Los primeros ecos de los sucesos revolucionarios de febrero en Rusia llegaban a España e Italia a mediados del mes de marzo a través de las agencias de noticias francesas y británicas. Las reacciones generadas por la noticia quedaban condicionadas por un doble factor. De un lado, la intensidad con que se vivía el conflicto mundial en el seno de las sociedades de los dos países: en España con la oposición entre aliadófilos y germanófilos, como ha remarcado Maximiliano Fuentes; en Italia con el esfuerzo bélico que estaba dejando exhausto al país, como describió Giorgio Candeloro. De otro lado, el desconocimiento preciso de lo que aquella revolución era y significaba (aspecto este que no importaba tanto ya que permitía su instrumentalización para sustentar las propias actitudes ante el conflicto bélico y la política interna). La Gran Guerra se convertía así en el elemento mediatizador del significado de la revolución acaecida en Rusia.


Ilustraciones: Estelí Meza

El impacto revolucionario fue profundo en las organizaciones obreras de los dos países, como han estudiado Juan Avilés y Stefano Caretti. Tan profundo como de trayectoria sinuosa. Algunos se vieron deslumbrados por la radicalidad revolucionaria que trasladando, en buena medida, el ideal revolucionario jacobino al bolchevismo soviético, concebían el albor de un nuevo porvenir. Otros ponían por delante el peligro de que, en plena confrontación en Europa, desapareciera el frente oriental favoreciendo a Alemania y a Austria-Hungría: una cuestión de importancia capital en una Italia en guerra contra los imperios centrales. Y todos ellos quedaban expectantes ante lo que pudiera deparar el nuevo contexto.

Las noticias llegaban a España al mismo tiempo que el Comité Nacional del PSOE (5 de marzo) hacía público su manifiesto contra la neutralidad y la pasividad del gobierno reclamando una acción más clara y activa en favor de las democracias liberales frente al imperio alemán. En este clima —y con los condicionantes ya expuestos— El Socialista, órgano oficial del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), dedicaba una serie de artículos al acontecimiento revolucionario con el título de “El movimiento revolucionario ruso. Contra el espíritu alemán” (17, 18 y 20 de marzo): se ponía fin a un régimen autocrático para dar paso a un régimen democrático que corregía una contradicción en los principios de colaboración entre las fuerzas aliadas. Por su parte, la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), el sindicato anarquista, manifestaba su entusiasmo con la acción revolucionaria y celebraba los acontecimientos pasando a constituirse como un elemento más de su discurso antiintervencionista.

A pesar de estas primeras reacciones, el devenir de la guerra es lo que seguía ocupando plenamente la atención. Los efectos de ésta sobre una sociedad “en paz” derivaron hacia la convocatoria de una huelga general en agosto de 1917. Huelga que formaba parte de una tendencia creciente desde el año anterior en la conflictividad huelguística en España, que protestaba por el deterioro de los niveles de vida de la población mientras los beneficios empresariales y financieros vivían una época de esplendor, y que reivindicaba la instauración de un gobierno provisional que convocase unas elecciones limpias. Huelga que no fue acompañada de una insurrección armada ni un proyecto de toma del poder… y que, con la declaración del “estado de guerra” por parte de las autoridades, quedó abocada al fracaso. Lo que promoverá en el seno del PSOE un apoyo creciente de las posturas bolcheviques minoritarias.

El Partido Socialista Italiano (PSI) saludó positivamente la revolución del mes de febrero. Sin embargo, las diferencias de análisis entre reformistas y maximalistas mostraban las crecientes divergencias existentes en el seno del partido. Mientras los primeros, con Turati y Treves a la cabeza, interpretaban los acontecimientos rusos según la ortodoxia marxista, los segundos deseaban el desarrollo socialista de la revolución democrática, tanto que el director de l’Avanti, Giacinto Menotti Serrati, escribió un artículo, ya en agosto de 1917, titulado sintomáticamente “¡Viva Lenin!”. Pero también el intervencionismo revolucionario y democrático se alegró del fin del zarismo. “La vittoriosa rivoluzione russa contro i reazionari tedescofili” tituló con entusiasmo Il Popolo d’Italia. Hasta el mes de octubre Mussolini —que había abandonado el PSI en otoño de 1914— y los sindicalistas revolucionarios miraron con simpatía la revolución rusa e intentaron establecer contactos con el nuevo gobierno, llegando a acoger la delegación de los soviets en Italia en el mes de agosto.

