A las tres de la tarde Insurgentes era una vía peatonal. Los trenes del metrobús estaban detenidos. En la esquina con Sonora la gente se amontonaba para escuchar las instrucciones que dos hombres estaban gritando: “Por favor donen agua para los rescatistas; no importa que esté incompleta. Todo lo llevaremos a donde haga falta”. Algunos comenzaron a dejar sus botellas con agua en el piso y otros corrieron a las tiendas cercanas para comprar lo que estuviera a su alcance: un litro o seis. Jóvenes y adultos preguntaban cómo ayudar. “Súbanse a la camioneta. Vamos a remover escombros en Álvaro Obregón”.

Era el día en el que se cumplían 32 años de haber vivido un sismo catastrófico para la Ciudad de México, y las escenas de destrucción aparecían de nuevo, esta vez,  debido a un temblor de 7.1 grados.

En ese momento las hileras de caminantes eran más largas hacia el norte que hacia el sur. Los agentes de tránsito trataban de desviar a los pocos automóviles que circulaban para evitar cualquier accidente. Ellos mismos estaban confundidos, no sabían hacia qué dirección enviar a los preguntaban por los edificios derribados. “Hay varios en Viaducto. El primero está en Monterrey. Dé vuelta a la derecha”.

La caminata seguía. El celular pegado en la mano y en la oreja. Nada. Rostros de angustia por no saber de sus familiares o por no poder avisarles que estaban bien. Habitantes de sus edificios sentados en las puertas, esperando que alguien les autorizara entrar.

Al dar vuelta sobre Viaducto, el tránsito indicaba algo grave. No era el tráfico de la hora pico. Era distinto. Autos parados, sin saber hacia dónde moverse. Los semáforos no servían y varios jóvenes con cubrebocas se atravesaban solo pidiendo el alto con la mano. Eran voluntarios que querían mover escombros del edificio que se derrumbó sobre esa avenida casi esquina con Medellín.

Los jóvenes que aún traían mochilas con útiles o que portaban cascos de bicicleta para protegerse, al principio no pudieron ayudar porque la brigada de Protección Civil y los militares que ya estaba ahí, trataba de poner un poco de orden y distribuir la ayuda.

Uno de los voluntarios que estuvo en el lugar pocos minutos después del temblor, recordó: “Yo pasaba por aquí en mi bicicleta cuando vi que el edificio se había caído. La dejé en la orilla y me puse a mover piedras con las manos. Éramos muy pocos los que estábamos al principio”.

El relato de este voluntario se interrumpió por el grito de dolor de un adolescente que no se imaginaba el daño que había sufrido el edificio en el que vivía. Dos personas lo sostuvieron para que no se cayera y lo alejaron de la zona de desastre.

Los vecinos llegaban con agua, cubrebocas, cubetas, sándwich, papel higiénico, cobijas, galletas y preguntaban qué hacía falta.

Los voluntarios tuvieron que aprender a escuchar instrucciones: “Por favor fórmense en filas de diez en diez. Ya les indicaremos de qué forma ayudar”. Hubo quienes no pudieron esperar su turno en la fila y dieron la vuelta a la manzana para ayudar a quienes ya estaban cargando cubetas vacías o con cascajo. La mayoría eran jóvenes que no tenían en su cabeza el recuerdo del terremoto de 1985. O tal vez sus familiares les habían contado historias, pero nunca habían vivido algo así. Nunca habían removido piedras para salvar la vida de alguien.

Hubo momentos en los que era más la vitalidad de la ayuda que las posibilidades de desalojar los vestigios del edificio. Los camiones tardaban en llegar porque las calles cercanas estaban saturadas de automóviles.

Filas largas con hombres y mujeres menores de treinta años tratando de seguir las instrucciones de los marinos; sin embargo hubo momentos en que eran más los gritos que el movimiento. “Tomen distancia de un brazo con su vecino. No se amontonen porque no van a poder cargar rápido los escombros”.

Al caer la noche, todos traían el rostro, las manos y la ropa empolvados. Sudor y cansancio. No había lágrimas.

Después de seis horas eran incontables los momentos en los que se habían levantado los brazos con el puño cerrado. Se necesitaba silencio absoluto para poder escuchar a los sobrevivientes. Desafortunadamente, no fueron tantas las ocasiones en las que brotaba una oleada de aplausos como señal de que habían rescatado a una persona. Ese momento servía para inyectar fuerza en los jóvenes voluntarios, para sentir que era posible rescatar a las dos personas que estaban lanzando señales de vida desde las entrañas de esa montaña de concreto.

 

Kathya Millares.
Editora.

 

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