México es un país donde todavía la naturaleza domina al hombre.
—Alexandra Kollontai

En 1926 Alexandra Kollontai cruzó el Atlántico para asumir el puesto de encargada de la embajada de la URSS en México y con la misión expresa —se la había dado su colega y jefe José Stalin— de cerrar las heridas que había abierto su antecesor, Petroski, un comunista de corte ortodoxo que creyó una obligación promover la agitación y la rebeldía social en un país que salía de una revolución. Divulgar el comunismo de su país, tratando de imponerlo como un modelo a los demás, fue su error mayor; el menor, haberse aliado con esas fuerzas proletarias, de izquierda, de México que en los años veinte pretendían copiar el modelo de los soviets. El clima político era bastante complicado, la confrontación entre los Estados Unidos y la URSS, que luchaban por imponer su hegemonía en el mundo, era una barrera difícil de eludir. Por varias razones, el gobierno del presidente Plutarco Elías Calles (1924-1928) se vio obligado a enviar una nota de protesta a la URSS por la conducta de su embajador en México, para que no se viera que su gobierno era cómplice de los bolcheviques.


Ilustraciones: Estelí Meza

Llegó a un país convulsionado que sería su sueño y su pesadilla, una experiencia jamás imaginada en su vida como diplomática y mujer inquieta y culta, de clara vocación literaria. Lo demuestra en el diario que empezó a escribir sobre ese viaje, en el que aparece con enorme sobriedad su apreciación sobre el país extraño y tropical que vieron sus ojos por vez primera. La compiladora y traductora Rina Ortiz dice con toda claridad:

El diario mexicano no es, ni pretende ser, una historia de las relaciones diplomáticas entre México y la URSS. Es más bien un relato personal de las vivencias de la autora en México, un cuadro del país en los años veinte, un bosquejo colorido de su gente y sus costumbres. El asombro de un extranjero ante paisajes e historias completamente ajenos.1

Si algo hay en esa recopilación de textos de Alexandra Kollontai es la fascinante mirada de un extranjero a la vida mexicana en muchos de sus contenidos y sus formas. Venía con una misión que debía cumplir con sigilo: promover la amistad y el intercambio de ideas entre su país y el nuestro. Pero llegó en un año definido por la agitación política y por la rivalidad de la iglesia católica y el Estado, en una fecha de muchas rupturas y de decisiones complicadas; justo en 1926 estalla la guerra de los cristeros que orilló al presidente Plutarco Elías Calles a ciertos excesos políticos y militares, cuando la presión de los Estados Unidos por conseguir ventajas en las concesiones sobre el petróleo y las materias primas de México era constante y decidida. Se trata sin duda de un momento delicado. Su gestión diplomática y su acercamiento a México fueron tan contundentes y llenos de vocación artística que en 1946 recibió el Águila Azteca, de manos del entonces embajador de México en la URSS, Narciso Bassols (1897-1959), uno de los Siete Sabios, gran luchador del laicismo.2

 

“Conservar la paz, aplazar la guerra”. Esta frase de Stalin definía en 1926 la postura de la URSS frente a Occidente; Stalin quería que su nueva embajadora pudiera afianzar las relaciones comerciales y culturales con México, evitando alentar la subversión; no era el momento para promover agitaciones sociales de ningún tipo, decía el camarada Stalin, pues el país apenas se reponía de los estragos de la Revolución mexicana. Por eso tal vez Alexandra Kollontai tomó su viaje a México como un compromiso diplomático y no como misión ideológica, más en dirección de conocer una nueva realidad y sentir la emoción de pisar América que con la intención de concientizar a las masas en la doctrina socialista. Ella tuvo ojos bien abiertos para entrar a todo lo relacionado con México desde el barco que la conducía a Veracruz; ahí conoció a Manuel Padilla, presidente de la Suprema Corte de Justicia, que la saludó de inmediato y le confesó que admiraba mucho al camarada José Stalin; y conoció a una pareja simpática que le llamó la atención, era el embajador sueco y su esposa: “Ella es mexicana, se llama Rosario. Él será mi colega en México. Ambos me aconsejaron que no viaje directamente a la capital, situada a dos mil 500 metros sobre el nivel del mar, sino que me detenga a medio camino, en Orizaba, que es muy pintoresco y donde el aire todavía no está enrarecido”.3

