y de sus objetivos finales no los había preparado para sospechar que los procesos históricos se configuran a sí mismos, pues el camino tiene la última palabra, no la meta.

Y el camino fue atroz. Historiadores como E. H. Carr encabezaron la indulgencia académica hacia los bolcheviques insistiendo en que su violencia y su autoritarismo fueron en realidad producto de la guerra civil (1918-1920), que les fue impuesta por generales reaccionarios y por ejércitos extranjeros: la legión checoslovaca y la ocupación norteamericana del puerto de Arcángel en 1918; la presencia británica y francesa asimismo en el Mar Negro y Crimea en 1920. Pero la guerra civil ya estaba en el script bolchevique y era inevitable una vez que se optó por la ruta golpista, sobre todo al suprimir la Asamblea Constituyente. Lenin tuvo siempre presente el análisis de Marx de la Comuna de París en cuanto a que ésta fracasó por no saber hacerse de los aparatos del Estado y convertir la revolución en guerra civil. Por iniciativa de Lenin, en diciembre de 1917, antes de que se organizaran los ejércitos blancos o intervención extranjera alguna, se ordenó la formación de la Comisión Extraordinaria para la Lucha contra la Contrarrevolución y el Sabotaje (Cheka por su acrónimo ruso: antecesora de la GPU, luego NKVD y finalmente KGB) con la directiva de perseguir, aprisionar y realizar ejecuciones.5 También en diciembre se inicia la clausura de la prensa antibolchevique. Pero lo más sintomático es que desde marzo de 1918, cuando el Partido Bolchevique cambia de denominación a Partido Comunista, en las directrices emitidas por el comité central aparece el término “ex personas” para designar a los segmentos sociales presuntamente ligados al zarismo o al gobierno provisional derrocado. Las tarjetas de racionamiento repartidas asignan gramajes según la condición social. Dirigentes como Zinóviev anuncian que un 10% de la población rusa puede ir esperando lo peor, y por lo pronto su tarjeta de racionamiento sólo “les recordará el olor del pan”.6 Por primera vez la culpabilidad de alguien frente al Estado se define no por lo que hace, sino por lo que es: la revolución bolchevique comienza a presentarse menos como camino a la utopía y más como una “solución final”.

Los bolcheviques (ahora comunistas) surgen victoriosos de la barbarie en la que se precipita el país por tres años. A diferencia de los rojos, los blancos nunca consiguen tener un mando unificado ni articular un discurso político. Logísticamente estaban condenados, pues no contaban con el suministro de municiones de las grandes ciudades ni con los centros ferroviarios, todos bajo control bolchevique. Estos últimos tenían, en cambio, el apoyo de los oficiales más profesionales del ejército ruso, curtido en la Primera Guerra. Estaban hartos de recibir órdenes estúpidas emitidas por superiores sin otros méritos que sus lazos con la Corona. Isaac Deutscher hizo creer a Occidente que todo fue básicamente mérito de Trotsky, quien ciertamente tenía talento para organizar en condiciones improvisadas, pero nada cercano a un “Napoleón Rojo”. La verdadera conducción de operaciones la hicieron profesionales que de otro modo hubieran estado desempleados —en el mejor de los casos. Con el tiempo transcurrido después de la célebre trilogía de Deutscher7 y con acceso a nuevas fuentes, sabemos lo que la versión de Deutscher tiene de apasionada, imaginativa y mendaz, como toda hagiografía que se respete.

—No era eso, no era eso; no era nada de eso…
—Dostoievski, Demonios

La contradicción de crear una elite cuya misión era imponer la igualdad fue clara para muchos durante las disputas dentro de la socialdemocracia rusa en 1902, Trotsky entre ellos, el mismo que 15 años después, ante la posibilidad de la toma del poder con la franquicia bolchevique, olvidó convenientemente sus objeciones. Si bien el terror desatado como política central y la guerra civil fueron elecciones deliberadas, cabe concederle a Carr que fueron asimismo eventos decisivos en la conformación de la psique colectiva bolchevique y del curso que tomaría el régimen. Ya Dostoievski advertía que los crímenes orquestados por cliques las cohesionan más que su ideología dura. Una disciplina creciente se fue ganando cada vez que se rebasaban umbrales y puntos de no retorno. El asesinato de la familia real en julio de 1918, por ejemplo, marca una escalada en el despliegue del terror. Seguirían las ejecuciones sumarias de kulaks (campesinos prósperos) y la confiscación de alimentos de las aldeas —especialmente en la provincia de Tambov, región del Volga— que precipitó una hambruna con episodios documentados de canibalismo. Luego la institución de campos de concentración con un uso cada vez más generalizado del trabajo forzado8 y, finalmente, la represión de Kronstadt contra los mismos marinos que colaboraron en el putsch de 1917. No hay una cuenta confiable de cuántas vidas se perdieron en la guerra civil rusa aunque todo indica una catástrofe de varios millones si se toma en cuenta, además, que el país venía de una guerra mundial. Pero el proyecto leninista era justamente ése: hacer de la guerra imperialista una guerra civil que barriera no sólo a Rusia sino a toda Europa.