Pero, más aún que en España, país no beligerante, es el desarrollo de la guerra lo que centra todos los debates en Italia. El PSI había sido una excepción en el contexto europeo de las uniones sagradas: fiel al lema “né aderire né sabotare” se había mantenido firmemente antimilitarista y pacifista y había participado a los encuentros de Zimmerwald y Kienthal. Con el pasar de los meses, y el empeoramiento de la situación en el frente y en el interior, el margen de maniobra de los socialistas se reducirá considerablemente. Las protestas en Turín del mes de agosto y, sobre todo, la derrota de Caporetto de finales de octubre, con el avance de los austrohúngaros hasta las puertas de Venecia, tuvieron una doble consecuencia: por un lado, tensaron el partido y lo radicalizaron, ratificando el aislamiento de los reformistas; por otro, crearon un clima irrespirable en el país con una férrea censura y las detenciones de los dirigentes socialistas acusados de défaitisme.

Los acontecimientos de octubre en Rusia generaron reacciones distintas en España. Mientras una parte de los sindicalistas revolucionarios exaltaba desde Tierra y Libertad la destrucción del Estado y la acción de los soviets y ponían en comunión los principios bolcheviques con los de Bakunin, y otros —entre ellos— se mostraban mucho más cautos (Ángel Pestaña desde Solidaridad Obrera), desde el PSOE se hacía frente a un espinoso dilema: ¿cómo criticar una revolución que generaba un gran entusiasmo entre trabajadores industriales y campesinos, su base social, para defender la posición orgánica aliadófila ante el temor de que la Rusia revolucionaria firmará una paz por separado y pusiera fin al frente oriental comprometiendo el triunfo de las potencias capitalistas aliadas? Ante la disyuntiva… el silencio. “Rusia está madura para la democracia. No aún para el socialismo”, de esta forma —en diciembre de 1917— El Socialista hacía pública la posición de los dirigentes del PSOE ante la toma de poder de los bolcheviques. La instauración de la III Internacional en marzo de 1919 prolongará el dilema socialista y la adhesión del PSOE, tras la solicitud de la Agrupación Socialista Madrileña en el mes de julio, se postergará a finales de ese año con el fin de evitar una escisión de la organización. En esas mismas fechas, procedentes de México, llegaban a Madrid dos agentes de la Internacional Comunista (Mijail Borodin y Francis Phillips —bajo el nombre de Jesús Ramírez—) que contactan con el ala izquierda del PSOE para fomentar la adhesión sin conseguir su objetivo. La intención de los líderes de esta corriente, entre ellos Ramón Merino Gracia, era conseguir el acercamiento sin provocar la escisión. La posición de la Unión General de Trabajadores (UGT) era de abierto rechazo a una adhesión por los conflictos habidos en distintos lugares con los sectores maximalistas. Las Juventudes Socialistas, por su parte, reclaman la adhesión incondicional y serán las que, en abril de 1920, fundarán el Partido Comunista ante el malestar de los sectores izquierdistas. En el congreso del PSOE celebrado en junio de 1920 se aprueba el ingreso en la III Internacional previa negociación de una serie de condiciones con Moscú. Fernando de los Ríos y Daniel Anguiano se encargarán de este cometido en Moscú. Tras esta visita el alejamiento de las posiciones respecto al bolchevismo será paulatino. La escisión del PSOE llegará en abril de 1921 con la aparición del Partido Comunista Obrero que se unificará en noviembre de ese año con el PC deparando graves enfrentamientos internos que deberán ser arbitrados por el suizo Jules Humbert-Droz.

En la CNT la llegada de líderes como Andreu Nin y Joaquín Maurín incidirá en la vía pro soviética, a pesar de las prevenciones de Ángel Pestaña ante la dictadura de partido que había observado tras su visita a Moscú en la primavera de 1920, o las críticas del ácrata francés radicado en España, Gaston Leval, respecto al encarcelamiento de anarquistas rusos por parte de los bolcheviques. Finalmente, la posición de no integración (sostenida por Pestaña y Salvador Seguí) se impondrá en el congreso de Zaragoza de junio de 1922, derivando a un sector del anarcosindicalismo hacia el comunismo. Todo ello en un contexto de intensificación de la protesta social, analizado por Carlos Forcadell, conocido como el trienio bolchevique.