Su sensibilidad es aguda, inteligente, y capta a los seres humanos en sus distintas modalidades; en el barco que la lleva a Santander escucha a los españoles que cantan viejas canciones de Castilla, entusiasmados por el futuro, el puerto del norte de España le parece un paraíso, una escala más en su ascenso hacia el otro continente. Y escribe: “El puerto de Santander es pintoresco e idílico, me enamoré de él. Sobre todo de los obreros españoles del puerto con sus camisas azules, y de los pescadores ajetreados en sus botes junto a nuestro barco”.4 Su pluma revela a cada instante esa sensibilidad propia del extranjero en tierra ajena pero suficientemente fina para penetrar en el alma de las cosas. Kollontai tiene oídos para escuchar y ojos para ver casi todo lo que está enfrente de ella; cita a las damas de América del Sur que viajan con ella, jóvenes, bonitas y elegantes, y hombres de negocios cubanos. A ratos nos da la impresión que la viajera rusa se encuentra no en un barco sino en el país de las maravillas, pues su descripción es rica en imágenes arropadas en la magia y el encanto; esta mujer aguda encuentra el sentido de la vida en la fortaleza de las palabras. ¿Y su ideología? Esa la lleva bien guardada en su pensamiento, es su compañera, pero le toma distancia para poder contar ahora con precisión todo lo que miran sus ojos y siente su corazón, a ratos convulsionado. Elena Poniatowska la retrata como una “mujer de rostro redondo bajo un sombrero de paja floreado”, pequeña, muy segura de sí misma, convincente. Conoció a Diego Rivera y a Frida, y le atrajo principalmente la figura y el arte de Tina Modotti; se vieron y el saludo fue de dos viejas amigas no de dos personas que se acaban de conocer. “—Usted es de las mías —abrazó a Tina—, de las que desafían al mundo, de las que pavimentan el nuevo orden”.5 Llegaba con un precedente inigualable, liberal, de persona culta que se desenvolvía en inglés y alemán perfectamente. “Su fama la precedía, sus propuestas escandalizaban: era la primera embajadora en el mundo, amiga de Lenin, oradora fogosa, escritora, partidaria de la unión libre, la emancipación de la mujer”.6

En su viaje a México, Alexandra Kollontai hizo amistades pero la fundamental fue con el presidente de la Suprema Corte, Manuel Padilla, hombre culto y que admira, sobre todas las cosas, el socialismo de la Unión Soviética. Ella lo escucha y aprende detalles de la historia de México y su revolución. Cuando toca tierra el barco se le aparece el puerto de Veracruz que no olvidaría jamás por su fisonomía tropical y su rebeldía; la recibe una multitud, que ella misma no entiende y se pregunta qué hace ahí ese grupo de hombres y de mujeres de rostros oscuros “con vestidos de percal” y hombres “con sombreros y overoles”. Pero quiénes son, le responden que trabajadores, sí, sí, locales, el secretario7 de la embajada soviética que ha ido a recibirla le explica que son “casi todos comunistas. Vinieron a saludar a la embajadora del país de los soviets. Déles un discurso en inglés”,8 lo que considera inadmisible. La mujer se abre paso entre la multitud que la vino a ovacionar como a una camarada. En su memoria guardaría también otra imagen de Veracruz: “Se me quedó grabada claramente esta ciudad mexicana, el puerto más importante del país. La blanca fortaleza, como construida de azúcar, en el marco de un mar azul brillante. Las casas blancas y bajas de la ciudad, las palmas, muy estético, pero todo me parecía artificial, ¡no eran nuestros árboles!”.9 En la última frase se encuentra sin duda la sensación de lo extraño, la confirmación de que la embajadora siente nostalgia por su suelo y su paisaje, su vida y su cielo; acá están esos árboles extraños, “lo otro” que mira y reconstruye y tal vez trata de asimilar.