Es ridículo que Trotsky denunciara el curso ulterior que tomaría el régimen, atrapado en su dinámica violenta, como una desviación del Octubre Rojo. Quizás la desviación y su propia caída en desgracia eran asuntos indisociables para él. Pero Lenin y Trotsky habían abierto la vereda hacia el totalitarismo: la eliminación de las libertades políticas y civiles, el terror policiaco, la supeditación de la sociedad al Estado, del Estado al partido y éste a un comité central, haciendo imposible que fuera una instancia supervisada por cualquier otra. La intelligentsia bolchevique había mutado en ideocracia. Pero, por encima de todo, su novedad fue hacer de la ideología omnipresente un arma de destrucción masiva lista para ser utilizada. Todos esos elementos los perfeccionaría Stalin. Richard Pipes (1995) considera que la guerra civil fue en realidad un episodio de sometimiento y conquista de Rusia tierra adentro. El último antecedente en el mundo de un episodio análogo, bajo la bandera de una religión política, había sido la conquista musulmana de los siglos VII y VIII.

Los pasos que le faltaban dar a Stalin eran la destrucción de la vida campesina, la supresión de toda forma de propiedad privada, volver a los ciudadanos propiedad del Estado y conformar un régimen en el que los mismos carceleros fueran prisioneros. La cereza en el pastel fue convertir la violencia del partido hacia la sociedad en violencia hacia el propio partido para recomponerlo a la medida. Stalin captó las debilidades de la vieja guardia bolchevique, no sólo por su origen social, ajeno al de los nuevos cuadros del partido que veían en éste la única posibilidad de ascenso social, sino porque en ella estaban sobrerrepresentadas minorías que fácilmente suscitaban resentimiento: armenios, judíos, letones y georgianos (como él). Stalin decidió encabezar la nueva composición social del partido y del régimen para transformarlo en la burocracia militante del homo sovieticus, dando un viraje hacia el gran nacionalismo ruso. El terror desde arriba era la única fuerza capaz de dinamizar un régimen así, dado a la estratificación y el estancamiento. Stalin lo comprendió todo a la perfección.

El estalinismo fue la fase superior del leninismo, pero creó además un dispositivo ideológico que podía replicarse. Mao y Pol Pot fueron discípulos creativos que vieron, en las vidas de millones, la materia prima necesaria para experimentar. La revolución delirante y metafísica es una enfermedad del alma con consecuencias. Honra a la gran literatura rusa haberlo diagnosticado con toda clarividencia frente al fracaso —ayer y hoy— de un pretendido conocimiento sistemático del fenómeno humano.

 

Rodrigo Negrete
Economista, estadístico, ensayista.


1 Quizá por ello el historiador marxista E.P. Thompson emprendió una investigación en esa dirección más empírica como buen británico. Con todo se le escapó lo esencial: las formas de socialización de la clase obrera, lejos de encerrarla en sus intereses de clase la ciudadanizan, por lo que se identifica más y más con la nación como algo más grande que ella misma. La ciudadanización es un proceso mental, individual y colectivo, por el que se remontan provincialismos de origen, sean geográficos o sociales.

2 El evento se refiere a una manifestación obrera encabezada por un Pope Ortodoxo un 9 de enero en San Petersburgo para presentarle al zar Nicolás II un pliego petitorio, dadas las penurias de racionamiento derivadas de la Guerra del Imperio con Japón además de demandas obreras tradicionales. La marcha de alrededor de 60 mil personas fue recibida con tres descargas de fusilería por parte del destacamento apostado frente al Palacio de Invierno. La grotesca represión dio origen a un levantamiento generalizado en distintas zonas del imperio. El primer “ensayo general de la revolución de 1917”, como le llamó Lenin.

3 ¿Qué hacer?, uno de los textos fundacionales del leninismo toma su título de una de las novelas de este autor, en donde se esboza el perfil del revolucionario como un profesional duro y disciplinado.

4 A People’s Tragedy: The Russian Revolution 1891-1924, Penguin Books, 1996.

5 Las directivas de Lenin fueron descubiertas en 1991, cuando se abren algunos archivos del período. Destaca la frase “consigan tipos duros”. Se habla también de ejecuciones ejemplares a la vista de todos en las aldeas rurales (ver Jonathan Brent, NYT, mayo 22, 2017). Bertrand Russell por su parte recuerda una conversación en 1920 con Lenin en la que éste ríe al hablarle del incremento de kulaks colgando en los árboles. “la sangré se me heló”, confiesa el filósofo británico. Ver Richard Pipes, A Concise History of the Russian Revolution, Vintage, 1995, p. 209.

6 Zinoviev fue el primer miembro del Comité Central en proferir un discurso público manifestando abiertamente intenciones genocidas en septiembre de 1919: “Nosotros debemos ocuparnos de 90 millones de rusos. A los 10 millones restantes no tenemos nada que decirles. Deben ser aniquilados”: Pipes, op. cit. p. 224. En cuanto al inolvidable discurso de Zinoviev sobre “el olor del pan” ver p. 206.

7 El profeta armado; El profeta desarmado; El profeta desterrado, Era. México.

8 En agosto de 1918 Lenin ordenó la construcción de campos de concentración. A finales de 1920, es decir, al concluir la guerra civil, había ya 84 campos sumando aproximadamente 50 mil prisioneros. Pero tres años después se contaban hasta 315 lo que acumulaba 70 mil. Richard Pipes, op. cit., p. 227. El régimen definitivamente había desarrollado una adicción a ese recurso que culminaría en el sistema Gulag.

 

Un comentario en “Moscú: El sonido y la furia

  1. Me gustó mucho la fluidez del artículo y excelente articulación de las perspectivas filosófica y política. Felicito a Rodrigo Negrete y a Nexos.

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