Me agarró recién salido de la revista Nexos en las calles de Michoacán y Cuernavaca. Me hice al centro de la calle o las calles, que ahí en su convergencia dejan una zona de amplitud, como un gran claro asfáltico entre los camellones y las aceras. Por primera vez luego de tantos temblores, sentí que la tierra podría abrirse a mis gelatinosos pies. Veo gritos arrodillados y oigo caras que gritan. Caen vidrios y paredes. Cae y rueda sobre el metálico piso, silenciosa ante el pánico, una cabeza de transformador. Cuando los hilos removientes del diablo nos liberan salgo corriendo hacia mi casa en el Parque México. Sigo instintivamente, pero ahora a zancadas, mi camino habitual de las oficinas de Nexos hacia ella. Camino que cerca de la llegada da en pasar junto al edificio Plaza, seguir por Laredo, doblar a la izquierda en Amsterdam, tomar a la derecha en Parras, llegar a mi casa. En Laredo y Amsterdarm detengo mi carrera para tomar esta foto (cuya etiqueta adjunta puesta por el iPhone dice “Ciudad de México /Colonia Hipódromo/ Martes 13:25”):

Retomo la carrera y al desembocar en el Parque México veo a la mediana de edad de la casa en la orilla del parque y le pregunto por Mika; me dice que se quedó adentro. Abro la puerta y le grito a Mika mientras subo las escaleras de mi casa con reguero de cosas, vidrios rotos y objetos estrábicos de todo tipo. Me aterra que no conteste. Mika, una perrita Schnautzer de año y meses, está en mi estudio, literalmente cagada de miedo, y entre libros caídos como un dominó de fichas eruptadas. No quiere salir del rincón donde se ha construido su precario refugio; por fin ve que soy yo y bajamos las escaleras rumbo a la puerta y al parque. Ahí hago contacto mensajefónico si apenas con la mayor de la casa, la bióloga que está en la UAM Iztapalapa, y también con el más ex joven de la casa, puesto que ya no vive con nosotros, y por el wasapo nos informa que está bien luego de pasar el terremoto en una alta torre pública bien hecha.

Mika llegó a nosotros por la aún faltante en esta historia, la más joven de la casa. Una familia amiga no podía tener a Mika, puesto que ya tenían a la mamá de Mika, y la mamá de Mika había tenido a Mika, y en el edificio donde vivía la familia sólo aceptaban un perro por departamento. Contra todos los gruñidos del más viejo de la casa, Mika llegó a la casa por dulces urdimbres de la más joven.

La más joven de la casa pasó el primer reciente temblor, el de madrugada, en un hospital público puesto que ya recibida en Medicina por la UNAM ahí cumple el internado. En el segundo temblor, el del 19, le tocó también estar de guardia toda la noche y salir hasta la mañana del 20. Cuando salió y caminando de regreso a cada cuadra miró los quiebres y las ausencias de los edificios en su colonia, se le salieron lágrimas según me contó la más vieja de la casa, quien la acompañaba.

En el hospital público la más joven de la casa recibió cerca de las cuatro de la tarde a uno de los atrapados en el derrumbe del edificio de Laredo y Amsterdam por el que yo había pasado al vuelo y en el que me había detenido a tomar foto un par de horas antes. Era un señor, el primer rescatado (herido con “politraumas”) que en cuanto pudo pidó que buscaran a su esposa atrapada en el mismo edificio, y a su hijita, en otra parte, niña en una escuela Montessori de la zona. Durante un tiempo se pensó que la esposa del señor estaba viva en otro hospital; no fue así. Ya había muerto. En cambio, la niña de la escuela Montessori fue localizada debido a lo siguiente. La más joven de la casa envió a las redes sociales los datos del señor y de la niña, y gracias a eso la encontraron. En el hospital público, personal del área de urgencias preguntó indignado quién entre los médicos había sido tan imprudente como para dar a las redes sociales las señas del señor y de la niña buscada.

Mientras escribo esto (Ciudad de México, septiembre 21, 19: 40 horas) la más vieja y la más joven de la casa, bióloga y médica, están en el lugar de acopio y distribución del Parque México, ayudando a clasificar cosas y para lo que se necesite.

La más joven de la casa regresa mañana de madrugada a guardia en el hospital público, donde pasará toda la noche del 22. En sus guardias previas de medio día, dice, triste, que ya no llegan tantos vivos; o simplemente: que ya no llegan. Los muertos van a otra parte. Hace unas horas, cuando supe que ella había enviado el “mensaje imprudente”, le enseñé una casualidad: por algún motivo yo releía los Diarios de José Lezama Lima y justo en la mañana me sorprendió ver que Lezama citaba un famoso pasaje de Baltasar Gracián en, dónde más, el Oráculo manual y arte de prudencia: “Un grano de audacia en todo es importante cordura”. En efecto: grano de audacia, en lo que parecía tremenda imprudencia, tuvo la más joven de la casa al lanzar como médica de guardia a las redes los datos del señor y la hija que al fin fue encontrada.

Le enseñé, repito, la cita de Gracián por Lezama, y nos fundimos abrazados en un llanto abrupto y como próximo liberador de torrente; pero al fin corto, escueto, sin aspavientos ni espasmos de más. Esto sigue.

 

Luis Miguel Aguilar

 

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