 

¿Qué tanto transformó este país a Alexandra Kollontai? Es algo que no se sabrá jamás, pero si nos atenemos al texto donde lo describe y lo eleva igual que lo deja caer, exalta sus volcanes y reniega de su polvo, una ceniza constante que ella palpa y padece; si vamos viendo con calma sus sensaciones es evidente que el gobierno callista, su gabinete, el Palacio Nacional, el protocolo que la recibió y la aplaudió, dándole seguridad y confianza en sus posiciones políticas y comerciales, golpearon a fondo su sensibilidad. La nueva realidad era un torrente de imágenes; era un capítulo no previsto en su vida a pesar de que había viajado y era inteligente para captar el desarrollo de las mentalidades. México fue para esta rusa del partido comunista de la URSS, amiga de Stalin, un sueño convulso; ataviada de una extraña sabiduría mediante la cual pudo equilibrar su ideología con la verdadera misión diplomática que se le había encargado; el país fue, para decirlo con una metáfora, una impresión desfalleciente en la que se mezclan la imaginación y la realidad.

México había hecho una revolución, intensa y con objetivos precisos, pero estaba todavía en construcción; Kollontai le aplicó la tesis marxista, según la cual una revolución para serlo debe destruir la estructura social, ideológica y económica del ancien régime; de lo contrario no puede llamarse revolución sino un proceso histórico en marcha que no ha llegado a su fin. En este asunto su vocabulario es evidente; se refiere a la burguesía que ostenta el capital, a los imperialistas norteamericanos, a la lucha de clases. Su tesis, con todo, es interesante para el tiempo en que fue enunciada, y refleja su vocación por el equilibrio ideológico en vez de tocar los extremos:

La revolución es un factor de progreso cuando a través de ella se van resquebrajando los obstáculos económicos y de clase que impiden el incremento y desarrollo de las fuerzas productivas. Sin esta característica “las insurrecciones” no son revoluciones y no cumplen con su principal cometido. A pesar de las múltiples “revueltas”, en México todavía no ha habido una revolución.10

Se interesó por el pasado prehispánico, sobre todo por la cultura maya y la azteca que le parecieron muy interesantes; su visión era doble: la curiosidad y la reflexión filosófica, que Kollontai a menudo hacía de su entorno. Vio la proyección de la arquitectura maya como el anuncio de las vanguardias de los años veinte; la comparó, por sus formas, con el cubismo. Igual la de Teotihuacan, donde triunfa la libertad de las formas; tal vez esto le gustó más que nada. Encontró en ello una organización social y política increíble para su tiempo, y algo que llama la atención es que cite los sacrificios humanos como los demás extranjeros que por lo común los consideraron como el lado siniestro e inexplicable de una gran civilización.

 

Convencida de su papel como diplomática y de testigo, Kollontai alcanzó a vislumbrar que la mujer en esos años era una especie de “diván prohibido” en el que nadie debía sentarse excepto el marido y los padres. Reivindica el papel de la mujer como un ser humano capaz de desempeñar con éxito un papel asignado, incluso hacerlo mejor que cualquier hombre. Aceptó el puesto precisamente para demostrar que “una mujer puede ocupar un cargo diplomático, igual e incluso mejor que un hombre”,11 y vino a “abrir camino”, pues esta designación la entiende como un apoyo sólido a las mujeres. Sin duda, Kollontai le fue dando un toque femenino a su gestión que equivalía a demostrar abiertamente sus convicciones y no manifestarlas de manera irresponsable, trabajar pensando en elevar la imagen de la URSS como potencia y no como país exportador de rebeliones, mítines, asonadas y revoluciones.

La única lucha con la que podían solidarizarse era contra los yanquis; Kollontai fue apreciando con rapidez que el rechazo a la política norteamericana era voz de la calle, una oposición cotidiana expresada en diarios y en círculos empresariales, políticos e intelectuales. Parece increíble el desprecio que había alimentado en esos años el gobierno “rojo” de Calles hacia Estados Unidos, pues corría como el aire por toda la Ciudad de México. Eso y el ambiente de por sí crispado del escenario internacional llevaron al secretario de Estado, Kellog, a denunciar “la política bolchevique en América”, lo que movió la silla a la embajadora y concedió largas y acaloradas entrevistas a periódicos y cadenas de Estados Unidos y de México. La prensa norteamericana sin embargo había sacado las uñas antisoviéticas, y convirtió a Alexandra Kollontai en un blanco fácil; se le acusaba de bolchevique, intervencionista, y muchas cosas más que le complicaron el trabajo. Además, sus relaciones con Inglaterra se deterioraron notablemente. Y para colmo el negocio del henequén, un tema que la tenía ocupada, no resultó. Años veinte: son los años en que el comunismo se extendía por América Latina casi de manera espontánea, inevitable, y Kollontai creía con firmeza en que, a pesar de la presión de Estados Unidos, la imagen de los soviets se imponía entre los círculos progresistas, trabajadores, clases medias, intelectuales.

