“¿Por qué las tradiciones humanistas y los modelos de conducta resultaron ser una barrera tan frágil a la hora de contener la bestialidad política?”. Esta pregunta, descrita en el ensayo Una temporada en el infierno (1971), mostraba la profunda preocupación del crítico, George Steiner, en un aspecto determinado, el genocidio judío; sin embargo, tal cuestionamiento se explaya y extiende actualmente más allá de un suceso histórico preciso. En ocasiones la muerte y la catástrofe se presentan tomando la forma de una danza macabra y exultante, mas también lo hacen delatando un paciente, resignado y extenuante susurro (tal como acontece en México). Lo que Steiner comprendía por brutalidad política se relacionaba con la crueldad y el asesinato de una comunidad específica, la judía, mientras que yo me inclino a entender dicha brutalidad como la incapacidad que se tiene, en general, para construir y divulgar modelos del bien civil y convertirlos en responsabilidad pública; es decir, en “necesidad relativa” y conveniente. Resulta desolador para quien todavía conserva esperanzas acerca de la evolución cultural de la sociedad actual (no es mi caso), advertir que, sin importar su origen o estado social, un ejército de calamidades bípedas deambula en el espacio público equipado con un teléfono, computadora, tabla electrónica, o como se le llame a ese aterrador sustituto de la conversación y de la inteligencia. Tan ridículo amansamiento debe ser decepcionante para todo aquel que considere que el individuo debe poner cierto orden en sus ideas y, por lo tanto, tendría que leer ensayos críticos de índole varia, reflexionar y actuar, si aún le quedan deseos de hacerlo. (Lo sé, mi ingenuidad sí que es macabra.)


Ilustración: Alberto Caudillo

Vuelvo a Steiner: “Debemos mantener vivo en nosotros un sentido del escándalo tan abrumador que afecte todo aspecto significativo de nuestra posición en la historia y en la sociedad”. Sin ese sentido del escándalo, sugerido o descrito por Steiner, es posible que los pillos y los políticos rapaces actúen con mayor cinismo y malicia para solazarse en su cómoda posición privilegiada. Sin embargo, ¿cómo se logra mantener vivo y despierto tal sentido del escándalo? Y no me refiero, es claro, al amarillismo o nota rosa políticos, a la subjetividad quisquillosa, o al individualismo susceptible a cualquier acto social que no beneficie su ideología. Por el contrario, aludo a la sensibilidad que debería sobrevivir y mantenerse alerta en el ámbito político, aun a costa de cultivar el “escándalo abrumador” que descubre o acusa al delincuente. Las apreciaciones de Steiner al señalar la pasividad de los judíos ante su inminente asesinato y exterminio durante la pasada gran guerra hacen explícita una conducta —la resignación— que puede ser comprendida de diversas maneras. Ensayo una: los judíos eran conscientes de que la crueldad de su Dios jamás podría ser superada por la de ningún ser humano; en este caso, los elegidos sufrieron indeciblemente más que los no elegidos. En contraparte, me pregunto: ¿cómo es posible que una sociedad no elegida, común y heterogénea —la mexicana— pueda ser capaz de sufrir el oprobio constante por parte de quienes tienen como oficio sustituir al destino y procurar el bien y la concordia públicos? Es más que probable que los intelectuales, pensadores y críticos capaces de formar una barrera que contenga y combata la bestialidad y brutalidad política, hayan dejado de existir en el horizonte público y hayan preferido desvanecerse en la aglomeración periodística, en el comentario inadvertido o en el hecho de encarnar una especie de bienestar no escuchado y mucho menos comprendido. ¿Cómo entonces logran, los críticos e intelectuales, hacer llegar a las personas comunes las armas necesarias para combatir la brutalidad política? ¿Transformándose en celebridades? ¿Tomando el camino de la humilde divulgación? No lo sé, pero contemplo y cultivo la certeza de que si uno mantiene vivo el recurso del escándalo abrumador —como lo llama Steiner— y de la conciencia susceptible, podrá adjudicarse al menos la derrota y la estrepitosa caída humanista en la era de la desmemoria. ¿No representa acaso ya un triunfo arrogarse la derrota, promoverla como un logro en vez de esperar su paso y atropello inevitable?

Adjudicarse la derrota te salva, cuando menos, de no ser solamente una cosa como lo fueron los judíos que caminaron mansamente hacia los campos de concentración. No eres ya el judío derrotado por su Dios y por su conciencia trágica y especulativa; en cambio pasas a representar el papel del ciudadano que jamás tuvo los medios críticos suficientes para ser ciudadano y al que le fueron impuestas plagas, desgracias y desventuras, no a causa de un Dios —aliado de Hitler—, sino por un grupo de políticos analfabetas y criminales civiles que se han aprovechado de una sociedad carente de puntales culturales, intelectuales e ideológicos que garanticen la posibilidad de transitar hacia horizontes humanos menos pervertidos. La rapiña, el acoso del miedo, la desconfianza, el mareo tecnológico y la injusticia tienen un lugar cómodo en nuestro pueblo no elegido porque el saber inteligente ya no puede ser divulgado, y por más que tal saber se concentre en algunos virtuosos espacios de conversación crítica y el eco de su movimiento se difunda humildemente, no posee más la posibilidad de influir en la mengua de la brutalidad política. ¿Es esto verdad o sólo estoy haciendo uso del derecho que tengo para practicar mi propio sentido del escándalo?

(Me tomo la libertad de repetir que, en mi escasamente docta opinión, el concepto de inteligencia humana en poco se relaciona con la lógica o inferencia, la memoria o el saber especializado y, en cambio, tiene mucho que ver con la comprensión del yo y su circunstancia a través del lenguaje y la imaginación: el uso de la reflexión para la comprensión de principios y fines no sólo materiales o accidentales, sino también morales y comunes.)

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

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