Christopher Hitchens (1949-2011) fue escritor, periodista, ensayista y polemista. Anticlerical convencido se anunciaba como ateo profesional. Atendiendo a los legados de la realidad, ser escéptico profesional es necesario y ético. A Hitchens le gustaba combatir la ignorancia. Tenía razón. La ignorancia es una  apuesta del Poder. He escrito acerca de los vínculos entre ignorancia y ética. Regreso al tema: el escepticismo sano podría combatir la ignorancia.

Me autoplagio: ¿Es la ignorancia un tema que concierne a la ética? Dos respuestas: Primera, la que fomentan los políticos es tema ético. Segunda, la que es propia de la pobreza también lo es.


Ilustración: Kathia Recio

El círculo vicioso es evidente.  Deseducar —sembrar ignorancia— y empobrecer a la población caminan de la mano. Sin alimento educativo y sin alimento donde las proteínas sean base de la dieta, la posibilidad de progresar y de contestar son enjutas. Los políticos, en la inmensa mayoría de los países pobres, promueven conscientemente la ignorancia.

El círculo vicioso es complejo: la mayoría de los políticos son ignorantes. Poco les interesan los pilares del conocimiento: educación, arte, literatura, historia, medio ambiente y cine son ajenos a su genética. Sus genes codifican intereses diferentes: corrupción, impunidad, ignorancia y robar sin límites son elementos consustanciales a sus labores.

Las reflexiones previas evocan tres ideas. Primera, los políticos son, por obligación y falta de criterio, optimistas. La mayoría de los librepensadores son, por conocimiento y estudios, escépticos. Se construye más y mejor a partir del escepticismo como realidad que del optimismo como mentira. Segunda, George Steiner es un hombre sabio. Copio la contraportada de La barbarie de la ignorancia de Steiner en diálogo con Antoine Spire:

A través de una obra en parte consagrada a la situación del hombre culto ante la barbarie, Steiner suscita una pregunta fundamental: ¿qué sentido puede nacer de la montaña de escombros dejada por este siglo XX? Entre esta barbarie y lo que él llama el esperanto tecnocrático y tecnológico, nuestra sociedad se interroga sobre la razón de ser de la cultura y del intelectual. Y ello a doscientos años del Siglo de las Luces, cuando Jefferson proclamaba, “Entre gente civilizada nunca más se quemarán libros”.

La tercera reflexión se refiere a la Docta Ignorantia. Transcribo del Diccionario de Filosofía de J. Ferrater Mora un párrafo sobre la Docta Ignorantia:

En varias ocasiones se ha predicado en filosofía una ignorancia sapiente. El primer ejemplo eminente es el de Sócrates, y su más acabada expresión se halla en la Apología platónica. Ante sus acusadores, Sócrates manifestó que poseía una ciencia superior a todas las de los demás mortales, y que ello no era una presuntuosa afirmación suya, sino una respuesta dada por el oráculo de Delfos a Cerefón cuando éste le preguntó si había alguien más sabio que Sócrates. “Nadie es más sabio que Sócrates”, contestó el oráculo. Esta respuesta significaba, según Sócrates, que mientras los demás creían saber algo, él, Sócrates, reconocía no saber nada. Pero entre el conocimiento falso de muchas cosas y el verdadero de la propia ignorancia, no cabe duda que el último es el más sabio.  Con el “Sólo sé que no sé nada”, Sócrates expresaba, pues, irónicamente, una concepción de la sabiduría que posteriormente hizo fortuna: la que se expresó con el nombre de docta ignorantia y que de un modo u otro significó el rechazo de los falsos saberes para consagrarse al único saber considerado como auténtico. Así, la docta ignorantia equivale, ya desde Sócrates, a un estado de apertura del alma frente al conocimiento: más que una posesión, la ignorancia sapiente es una “disposición”.

Fomentar la ignorancia es una apuesta de los políticos mediocres. Leamos la realidad: la ignorancia atenta contra el progreso y la dignidad, i.e., atenta contra la ética. Seamos escépticos: en nuestro México difícilmente los políticos re- pararán en lo dicho por Steiner y Sócrates. Al respecto, cito a Javier Dávila, quien amablemente escribió en mi blog. Su postura difiere de la mía; es válida e interesante: “La docta ignorancia (al menos en la versión socrática) no se planta frente a la ignorancia llana ni ante la voluntad de ser ignorante o fomentar la ignorancia, sino ante el falso conocimiento: “¿quién es más sabio —dice el texto—, el que cree que sabe o el que sabe que no sabe?”. A eso se contrapone la docta ignorancia, a la postura del que cree que sabe, el que no para de decirle a los demás que ‘abran los ojos’ o que ‘despierten’, y que, sin embargo, está más velado que ellos. Por eso me parecería que no es una recomendación para los políticos, sino para quienes quisiéramos asumir un postura opositora razonada”.

La ignorancia es un brete inmenso y desesperanzador. El falso optimismo es un cáncer agresivo. Construir a partir del escepticismo podría atenuar los males de la ignorancia. Combatir desde la trinchera del escepticismo podría iluminar un poco al Poder político y religioso, y, con suerte, contrarrestar su infinita, perenne y cuasigenética ignorancia.

Pese a todo, sembremos “ilusiones optimistas”: a partir de una visión crítica y escéptica de la realidad podrían generarse mecanismos para disminuir la ignorancia, lo cual, a su vez, gracias a la información, restaría poder a los políticos. Antes de claudicar frente al Poder omnímodo sería útil seguir a Hitchnes: ser escéptico profesional es sano y necesario.

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos (Debate) y de Recordar a los difuntos (Sexto Piso), entre otros libros.

 

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