En su diván de la embajada Kollontai se reponía de los ataques cardiacos que tantos problemas ocasionaron en su gestión diplomática; pensaba en muchas cosas, y se dedicó a leer historia de México. Repasando algunas escenas de esa historia llegó a preguntarse cómo era posible que los europeos supieran casi nada de América Latina, y algo peor, que no les interesara. Sólo ideas vagas. Vio que la historia de estos países, y en especial la de México, “es aleccionadora y muy importante para la cultura de la humanidad. Es muy interesante para comprender los movimientos revolucionarios. Esto hay que saberlo. […] Desde aquí Europa parece ‘pequeña’ comparada con el continente americano. Sólo existe un país imponente: el nuestro”.12 Descubrió muy temprano el eurocentrismo que caracteriza la cultura del siglo XX y la define con un perfil discriminatorio: fuera de Europa hay sólo gente común, aprendices de todo, que necesita un baño de civilización. Pero los países del sur brindan a cambio mucho colorido en su naturaleza y sus paisajes, sus mares y valles. El folklore de ese mundo autóctono es maravilloso. Ella pudo apreciar el valor y la destreza de los caudillos de la Independencia, y admirar a Miguel Hidalgo, Morelos, López Rayón, lo mismo que el genio de Simón Bolívar. Estaba explorando la identidad de un país, sus orígenes más remotos y sus impulsos, un pasado de luchas desiguales, en la que siempre aparecía el conquistador y su ansia de dominio, el rey destronado, y el nacimiento de la Colonia, que en México duró tres siglos. Como lectora atenta de la historia nueva que descubría, Kollontai se detuvo en el momento de la Noche Triste, en que Hernán Cortés parece derrotado y con ganas de aceptar su debilidad. “Fui con Pina a conocer el Árbol de la Noche Triste, bajo del cual Hernán Cortés (el conquistador de México) lloró su derrota. […] Mis simpatías no están del lado del aventurero Cortés”.13 Acepta que la invasión de España destruyó una cultura. La embajadora parece asombrada con la figura imponente y majestuosa de Moctezuma, un emperador atrapado por el “aventurero” de Extremadura.

Viendo a la gente de la ciudad y sus hábitos, Kollontai deducía que los mexicanos se ocultaban de algo o de alguien; eran hombres y mujeres salidos del pueblo, para quienes la vida tenía un sentido muy distinto del que podía tener para un europeo, podían esperar días y tal vez años a que llegara una ayuda con la cual zanjar su desesperante condición de pobres de la tierra. Como si tomara una fotografía de ellos, Kollontai los retrata en una esquina, a la entrada de una iglesia, vendiendo alguna fruta o artesanía, durmiendo en la calle, metidos en sus cobijas, huyendo del frío, de la noche y la intemperie, posiblemente huyendo de sus miedos y sus fantasmas. “Los lugareños —campesinos y obreros— se envuelven en sus sarapes, tejidos en casa. Se cubren graciosa y enigmáticamente la parte inferior del rostro. Temen el aire frío de la noche. ¿O será una forma de ocultarse de sus enemigos?”.14 Todavía no comenzaba el análisis de “lo mexicano”, del alma nacional, que en los años treinta puso de moda el maestro Samuel Ramos (1897-1959),15 pero Kollontai llevó a cabo una interpretación leve pero original del mexicano que encontró en su camino.

La situación de zozobra que México padeció justo el año de 1927 afectó seriamente las relaciones bilaterales. En su diario describió con objetividad esa verdad histórica incontrolable: “De hecho, en territorio mexicano ya hay guerra civil. Ayer se envió a la guardia presidencial para combatir las tropas clericales sublevadas, que están a punto de conquistar Manzanillo —uno de los puertos en el Océano Pacífico, adonde los Estados Unidos pueden enviar fácilmente armas”.16