En Italia la conquista del poder por parte de los bolcheviques cambió radicalmente la percepción de los acontecimientos rusos, sobre todo por su coincidencia temporal con la derrota de Caporetto. Sin negar el valor histórico de la revolución, Mussolini y los sindicalistas revolucionarios hablaban del “terrorismo rosso” de Lenin y hacían gala de su antibolchevismo para atacar a los socialistas italianos, acusados de ser la quinta columna de los austrohúngaros que habían invadido el país. Los socialistas, en cambio, mostraron un culto a la Revolución de Octubre, que se transformó en un verdadero mito durante todo el biennio rosso (1919-1920), a excepción de los reformistas que controlaban en buena medida el sindicato mayoritario, la CGdL. Quien ofreció, ya a finales de noviembre de 1917, el análisis más lúcido de lo que pasaba en Rusia fue el joven Antonio Gramsci que escribió el famoso artículo “La rivoluzione contro Il Capitale”. Eslóganes como “Fare come in Russia” o “Tutto il potere ai Soviet” se difundieron entre las clases populares de un país que salió gravemente herido de la Gran Guerra, como señaló Elio Giovannini. El maximalismo, dominante dentro de un PSI que llegó a tener 216 mil afiliados en 1920 y que obtuvo el 32,4% de los votos en las elecciones de 1919, hizo suyos estos lemas sin ser capaz de convertirlos en realidad. En enero de 1920 Nicola Bombacci llegó a proponer una Constitución soviética para Italia que el partido rechazó. Ab Oriente Lux, ironizó Scalarini en una de sus viñetas en l’Avanti.

Dentro del socialismo italiano el gran debate se planteaba sobre si la situación era realmente revolucionaria en la Italia de 1919 y 1920: los acontecimientos parecían demostrarlo, entre la ocupación de tierras y fábricas, las grandes huelgas, la crisis del Estado liberal o la ocupación de Fiume por parte de los arditi del poeta Gabriele D’Annunzio. Sin embargo, el PSI no supo ni quiso dirigir estas luchas y se limitó a controlarlas para que no lo desbordasen. El falso consenso obtenido en el congreso celebrado en Bolonia (octubre de 1919), cuando se votó el ingreso en la III Internacional, duró menos de un año. Al regreso de la delegación socialista que había participado en el segundo congreso de la nueva Internacional, la escisión del partido estaba ya cantada. El fin de la ocupación de las fábricas jugó un papel importante, así como el debate subyacente sobre el control obrero en las industrias que defendía el grupo turinés de l’Ordine Nuovo; sin embargo, la cuestión que parecía ser crucial fue la expulsión de los reformistas, en respeto a las 21 condiciones para la admisión en la Internacional Comunista. A esto se sumó la influencia de algunos agentes soviéticos, como Nikolaj Markovic Ljubarskij, alias Carlo Niccolini. En el congreso celebrado en Livorno (enero de 1921), la fracción comunista —que reunía a maximalistas tercerinternacionalistas, el grupo de l’Ordine Nuovo y el grupo napolitano de Il Soviet de Bordiga— fundó el PCd’I, mientras la mayoría del maximalismo se quedó en el PSI tras la ruptura entre Serrati y Lenin. Fue una escisión minoritaria y no mayoritaria, como había pasado un mes antes en Francia.

El entusiasmo inicial por la revolución comenzó su decadencia hacia 1921 en ambos países. Y al mismo tiempo los sectores sociales y políticos conservadores comenzaron una instrumentalización del mito bolchevique, la amenaza inminente de la revolución, para justificar la deriva autoritaria y militar. En España esto dará paso, en septiembre de 1923, a la dictadura de Primo de Rivera y arraigará en la formulación del primer fascismo español. En Italia, ya en octubre de 1922, permitirá la marcha sobre Roma con que el Partido Fascista, fundado en marzo de 1919 por el ex socialista Mussolini, conquistará el poder, tras haber destruido en tan sólo dos años todo el entramado que el movimiento obrero italiano había construido en décadas.

 

Vicent Sanz Rozalén
Historiador. Profesor titular de la Universitat Jaume I.

Steven Forti
Historiador. Profesor titular del Instituto de História Contemporânea, Universidade Nova de Lisboa.

 

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