Condesa, 2:00 pm.

Avenida Mazatlán parecía una extraña kermés. Gente en pijama, oficinistas, vecinos, grupos con perros nerviosos, personas tratando de contactar a sus familiares, arrancando cualquier pedazo de información en las redes. Las líneas estaban colapsadas pero en los teléfonos comenzaban a gotear las primeras imágenes que parecían extraídas de una película de ciencia ficción: tomas desde rascacielos donde el horizonte aparecía salpicado de nubes de humo. Sonaban alarmas, helicópteros, los primeros indicios de la catástrofe. Olía a gas. La gente, sin embargo, parecía tranquila, aún no entendíamos nada.

En Durango había ya cientos de personas en movimiento. Tráfico. Nadie tocaba el claxon. Arriba y abajo de la banqueta, todos empezaban a moverse. Extrañamente, nadie fumaba. Padres aliviados que agarraban fuertemente a sus hijos, con uniforme escolar, trabajadores que pensaban cómo llegar a casa. Algo de cascajo. Sobre el camellón, un hombre cubierto con una manta blanca. Lo estaban atendiendo un grupo de paramédicos. Estaba a salvo. Afuera del el hospital Durango había camillas con enfermos, pacientes en silla de ruedas, viejitos atados a sus carritos de diálisis, esperando.

Sobre Lieja se proyectaba la sombra de los rascacielos de Reforma. Todo en pie. Un bolero escuchaba las primeras noticias en una radio vieja. El Estadio Azteca parecía tener daños graves. No estaba claro que se pudiera jugar el América-Cruz Azul.

Reforma era un río de gente. Los que no estaban tratando de usar su celular miraban hacia arriba, a la Torre Mayor, a la Torre Bancomer, como esperando que algo muy grave fuera a suceder. Un indigente se preguntaba a sí mismo si estaba bien. Todo en orden, carnal, todo bien, se contestó.

Anzures, 3:00 pm.

En Leibniz algunos edificios tenían los vidrios rotos, más cascajo. Muchas calles precintadas con cinta amarilla y roja. No había policías, ni bomberos, ni nada. ¿De dónde salía tanta cinta?

Cuauhtémoc, 3:00 pm.

En Río Ebro algunos edificios dañados. Entre el escombro de las recientes obras y el aplanado caído de muchos edificios no quedaba claro qué tan afectados estaban. No había luz y las llaves de paso estaban ya cerradas. En algunas casas se habían caído libreros, cuadros, copas. Los vecinos comenzaban a juntarse debajo de los departamentos; en un convivio fantasmal, compartían impresiones, recuentos de daños, las primeras anécdotas.

En Río Tíber, un camión de bomberos intentaba sacar a una persona atrapada en un décimo piso. Un buen puñado veía la maniobra, otros caminaban sobre la calle hacia Reforma. Se escuchaban comentarios de las primeras afectaciones graves: edificios caídos en la Condesa, en Buenavista, en el sur. Algunos empezaron a encaminarse hacia esos lugares.

Condesa, 4:00 pm.

Sobre Salamanca el daño era más grave. Vidrios rotos por todas partes, edificios deformes, semáforos en el piso. Grupos de voluntarios corriendo con palas, chalecos, cascos, víveres; camionetas de albañiles dispuestos a ayudar.

Un hombre joven pedía pilas a gritos. En su mochila traía arneses y equipo de salvamento. Había escuchado que una mujer estaba atrapada en un edificio e iba a entrar por ella. Solo.

El edificio de Álvaro Obregón parecía una postal macabra del 85. La gente se apiñaba para ayudar: diez civiles por cada militar o policía trepados sobre las ruinas, jalando escombro, solicitando comida, agua y medicamentos.

En la farmacia de Ámsterdam y Sonora las luces estaban apagadas y la puerta rota. Había ocho o diez personas adentro. Preguntamos quién despachaba, queríamos comprar lo que pudiéramos. Nadie de los que estaban ahí era empleado. Cuando me di cuenta, estábamos saqueando la farmacia. Llegaban grupos de gente a pedir paquetes de antibióticos, suero, analgésicos, gasa, guantes, cubre bocas, jeringas, insulina. Empezamos a organizarnos y clasificar medicinas. Pocos sabían de fórmulas o nombres científicos; por suerte, aparecieron dos enfermeras. Una hora después, en la farmacia solo quedaban chocolates y cigarros. Varios llegaron a pedir cosas para su casa: buscapina, algo para los cólicos menstruales, un edema. Se los despachamos.

Condesa, 5:00 pm.

No había datos, ni señal. Todo se sabía a voces. Todo había que verlo. Al adentrarse en la Condesa uno empezaba a dimensionar la magnitud de las cosas. Patrullas y coches semienterrados bajo el cascajo; postes a medio caer, piedras. Olor a gas por todas partes. Paranoia de explosiones. Las motos tenían que cruzar con el motor apagado.

 En Ámsterdam y Laredo, uno de puntos más negros de este día, cientos de personas empezaron a autogestionarse. Unos juntaban comida, otros estaban entre las ruinas. Extranjeros, socorristas, gente sola o en grupos. Llegaban con unas latas de atún entre las manos o con un carrito de súper lleno de cosas; aparecían con palas y picos. Pedían cubetas, muchas cubetas, para acarrear escombro. Entre los gritos, de pronto, el silencio. Si alguien levantaba la mano con el puño cerrado, significaba que estaban buscando voces sepultadas, algún indicio. Todos sostenían la respiración, se detenían por un momento; luego, otra ve a trabajar, a coordinar. La calle era como un gran pulmón al que le costaba respirar, pero que seguía con vida.

Condesa, 6:00 pm.

En el Parque México la gente acampaba y recopilaba cosas. Muchos de los edificios de la zona se habían convertido en tumbas inhabitables. Varios vecinos salían con maletas de los edificios, despidiéndose para siempre de sus casas. El daño era evidente. Nunca volverían a entrar.

Las cubetas se volvieron prioridad. En el edificio de La Princesa una vecina consiguió diez. Algunos arrancaban los botes de basura de los parques para usarlos. En el parque España llegaron dos camionetas de lujo cargadas de víveres. La gente hacía cadenas, empezaba a clasificar, aplaudía de vez en cuando. Veía con temor el Plaza Condesa: su fachada parecía un enorme lisiado.

La gente corría de un lado a otro, pero no desesperada, ni llorando. Todos querían hacer algo. Había polvo y basura por todos lados. Se hablaba de números, de gente enterrada, de rescatados, de quién sabe cuántos edificios en riesgo de colapso.

De pronto, la siguiente urgencia era conseguir lámparas. Faltaba poco para el anochecer y la colonia seguía sin luz. La Condesa estaba a punto de entrar en la penumbra.

Pero nadie estaba dispuesto a irse. Al contrario, las hordas de gente seguían llegando.

 

César Blanco
Editor y traductor.

 

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