El año más intenso de la lucha cristera fue 1927, en que una vez más México cruzaba por el desierto de la zozobra, y la violencia se apoderaba de todas las ciudades en armas. Ese año, por tanto, se podía pensar en la existencia de una especie de sed de sangre, que Kollontai relacionó con los antiguos mitos de la cultura prehispánica. “¿Acaso se ha superado el ritual de sed de sangre de los sacrificios humanos? ¿Acaso no se sacrifica actualmente a seres humanos en nombre del dios del Capital, en nombre de la política, en nombre de los intereses de clase?17 Hace poco en Cuba ejecutaron a tres obreros revolucionarios. Y ¿qué ocurre en Inglaterra? ¿Y aquí, en México?”.18

Kollontai encontró, a pesar de la violencia generalizada, a la gente resignada, un pueblo alegre que expresaba su entusiasmo en las fiestas populares, como la del primero de mayo. No era un festejo acartonado, vacío de expresividad, sino un carnaval de colores y bailes, música y gente, que festejaba ese día con efusivo entusiasmo. En la plaza central de la ciudad, el Zócalo, el presidente Calles reunía a todo su gabinete, a los invitados especiales, y también al cuerpo diplomático para presenciar los festejos. Pudo comparar los bailes mexicanos con los españoles, la vida europea con la actual y sacó algunas conclusiones. “En la vida cotidiana los mexicanos son más bien reservados y melancólicos, como si tuvieran algún pesar. Sin embargo, en los días de fiesta disipan esa tristeza y de repente se vuelven alegres, como niños felices. Entonces los quiero más”.19

 

La embajadora tenía sólo unos meses de funciones en México cuando decidió pedir su cambio a otro país; se sentía muy mal de salud y pensó que el corazón no le daría fuerzas, no le permitiría seguir en el Valle de México, a más de dos mil metros de altura; puesto que la situación era muy difícil, sugirió ella misma que al aceptar su salida, Relaciones Exteriores de la URSS hablara de un viaje de vacaciones, quedando encargado del despacho su primer secretario, Jaikis. Llegó pues el momento de partir, y Kollontai se conmovió por las muestras de simpatía, tanto a su país y su comunismo, como a ella misma, que le brindaron hombres y mujeres, trabajadores, obreros y campesinos. Se embarcó en el Río Pánuco, un barco alemán, rumbo a Bremen, el 4 de junio, y atrás quedaba un país tan grande como sus problemas, tan espontáneo como sus fiestas. Era el futuro.

 

Álvaro Ruiz Abreu
Escritor, biógrafo y profesor de la UAM-Xochimilco. Su último libro es La esfera de las rutas: el viaje poético de Pellicer (2014).

Este texto es un fragmento del libro Viajeros en los andenes. México 1910-1938, que próximamente publicará la UAM.


1 Rina Ortiz (traducción, selección y notas), Alexandra Kollontai en México. Diario y otros documentos, Universidad Veracruzana, 2012, p. 26.

2 Bassols es un caso típico de los hombres cultos de esos años; en términos populares sería un “comecuras”, impulsor de la educación socialista, amigo de Álvaro Obregón; como secretario de Educación Pública durante el sexenio de Lázaro Cárdenas (1934-1940) promovió las Misiones Culturales cuyo eje ideológico era desfanatizar al pueblo.

3 Alexandra Kollontai, Diario, en Rina Ortiz, op. cit., p. 39.

4 Ibíd., p. 40.

5 Elena Poniatowska, Tinísima, Era, 2013, p. 227.

6 Ibíd., p. 226.

7 Se trata de Lev Yakolevich Jaikis, polaco, que en 1924 “se convirtió en primer secretario de la Legación de la URSS en México”, anota Rina Ortiz.

8 Alexandra Kollontai, op. cit., p. 45.

9 Íbidem.

10 Ibid., p. 58.

11 Ibíd., p. 60.

12 Ibíd., p. 67.

13 Íbidem.

14 Ibíd., p. 90.

15 Su libro tan citado, El perfil del hombre y la cultura en México es de 1934, un ensayo sesudo que resumía la vida psicológica de la nación, fue un proceso empezado años atrás. En 1927 Ramos estaba estudiando ya el perfil de ese mexicano y de su cultura.

16 Alejandra Kollontai, op. cit., p.100.

17 Con estas cuestiones Kollontai se estaba adelantando a su tiempo, pues ese “dios Capital” seguiría determinando el rumbo de las sociedades occidentales del siglo XX.

18 Alexandra Kollontai, op. cit., p. 106.

19 Ibíd., p. 121.

 

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