Dice la escritora catalana Nuria Amat en su libro Viajar es muy difícil: “Las ciudades están hechas de personas. Las ciudades literarias están hechas de escritores. Qué mejor recuerdo del viajero para con el lector (viajero también él pero quieto) que el envío de una postal ofreciendo la imagen viva y coloreada de las mejores instantáneas de viaje. Qué mejor regalo para un lector que las vistas de distintos escritores moviéndose por la ciudad fantasma”. Esta columna intenta recuperar las postales que han dejado los escritores de lugares para ellos entrañables

Sentada toda la mañana en una cala después de comprar conejo y un montón de aderezos para el estofado festivo. El sol me quema la espalda, la orilla está protegida por unos altos peñascos blancos cuyas cimas coronan algunas casitas encaladas, como un cuadro cubista al que da color la ropa tendida en los hilos de varios patios escalonados; cuevas hechas de cristales de sal; el sonido seco del agua golpeando y deslizándose por los peñascos; el agua sucia de lavar los platos forma parches oscuros y húmedos en la arena, al pie de las rocas; las mujeres arrastran unos cubos de basura inmensos: cáscaras de huevo, cortezas de melón, cabezas de pescado van a  parar al mar y se mezclan con las manchas de las piedras irregulares que forman un brazo protector en la bahía; al sol, el agua azul deslumbra, destellos de azul ultramar; aroma de pescado muerto; pedazos de algas secas forman bancos en las dunas; la arena ardiente bajo las suelas; a lo largo de la orilla, guijarros ennegrecidos por el alquitrán.


Ilustración: Pablo García

En la cala en calma, protegida por la bahía, barquitas verdes y blancas de motor y de remos balanceándose; varios barcos grandes de pesca anclados; las barcas de los pescadores de sardinas alineadas en la orilla, llenas de cuerdas enrolladas; tres o cuatro globos de luz atados a un amasijo de cables sueltos colgados de unas barras de metal por encima de la popa de las barcas […].

Las campanas tañen, dan las medias y las horas desde el castillo morisco. Las ventanas de arco de herradura con mosaico azul en la casa del acantilado; la arena cubierta de unas algas finas y delicadas, matas de hierba erizada de tanto en tanto; las montañas desdibujadas en la niebla, una nube blanca suspendida sobre las cimas a las que el sol da volumen. Los gritos de los niños nadando, pescando.

Los hijos de los pescadores: piernas flacas, fibrosas, morenas; audaces y tímidos cachorros adorables: trepan delante de mí y se sientan con las piernas colgado en la cubierta abrasadora de una barca, se dan codazos, parlotean, se empujan unos a los otros para hacerse caer de la barca; me vuelvo y le sonrío al más chico, de grandes ojos marrones, la nariz pelada, con manchas rosadas en el cuerpo quemado, pelo muy rubio, voz ronca; se echa hacia atrás con todas sus fuerzas y cae en un banco de algas secas en la cubierta de popa mientras los otros chiquillos ríen; ojos grandes, muy vivos y brillantes, bailan, alegres; curiosos y tímidos a la vez; petos desteñidos y llenos de parches; esbeltos, morenos y ágiles; empujones y forcejeos. Rostros de ratón, de ardilla y de perro de aguas.

Llega un pescador, la piel surcada de arrugas; un próspero alemán saca fotos en color de su captura, mientras el pescador dispone la pesca fresca, que aún se agita, en una caja plana: pescados de todos los tamaños y formas, peces brillantes y húmedos al sol, coloridos, moteados, con estrías que parecen extrañas conchas relucientes; pececitos de carne prieta con rayas negras a los costados de un azul pálido y brillante; un pez con una boca horrible, una cresta y manchas marrones; una morena de un negro sucio con la cabeza triangular, ojos oscuros, inquietantes, y un precioso dibujo amarillo en el lomo; destellos rojos y rosas en las aletas. Un nadador entra en el mar y va agarrando pulpitos que retuercen y enrollan sus largos tentáculos; la cabeza diminuta parece un puntito absurdo; un pulpo varado en la arena, los tentáculos apilados, enredados: un regalo para el pescador.

Fuente: Sylvia Plath, Diarios completos (edición española a cargo de Juan Antonio Montiel, traducción de Elisenda Julibert), Alba, 2016.

 

Delia Juárez G.
Autora del libro Gajes del oficio. La pasión de escribir, coordinadora de las antologías colectivas Y sin embargo yo te amaba. 12 autores interpretan a José José, Mudanzas, Anuncios clasificados y compiladora del volumen Así escribo.

 

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